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tribuna libre
.............................................por Ángel Ruíz Cediel, escritor
Guantanamero

Por cuestiones laborales me he pasado la vida viajando por todo el mundo; pero jamás pisaría EEUU ni aunque me pagaran muchísimo por ello, porque es, probablemente, el país del mundo donde hay menos libertad y donde los derechos civiles pueden ser conculcados con la mayor impunidad. Uno, allí, no está seguro ni aunque sea estadounidense de nacimiento, y en cualquier momento le pueden balear lo mismo alineados militaristas que eliminan sus frustraciones dando matarile a la peña, que un bandido sádico de esos que promociona su cine y su tele, o que un policía que sospeche de lo que sea. EEUU, en fin, es un enorme Guantánamo, o que se lo pregunten si no a las minorías étnicas de los guetos, a los indios de las reservas, a los disidentes o críticos del sistema oficial o a los visitantes que no sean blancos y conservadores.
La canción Guantanamera de Joseíto les sirvió a los estadounidenses del norte para llevar la contraria a los cubanos, y si, según la letra de los Versos Sencillos de José Martí, proclamaban que no querían morir en lo oscuro, pues ellos fueron a Cuba y, ¡zas!, Guantánamo al canto para llenarlo de guantanameros no guajiros que penaran en lo siniestro, sin juicio, ni acusación, ni derechos humanos, ni nada de nada. Así se las gastan los cowboys, si bien no es nada nuevo, sino que sus paranoias les vienen de muy lejos.
En realidad, su propia Historia es la del histérico pánico a todo, y, desde que arribaron a aquellas tierras procedentes de Europa con sus manías persecutorias, no han dejado de montar Guantánamos por doquier y de afiliar como guantanameros a pueblos de toda índole y condición. Comenzando por los naturales de aquellas tierras, a quienes les montaron gratuitamente algún que otro genocidio (sólo hasta la práctica extinción de todos aquellos pueblos) y encerraron a los supervivientes en guantanameras reservas incapaces de producir otra cosa que enfermedades terminales, hasta hoy, su deriva humanista prosigue sin límites, aunque ya por todo el globo. Son así, qué se le va a hacer.
Como relatar su trayectoria en un limitado artículo es cuestión poco menos que milagrosa considerando su enjundioso bagaje, daremos un salto histórico a nuestros días, y comprobamos con estupor que la cosa no ha cambiado en absoluto y que aún sigue dominando su psique colectiva ese afán de tenerle pánico a todo y a todos, por lo que se ven en la necesidad de extinguir a toda clase de enemigos, tengan la piel del color que la tengan y los ojos tan inclinados como sea, teniendo siempre para ellos un Guantánamo siempre a mano, o un Abu Graib, si llegara el caso.
Nada hay de raro, pues, en que nos encontramos ahora ante este Iraq al que por dos veces han destruido (ya ni siquiera es un país), regado con el excedente de uranio empobrecido excedente de sus centrales nucleares y convertido en un infernal paraíso de guantanameros. Ni les faltaron excusas para exterminar a los indios de su propio país, a Japón con armas de destrucción masiva (nucleares) ni para convertir Vietnam en un matadero guantanamero. Con Iraq, en fin, han hecho lo mismo con otra suerte de ardides, produciendo de forma directa o indirecta, según algunas fuentes, la friolera de entre 3 y 5 millones de muertes (y las que te rondaré, morena, por causa del uranio dispersado por todo el país gratuitamente), y, no contentos con ello, se ve que en Afganistán están haciendo lo mismo, a la vez que están preparando otros Guantánamos en Irán, Siria, puede que en Jordania, Paquistán y hasta es posible que algo le toque algo también a Venezuela. Todo ello, por supuesto, con la mención de su presidencial Nobel de la Paz.
Sin embargo, según se desprende de las recientes filtraciones de sus propios documentos secretos en Wikileaks, lo de Afganistán es todo un festival de la canción, rémora sin duda del añorado éxito vietnamita. Han impreso su huella, en fin, a la vez que entresacan parados de Harlem, Brooklyn o de los guetos hispanos. Algunos de nuestros chicos murieron en ese certamen, obedeciendo las órdenes de un presidente que sacó a nuestras tropas de Iraq porque no tenían mandato de la ONU, si bien se ve que la ONU sí dio mandato en Afganistán para que los cowboys se desfogaran y, de paso, dieran un poco de manija a las armamentistas, que estaban fatal de trabajo.
A la vista y certeza del nuevo Guantánamo en que también ha derivado Afganistán, y ya con el planeta atiborradito de ellos, no sé qué excusa se inventará nuestro presidente para mantener a nuestros chicos en aquel matadero, pero habrá de ser forzosamente, o el silencio felácico a su ídolo obamero, o la burda maniobra de despiste para engañarnos a todos. Permanecer un día más en aquel escenario, que a punto está de convertirse en un festival mundial de guantanameras, es poco menos que convertirse en cómplices de las matanzas, además de algo suicida. Nuestra participación, si en algún momento se basa en la Justicia Universal, debiera pasar por una cortés retirada, ya que no en la persecución, detención y puesta a disposición judicial de los que han perpetrado estas degollinas, que vienen a ser más o menos la totalidad del Ejército Norteamericano. Ser socios de este atropello contra la humanidad, cuando menos, es compartir el dudoso honor de haber invadido un país para la práctica de degollinas y de beneficios espurios de aquellos a los que les llevamos el botijo y les servimos de coartada.
¿Casualidad o destino?

Por imposible no voy a relacionar aquí la enorme cantidad de casualidades o sincronicidades absurdas –estadísticamente imposibles- que han dirigido la Historia, pero baste con apuntar el caso de Napoleón-Hitler, Lincoln-Kennedy, Claudio o Franco, y a través de qué circunstancias aparentemente absurdas alcanzaron el poder o qué datos específicos se repitieron machaconamente en sus vidas y las de sus pares, cual si fueran notas de una partitura que les había elegido por protagonistas. A quienes son duchos en temas históricos no es necesario relatarles los pormenores; y a los que no lo son, les recomiendo un buceo recreativo en los océanos de la Historia: sin duda será aleccionadoramente refrescante para pasar estos días de estío.
Lo cierto es que por más que todos estos y otros personajes ansiaron el poder, lo que en verdad les condujo hasta su solio fueron simples casualidades, y, cuando lo alcanzaron, parecieron siervos de ciertos compases que les condujeron directamente al destino que todos conocemos. Da la impresión de que ellos no escribieron ellos la Historia, sino que la Historia les escribió a ellos, al modo y manera como no es el peregrino el que elige al Camino de Santiago, sino que es el Camino el que elige al peregrino. Sin duda, el lector tendrá para sí un buen número de casualidades que han hecho de su propia vida lo que es, sin que la suerte buena o mala haya tenido demasiadas oportunidades de intervenir o aun que su buen o mal hacer hayan sido determinantes en lo que son. Ante todo esto, claro, uno se pregunta si los sucesos están regidos por la casualidad o el destino, acaso visto éste último como una poderosa fórmula matemática, una ecuación que rige el universo hasta en su más mínimos detalles y de la que es imposible escapar, tal y como se está viendo que sucede incluso en la Física Cuántica, en que todo está aparentemente predeterminado.
Todos esos personajes que he referido, y aun los que hoy han alcanzado algún poder de forma tan particular, no han podido sino reflexionar sobre ello, y muchos –si no todos- no han podido evitar caer en la tentación de considerarse predestinados, creyendo no que tuvieran la solución a los problemas que afligían a sus sociedades, sino que ellos eran la solución en sí misma. Los resultados de sus influencias, sin embargo, en casi todos los casos han sido mucho más nefastas que beneficiosas, por más que a sí propios se consideraran iluminados.
A cierta distancia de todo esto, y como hemos sabido recientemente por ciertas declaraciones de los protagonistas que participaron en el suceso, nuestro Presidente fue elegido, cuando menos, de una forma "curiosa" para ser secretario general de su partido, lo cual le condujo, con la participación de otras casualidades del todo imprevisibles (Prestige, atentados 11-M, etc.) a ser lo que es. Que se considere, según sus más allegados, un avatar, la solución a todos los problemas, no deja de tener sus parangones más o menos inmediatos en nuestra Historia reciente, por más que sean de signo contrario: Franco, sin ir más lejos, quien llegó al poder mediante una fórmula parecida de compromiso en Burgos, allá por 1936. El decorado que rodeó cada suceso fue distinto, casi contrario, y hasta tal vez las consecuencias (veremos), pero no lo han sido en cuanto a las casualidades que les encumbraron, ni que el plazo que mediaba entre un hecho casual o no de uno y otro sea siempre de 68 años, desde lo que mediaba entre sus nacimientos, sus inicios de la vida político/militar, sus nombramientos y las fechas en que alcanzaron el máximo poder en España. Curioso, ¿verdad?
La historia de Zapatero, sin embargo, está aún por concluirse, si bien puede afirmarse que su bagaje no es bueno hasta la fecha, en tanto y cuanto ha enfrentado entre sí a todos los segmentos de la población –desde regionales hasta de clase-, ha actuado tan arbitrariamente como su antagonista imponiendo por decreto o a golpe de voluntad personal conductas específicas en la población y es tan completamente autista el uno como el otro, desoyendo el sentir de la ciudadanía en general.
Las casualidades que enfrentan a uno y otro personajes, adempero, son radicalmente contrarias, unidas únicamente por ese factor 68 que mencionaba antes y esa propensión a aplicar su particular horma a los gobernados para imponerles una moral o falta de ella muy concreta. Son, de alguna manera como los dos platos de una balanza que equilibra cíclicamente las desviaciones de la Historia: uno, dictatorial, imponiendo su modo de pensar por las bravas; el otro, aparentemente demócrata, pero imponiendo también sus principios personales. El uno legislando con mano de hierro, imponiendo prohibiciones ridículas o sin sentido y coartando las libertades hasta en los asuntos más triviales; el otro, también. Uno, uniendo a golpe de imposición; el otro, disgregando. Uno, arguyendo coyunturas internacionales para justificar que obraba como obraba; el otro, también. Uno, considerando que todo cuanto de bueno afectaba a España era mérito propio de “su” sistema y cuanto sucedía de malo era por cuestión de complós enemigos ideológicos o extranjeros; el otro, lo mismo. Y el uno encastillado en su visión de que había nacido para conducir a España a la salvación eterna; y el otro, igual, aunque de otra manera y otro destino universal más laico... o lo que sea.
Proyectar estas casualidades en el futuro, de verdad que da un poquitín de pánico. Ojalá que no tengan nada que ver como contrarios necesarios, porque si el uno murió en la cama y en un ambiente que no indujo al enfrentamiento social, ya se pueden imaginar qué pasaría con su opuesto.
Kosovo: las llaves del infierno

Ya dije en su momento, cuando se transfirió oficialmente el dominio del corazón de Serbia a los inmigrantes que torpemente los serbios habían admitido de caridad en su seno, que Europa había metido la pata hasta el corvejón, perpetrando un daño sin parangón en la Historia. Así lo reconoció "off de record" la OTAN y el Santo Misterio. Desde entonces, esos inmigrantes a los que se les ha subido la impunidad de su barbarie genocida a la cabeza, enloqueciéndolos, no han dejado de tirar al serbio y practicar el salvajismo más criminal con ellos, sin que tribunal alguno haya hecho absolutamente nada por impedirlo, salvo evitar que los pocos serbios que quedaron en Kosovo pudieran defenderse. Así está la cosa, y así esos locos togados de la Corte Internacional de Justicia de La Haya lo han dado lustre de legalidad. ¿Recuerdan a aquella infausta señora Del Ponte que acusó a Milosevic de que sus tropas asesinaron a sangre fría a cuarenta albano-kosovares, cuando fue justamente al contrario?...: pues así con todo.
Lo que sucede en realidad, es que la CIJ ha sembrado el germen de más odios e impiadosas guerras, y la próxima –que será, no lo duden-, es forzoso ya que sea de exterminio. Tal ha sido su sentencia. Y lo ha sido, simplemente porque hay cosas que tienen fecha de caducidad y otras que no la tienen, y este hurto con alevosía y premeditación, este sangriento robo con infinitos agravantes, no tiene fecha de vencimiento. Será mañana o dentro de un siglo, pero será algo que suceda sin que nadie lo pueda evitar: la Historia es larga y el odio sólo puede crecer, una criatura de excelente memoria que magnificará la humillación que ha recibido. Y cuando suceda, corra la sangre de quien corra, bueno será que quienes contemplen la degollina tengan presencia de ánimo suficiente para mirar no a quienes perpetren la matanza, sino a La Haya. Esta Corte ha perdido no el Norte, sino la Rosa de los Vientos, y sus señorías dan la impresión de que o están de estupefacientes hasta el colodrillo, o que son manejables títeres de ese Orden Negro que sólo quiere desmenuzar terrones de poder para echarse al coleto a la totalidad del planeta.
El daño que estos togados han infligido al conjunto de la humanidad no puede ser más siniestro. Se equivocan de medio a medio los que creen que esta sentencia no sienta precedentes, dando alas al bando más abyecto de nuestra especie y alentando ultranacionalismos de barrio e invitándolos al crimen y a la violencia de exterminio, toda vez que al final de su tétrica andadura sólo les espera la pingüe recompensa de obtener un predio donde asentar sus reales. Si estos grupúsculos de fanáticos enfermos de odio y poder son capaces ahora mismo de usar los más atroces medios para conseguir sus fines, ¿cómo no iban a utilizar la bomba que estos locos de La Haya han puesto en sus manos?... Los señores jueces les han entregado a quienes odian al ser humano, la más poderosa de las armas de destrucción masiva: a partir de ahora están legitimados para la guerra racial, ideológica o religiosa, sin restricción alguna. Si pasó lo que nadie en su sano juicio podría haber pensado que pasaría con Kosovo, que ha sido legal robarles mediante la violencia y el asesinato el alma de su país, legal será derramar la sangre de quien sea y como sea, que la CIJ lo bendecirá, dándoles naturaleza de legalidad. Así han sido hasta ahora todas sus sentencias: despropósitos abyectos al servicio del Orden Negro.
Que los EEUU digan que sí o que no, es irrelevante, tanto porque siempre mienten como porque siempre juegan con al menos dos barajas, si no es que no con tres o cuatro. Se esconden tras la sentencia de la CIJ, pero se les ve la patita de lobo bajo la puerta. A ellos más que a nadie les interesa una Europa pobre y dividida, en permanente conflicto sangriento consigo misma. Ahí están frotándose las manos los italianos del norte, los escoceses, los catalanes y vascos, los corsos y otros mil fundamentalistas nazionalistas que ahora, según la CIJ, pueden hincharse a comer de este jamón que estos locos jueces han encentado, tal que abriendo las puertas de par en par al terrorismo global más exacerbado. ¡Demasiado se ve la patita del lobo americano en esta maniobra de división europea!... Los iluminados, ya se sabe, están antes que nada al servicio de sus negros propósitos de logia.
Por otra parte, que la llamada comunidad internacional reconozca o no a los engendros nacidos de este negro parto, es lo de menos, como lo de menos ha sido que muchos países no reconozcan a Kosovo. Ahí está, señor legal de sus destinos, por más que éstos hayan sido usurpados mediante el genocidio y las sentencias consagrantes. Tan es así la cosa, que no pocas de esas regiones que aspiran a su ración de soberanía, ya han abierto embajadas encubiertas en medio mundo, tal vez porque el señor de los señores les ha autorizado a ello, conociente como era de la sentencia que establecería un nuevo orden negro.
No sé si será posible una transliteración de esto a la cuestión catalana, vasca, gallega o valenciana; pero me juego el bigote a que sí, y a que mucho antes de lo que la mayoría piensa tenemos una declaración unilateral de independencia en Cataluña..., por lo menos. Ya lo hicieron cuando España sangraba por causa de la Guerra Civil, como antes lo habían hecho los países latinoamericanos cuando España sangraba por su Guerra de la Independencia. Nuestra guerra actual, acaba de decretarla la CIJ, y sentado las bases para que suceda lo que nadie –salvo un pequeño grupo de exaltados- deseaba. Kosovo, al final, no son más que las llaves de un infierno que nos abrasará a todos, y éste ha sido descerrado por la CIJ de La Haya. Vivir para ver.
Los santos inocentes

Obama celebra con gran cobertura mediática su victoria sobre los trust financieros, clamando a voz en grito que la aprobación de su ley impedirá que estos vivos puedan provocar nuevas crisis; pero, a pesar de que de sus palabras triunfantes se desprende tácitamente que conoce con total exactitud nombres y apellidos de quienes han perpetrado este incalculable dolo a toda la humanidad, no hay ni un solo detenido, ni un solo culpable y, ni mucho menos, un solo condenado. BP ha producido la mayor catástrofe planetaria de la Historia, en todos los medios se la responsabiliza de un desastre que más pronto que tarde producirá daños irreparables a la vida en los océanos –y quién sabe si en el mundo-; pero no hay ni un solo detenido, ni un solo culpable y, ni mucho menos, un solo condenado. En ambos casos sólo se habla de dinero, de costos que asumirán -cómo no, arrimando solidariamente el hombro- los trabajadores y los humildes de todo el planeta: unos, experimentando un brutal empobrecimiento; y otros, con su propia vida. Los poderosos, ésos que han producido estas dos catástrofes –además de todas las Guerras de Barrio recientes y las que están por desatarse en Corea e Irán-, son los santos inocentes, criaturas que no merecen sino apenas algunas críticas marginales que a ellos sólo les sirven para echarse unas risas.
Dice la desinformación oficial que en el Golfo de México se han vertido apenas 34000 toneladas de crudo que han contaminado 930 millas de costa, lo que con un simple cálculo arroja 43 litros por metro lineal de costa. Una verdad que es consumible sólo los muy iletrados, pero que para cualquier persona capaz de hacer operaciones aritméticas sólo le dicen lo rematadamente mentirosas que son las autoridades. Primero que nada, no son 930 millas las contaminadas, sino más de dos mil (y de unos tres a diez mil kilómetros cuadrados en superficie), con un espesor medio de vertidos de unos dos metros, siendo la cifra resultante que muy timoratamente se puede estimar de dos a cuatro billones de toneladas (europeas) de vertido. Pero es que, por otra parte, los fondos marinos están encenagados de diferentes crudos y alquitranes, buena parte de todo este vertido ha entrado ya en la Corriente del Golfo y otra en la Corriente del Atlántico, distribuyéndolo por todo el planeta y siendo más que posible que en el curso del próximo año tengamos mareas negras en Galicia, Noruega, Canadá o en cualquier otra parte del globo.
Por si fuera poco este desolador paisaje, que se resuelve fugazmente (como una noticia sin importancia) en los telediarios enseñando una grabación de una de las válvulas en las que se ven unos “hilitos” ya prácticamente controlados, el fondo marino se ha levantado un promedio de diez metros por causa de la presión y se está resquebrajando (amenazando con una explosión fenomenal), habiéndose producido ya fracturas que en algunos casos se habla de cientos de metros a decenas de kilómetros, por donde están escapando masivas cantidades de otros crudos, alquitranes, metano, benceno y otras mil lindezas por el estilo, todas ellas altamente tóxicas y muchas de ellas peligrosamente explosivas. Y, para rematar esta cuestión de lo que podría ser la primera extinción masiva producida por los poderosos, las autoridades al servicio de estos santos inocentes están combatiendo los vertidos con dispersantes que no sólo multiplican la toxicidad aérea y acuática, sino que facultarán que su masivo uso produzca una contaminación tal que no es posible definir en su perdurabilidad sino en siglos. Por lo pronto, la toxicidad de la tierra en las riberas del Golfo, ya supera en varios cientos de veces los máximos admitidos por las autoridades sanitarias.
Los santos inocentes repican sus campanas de gloria pregonando los éxitos de Obama, e incluso de BP; pero millones de personas –tal vez miles de millones en un próximo futuro- están sufragando con su miseria y sus vidas estos desastres de a quienes ni la humanidad ni el planeta les importa un ardite. Un mal que afectará también a los defensores de las posturas oficiales y a sus familias, porque cuando les alcance no les preguntará la catástrofe en qué bando militaban. Sin embargo y entretanto, no faltarán cientos o miles de millones de euros en las cuentas de estos santos inocentes, ni sabrosos delicatessen en sus platos o excelentes caldos para rellenar sus copas; pero el grueso de la humanidad será muchísimo más pobre o directamente prescindible, y muy pronto el desastre producido contra los recursos marinos pondrán a media humanidad contra las cuerdas del hambre. Así las cosas, que estos mismos santos inocentes, que son los que allanaron y se apropiaron por la fuerza de las armas de países enteros, asolándolos, estén ultimando sus planes para meterse en un avispero que pudiera ser nuclear, puede que sea hasta una buena noticia, reduciendo así el sufrimiento al que parecemos condenados buena parte de quienes conformamos la humanidad. El mundo, de esta manera, quedaría solamente habitado por los santos inocentes y quienes les pusieran las ambrosías en sus lujosos platos. Será un planeta estercolero, así en su estado como en sus pobladores; pero ellos serían el justo legado de nuestra andadura como especie en este mundo, porque no fuimos capaces de ponerlos en su sitio. Alea jacta est.
¡Sieg heil!

Al PSOE lo que le gusta es prohibir, así, a la pata la llana; tanto, que nadie sabe qué sería de él si no pudiera entrometerse permanentemente en las vidas privadas y familiares de los ciudadanos. Eso de la libertad o el libre albedrío, para él, no es otra cosa que el que todos obren y se conduzcan como él falsamente cree correcto, y, así que puede -y ahora puede- lo impone con mano de hierro, ya sea mediante el adoctrinamiento infantil y sénior, mediante el real decreto ley o recurriendo a las artimañas que sean menester para montar su camaleónica dictadura. ¡Sieg heil!, pueden replicar únicamente los ciudadanos.
Desde que alcanzaron el poder allá por el 82 hasta hoy, no han dejado de hacerlo, si bien Zapatero y su Estado Mayor está dejando tamañuelo al nefando Felipe González. No es que Isidoro fuera manco, ni mucho menos –ahí están sus resultados: contratos basura “coyunturales”, corrupción a manos llenas, OTAN no pero sí, etc., etc., etc.-, pero el actual Gobierno de miembros y miembras está alcanzando cotas nunca imaginables en un régimen de libertades. “La ley es para cumplirla” (excepto cuando a ellos no les agrada, que tratan de burlarla), dicen, si bien sobre la ley, y a mucha distancia sobre ella, está la soberana conciencia que rige y domina la experiencia vital de cada alma. Como ya he dicho muchas veces, leyes tuvieron Nerón, Hitler, Stalin o Castro, y por más que fueran leyes que pudieran penar al ciudadano, estaba pero que muy bien que fueran vulneradas por el soberano libre albedrío si éste se regía con rectitud hacia fines más nobles. Una sana rebeldía, o, como dicen los sabios del Derecho, desobediencia civil por motivos de objeción de conciencia.
El PSOE ha irruido contranatural en los domicilios de cada ciudadano, legislando lo que es privativo de cada familia, así en cuanto a la relación padres-hijos, como el atropello –para muchos de nosotros criminal- como lo es el asunto del aborto, especialmente cuando se trata de menores; ha utilizado el poder para manipular perversamente las mentes de los más inocentes, adoctrinándolos con principios que muchos consideramos deplorables; se ha erigido contranatural en conciencia universal, decretando qué es bueno o qué no lo es; y hasta ha osado –como la ignorancia- a determinar qué es sano o qué no respecto de cómo o con qué nos alimentamos. Ha saltado todas las barreras de la libertad de largo, convirtiéndose en un enemigo de ella. Los actos del PSOE no descubren a un partido democrático que respete al individuo, sino a una suerte de dictador que le considera un objeto de su propiedad al que puede imponerle lo que sea, como sea y cuando sea.
Su irreverencia conculcadora de libertades ha llegado al extremo de apellidar los derechos, los cuales, en ese mismo momento en que fueron etiquetados, han quedado en nada. Tal sucede con la mal llamada discriminación positiva (por tanto negativa para la otra parte), la cual no es sino simplemente y llanamente discriminación, con todas su peyorativo significado, y la que no ha producido otra cosa que injustos excesos contra los inocentes y ningún obstáculo contra los culpables potenciales, a tenor de los resultados. Pero es que esto mismo sucede con todo lo demás que ha emprendido, desde sus campañas anti-cachete, anti-tabaco, anti-hamburguesas, anti-dulces, anti-refrescos o anti-huelgas. Incluso se ha inventado esa muletilla que los muy mediatizados arguyen sin cesar: “su derecho termina donde comienza el mío”, sofisma donde los haya que no tiene ni pies ni cabeza. De tenerlo, y darle el menor crédito, todo sería prohibible, absolutamente todo, que tal vez sea lo que anhelan en su oscuro fondo.
La lista de sus atropellos a la libertad más elemental sería interminable. El mundo ha funcionado perfectamente sin su participación, y con ella chirría como los ejes sin grasa de una carreta. Prohibir, es la limitación del libre albedrío, la base sobre la que se fundamenta la existencia humana; adoctrinar, es coartar la libertad en su esencia más pura, atentando contra el ser humano para convertirlo en un obediente estúpido; legislar que sea mayor de edad sexual una nena de trece años o que pueda abortar una menor de dieciséis, un atentado brutal en toda regla contra la vida, la familia y la infancia; y, al mismo tiempo, defender la muerte del nonato o del enfermo terminal, no es otra cosa que, sumado a lo anterior, ser partidario de la muerte y enemigo de la vida; pero éstas, dolorosamente, son las señas de identidad del PSOE. Dividir para vencer, vencer para subyugar: ¡Sieg heil!
Sin embargo, el PSOE nada hace por educar en libertad, nada por evitar que se incluyan en los alimentos sustancias ciertamente tóxicas y dañinas, nada por no favorecer los intereses espurios que se camuflan tras de la mayor parte de sus prohibiciones, y nada por hacer de España un espacio común más habitable por todos. En muchas dictaduras no se alcanzan estas intolerables y reprobables leyes contra el libre albedrío. El PSOE, según develan sus actos, sólo desea obtener una respuesta de la ciudadanía: ¡Sieg heil!, ¡sieg heil!, sieg heil!
Nazionalismos

En una de mis novelas apuntaba a que nacionalismo era una palabra que debía escribirse con z, debido al nefasto costo en sangre que históricamente ha tenido. En el orden de vasos comunicantes en que han venido a dar las diferentes culturas de nuestro pequeño mundo, queda claro que las diferencias entre los pueblos pertenecen más al folclore que a señas de identidad que han quedado reducidas a ciertos tópicos domésticos. La información es ya global, y sabemos lo que sucede en cualquier esquina del planeta prácticamente en tiempo real, de modo semejante a como prácticamente todas las actividades humanas son ya globales: un escritor aspira a publicar ya no sólo en su idioma, sino en todas las lenguas; una empresa ansía comercializar sus productos no sólo en su región, sino en todo el mundo; y así con todo.
Que estemos de acuerdo o no con la fórmula que se aplique para conseguir esa inevitable concurrencia de todos los hombres y sus culturas en una única identidad, es otra cosa; pero la práctica totalidad de los habitantes del planeta que tienen formación coinciden en que este suceso se corresponde taz a taz con un destino ineludible. Lo que llama la atención, así las cosas, especialmente en esta etapa en que se ha comenzado la andadura hacia ese destino universal de la especie, es que haya algunos que quieran dar marcha atrás al reloj de la Historia y encastillarse en recintos decimonónicos o carpetovetónicos, retrotrayéndose a épicas caducas, cuando no invocando derechos de layetanos, indigetes, serones o ilergetes. Los relojes, sin embargo, no tienen marcha atrás.
Desestimadas por evidentemente absurdas las causas mayores como la opresión de la mayoría o el legítimo interés de preservar lo que nadie ataca o ningunea, la cosa es todavía más grave, llegándose a la paradoja de que en la situación actual es más frecuente el racismo purista de la minoría hacia la mayoría que la viceversa. El mundo del revés, como aquél que dice. Y tan es un mundo del revés que, con harta frecuencia, tal y como sucede actualmente en España, son las minorías separatistas o soberanistas las que definen la gobernabilidad del país del que quieren desgajarse…, aun contra los intereses del partido gobernante en esas mismas regiones, el cual curiosamente viste los mismos colores que el del Gobierno Central. Quien lo entienda, que lo explique.
La modernidad otrora progresista, finiquitados los credos e ismos que los movieron, tienen una empanada de padre y muy señor mío, pues que si bien estas actitudes de compra de apoyos benefician a quienes siendo minorías pueden obtener ventaja con su travestismo, a quienes gobiernan un país obviamente les debiera perjudicar que sus respaldos provengan de quienes quieren abandonar el barco. Es esto, precisamente, lo que está favoreciendo la ingobernabilidad de España, lo que ya en épocas pasadas creó sucesivas guerras civiles (el Sexenio Revolucionario) que derivó en un crudelísima Guerra Civil cuyas heridas aún sangran, y lo que ha impedido que España pueda avanzar con un paso único, creando tal matalotaje de intereses espurios que nadie sabe dónde y hacia qué se anda.
No sé si en la actual tesitura –en el hoy y ahora- es posible o no un enfrentamiento como los que tan prolíficamente jalonan nuestra Historia; pero hay cuestiones que no vencen ni caducan, y, si bien hoy pudiera no ser posible, nadie puede jurar sobre sagrado si lo será mañana. Por otra parte, habida cuenta de la economía de guerra que se implantó en Occidente tras la II Guerra Mundial, obteniendo todas las potencias pingües beneficios de la proliferación exacerbada de las Guerras de Barrio, quién sabe si es que quienes juegan al palé económico mundial han decidido que la ha llegado el turno a tan cacareada balcanización española, ya argüida allá por cuando la II República precisamente por el PSOE, cuando el PSOE pensaba de otra manera de entre las muchas que ha defendido.
Comenzaba el artículo con una frase entresacada de una de mis novelas, y termino con otra de otra novela que relata nuestra dubitativa, si no errática, Transición: las Autonomías son, sin duda, el mayor error histórico que pudimos cometer.
Empanada mental

Dice don Artur Mas que el PSOE tiene una empanada mental importantísima, y su razón no le falta. Creo que en eso coincidimos todos, incluidos los militantes del PSOE y, especialmente, sus votantes. Don Artur se refiere al decir esto a la cosa de que el PSOE en Madrid dice negro y en Cataluña blanco sobre el asunto del Estatuto, pero, sin embargo, esa misma actitud de empanada mental importantísima llega a todos los extremos de las acciones del PSOE, desde las laborares a sus propias señas de identidad, si es que la tiene o las tuvo alguna vez.
Comenzando por el Presidente, no se sabe a qué juega, aunque sí con qué. Como siga unos meses más en el poder, es tan así lo que afirmo que de lo que conocemos de España no va a quedar ni la cejilla de la ñ, quedando esta vetusta piel de toro reducida al propio de Espanada, que es una empanada otrora española. Da la impresión de en los años más dichosos de este señor se le fueron agolpando las ideas milagrosas y justicieras sin mucho orden y con menos concierto, de modo que las fue compilando sin más para implantarlas cuando fuera presidente, y, ahora que es quien las puede poner en planta –y lo hace-, el cacao que tiene es tan formidable que no se da cuenta siquiera de que sus propios actos le delatan como su más cerval enemigo, adversario de su país y monstruo de su razón. Sin embargo, no es un caso único en ese partido, que no roto.
Ahí tienen a doña Bibiana, que sin pudor confiesa que el puesto es suyo porque le pertenece por derecho. Y por izquierdo, vaya, y aún por el envés. Que lo merezca o no, es otra cosa. Como mucha gente sin demasiadas luces, esta señora es de las que a las críticas que recibe (cantidubi-dubi-dubi, oiga usted) las tilda de provenientes de envidiosos, y a quien no esté de acuerdo con ella y sus empandiles despropósitos, como de derechas. Ya saben, pues, que ser de derechas en Empanada es no pensar como la señá Bibiana –que es joven y de pueblo-, y aun no pensar como el PSOE, que es decir como Zapatero.
Adempero, no debe considerarse que esta empanada mental importantísima que define con tanto acierto don Artur le viene al PSOE de ahora, ni mucho menos, sino que la tienen desde lo muy antiguo. Los mismos que apoyaron la Dictadura de Primo de Rivera, legitimándola, son los que se levantaron contra la II República en la Revolución de Asturias y luego sangraron y hasta murieron por la misma II República a la que con tal ardor combatieron. Empanada, en fin, aunque no gallega. Lo de ahora mismo, vaya, aunque de otra manera, en la que hay un Montilla (cordobés catalanoparlante) que se baila una sardana con los catalanes mientras en Madrid los del PSOE mueven el esqueleto con el chotis, y entretanto los ministros y dependientes del PSOE dicen que sí pero que no aunque tal vez quién sabe si acaso. Todo muy clarito, como se ve, igualito que en las cuestiones del terrorismo y los permisos a etarras que no tienen los demás convictos, las negociaciones que son sin serlo porque pudiera que sí pero no o tal vez que a lo mejor si bien jamás pudiera que luego. Clarito, clarito, como el que jamás aceptaré lo que impongo, defenderé los derechos de los que trabajan produciendo desempleo y creando empleos-basura y pérdida de derechos, o esa salud por la que se desvelan haciendo ricas a las multinacionales con la compra masiva de placebos a precio de oro, entretanto prohíben libertades en vez de evitar que envenenen al personal, ya sea con productos alimentarios sobradamente conocidos como tóxicos o ya permitiendo a las poderosas multinacionales que envenenen aires, aguas y tierras sin que aquí pase nada de nada.
Don Artur tiene más razón que un santo con la cosa de la empanada mental importantísima. Enorme empanada, ¡vive Dios! Nunca una empanada pudo ser más excelsa, que da la impresión de que esta gente tiene tantas personalidades –a tenor de sus propios actos y su no menos zigzagueante bagaje-, que a poco que se descuiden van a tener que nombrar a una de ellas como alcalde de las demás. Digo, para que la empanada, que hasta ahora se comía, no se contagie al personal en general, produciendo una pandemia de empanada mental importantísima. La política de este partido es tan política que han logrado echar de la política a los políticos, y, en su lugar, han arribado arribistas, lamedores bífidos (que no bífidus) y toda una cohorte de criaturas que come empanada a dos carrillos (y no del PC, precisamente).
Vamos, que el PSOE cree a carta cabal en las libertades que coarta y en los derechos que conculca a golpe de decreto ley o de torcida ley que defienden las instituciones que denosta para proteger los derechos y libertades. Ya se ve, en fin, que nos quiere a rabiar, porque, como dice el saber popular, quien mucho te quiere te hará llorar, y, si tu hijo te pide pan, dale empanada. Y lloramos, pero no de amor, sino de indigestión empanadil.
Opinadores

Entre las sorprendentes nuevas profesiones que han propiciado los nuevos tiempos (go-go-girls, ligones, travelos, free lances, demostradoras, etc.), sin duda merece una tribuna de honor la de opinador. Algo tiene en común el opinador con todas las demás ocupaciones que he enumerado, siendo acaso la suma y compendio de todas ellas, si bien a uso y modo de manejar, doblar y retorcer la opinión de aquellos tibios que necesitan las guías ajenas para conducir sus credos. El opinador es la go-go-girl del partido que le coloca; es el ligón del respetable a quien trata de seducir con su verbo macarrónico; es el travestí, según quien pague; el free lance que se ofrece a quien mejores condiciones le ofrezca; y la demostradora de las excelencias de este o aquel credo en el que por ahora milita, aunque pudiera cambiar mañana si le ofrecen alguna ventaja.
Gentecilla maravillosa, los opinadores. En su coche o en el taxi, van a toda prisa de un medio a otro poniendo la antena a la radio por si se enteran de algo que pudiera ser novedoso y soltarlo ante la audiencia como si fuera un bombazo. Ni tiempo de pensar tienen. Por las mañanas, o bien radio o bien tele, según la cadena o la emisora, por supuesto; por la tarde, en vez de siesta, descanso, aunque no demasiado porque hay que escribir el articulete de burda semántica y escasa ortografía que, además de la plata que recauda por caché (que no por valor de opinión) propiciará seguir en candelero; y por la noche, la bacanal de las opiniones en las franjas de gran audiencia, especialmente en la tele, donde el personal televidente se amodorra con su verborrea, en espera del Morfeo que le hunda en la libertad de subconsciente. Porque de conspiraciones hemos de hablar. Por lo común, en estas tertulietas de amiguetes opinadores donde siempre van los de la misma cuerda a por su ración de euros a cambio de verbo grácil y enfrentamiento pactado, no hay intercambio de opiniones, sino una especie de sainete donde el que hoy hace de bueno, mañana lo hace de malo, y tan ricamente, repartiéndose los papeles como aficionados a las artes escénicas. Porque de artes escénicas se trata: nadie se sale del guión del poder, todos obedientes y buenos chicos, empujando con su reclamo a que el ciudadano sea probo y buen contribuyente, aunque los dineros que pague y la obediencia de asno que profese sea la de los cuadrúpedos legos. De eso, precisamente, se trata la cosa. Sin estos opinadores, de los que imposible es librarse ni en las ondas radiofónicas o televisivas o en las páginas de los diarios, corriendito se iba a sostener esta democracia que ha salido más bien rana, pero, como el burro de los gitanos, estos vivos venden a precio de oro por su enjaezo.
Siempre, siempre son los mismos: el buenote, ése que con carita de pena y verbo fofo, como pidiendo perdón por la opinión se entrega a la lujuria del sometimiento del moderador, si bien lo hace por pavor de perder el nada menguado salario; el quejoso, que siempre tiene una aparente vuelta de más para el asunto que quiera que sea que se trate, aunque también está férreamente enganchado al carro del estipendio; y el anuente, ya escéptico o ya borreguil, quien siempre termina pidiendo al respetable, por directa o indirecta, santa paciencia, como la Iglesia, viendo tan bien que se masacren tirios como troyanos o que se ponga el mundo patas abajo, si es que le siguen cayendo sus euretes por ese trabajo de pastor de masas. Que el mundo se sostenga, que a ellos les va bien. ya se olvidaron, por otra parte, de aquellos años menos felices en que en verdad tuvieron credos -si los tuvieron-, y se desgañitaban gritando. Buenos alumnos: mejor, mucho mejor se vive hablando con mucha urbanidad y en voz baja.
A medias repartidos entre hombres y mujeres, el circo de opinadores -¡hale hop!- va de feria en feria, que figuran las cadenas de radio o televisión, como esos titiriteros de Serrat. Allá se les escucha su arenga solidaria con los insolidarios, y acá su ataque cerval a los que verdaderamente trabajan, entretanto ellos se llevan muerta la paga por haber rumiado en el pesebre. Harta, cansa, aburre, ver siempre las mismas caras, pedir siempre educación y paciencia a los que son estrujados, como en una conspiración educativa de los poderes que a través de estos dómines extienden sus consignas perversas. Nadie disiente, y, si lo hace, es porque le toca, aunque queda claro que para perder y que gane la tesis que corresponde. Si son anti-PP, ¡viva el PSOE!; si anti-PSOE, ¡muerte al PP!; cuando ambos quieren decir –y dicen- manténgase al hilo del sistema y opten por mi opinión o la de mi colega, aunque ambos cobremos del mismo talonario.
Harta, cansa, aburre, lo mismo que el PP y su cantinela o el PSOE y su coreografía de damas vetustamente ajadas y de jovenzuelas asníficamente legas. Harta, cansa, aburre y hastía, siempre esas mismas caras, esos mismos teatreros gestos de indignación o complacencia que, pidiendo lo que no piden, suplican por ser simpáticos a una audiencia que los reclame y convoque, no tanto por las opiniones como por el reparto de eurillos, que a fin de mes, entre uno y otro programa, suma un pico. Es una profesión cómoda, bien retribuida y que da empaque. Los opinadores, en fin, son los profetas de la modernidad, los sacerdotes de los medios, el clero del nuevo dios-poder, los pastores de la grey política. En el asqueo del estío estos tíos hastían. ¡A ver si llegan por fin las vacaciones, se van (también vale para los políticos)… y no vuelven! ¡Qué paz, qué gloria!
El vertido de crudo del Golfo de México

Para cualquier ciudadano que tenga una mínima formación, lo más difícil que se le presenta es creer a sus políticos. Saben que mienten de forma sistemática, usando la falacia o la media verdad como una simple herramienta de trabajo. A veces, en el nombre de la seguridad nacional, a veces por conveniencia de Estado o simplemente, a veces, por conveniencia políticamente correcta, el caso es que casi nunca dicen la verdad, y esto es precisamente lo que está sucediendo con el vertido de crudo que está teniendo lugar en el Golfo de México. Y no es, ni mucho menos, un asunto menor. Ni siquiera queda claro qué se está vertiendo, cuánto o de cuántas fuentes distintas. Vamos, que no sabemos nada: descartada la verdad oficial, todo son rumores y filtraciones.
Los “hilitos” que se están vertiendo varían, según las fuentes, del equivalente a unos cuarenta mil barriles diarios a cerca de doscientos mil, que es decir de nueve mil a decenas de miles de toneladas diarias, habiendo quién cifra el vertido a día de hoy en casi un billón (europeo) de toneladas. Sin ninguna duda, la mayor catástrofe medioambiental de la Historia. Incluso hay fuentes que indican que no es un vertido, sino cinco distintos, pues que cinco tipos distintos de chapapotes se han encontrado en las playas del golfo, además de ingentes cantidades de gas metano que se están vertiendo a la atmósfera hasta el punto de poder producir formidables deflagraciones espontáneas por causa de la simple actividad eléctrica del hombre o de las tormentas. Un panorama desolador para la fauna marina, para los pescadores (hoy prohibida la faena pesquera en buena parte del golfo), para la población costera… y para el resto del planeta, pues que las corrientes marinas parece ser que están arrastrando grandes cantidades de crudo hacia el Atlántico Norte, y Dios sabe desde ahí a qué otros lugares de todo el planeta. Estamos, pues, hablando de una catástrofe global de proporciones apocalípticas para la que las supuestas autoridades no encuentran remedio, habiendo llegado a considerar el uso de armas nucleares para sellar las grietas del fondo marino, lo que podría representar, habida cuenta del panorama, que el remedio sería peor que la enfermedad.
El Estado norteamericano es uno de los más psicopáticos del planeta, en el que abundan tal cantidad de agencias secretas –todas ellas de tres letras- que algunas llegan a ser secretas para las demás agencias secretas, y tanto más para el propio Presidente. Una de estas agencias, precisamente, ha sido la encargada de meter el miedo en el cuerpo a los ciudadanos costeros, llegándose a la paranoia de que está prohibido filmar o tomar fotografías de los vertidos, bajo penas de cárcel, quedando toda la información en manos oficiales, que es decir de la desinformación y la mentira. El problema, en consecuencia, se puede colegir como mucho más grave de lo parece a simple vista, y su alcance de unas dimensiones escatológicas que nos afecta a todos.
Por si fuera poco, y para arreglar la tragedia, ese invento que muchos conocerán de los Web-bots (un algoritmo informático desarrollado para encontrar fórmulas eficaces que permitieran una certera especulación en bolsa, pero que se ha decantado accidentalmente como un fiable, para algunos, proyector de sucesos), se ha soltado el pelo asegurando que hay altas probabilidades de esperarse a partir del 11 de julio –anteayer- un promedio de 1298 millones de muertes durante este año, en una combinación del vertido junto con una guerra global termonuclear producida por un atolondrado ataque israelí-norteamericano a Irán que desataría todo un festín para la parca. El clímax de la situación se alcanzará, según esa proyección, el 8 de noviembre próximo. Un mundial más, como aquél que dice.
Cierta o no la apocalíptica predicción que estos días consume ingente cantidad de bites en los márgenes de Internet, el panorama no es nada halagüeño, no faltando biólogos que sostienen que este derrame puede contaminar todos los mares y caladeros del planeta en poco tiempo más, y que puede dañar de forma irremediable y durante un larguísimo lapso de tiempo (tal vez siglos) la vida en el mar, lo que se puede traducir simplemente como hambruna mundial. Y todo ello, claro, sin considerar las consecuencias externas que el vertido de gases tan tóxicos como inflamables a la atmósfera pueden tener para la vida de superficie. Todo un mundial, ya digo.
Que los belicistas hebreo-norteamericanos más pronto que tarde nos van a meter en berenjenal del que podemos salir trasquilados, es cosa cantada. Difícilmente se librará Madrid de ser sede del espectáculo, si tal contienda llegara a verificarse, Dios no lo quiera. Pero si a eso le añadimos este desastre –para el que no faltan voces que aseguran intencionalidad tácita-, y si además consideramos el Tratado de Iron Mountain o el Proyecto 2000 que mencionaba en esta misma columna hace sólo unos días, la cosa se pone de mil colores. ¿Qué por qué?..., pues porque para algunos paranoicos muy poderosos somos demasiados y hay que entresacar personal, según parece: unos miles de millones de almas nada más. En fin, que si el aforismo chino dice que “procura vivir tiempos interesantes”, nos estamos hartando. ¡La actualidad está que arde!
Lo exclusivo y lo excluyente

Sin ser un erudito de la Historia, puedo considerarme un apasionado de ella. Pretendo comprender el cuadro de la condición humana, y, a veces, se me hace necesario descender a la pincelada, reparar en el detalle no para definir el conjunto, sino para comprender o aproximarme a la tendencia del Gran Autor. ¿Por qué se repite siempre la injusticia de los poderosos contra sus pueblos, por qué siempre se intriga por el poder o por qué se matan siempre los mismos, mientras las elites se mantienen a salvo y hasta intiman festivamente?... El suceso, incluso la etapa histórica, es nada más que la pincelada; la Creación y su propósito, el cuadro. Pero el cuadro no sería nada sin las pinceladas. Creación y Creador, se licencian en el mismo instante.
Como autor sé que lo atractivo y necesario de una obra radica en el conflicto y la evolución que éste produce en los personajes, los cambios que experimentan desde la tesis inicial a la síntesis final. Todos sabemos que los cambios en la materia pueden ser físicos o químicos: los primeros, sólo afectan a la forma; los segundos, a la sustancia, a su estructura. Aplicando todo esto a los sucesos, las pinceladas, pudieran parecer que son aplicaciones de calor –la acción- que usa la naturaleza del Plan Divino con fin de cambiar la sustancia que conforma al hombre; pero esto no es más que una verdad a medias. Es cierto, por cuanto a nivel individual nos fuerza a cambiar profundamente, según cada individuo, en función de la intensidad con la que se vive –calor/color recibido/producido-; pero no lo es, en cuanto a que, como especie, los sucesos son una réplica casi exacta de sí mismos en no importa qué época de la Historia nos situemos. Si en lo individual los cambios son químicos, en fin, en lo colectivo son nada más que físicos, afectando únicamente a la forma y no a la esencia.
En lo individual, nacemos como un libro en blanco que vamos garabateando con toda aquella información que nos afecta, y en la medida que nos involucramos en la vida nos va transformando, convirtiéndonos en algo distinto a aquello que éramos cuando nacimos o en la etapa anterior de nuestra vida, en una mutación sin fin. “El río que has visto pasar, ya no es el que fue”, dicho en palabras de Platón. Sin embargo, en lo colectivo las situaciones se sostienen por más que las culturas, incluso las civilizaciones, sean diferentes y hasta tengan disímiles valores de base; cambian los usos y el decorado, pero el fondo sustancial siempre se mantiene. No importa si estudiamos la civilización sumeria, el imperio bizantino, la historia de la Iglesia o nuestra cultura actual, el despotismo y crueldad, la intriga y la codicia siempre son paralelas, si no idénticas. Si en lo individual las mutaciones son exclusivas, en lo social son excluyentes. Hay personas buenas que se hacen malas, y viceversa; pero no hay sistemas buenos, y todos ellos participan de los mismos elementos comunes. En lo individual, en fin, cabe la virtud, pero no en lo colectivo, porque si fuera una sociedad perfecta no tendría el individuo que esforzarse por modificarla, impidiendo así la transmutación de su esencia. El conflicto, pues, es preciso para que el cambio sea químico, permanente: el objetivo es la transformación.
El avezado lector o estudioso de la Historia sabe que a nivel social en no importa que época, los sucesos son miméticos como si fueran partes de una geometría fractal que se repite incesantemente. Todos ellos están basados en lo excluyente, en el control de unos pocos sobre los muchos, o, lo que vale lo mismo, en un régimen de dioses y esclavos. Puede que las condiciones aparentes cambien, que la crueldad sea aparentemente mayor o menor, pero el fondo siempre es idéntico. Si, por el contrario, reparamos en la pincelada personal, se aprecia que en cada individuo los sucesos afectan de una manera distinta, y quien nació neutro puede derivar en alguien bueno o malo, según cuáles sean sus formas de asimilar los sucesos. Es lo exclusivo.
Nuestra sociedad, como no podía ser de otro modo, ha impreso un significado intencionadamente perverso a estas voces capitales, figurando lo exclusivo como excluyente. Exclusivo, ahora, es tener lo que otros no tienen, distinguirse, descollar como un dios sobre la masa de esclavos, cuando eso es excluyente; lo excluyente, ahora, es enajenarse de la masa por tener un nivel de credos propios que le empuja al individuo a tratar de comprender, forzándole a un descenso a los infiernos de la realidad para, luego, poder ascender a los cielos de esa exclusión que, en realidad, es lo exclusivo.
Las pinceladas, los sucesos o épocas históricas, deben sostenerse en el tiempo, como el pulso o el propósito del artista impresionista se mantiene en la elaboración de toda la obra, o de otro modo los individuos, los pigmentos que las conforman, no tendrían las mismas oportunidades y sería un sistema injusto; sin embargo, son esos mismos individuos y su evolución los que dan sentido al cuadro con su colorido exclusivo y su distribución. Hay, pues, por qué intentar cambiar el sistema, y hasta es posible que sea conveniente que sea excluyente para empujarnos a modificarle, porque es eso lo que nos modificará en lo exclusivo. El inmovilismo es la renuncia a la evolución; nada que esté vivo está quiero. Visto así, el cuadro general tiene un profundo sentido: el objetivo no está en la victoria o el fracaso, sino en la lucha, o, como dijo el poeta, no está en el destino, sino en el mismo camino.
Y ahora…, el otro mundial

Terminados los fastos y glorias del Mundial y en puertas del masivo parón estival, es más que probable que tengamos ocasión de asistir en tribuna de honor al otro mundial que nos va a sorprender en el meollo silenciado desde todos los ángulos de la información: el ataque a Irán, puede ser que con armas de destrucción masivas de ésas que no están prohibidas por la ONU.
Las voces son ya alaridos, aunque no desde las tribunas sociales de gran eco social. El alcance, está por verse, pero, por si acaso, no tenga usted muy lejos de su alcance al siempre socorrido Nostradamus, Juan de Jerusalén o su versión particular del Apocalipsis, porque así como puede ser un paseo militar, pudiera muy bien no serlo y liarse la Dios es Cristo. Muchas voces autorizadas están preparando el terreno, por más que éstas sean acalladas por los alirones fumboleros y el flameo de las banderas, ya convertidas en simple símbolos del balompié.
Desde hace meses se ultiman los preparativos finales. A estas mismas horas una potente flota norteamericana e israelí sella el estrecho de Ormuz, Ahmadineyad ha decretado el Estado de Guerra, se afirma desde prestigiosos medios de que Arabia Saudita ha abierto un pasillo aéreo para los cazabombarderos judeo-norteamericanos que atacarán desde Israel, los depósitos de contingencia armamentística en suelo hebreo están resurtidos desde Italia, y las bases que al efecto han ido abriendo EEUU desde el inicio de la Guerra de Iraq en ese mismo país y las de Azerbaiyán, Kazajstán y Turmekistán, se dice que ya han recibido a las otras fuerzas que montarán la pinza de agresión, hacia cuyas fronteras del Caspio ha sido desplazado buena parte del Ejército Iraní. Por algo será todo esto, digo.
Algunos medios se han encargado de difundir en estos días de vivas y goles opiniones que cierran esfínteres de tal modo que ni un hilo podría entrar por ellos. Algunas, afirman que en la reunión de Sitges del Bielderberg se dio luz verde a la agresión, y otros, más directamente, han anunciado la cosa como altamente probable, desde Castro a algún que otro participante en el G-8 de Canadá, pasando por el propio Director General de la AIEA, Mohamed el Baradei, quien ha advertido de su dimisión si tal ataque se llegara a verificar. La cosa, se vea como se vea, pinta en bastos, y no queda claro ni el cómo ni el porqué son tan importantes las dos bombas atómicas que en el peor de los casos pudiera producir Irán, cuando hay más de cincuenta mil desperdigadas por todo el mundo en manos de irresponsables que sí las han usado contra poblaciones civiles, como es el caso de EEUU, o tuvieron la tentación de hacerlo, como lo es el de Gran Bretaña contra Buenos Aires en el curso de las Guerras Malvinas.
Encoje el ombligo pensar en las consecuencias de semejante despropósito. Hay líderes que ya advierten públicamente o de tapadillo que Irán no es precisamente un gato persa y para atacarles no tendrán los invasores tendidas a sus pies alfombras con arabescos, sino que muy bien podría ser que el gato fuera un tigre que con sus rugidos además despertara el conflicto coreano (donde ya tienen los EEUU su Maine, seguramente trucado al efecto), y hasta despertar al gran mandarín, quien en cualquier caso, si se produjera ese desventurado ataque, va a ver reducidos drásticamente, si no cortados, todos sus suministros de crudo, que es decir que será condenado al subdesarrollo y al conflicto interno. De ser así y llevarse a cabo esta intolerable agresión, los que dicen y repiten que la implantación del Gobierno Mundial requiere este paso previo, tendrían toda la razón del mundo, pues que los excedentes humanos van a ser liquidados en un decir Jesús y los mampuestos de ese ansiado poder mundial de ciertas elites colocados sobre las ruinas.
A la chita callando se han ido completando en los últimos meses las etapas de este plan que, se quiera o no, nos afecta de lleno: maniobras militares, recepción de provisiones, contactos entre las autoridades israelitas con Rusia (para que no entregue los S-300), EEUU, Arabia Saudita, EAU, la ONU, etc., y, por supuesto, sin olvidarse de la actualización de la maquinaria bélica con la implementación de los últimos y más sofisticados medios, pudiera ser que incluido el HAARP, al que se le atribuyen los últimos desmanes climáticos que están teniendo lugar en Irán. Cuando todos los políticos lo desmienten, es la hora de agarrar bien firme la cartera, y tanto Obama como Netanyahu, además de otros personajes de la línea oficial, niegan insistentemente una vez y otra lo que nadie les ha preguntado siquiera.
Puede que para los norteamericanos la guerra sea la forma en la que Dios les enseña geografía, pero, por estar a su lado, sus actos son nuestros actos y sus consecuencias las nuestras, si bien es más que posible que suframos las consecuencias nada más, pues que sus bases en España son logísticamente capitales y, en consecuencia, un objetivo prioritario de sus enemigos. La neutralidad en ese conflicto por venir, que ni siquiera es nuestro, es, a la vista del panorama, sencillamente imposible sostener: estamos condenados de antemano.
Por su salud

Cuando menos es sorprende, ya que no plausible, la cínica preocupación del Ministerio de Sanidad por la salud de los ciudadanos, el cual no duda en invertir ingentes dineros en inútiles vacunas que benefician a trasmano a las multinacionales de la cosa farmacéutica, a la vez que legisla y legisla y legisla invadiendo los ámbitos íntimos con la cosa de la prohibición del tabaco y se inmiscuye intolerablemente en la cosa individual y familiar al alentar –directa o indirectamente- a las nenas a poder abortar con o sin el consentimiento y/o conocimiento de sus padres y tutores.
A uno, que es como es de mal pensado, todo esto le huele a chamusquina. En lo de las vacunas, nada que decir que no esté sobradamente claro; en lo del aborto, sobran palabras, en fin, pues que ejemplos históricos relativamente recientes tenemos en nuestro propio continente, especialmente en el centro de Europa; y en lo del tabaco, vaya, que se agradece el interés en que no agarremos un cáncer (la mayoría de quienes perecen de esta enfermedad no son fumadores). Pero ya digo que sorprende este desvelo cuando no hacen lo más mínimo por saber qué sustancias de todas las que contiene el tabaco son tóxicas o cancerígenas, limitándose a la cosa de la nicotina, el anhídrido carbónico o fruslerías por el estilo. Sorprende.
Pero sorprende mucho más todo este encomiable celo, cuando, por ejemplo, obvian hacer nada por la exagerada eclosión de casos de cáncer y otras enfermedades atroces en zonas muy específicas, como Huelva o Cádiz, donde se verifica a la vez y sintomáticamente la mayor concentración de industrias tóxicas, y aquí el ministerio de la inquietud coercitiva no tiene que decir ni mu. Ni ahí, ni en los supermercados, donde abundan todo tipo de sustancias peligrosísimas en los alimentos, a través de los conservantes, estabilizantes y colorantes –especialmente en todos los productos orientados al consumo infantil, como dulces, refrescos y bollería-, que sobradamente están constatados como tóxicos, cancerígenos y como dañinos severos de la salud, produciendo desde tumores a asmas y pasando por inducir conductas hiperactivas. ¿Acaso esto no merece sus esmero?... Da la impresión de que hay algo en especial contra los niños, mal mirado.
Cuando uno se mete en Internet y pone en el buscador “aditivos alimentarios”, aparecen miles de páginas que alertan sobre las consecuencias terribles de consumir alimentos que tengan ciertos tipos de aditivos tipo E, y la lista –que abarca a casi todos- es espeluznante, haciendo notar en muchos de ellos que están prohibidos en medio mundo… excepto en España. Una contradicción flagrante entre estos desvelos tan costosos, invasivos y coercitivos por la salud de los ciudadanos en unos casos, al mismo tiempo que parece que les importa un ardite en otros, según a quien afecte; una flagrante contradicción entre la defensa de los derechos individuales de los inmaduros o demasiado jóvenes (y por tanto inexpertos o ignorantes), a la vez que dictatorial con quienes sí están cualificados sobradamente para decidir sobre sí mismos.
Cuando uno analiza el conjunto –tabaco, antivirales, aborto, aditivos, contaminación-, no tiene muy claro qué es lo que pretende este ministerio ni qué le mueve a orientarse en una dirección y a perderse en la otra..., a no ser que sea muy mal pensado. Si consideramos aisladamente el tabaco, y a tenor de la supuesta perniciosidad del mismo, sorprende que no lo prohíban; pero, claro, si al mismo tiempo permiten que los ciudadanos seamos intoxicados hasta la muerte por lo que respiramos o por lo que ingerimos, uno, entonces, no tiene ni idea de a qué están jugando.
A los lectores, entretanto, les recomiendo encarecidamente que se informen, porque si no velan ellos por su propia salud y sus propios intereses, está claro que están fritos. El Ministerio parece que sí, pero como que no.
Editing

Por primera vez en mi vida le he ofrecido una de mis novelas inéditas a un importante agente literario -la cual fue la tercera clasificada en el pasado Premio Planeta 2008-, y, después de ser leída por varios de sus lectores profesionales, ha concluido que era buena, pero que no podía publicarse porque le faltaba un editing. Le pregunté, claro, que qué era eso del editing, y me ha respondido que es un repaso exhaustivo del texto con sugerencias de cambios en la estructura y el diseño de los personajes, que es lo que las editoriales demandan; y ha terminado su atenta explicación, sin duda para dulcificar la negativa, añadiendo que es la práctica habitual con todos los autores y con todas las obras publicadas. Vamos, que dicho en román paladino es algo así como que otro reescriba la obra de uno, reduciendo la plástica y esencia del autor a los garabatos de un indocto a sueldo.
A pesar de haber quedado finalista en los Premios Literarios más conocidos y no sé si más reputados (Planeta -2 veces-, Azorín, Fernando Lara, Ateneo de Sevilla y La Rama Dorada), jamás se interesó motu propio una editorial o un agente literario por mis obras, y, en consecuencia, nunca antes fueron leídas por teóricamente expertos literarios fuera de los tribunales de los certámenes a los que concurría, razón por la cual hube de echarme al mar bravío de montar mi propio sello editorial. No es que se hayan vendido demasiados ejemplares, pero, bueno, hay algunas decenas de miles de mis obras (excepto las recientes) rodando por ahí, y no deja de tener su muy buena razón este insigne agente literario al decir lo que dice, pues que frecuentemente me llegan comentarios de los lectores respecto de lo difícil que es entenderme. “Hay que leerte con un diccionario en la otra mano”, han llegado a decirme algunos de ellos.
A mis obras les falta, pues, un buen editing. Si quiero tener cierto éxito literario, preciso con urgencia un corrector mediocre o un filólogo especializado en simpleza literaria para que diluya mi estilo y creatividad en esa caterva de estulticias en que quedan reducidas la mayoría de las novelas que actualmente se publican, pues que todas ellas parecen escritas por el mismo alineado. Nada de ornamento ni de fundamento, nada de sustancia, nada de manejo de idioma o de uso de recursos literarios eruditos: una historieta pelada, réplica y eco de otras novelas de éxito, es lo que vende, es lo que mola, es lo comercial. Sin embargo, dicho en palabras de Persio, de la nada, nada puede salir.
Nací con este don o este defecto de escribir sobre lo veo o colijo, y ya es tarde para cambiar. Renuncio al editing, simplemente porque quiero ser yo mismo a todo trance y que mi obra sea sólo mía, aunque el precio a pagar sea que únicamente puedan leerme unos cuantos. Ya saben: "Nosce te ipsum" (conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los dioses.) Además, creo que la literatura también es mesurable, así en la forma u ornamento como en el fondo o fundamento, y sé que mi obra es buena, muy buena, con mucho contenido, las dosis justas de ornamento y fundamento, y diferentes niveles de lectura: justo como quiero que sea, ni más ni menos. No me quiero comparar con ningún otro autor, sencillamente porque soy único, como los demás lo son; pero no deseo que nadie, ni programa informático ni hombre experto, ponga su huella sobre lo que soy, pienso, creo o escribo. Si ha de tener éxito mi obra –no la de otro-, ha de ser porque lo merezca y no porque un pulidor de vacuidades o un vendedor de tomates encuadernados me diga cómo ha de ser el alma de lo que soy en esencia. Si sólo unos pocos pueden, así, tener acceso a ello, sea enhorabuena: eso es exactamente lo que quiero.
Por otra parte, cuando veo a alguien leer en el metro o en su casa esa novela tan de moda, ese best seller elevado a los altares del consumo por el márquetin, no suelo tener una buena impresión del lector. Por prudencia me lo callo, claro, pero sé que es el tipo de lector que no me interesa porque no lee por sí mismo, sino por indicación de los think-tank del sistema. No; no me interesa en absoluto. El lector que me atrae, al que me dirijo, es independiente, con criterio propio y ansias de superación, capaz de discernir por sí mismo y de trascenderse, y éste rara vez o nunca se inclina por la novela impuesta por la moda. Después de todo, como dijo Julio César, el águila no atrapa moscas. Y moscas hay muchas, pero no me interesa ninguna.
Por suerte vivo de otro trabajo. Diría que en realidad es el pequeño empresario que represento el que mantiene como un mecenas al autor que soy, de modo que me es indiferente ese éxito literario. Puedo esperar. Incluso hasta después de haber muerto. Pero si mi obra es algún día algo, será sólo y exclusivamente mi obra, ni del corrector de Word, ni del editing negro ni de ningún mago del márquetin. Mi obra es mía y sólo mía, y, con o sin errores, si alguien le toca una coma o le corrige una tilde, le corto las manos. Así me hizo mi Dios, y así seré hasta el último de mis días. Temet nosce.
La que se viene encima

A finales de los años 60 hubo una gran preocupación por el crecimiento desmedido de la población mundial. Algunos, los que tienen edad suficiente, recordarán que se establecieron planes para controlar esta explosión demográfica que había traído la paz que siguió a la II Guerra Mundial, gravando con impuestos el nacimiento de hijo (caso de China), regalando transistores si se esterilizaban (caso de India) y con la difusión masiva de sistemas anticonceptivos (DIU, pilules contraconceptivas, etc.).
A principios de los años 70, diferentes organismos de la defensa norteamericana, y es posible que de otras potencias (URSS, Gran Bretaña, Francia, etc.), crearon sus propios programas estratégicos de control social en el marco de un planeta superpoblado, viendo la luz mediante filtraciones (interesadas o no) obras como El Tratado de Iron Mountain (que propugna la guerra y la muerte como medio de estabilización del Estado y de control de la economía), Alternativa-3 (que propone la colonización de la Luna y Marte porque la Tierra está condenada a muerte por sobreexplotación), Project-2000 (que plantea la eliminación de 2000 millones de personas para hacer sostenible la vida en el planeta) y como el Manifiesto de los Magos de Sión (que formula el control de la población por ciertos poderes económicos como si fueran poco menos que ganado).
Dos de aquellos memorables venimécums fueron exhaustivamente desacreditados en los medios especializados -el Manifiesto de los Magos de Sión y Alternativa-3-, si bien en el caso del último no queda nada claro que no se esté llevando a cabo –es más, hay quien opina que ya son operativas en ciertos extremos-, y del segundo, a pesar del supuesto interesado descrédito, sólo se puede decir que se está cumpliendo a rajatabla. Será mentira, si ellos lo dicen; pero uno lee, mira y comprender que, de eso, nanay del puluquín.
Pero es que con los otros dos aparentes desvaríos sucede un poco lo mismo, con la única diferencia de que donde el Project-2000 propone la eliminación de 2000 millones de almas, ahora serían algo así como 4000 millones. Una migajica de diferencia. Pone los pelos de punta que el Poder Negro piense así, pero lo hace, y para ello basta con constatar que si el estudio se realiza a finales de los sesenta, es en 1974 cuando, según algunos, en Fort Detrick (hoy Instituto Nacional del Cáncer) se pone a punto el virus del SIDA, pues que decidieron comenzar el trabajo con la eliminación de quienes consideraban más merecedores de ser extinguidos. La cosa les salió rana, por suerte, pero según se ve no antes de haber eliminado y estar eliminando a cientos de millones de personas. Algo es algo.
Respecto del Tratado de Iron Mountain, llevado a cabo en ese refugio nuclear por los cerebritos de su tiempo, basta con mirar alrededor para darse cuenta de que su aplicación rigurosa es el pan de cada día, y que buena parte de la estabilidad social y de la economía de Occidente se soporta bajo aquellas delirantes premisas. Si a esto le unimos lo del Project-2000, la verdad, da un poquitín de canguis, si bien sirve para comprender en buena medida qué está sucediendo, como por ejemplo respecto a que el aborto haya pasado en un pispás de ser un delito a un derecho, a las interminables guerras de barrio, al control del terrorismo, etc., sin olvidarnos de que Israel ha lanzado su quinto satélite espía, que no ha dejado de hacer maniobras militares en torno a Irán y que los ayatolás tienen las barbas en remojo. De atreverse a encentar Israel y sus aliados ese jamón, es mucho más que probable que se nos indigeste a todos, porque forzaría, o sí o sí, a entrar en el conflicto a Rusia y China, defendiendo sus intereses energéticos y sus influencias regionales, y se armaría la de San Quintín. Sin embargo, ahí están las bases que han ido montando los contendientes entorno a Irán, con la excusa de la invasión de Iraq y Afganistán, y ahí que en estos días Israel y EEUU van a hacer maniobras del máximo acoso hostil a Irán en las aguas del Golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz.
No quiero meter por ahora en el ajo otros temas cuando menos tan preocupantes o más que estos, que también son para dentro de un momento, porque con procesar lo expuesto ya vamos sobrados como base de reflexión sobre la situación general de nuestra realidad actual. Los ciudadanos de Madrid que en estos días quieren ir a trabajar se quejan porque los huelguistas del metro se lo impiden de la manera ordinaria, aduciendo que ellos no tienen la culpa de sus problemas; tampoco la tenemos ninguno de nosotros de los nubarrones que el Poder Negro está formando en el horizonte, y es más que seguro que en un ratito nos caigan chuzos de punta. Así está la cosa.
¿Y...?

Respecto de la sentencia del TC sobre el Estatuto de Cataluña, los hay que están contentos, medio-contentos o medio-enfadados y enfadados de verdad, y las mismas categorías para los que hacen su representación electoralista. En fin, que como es natural nunca llueve a gusto de todos. La pregunta, sin embargo, que debería hacerse el hombre de la calle, que ni pincha ni corta en asuntos de política sino como paganini de los desmadres de sus líderes políticos, es: ¿y?...
Veamos. Si la sentencia consagra la segregación total o parcial de Cataluña respecto de España, o si no, ¿qué más da, en realidad, si España no pinta nada como tal más allá de las cosas de la selección, las recaudatorias para los mandamases de donde sea o las cuestiones de orden público, ¡ar!?... Pero es que, aún en el caso de que se segregara Cataluña tampoco ella pintaría nada. Los hay que se hacen el longuis para recaudar votos y tener un argumento para aferrarse a la teta de la buena vida durante el tiempo que les sea posible todavía –poco, en realidad-, pero ocultan trapaceramente que ellos no serían sino la polea de transmisión de aquellos poderes recaudatorios que no residen ni en España ni en Cataluña, y que lo mismo da ocho que ochenta: todos a pagar, y punto. ¿Acaso los hoy croatas, macedonios o kosovares están mejor o pagan menos después de tan repugnante sangría en la que las multinacionales de los intereses político-económicos hicieron su sonado agosto?... Pues yo diría que no, claro, y que tienen en buena lógica más motivos para llorar que para reír; pero sin duda hay otras opiniones, que en talibanes nazionalistas somos excedentarios.
Los tiempos decimonónicos de los nazionalismos paletos pasaron a mejor vida, por suerte, y hoy el tiempo y los hechos se aceleran de tal forma que es más que posible que en breve alcancemos una singularidad espacio-temporal. De nada valen ya esos nacionalismos ni los otros. Por otra parte, demasiados codos hoy rozando el tintero como para que podamos mantener el folio de la Historia impoluto por mucho tiempo más. Estamos alcanzando la masa crítica no sólo en cuanto a población o distribución de intereses, sino que el poder –que es información- no cuenta lo que debería contar, como muy bien saben quienes están al tanto; pero baste decir que estamos a segundos de una transformación definitiva, de ésas que no tienen marcha atrás. El sistema está agotado, se mire como se mire, y no hay otro alternativo, o, el que hay, no es nada halagüeño. Y eso sin entrar en el meollo de la cuestión.
En esta balsa de la Medusa en que bogamos ya no se trata de unos quieran tomar un rumbo y otros, otro, sino que los problemas son globales, de especie, de sociedad, de supervivencia. La frontera de las guerras domésticas o de los países fue trascendida, y el tiempo ni vuelve ni devuelve los ayeres. Hoy, se plantea en las reuniones de los que cortan el bacalao de qué forma se implanta un gobierno mundial, no de si se implanta o no. Ya dividieron lo bastante a los adversarios que podían ser molestos y dieron lecciones ejemplarizantes con otros países, y no les es necesario seguir dividiendo para vencer: ya lo han hecho.
Así, pues, contentos o no, los ciudadanos de aquí y de allá, del Norte y del Sur, pagarán a los recaudadores locales, pero en realidad recogerán los dineros quienes son los destinatarios, y, que se desengañen los unos y los otros, porque nadie, absolutamente nadie, es independiente o libre hoy en día, al menos si está en el sistema. Ahí tienen a Zapatero, que con toda su eónica soberbia dice blanco, le dictan negro, y es negro.
¿El Estatuto?...: pues tan ricamente, diga lo que diga. La cuestión es: ¿Y qué más da?... La verdadera libertad, esa entelequia de la que tantos hablan sin poderla conocer por ser prisioneros de su laberinto y esclavos de sus palabras, ya la versificó Espronceda: “Allá muevan feroces guerras ciegos reyes…”
Banderita, tu eres roja...

Si la política financiera ya no depende de España, sino que se dicta en Bruselas, Bonn o París; si la política militar y de defensa ya no le corresponde –salvo en lo doméstico- a España, sino que es definida en la sede de la OTAN o en Washington; si aun lo que sembramos ya no depende de las autoridades de Agricultura de España, sino que se asignan los cultivos y cuotas de producción en la UE y determinan la supervivencia de las semillas las multinacionales como Monsanto, Bayer CropScience y otras por el estilo; ¿a qué iba a representar la enseña nacional, sino a un equipo de fumbo?...
En las calles se flamean banderas rojigualdas, la peña fumbolera se viste y atrezza con ellas, cuelgan de los balcones como si fueren tendidos o palcos taurinos y se agitan entre la turba que alienta a La Roja: a eso quedó reducido el símbolo del devenir histórico y la independencia de la nación española. Nada hay más allá de ello, y, de aquí en más, de poco o nada sirve que el Gobierno o, en su nombre, el Presidente, diga que no va a hacer esto o lo otro, o que va a hacer esto o lo otro, porque si no complace lo que propugna a quien debe complacer, es llamado ipso facto a Bruselas, Bonn, Paris o Washington, y se corrige el rumbo de modo y manera que se cumple a rajatabla lo que estaba escrito en el guión multinacional de quienes ni siquiera tienen asientos en los parlamentos u ocupan puesto en Gobierno alguno.
Desde las semillas que mañana producirá el campesino en ese pueblo olvidado de La Mancha a la cantidad y calidad de la leche que produce la vaquita asturiana o gallega, hay una voz inaudible por los oídos ciudadanos que dicta cómo, cuánto y hasta de qué marca habrá de ser lo producido; desde las cuotas de participación en los entramados multinacionales a las operaciones de recorte financiero que producen las crisis inventadas y nunca explicadas, nada de todo ello depende ya de los Gobiernos, sino que son definidas por voces imperceptibles para los sentidos ciudadanos, dirigiendo un dedo invisible el concierto mundial como una orquesta; y desde la defensa de los espacios, antaño considerados nacionales, a los medios con que cuentan o se equipan los Ejércitos de cada predio, antes llamado nación, son determinados por planificadores que tienen puestos sus ojos en intereses distintos que las soberanías nacionales. Las banderas, pues, no son sino distintivos de eventos locales, enseñas de clubs de fumbo o cosas por el estilo, a fin de tener entretenidas a las masas mirando el dedo que señala las estrellas.
Pocas, muy pocas naciones –si es que queda alguna-, son dueñas de sus presentes o sus destinos. Los pasos evolutivos son definidos en salas tan lujosas como sombrías donde se reúnen los 300 poderosos, donde dibujan el mapa que los complace para cada uno de los participantes en su juego. Luego, esas líneas maestras son desmenuzadas en sus generalidades por los cónclaves Bielderbergs o Trilaterales, y, por fin, son desmenuzadas en sus mínimos detalles para ser aplicadas en cada región, antes llamado país, por los G-lo.que.sea. El caso es que ningún país que participe en el juego puede definir una política estratégica propia, ni puede atacar o defenderse de éste o de aquél enemigo sin contar antes con los permisos preceptivos, ni puede sembrar lo que quiera, ni producir lo que le convenga, ni tomar el camino de futuro que crea mejor para sus intereses, sino que todo está esquematizado de tal manera que nadie, ninguna nación, puede sobrevivir ya por sí misma: necesita el trigo del otro, las materias primas del de más allá, el apoyo financiero de El Club o las Fuerzas del grupo, porque aún sus armas están trucadas y pueden activadas o desactivadas por control remoto.
Los Estados y sus banderas sólo son parcelas en el Gran Juego, áreas de subdominio manejadas como piezas por los relojeros que ponen en marcha los contadores de la paz y la guerra, de la crisis y la bonanza, de lo que se come o se bebe o de lo que se piensa o recrea. Las banderas se agitan y la ciudadanía saca su furia nacional a pasear por las calles, y, con su alegría de turba festiva, se agita y grita en plazas o estadios; pero sólo para festejar el triunfo del equipo de fumbo, o, como mucho alentar a los poderes locales que sigan atados en la cuerda.
El futuro, la paz y la guerra, lo que come o lo que bebe, lo que hay o lo que falta, lo que se cree o lo que entretiene, ya no depende de los poderes nacionales, sino del poder negro que practica el Gran Juego. La bandera, el símbolo de la independencia, es un remanente del pasado, un atavismo que irá siendo sofocado con victorias y derrotas del correspondiente equipo de fumbo.
El día de los tramposos

La afición en general de los equipos clasificados para la siguiente fase estará como unas pascuas, pero ya ha quedado demostrado, una vez más, que el fumbo está discutido con cualquier cosa que tenga algo que ver con la lógica, la honestidad, el mérito y el buen hacer. Como la vida misma, vaya. Ayer –aunque suele suceder prácticamente en cada encuentro-, fue el día mundial de las trampas, y dos selecciones nacionales fueron humilladas por tramposos para que otras dos selecciones nacionales fueran promocionadas.
En lo de Alemania, extraña, porque suelen ser gentes que se esfuerzan y saben ganar como perder, lo que implica una buena dosis de señorío, incluso en el deporte; sin embargo, en lo de Argentina –una selección tramposa dirigida por un tramposo nato-, la cosa es ya de tradición, pues que le viene de lejos. Esta selección es la misma a la que Menotti le facilitaba agujas para pinchar al contrario, la de la mano de dios que se hizo con Mundiales en base a artimañas bribonas, y la que ayer, una vez más, volvió a alzarse con la victoria en virtud de un atraco. Nada habría que objetar a esto, y hasta podría achacarse a un error arbitral, si el árbitro –italiano, como la ascendencia de buena parte de los argentinos y con fama sobrada de ser muy dados a este tipo de truculencias- no tuviera a su disposición todos los recursos tecnológicos necesarios y en tiempo real para haber evitado el tal nada supuesto error, sino que además los argentinos se mostraron muy combativos para que les dieran por buena su fullería, como así fue.
La FIFA, en fin, es una filfa. Todo, todo es mentira en ella, truculencia, fraude, ardid. Si lo que se veía en las pantallas del estadio y las televisiones en tiempo real, así en el encuentro de Alemania como el de Argentina, no obstó para que se les robara el partido a las otras dos selecciones –por cierto, también es trampa que Gran Bretaña pueda competir con cuatro selecciones y España no pueda hacerlo con dieciocho-, es que en el fumbo vale todo. Como en la vida misma, ya digo. Es el deporte de los fulleros, de los intereses espurios, y nada tiene que ver el ganar títulos con jugar bien al fumbo o tener cualquiera de las virtudes que se les suponen a los deportistas. Ahí está España, sin ir más lejos, que es favorita pero juega al fumbo con multimillonarios más pagados que un Nóbel que de fumbo, la verdad, no mucho.
En fin, que es un negociete que se han montado los Estados para, al mismo tiempo que narcotizan a la población mientras la dirigen al despeñadero, adiestrarla en que las trampas dan mejor resultado que la honradez y el esfuerzo. Si a Argentina se le quitaran todos los títulos conseguidos tan arteramente, tendrían la misma credibilidad que Maradona fuera de Argentina: ninguna. Serían equiparables a la selección de Malta –sin faltar-, pongo por caso, con la única diferencia de que la de Malta, que está formada por trabajadores, tiene un mérito y una honorabilidad que ni de lejos la tiene la de Argentina. Supongo, cómo no, que los argentinos en masa me declararán la guerra y hasta es posible que en un aquél invadan mi casa en plan malvinense, tal y como pidieron las enfierecidas e indignadas masas fumboleras argentinas que hiciera el Estado con Japón cuando en aquel entonces le prohibieron la entrada a Maradona por porreta.
En fin, que no, que todo es trampa, y que no es campeón el mejor, ni gana el mejor, ni siquiera se reconoce el mérito del mejor. Gana el más tramposo, con o sin la connivencia arbitral, a los que en casos como el de ayer habría que analizar con mucho método y rigor, y ver si en las Caimán, en Suiza o cualesquiera otros paraísos fiscales les han parido cuentas millonarias como si se tratara de un sarpullido espontáneo. A la FIFA, que es una filfa, seguro.
Ustedes me perdonarán, pero esto es lo que da sí el fumbo. No hay para más. Las aficiones arteramente vencedoras, por el contrario, están tan contentas y los periodistas sacándole el jugo a situaciones que les pueden ayudar a vender muchos libros, pasando por alto ejemplarizantes situaciones como éstas. ¡A ver qué periodista argentino, por ejemplo, se atreve a decir en un medio de su país que el partido fue guindado en un tête à tête con el árbitro! A las aficiones lo que les importa es ganar a como dé lugar, así sea pagando millonadas a quien corresponda o rompiendo los peronés de los colegas del otro bando. Y a los Estados, otro tanto: su tuvieran un mínimo de dignidad, pedirían que se repitiera el partido. Pero, en fin, el hecho es que si la propia selección se clasifica y gana, todo sea bienvenido, incluso la trampa o la artimaña. Y así está el fumbo, claro: son estrellas los que no están muy al tanto que el balón es lo más redondo que rueda en la verde pradera.
Lo que pase en Sudáfrica después de este día mundial de la trampa, sea quien sea el ganador, será indiferente: todo resultado está desvirtuado por los pillos, y los que fueron atracados ya no tendrán ocasión de imprimir su impronta. La estafa ya está hecha y el Mundial ha sido puesto en su lugar: el de los bribones.
Yonquis de la dopamina

Que la dopamina es una potentísima droga que causa dependencia es, según todos los estudios realizados al respecto, una certeza científica. Esta droga la produce el cerebro como consecuencia de las expectativas de placer, siendo sucedida, con la consecución del mismo, con una masiva liberación de endorfinas por ese mismo órgano. A primera vista pareciera que lo que engancha son las endorfinas, pero lo verdaderamente potente, lo que crea dependientes y potencia la conducta compulsiva, es la dopamina.
En el acto sexual, por ejemplo, las endorfinas se liberan únicamente al alcanzar el éxtasis, siendo algo así como una retribución de la naturaleza por contribuir a la perpetuación de la especie (ésta no entiende de métodos anticonceptivos); pero si las endorfinas se producen masivamente, aunque en cantidades limitadas, en ese clímax, la dopamina comienza a secretarse ante la simple expectativa, antecediendo incluso al deseo. Es más, probablemente es la dopamina la que provoca su aparición. Sin embargo, la dopamina no se secreta sólo ante las expectativas sexuales, a las que termina convirtiendo en una excusa el organismo para producirla, sino ante cualquier clase de expectativa que pueda producir placer, aunque sea un simple partido de fumbo de La Roja. Así, el individuo, sin tener que acercarse a un camello, se da un chute de una droga que deja a la heroína al nivel de la harina de trigo. Se ha convertido, sin saberlo, en un yanqui de sus propias substancias estupefacientes.
Las compulsiones –y en muchos casos los sentimientos de culpa que las suceden- son perfectamente justificables por esta adicción a la dopamina que produce el propio cerebro de cada cual, que como todo dependiente cada vez precisa de mayores dosis y con mayor frecuencia. Es por esto que la mayoría de las aficiones que causan placer son exigidas inconscientemente por el cerebro para producir más dopaina, de manera que el sexo es cada vez más exigente con materias –por lo común degenerativas- que cusen excitación y expectativa, que los deportistas de riesgo se conviertan en simples suicidas o que un simple aficionado de fumbo un día se sorprenda a sí mismo viendo a las tantas de la madrugada el partido de Sorromostrojo vs Capuchea como si tal cosa.
Los poderes lo saben, lo potencian y lo utilizan promoviendo las aficiones que causan dependencia, consiguiendo al mismo tiempo que los individuos dejen de procesar la información que pudiera interesarles en el ámbito social o político, para centrarse en la producción de dopamina que satisfaga sus compulsiones y le mantenga en la ribera del Nirvana yanqui. Viéndolo así, no es difícil entender que en un país en quiebra, con casi cinco millones de personas en el meollo de la miseria, con los titulados superiores en paro y la juventud sin porvenir, y la deriva de los más trascendentes problemas de futuro, esté entregada en cuerpo y alma a la satisfacción sexual (cada vez más rara), la enseña patria haya dado en ser un artefacto colateral que flamear en el fumbo y que todo ello sea promovido por el Estado, bien con cursos de masturbación, con la exaltación del fumbo, con la divinización de la sexualidad desde la primera infancia y con la aplicación de leyes que faculten a esas niñas que pudieran tener problemas de culpa social, por consecuencia de los actos irreflexivos producidos por haber caído en esta trampa, puedan abortar como si tal cosa, aún contra o sin contar con la autoridad de las únicas personas que verdaderamente los quieren en el mundo: sus padres.
Al Estado, y en particular a ciertos partidos políticos con mucha inteligencia y toda mala, les interesa sobremanera tener cautiva a la población civil mediante un soma semejante, una droga que no causa problemas con las mafias internacionales y que queda restringida a la conducta íntima de los propios ciudadanos, los cuales son yanquis de sí mismos, pero al mismo tiempo se han convertido en los contribuyentes perfectos, en los ciudadanos modelos que cederán sin protestas ante cualquier ley, por injusta y cruel que sea, porque sencillamente estarán centrados en obtener su dosis de dopamina y seguir durmiendo en el matrix de ser corderiles contribuyentes. A los yanquis se les controla estupendamente, si se les permite que tengan su chute regular, ya sea una banderita que flamear en el fumbo, un precipicio por el que arrojarse o andar haciéndose pajas como un mico.
El sufrimiento de los padres con hijos repetidores

Como padre de un hijo que ha sido suspendido u obligado a repetir curso, sin duda usted está preocupado, pero antes de pasar un verano infernal o hacerle pasar a su hijo por un injusto infierno, considere que tampoco usted tiene estudios superiores y, con toda seguridad, no se considera usted un mal tipo. Si tuviera usted estudios superiores o, no teniéndolos, considera que en los tiempos que corren es preciso, indispensable, necesario que su hijo sí los tenga, antes de cargar las tintas contra él, tenga en cuenta que se puede ser un gran hombre sin estudios, y que ejemplos sobran. Sin ir más lejos, Benjamín Franklin nunca tuvo formación, y fue un buen político y un excelente físico; Michael Faraday, fue un hombre sin estudios que realizó los mayores progresos de su tiempo en electromagnetismo y electroquímica, fue miembro de la Real Sociedad de Londres y vivió con reconocimiento académico y buena holgura económica; Michael Dell, abandonó los estudios a los 19 años, fundó Dell y se hizo rico; Soichiro Honda, abandonó los estudios a los 15 años, fundó Honda y se hizo rico; Steve Jobs, abandonó la universidad en el primer semestre, fundó Apple y se hizo rico; Ernest Heminway, prácticamente no estudió, pero fue uno de los mejores escritores de su tiempo; Bill Gates, abandonó la universidad, fundó Microsoft y se hizo rico; Paul Allen, abandonó la universidad y cofundó Microsoft y se hizo rico; John Carmack, abandonó la universidad, y cofundó ID Software, y se hizo rico; y así podríamos seguir hasta el infinito.
Es más que probable que buena parte de las personas que usted conoce, con toda certeza personas de bien, no tengan estudios superiores, y eso no les ha convertido en delincuentes o en gentes de mal vivir, sino todo lo contrario. Vive usted en España, no lo olvide, y especialmente aquí tener estudios superiores es algo que carece de importancia, salvo para ser un pringado. Si mira la página del Colegio de Arquitectos, por ejemplo, verá que no es raro que se soliciten arquitectos -una de las carreras más duras de España- por menos de 6000 euros brutos anuales; algo menos de 500 euros al mes. Por el contrario, vea por ejemplo cualquier programa de televisión, y enseguida, a poco que se informe, comprobará usted que la práctica totalidad, desde los presentadores a los opinadores, no tiene estudios de ninguna clase y que en su época colegial fueron auténticos zotes. En estos días se han llevado a cabo los exámenes de selectividad en toda España, pero no tiene sentido que esos chicos quemen su juventud estudiando para luego languidecer mientras se llenan de rabia haciendo másteres y más másteres porque no encuentran en qué trabajar que no sea gratis o de becario, si es que no se enferman de rabia en las filas del paro; más del 60% de los titulados superiores jóvenes está en el paro, entretanto sólo el 20% de los jóvenes sin estudios lo está.
Desengáñese, amigo, y, lejos de reñir a su hijo, compréndalo. No digo que le aplauda, pero al menos escúchele. Es más que probable que haya suspendido no por tonto o por torpe, sino porque no le ha caído bien a un profesor que se venga de él esta manera, algo más a la orden del día de lo que muchos creen y contra lo que no hay ley que valga. Si su chico le ha caído mal a un profe, está listo, porque a estos dómines les gustan especialmente los asnos regalones y aquellos cuyos papás vienen cada dos por tres al colegio o el instituto a hacerle reverencias. Si hay algo que un profesor no soporta -créame, que en esto sobran datos y experiencias- es alguien que sea más listo que él, aunque sea mucho más joven. Debe usted comprender que la mayoría de los profesores lo son porque la nota no les dio para más, y eso frustra mucho. Por eso a estos alumnos listos o inteligentes no les pasan una, y es preciso para su ignominiosa asnidad suspenderles con la excusa que sea o hacerles la vida tan difícil a estos alumnos que les tomen repugnancia a los estudios. Su éxito es el fracaso de su alumnos más inteligentes, y, por ello mismo, más rebeldes. Los asnos jamás dieron muestras de rebeldía. He aquí el porqué de que la práctica totalidad de los genios no lleguen siquiera al instituto.
Si nos metemos en las áreas del famoseo o de los deportes, ¿qué quiere que le diga?... En esos ámbitos el que alguien sepa hacer la O con el culo de un vaso es casi como el milagro de los panes y los peces, lo mismo que en los solares de la cultura, si por tal entendemos la cosa ésa del cine, la de la música llamada pop o la de la literatura de los grandes sellos editoriales. Cosa, por otra parte, de lo más normal, habida cuenta de que aquí es necesario ser ingeniero, abogado, médico o arquitecto para ocupar un puesto de chupatintas, pero se puede ser como Largo Caballero, ministro de la República, que no tuvo formación alguna; o como Indalecio Prieto, que tampoco; o Celestino Corbacho, que es el actual ministro de trabajo y no tiene formación universitaria; o como José Montilla, que es presidente de la Generalidad, pero tampoco; o como José Blanco, que es ministro de Fomento, pero no tiene formación universitaria ni domina siquiera muy allá el castellano. De idiomas extranjeros, en fin, ni hablamos en el caso de los políticos, acaso una de las asignaturas en que se hayan cargado a su hijo. Si le sirve de consuelo, tengo una hija arquitecta que ha facturado menos en los cinco años que lleva trabajando que un peón caminero, y otra que licenciada en Medio Ambiente que ´lleva cuatro años de becaria a menos de 800 euros al mes, algo menos de la mitad de lo que cobra mi esposa por seis horas de trabajo, que no terminó el séptimo grado en Argentina. Querer que un hijo tenga estudios superiores en España es condenarle a la pobreza más solemne, hágame caso. Aquí el talento es obstáculo, créame que es la Biblia lo que le cuento.
Vamos, hombre, vea la parte buena de la situación. Su hijo ha suspendido, pero importa más bien poco, y, hasta bien visto, puede ser una excelente oportunidad. Siempre le quedará la política (puede llegar a Presidente) o el famoseo (si le sale puta o mariquita, se forra) o el deporte (si le gusta a su nene dar patadas a los libros, ahí tiene usted un héroe en potencia de La Roja que no va tener dónde guardar tantísimo dinero), y, si no, le puede abrir una página de comercio electrónico en Internet para vender consoladores, que ese el futuro en este país de sexópatas, no piden títulos universitarios y quienes se han montado una, viven a todo tren en La Moraleja. Venga, no sea usted tiralevitas, mire a su alrededor y vea, repare en que quienes se han quemado la juventud sobre los libros no les ha servido para nada, salvo para no tener trabajo, y, si lo tienen, cobrar menos que quienes sí disfrutaron de su juventud mientras ellos estudiaban día y noche. Estudiar, en España, es cosa de pringados, créame. España es diferente, por si no lo sabía. Su hijo, el que ha suspendido, sí que sabe: es un genio; al menos, en España.
La cosificación social

Mi sustancial antipatía hacia por el PSOE puede parecerles a muchos el sentir de hombre de derechas, pero no es así. Tampoco soy de izquierdas, claro, sino un convencido deontócrata, si bien nada de esto obsta para tener la absoluta convicción personal de que el PSOE es a España lo que un cáncer a cualquier ser vivo: lo peor y más doloroso que le puede suceder. Y no digo que sea de lo peor, sino directamente lo peor. Su capacidad de infligir daño es enorme, y la de corromper, en mi opinión, no tiene parangón en ninguna otra parte de la naturaleza o la Historia, fundamentalmente porque son lobos disfrazados de corderos. Nada es más peligroso que una media verdad, y ése es, precisamente, el territorio en el que se mueven a sus anchas.
Podríamos remontarnos a su proceder apoyando la Dictadura de Primo de Rivera, a su intento de derribar la Constitución y la II República con la Revolución de Asturias del 34 y otros muchos lamentables episodios más; pero nos basta con nuestra historia reciente para comprobar lo dañinos que pueden llegar a ser: Felipe González y su institucionalización de la corrupción –sólo le faltó crear un ministerio ad hoc-, y Zapatero y su eónica incompetencia para cualquier cosa distinta que obedecer a los que pretenden convertir a nuestro país en una provincia de sus espurios intereses. Sin embargo, ambos personajes han tenido y tienen en común un propósito: la cosificación del individuo y, por ende, de la sociedad, la degradación de los ciudadanos al nivel de los objetos y la corrupción de cualquier cualidad humana que tenga aroma a virtud. Así está la cosa.
El primer engaño del PSOE fue hacer creer a los trabajadores que son la izquierda, aunque a estas alturas de la película pocos habrá que, teniendo luces, se traguen esa bola. Ahí está aquel supuesto estadista que trajo los contratos-basura “coyunturalmente” y todavía permanecen con su sucesor, veinte años después. El segundo, su supuesto pacifismo, desdicho por su “OTAN, de entrada no” –liderada largamente por quien arguyó “100 razones para no entrar en la OTAN”-, y la política de aquel nefasto supuesto estadista y su monaguillo, convirtiendo a nuestras Fuerzas Armadas en sacrificables peones del Poder Negro. Pero la gran estrategia verdadera del PSOE, y donde radica su verdadera perversión, es en sus desmedidos afanas por cosificar a la naturaleza humana y, por ello mismo, a los ciudadanos, convirtiéndolos en objetos sin valor alguno: véase cómo ha degradado ideologías, credos, fes y conductas personales o sociales, y díganme qué es en verdad el socialismo que este partido encarna.
Ha convertido la masculinidad en delincuente tácito –forzada a mostrar inocencia permanentemente-, ha envilecido credos y fes en base a falaces sofismas, ha primado al terrorista o al criminal sobre la víctima, ha denostado cualquier proceder ético y ha pervertido a la juventud y aún a la infancia, empujándolos a ser objetos de disfrute para pervertidos con sus legislaciones antinaturales, su inicuo adoctrinamiento escolar y el enaltecimiento permanente en todos los medios de conductas contrarias a la naturaleza y la condición humana.
Podíamos, en este sentido, respaldar estos asertos con las leyes que demonizan al hombre, con la mayoría de edad sexual a niños en plena infancia y sin posible discernimiento acerca de las propiedades de la vida y el mundo, el adoctrinamiento stalinista que supone su Educación para la Ciudadanía en la cosificación de sus conductas y cuerpos (a los adultos se les amaestra en base a teleseries y a cultura-basura), la creación de adeptos adolescentes por empatía con el aborto libre a las menores, la destrucción de la autoridad en el núcleo familiar (base de la sociedad) y su denodado empeño en que los jóvenes reparen sólo en lo efímero del placer sexual, gastando ingentes afanes y dinerales inmorales en mapas de clítoris, cursos masturbatorios, talleres de ligue y, como guinda que colma el pastel del despropósito social, esa iniciativa de su Generalidad -prontamente extensiva a toda España- incitando a los niños a iniciarse cuanto antes en el sexo más animalizante con felaciones y relaciones sexuales con personas de cualquier edad y cualquier sexo, instalándolos de pleno en la promiscuidad cosificante.
Por sus frutos los conoceréis: quien sea de izquierdas, ya sabe que el PSOE no tiene nada que ver en absoluto con la izquierda; quien partidario de la libertad, sabe que el PSOE apoyó la Dictadura de Primo de Rivera; quien republicano, sabe que el PSOE se levantó contra la República (Largo-Caballero fue condenado a 30 años de cárcel por un tribunal republicano); quien trabajador, sabe que el PSOE va contra él (ellos trajeron los contratos-basura y ellos son los que hacen pagar la crisis de los muy ricos a los trabajadores); los que tengan una fe o un credo, saben que el PSOE sólo aspira a cosificarlos; los que forman parte de una familia, saben que el PSOE trata de destruirla; los que creen que se debe proteger a la infancia, saben que el PSOE es su mayor enemigo y que ansía convertirles en esclavos de su propio cuerpo, anulando y degradando sus virtudes; quien crea en su país, sabe que el PSOE nos ha convertido en peones de potencias extrajeras; y quien crea que la condición humana es aspirar a lo sublime y la negación de la animalidad, sabe que el PSOE sólo aspira a cosificarnos, convirtiéndonos en objetos sin voluntad al servicio de los más tenebrosos poderes. Que quien tenga ojos para ver, que vea.
Las nuevas revoluciones

Un mundo expira, les pese o no a la SGAE y ministros cejilleros, les duela o no a las tiránicas empresas en general, a las supereditoriales o a las fábricas de frikis del tatachunda, y les guste o no a los rancios misoneístas. Si el mundo aguanta –que ya veremos-, en muy pocos años, gracias a las nuevas tecnologías, cambiarán de manera radical muchas de las formas de vida que hoy consideramos ordinarias, porque hoy la revolución no se hace con pistolas ni con pancartas, sino cómodamente desde casa. Y es que los tiempos adelantan que es una barbaridad..., por suerte.
Efectivamente, Internet ha sido y será una revolución, una suerte de vórtice que ha plegado el espacio-tiempo hasta reducirlo a su mínima expresión. Tiene muchos y grandes defectos –casi todos surgidos de los espurios intereses de los Estados y sus multinacionales del dinero en crudo-, pero tiene enormes e importantes ventajas: la cultura, la información y el flujo de ideas (que es tiempo) viajan por la red a la velocidad de la luz, dejando a nuestro antes gran mundo reducido a un exiguo orbe donde casi todo sucede al mismo tiempo en cualquier parte del globo.
Entre sus muchas ventajas, está el que cada día más profesionales de la oficina –ésos que hasta hace dos días estaban ataviados con puñetas y visera bajo la bombilla de una tétrica oficina- no tengan que desplazarse a ningún centro de trabajo distinto de su despacho doméstico; el que alguien sin trabajo y/o con iniciativa, por poco más de cien o doscientos euros pueda montar un negocio superoriginal o convencional en su propia casa (una librería virtual, por ejemplo; o un taller de diseño gráfico, quizás; o una consejería de lo que sea, tal vez; o una empresa de servicios, a lo mejor; o aun una tienda de cualquier clase de productos); que un autor pueda prescindir de editores, agentes y toda esa cohorte de chupópteros que viven a costa de él; o que un artista, ya sea cantante o pintor, arquitecto o cineasta, con el manejo adecuado de ciertos medios hoy al alcance de todos –Internet, CAD, Movimaker, Photoshop, una web más o menos bien diseñada y una cámara de video y/o fotografía- pueda realizar su propia producción y llegar al público en forma directa, personalizada y masiva, sin tener que ponerle el trasero al poderoso de turno. A su servicio están los cada vez más influyentes YouTube y similares, las redes sociales profesionales y los propios blogs o sitios webs que cada día son más atractivas, ágiles y completas. Un mundo nuevo, en fin.
Ventajas importantes, porque esta nueva revolución está basada en lo efímero, en lo intangible (como corresponde al mundo de las ideas) y en lo virtual, y, por ello mismo, no consume recursos al planeta en desplazamientos, tiempo perdido, malos humores, jefes tiránicos, consumo de combustibles fósiles, derroche de papel, plásticos, truculencias de márquetin, etc., a la vez que el consumidor puede obtener exactamente lo mismo a mucho menos precio y sin tener que acudir a centros masivos donde estará prohibido fumar, pero la gente huele que es un primor y es fea a rabiar, y donde a uno le cobran un ojo de la cara por ser un primo.
Los hay que se resisten, claro, como todos ésos que dicen que donde esté un libro de papel (de 20 ó 30 euros) que se quiten los electrónicos (de 3 ó 5 euros como mucho); pero lo mismo pasó con los móviles, y, aunque mayoritariamente decía todo el mundo que él jamás utilizaría esa cosa ridícula que le hace a uno ir hablando solo por la calle como si estuviera loco, hoy lo no pueden prescindir de ellos ni los niños. Los libros de papel están dando sus últimas bocanadas, por suerte, y en breve, muy en breve, uno podrá tener en su disco duro todo el conocimiento y el arte del mundo, sin necesidad de una biblioteca como la de Alejandría o una pinacoteca como el Prado y el Louvre juntos. Si quiere en papel o tela una obra completa, podrá imprimirla con la calidad de un original, por supuesto; pero, ¿para qué, en la mayoría de los casos?...
Como autor, me costó decidirme en meterme en esto; pero lo hice hace años. Abrí mi página web, colgué unos videos de promoción de mis novelas en YouTube y le ofrecí a quien le interesara mis obras en versión libro electrónico o papel, editados en autoedición –pudiéndose en ella leer gratis previamente algunos capítulos-, y, oiga usted, no se pueden imaginar qué excelentísimos resultados. Después de toda una vida buscando agente o editor que se quisiera jugarse por mí un euro para sacar mil y de no encontrarlo, resulta que no me hacían falta ninguno de los dos, trato directamente con mis lectores y puedo vender mucho más barato y en el acto por transmisión electrónica. ¿Molestias para los lectores?...: ninguna, más allá de molestarse en entrecomillar el nombre del autor que desean en YouTube o en un buscador de Internet, o ir directamente a su sitio web. En cualquier caso, el lector ya no tendrá que consumir forzosamente al petardo televisivo o al friki creado por el márquetin, sino que podrá elegir entre miles de autores y obras, e incluso leer gratis algunos capítulos antes de adquirir la obra que le interesa. La calidad, a partir de ahora, sólo la define cada lector: el crítico, desde ahora, sólo lo puede ser el propio lector.
Una revolución ha llegado, y, si no nos lo estropean con desastres mundiales o conspiraciones de las multinacionales, que editoriales, discográficas, empresas convencionales, agentes de la manipulación, tributarios de la ceja y demás fauna parasitaria, se vayan buscando nuevas yugulares de las que alimentarse, porque los cuellos de los artistas se han revestido de acero electrónico.
Por ahí sí que se acaba el paro, y no con absurdos cursos que dilapidan lo de todos en beneficio de los amiguetes del poder. Cada uno, gracias a esta revolución, es el dueño absoluto de su propio destino, y todo ello por cuatro euros... y una migajica de originalidad e inteligencia.
La verdad duele, pero no cura

Siempre he sostenido que generalizar es sublimar, entretanto fijarse demasiado en el detalle es perderse en lo absurdo o lo anecdótico. Es necesaria una amplia perspectiva para comprender cualquier situación, y, después, sólo después, puede ser conveniente entrar en pormenores, aunque esto no es del todo seguro. Así, la realidad de nuestro momento histórico y político, vista desde cierta altitud e independencia, asegura que está orquestada desde hace tiempo, planificada como una acción de guerra y contando con su estrategia y su despliegue de recursos. No parece, bajo ningún concepto, fruto del azar.
Si con esa amplitud de miras consideramos la situación y analizamos los dos últimos decenios, pongo por caso, no es difícil ver cómo se han ninguneado desde el poder la ideologías y los credos –apenas desviados hacia asuntos menores como el puntual y oportuno terrorismo o los culebrones que en el momento preciso han colapsado los debates de los opinadores sociales- al mismo tiempo que en las sociedades aparecían dineros por doquier, nadie sabía salidos de dónde. Lo cierto, es que si hace veinte años todavía se creía en dioses o en lenines o en marxes, ahora no se cree en nada, y todos aquellos devotos y los que no lo eran, se fueron echaron concupiscentemente para llenar su vacuidad en los brazos del consumo desenfrenado, adquiriendo pisos, coches de lujo y viviendo por encima de sus posibilidades a varias estratosferas de altitud.
Así la cosa, cuando los poderes estratégicos se percataron de que Juan Pueblo ya se había puesto la cadena hipotecaria y estaba lo suficientemente endeudada como para ser dueña de su voluntad, o estaba confinada en un empleo eventual o de subsistencia, y aún los que tenían de sobra se habían adocenado en sus propiedades y efímeros paraísos, largaron una crisis que nadie entiende ni explica –más allá de las fruslerías de los ninja ésos y de las subprimes que no se tragan con baldes de agua ni los más tontos-, y. ¡hale hop!, los dineros desaparecen como por ensalmo y nadie puede protestar porque, o están vendidos a esos poderes estratégicos –sindicatos, partidos, etc.-, o tienen que hacer frente a hipotecas que les tienen atados por la patita al inflexible poste del sí bwana.
He aquí el resultado de esas reuniones de entretenimiento de Bielderbergs, Trilaterales y grupos G que algunos no entendían o decían no entender, y sus consecuencias: no hay culpable alguno de la crisis en todo el mundo Tierra, ni uno, a pesar de que se han producido daños por valor billones de euros y millones de tragedias humanas; los paganinis de las crisis son las clases medias, nada de ricos, banqueros o quienes produjeron este elemental desafuero, en beneficio precisamente de todos éstos y de quienes se han hecho con el monte y la maravilla; los sindicatos, enfierecidos (¡je!), convocan huelgas generales para ¡dentro de tres meses!, y seguramente con servicios mínimos del 99% o así, ya lo verán, y hasta únicamente, quizás, para demostrar gráficamente su nadería y su incapacidad; y los ciudadanos se encuentran atados bien cortito por las cadenas hipotecarias, crediticias o de empleos basura que ellos mismos se pusieron en los tiempos de bonanza, obligados a devorar el herrén que les proporcione el sistema y a obedecer como los asnos.
Todo se ha cumplido a carta cabal, mientras los bien pagados opinadores del régimen entretenían al personal con sus absurdos debates sobre los detalles o las goteras de la economía o la política, pasando por alto el estado del tejado que nos cubría. Lo dije reiteradamente desde ésta y otras columnas, además de alguna de mis obras, y no saben cómo lamento no haberme equivocado, ni en los sucesos ni en las fechas siquiera. Ahora, y como próximo paso, le toca a lo que les dije que pasaría con el PSOE para calentar la cosa y desviar la atención: el guerracivilismo y la paz negociada con ETA. Pero no teman, que no llegará la sangre al río: es la mano que entretiene e ilusiona mientras con la otra nos guinda la cartera no el PSOE, sino el sistema. La verdad, ya lo ven, duele, pero no cura. Y no lo hace porque todos, todos, están tan entretenidos en el espectáculo que no pueden ver que les están dejando sin futuro. Un futuro que, repito una vez más, está a la vuelta de la esquina: en poco más de dos años, la solución la solución definitiva. Vamos de culo y cuesta abajo a encontrarnos con el futuro.
Mucho, pero no tanto

Participar como actor de reparto en la tragicomedia divina parece ofrecer muchas oportunidades: uno, teóricamente, pude ser cualquier cosa, contar con innumerables amigos, licenciarse en cualquier disciplina, tener cualquier profesión, emparejarse con la criatura de sus sueños, ser rico, clase media o pobre, ser promiscuo o célibe, etcétera; sin embargo, esto es sólo una apariencia, y, como todas ellas, falsa.
La edad y la experiencia suelen poner las cosas en su sitio, y, por más que el joven haya creído en sus primeros y más dichosos años que hay mucho donde elegir, en realidad no hay tanto. Uno, por ejemplo, no vive donde o como quiere, sino donde y como puede, y lo mismo sucede con todo lo demás: no se tiene la pareja que verdaderamente se quiere, sino lo más aproximado a eso de entre las posibilidades que se tienen; no se estudia lo que se quiere, sino lo que permite la injusta nota de corte en el acceso a la universidad; no se trabaja en el empleo estupendo y bien retribuido que uno es más que capaz de desempeñar, sino que debe conformarse con el que pueda conseguir; y así con todo. Mucho, sí; pero, en realidad, no tanto.
Mucho, es algo inmanejable y absurdo, tal vez incluso contrario a la naturaleza humana. Lo doméstico, lo no tanto, la mínima certeza o la fe de andar por casa, es algo más ajustado y deseable para un tipo normal. La macroeconomía o las crisis internacionales se le hacen tan grandes e incomprensibles como el mismo galimatías internacional, donde todo parece revuelto en un sindiós que no da la impresión de tener ni pies ni cabeza; y los grandes asuntos de Estado le desbordan, un poco como le resulta impenetrable eso de las macronaciones que en realidad sólo son el cortijo de algunos. Al hombre normal, el que pisa el suelo de la calle, no le interesan los discursos políticos ni los delirios históricos, sino sus pequeños problemas, ésos que las grandilocuentes palabras que chorrean desde el parlamento no solucionan, y remediar sus pequeños quebrantos económicos sin que para ello tenga que entender de bonos basura, acciones de bolsa o subprimes.
No tanto es lo que de verdad le interesa al tipo de la calle. Ha aprendido que el mundo es grande, pero que él está confinado en una mínima parcela; que hay millones de casas, pero que sólo podrá aspirar a un menguado departamento; que la patria es enorme y tiene una pesada Historia, pero que él sólo puede aspirar a ser carne de cañón; que las cuentas del país son así o asá, pero que él sólo cuenta como paganini; y hasta podría ser que se haya esforzado mucho en adquirir cierta maestría en lo que sea, pero que toda posibilidad de éxito está únicamente al alcance de los merodeadores del poder. Mucho, en fin, pero no tanto.
Por eso el hombre de la calle se refugia en su casa, donde procura convertir su reducido espacio en cierta maqueta de su paraíso –ni siquiera del Paraíso-, en su equipo de fútbol o en su credo de andar por casa, aunque éste sea su mismo escepticismo. El hombre de la calle tiene problemas para creer en lo mucho, por eso es muy frecuente que vote para castigar a quienes le han dañado más que por beneficiar a quien le promete lo que sabe que no va a cumplir. El hombre de la calle sabe que el orden de lo mucho es de mentiras o de realidades inalcanzables, y ha aprendido a conformarse con el no tanto que está al alcance de su mano. Es desconfiado, porque ya le traicionaron demasiado; incrédulo, porque los muchos paraísos que le ofrecieron resultaron ser infiernos; resentido, porque le piden silencio y buenas maneras para no perturbar el bienestar de los que viven sin estrecheces; y descreído, porque las muchas fes y los muchos ismos sólo le piden sangre en las malas horas, pero se olvidan de él en las buenas.
Mucho, sí, pero no tanto. Ahora se pregunta el hombre de la calle que por qué irrumpen los poderes en su menguado dominio a exigirle el tributo del delirio de aquellos alucinados que dilapidaron los haberes de todos, cuando esos mismos poderes le olvidaron en los tiempos de abundancia. Mucho podría darles, quizás, pero no quiere ahora darles tanto. Y tendrá razón en abandonar a los sindicatos que le abandonaron, en no ser patriota el que fue paria en su tierra y en centrarse en su propio interés, en su paraíso inmediato: su familia, su paraíso doméstico, sus pocos amigos. Y que el mundo reviente, que son muchos los que lo habitan, pero los que lo hacen inhabitable no son tantos.
Disparates

En una de esas antologías del disparate con las que tanto nos hizo reír don Luis Jiménez Díaz, a la pregunta de examen sobre qué era la soberbia, el alumno respondía con contundencia: “Es un apetito desordenado de comer y beber, que se corrige practicando la lujuria.” Tal cual, oiga usted. Y eso que entonces había un bachillerato y no la cosa ésta de la LOGSE o lo que sea, de modo que ni me quiero imaginar qué respondería un alumno de hoy a tan peliaguda cuestión.
Este alumno, contra todo pronóstico, me da en la nariz que ha llegado más lejos de lo que muchos esperaban, y que hoy, casi con total seguridad a tenor de los síntomas de la realidad política, está empleado, o bien en el Gobierno, o bien como asesor del Gobierno o bien, en el peor de los casos, como diputado. Indiscutiblemente somos excedentarios en soberbia política, y desde un simple diputado a lo más alto del Ejecutivo, es el distintivo natural de esa especie: creerse Dios, su encarnación viviente y con derecho a hacer lo que estimen oportuno con este pueblo, que lo es, para que les sirva.
Aplicada la receta de tan preclaro alumno, queda claro y contrastado que esta categoría de criaturas soberbias por antonomasia se la pasan comiendo y bebiendo desordenadamente, además de inaugurando a destajo lo que sea, donde sea y a trochemoche, a la par que a renglón seguido dilapidan algunas decenas de miles de euros cada día en un ágape para celebrar la inauguración. Hasta aquí, todo fetén y en la diana, y aquel alumno tiene todos los visos de estar en posesión de la verdad absoluta. Sin embargo, nos queda el corolario de su axioma:
¿practican nuestros soberbios la lujuria?... Y la respuesta es: sí, constantemente. De modo que nuestro aparentemente inculto alumno, o bien está incluso en la clase política, o es asesor de ella, pues que cabalmente se cumple su definición como un carácter identificativo de nuestros dirigentes, los cuales son soberbios porque tienen un apetito desordenado de comer y beber de gorra (tras inaugurar lo que sea para salir en los telediarios), y luego combaten su defecto con la práctica exacerbada de la lujuria para relajarse ese día, aunque, ¡pena!, los efectos les duran sólo hasta el amanecer siguiente (algunos hay, claro, que no duermen para seguir dándole a la cosa).
Y les va la lujuria no así, como a un bindundi cualquiera, sino a lo grande, a lo loco y con cierto morbo. No; ellos no se conforman con saciarse con él/ella/ello o con dos o tres a un tiempo, sino que lo hacen con cuarenta y ocho millones de ellos/ellas/elles a la vez, dándoles a base de bien, ya sea mediante el libidinoso real-decreto, ya mediante la lasciva ley. Joder, joden: ¡vaya si joden! Les da el ventarrón, a renglón seguido de su desorden de comer y beber, y, ¡hala!, cuarenta y ocho millones de almas que pagan sus incontrolados impulsos como consecuencia de su soberbia. Díganme si esta criatura no tenía más razón que un santo y, en vez de estar incluso en la Segunda Antología del Disparate, no debiera estar aspirando al Nóbel.
Y me temo que no es el único acierto de este preclaro fruto de nuestros sistemas educativos, porque quien respondió que “La Fe es lo que Dios nos da para entender a los curas” me barrunto que también es suya, si bien aplicado en política este axioma sirve también para entender a los políticos, llámandosele Fe o patriotismo, que también tiene su cosa. El Nóbel para este chico se me hace poco, ¡palabra!, porque para disparate de verdad, la realidad que tan nítidamente bien describió.
Fumbo

Que los talibanes de las pelotas me disculpen mi antipatriotismo, pero no soporto al fumbo en ninguna de sus manifestaciones, ni como deporte –que no lo es, al menos el profesional-, ni como cultura –aunque sí es muy in... cultura, que no es lo mismo que cultura in-, ni como ese narcótico social con que los podridos poderes lavan el cerebro de sus ciudadanos para estupidizarlos y hacer con ellos cuanto les place, promoviendo gratuitamente desde radios y televisiones para los clubes el fundamentalismo fumbolero, cuando se trata de empresas de muchísimo e inmoral lucro y, mientras a todas las demás empresas, asomar siquiera la cresta por la tele o la radio les sale por un pico. No; no me gusta el fumbo, ni los fumbolistas ni los fumboleros, sino que lo considero uno de los grandes males de nuestro tiempo, no muy distinto, pongo por caso, al de otros estupefacientes de consumo oral o intravenoso o a ciertas técnicas nacional-socialistas de alineamiento neuronal.
Efectivamente, los nazis llevaban a los judíos a las cámaras de gas a ritmo de Wagner o Beethoven, y, los fatuos poderes de nuestra lastimosa política se llevan al huerto a los ciudadanos al de los himnos -¡habrase visto simpleza semejante!- de los equipos de las entretelas de los cándidos ciudadanos. ¡Oé, oé, oé, oé! Resulta no sólo una incongruencia social y hasta un anacronismo cuartomundista el que todavía funcione el pan y circo romano, sino también un insulto a la inteligencia más elemental su propia existencia. Y todo ello, claro, sin para tomar partido (con perdón) haya escuchar las simplezas alineantes de los balonpédicos o de esos abnegados periodistas que han hecho de esta nada su todo, y desde la mañana a la noche están dándole vueltas a las pelotas con su vacuidad insoportable.
Nunca, jamás, ni en el colegio siquiera, me gustó el fumbo. Entonces, cuando chico, me parecía propio de una recua de personas sin mucho criterio, excepción hecha de los chavales que gastaban su exceso de energía dándole patadas a las pelotas. Pero, en fin, en cuanto les salía un regate medio regular, ya estaban desvariando con que serían los astros de vaya usted a saber qué equipo interestelar, cuando han quedado la práctica totalidad de aquellos imberbes en abucheadores sin civilidad que sostienen con sus miserias como a reyes a esos pelotistas en pantalón corto, a costa de privar a su familia de un mínimo de confort o de dignidad, pues que en muchos casos les niegan las vacaciones para ir luego haciendo el ridículo por ahí enfundados en la camiseta de ese señor que cobra en un día lo que él no cobrará en toda su sufrida existencia trabajando de sol a sol. Y para mí que sufre poco, o de otro modo no sería tan primo.
Pero, en fin, así es este circo en el que vivimos. No todo el mundo nace para intelectual, bien se ve, e incluso es especialmente conveniente para los abominables frikis de la política que padecemos que Juan Pueblo no se entere de la misa la media porque está concentrado en lo que va a hacer su equipo, o el que él cree que es su equipo porque sangra gratuitamente por quien no daría por él ni un sándwich de mortadela.
Vivimos tiempos extraños. Aquí nos rasgamos las vestiduras –con razón- porque se gastan dinerales en mapas clitorianos, cursos masturbatorios, viajes falconetis y garambainas por el estilo, pero nadie parece alarmarse porque en un país sin crédito para las empresas le faciliten los bancos a los clubes de fumbo auténticas millonada para fichar al toca-pelotas de moda, o que a los de La Roja –estúpido eufemismo con que se nombra en la actualidad a esos de la selección que se van a batir el cobre en plan Onasis a Sudáfrica- les gratifiquen con una obscena cantidad de dineros que no tenemos su relajada vida de pensar con los pies.
Pues no; no me gusta ni un poquitín La Roja, ni el fumbo, ni los fumboleros, ni siquiera esta manga de ineptos políticos que no saben donde tienen la mano izquierda, aunque sí son lo bastante tramposos como para haber asnificado a la ciudadanía. Es más: abjuro de ella y deseo fervientemente que pierda, que se dé el gran batacazo y que llene de indignación los corazones y las almas de los que vegetan hipnotizados por el mundial, a ver si tan traumáticamente despiertan que son capaces de enfrentarse a la cruda realidad, esta cosa amarga y dolorosa que nos está devorando como un cáncer y que sólo se puede arreglar si todos nos ponemos a la tarea de solucionarlo y no escondemos la cabeza como los avestruces en el agujero fumbolero. La vida es otra cosa. Vivir y participar, por ejemplo. ¡Que pierda La Roja, sí! ¡Y por paliza! Parece mentira que tengamos los problemas que tenemos, y que legiones de señores hechos y derechos piensen con las pelotas.
El culo es lo que importa

Cuando tanta importancia se la da a la cosa genital desde los poderes, es porque es lo que importa. Que cada cual, atendiendo a este principio, se imponga el eslogan que mejor que cuadre, del orden de “vamos de culo”, “manda cojones” o cosa por el estilo, y verán lo bien que cuadra con nuestra realidad.
España –ya lo he dicho muchas veces desde esta columna-, se ha vuelto completamente loca, y está dirigida por personas absolutamente desquiciadas que precisan con urgencia un intensivo tratamiento psiquiátrico. Ahora, después del dineral derrochado en cursos de ligue, masturbatorios, mapas clitorianos, demonización masculina al mismo tiempo que se invita por imitación a los desesperados a acciones violentas muy específicas, de invitación a la infancia al uso de pilules abortivas, de legalizar el aborto juvenil, de convertir en mayores de edad sexual a los nenes de trece añitos y de no dejar de entrometerse en el sancta sanctorum personal y familiar hasta impedir educar a los propios hijos, resulta que desde algunos medios oficiales –y con nuestros dineros, para no perder la costumbre del desvarío-, se les invita a los niños a experimentar sexualmente con los congéneres del mismo sexo por si les va el rollo, a que se la pelen como micos en celo, haciendo de sus genitales el centro del universo –genitocentrismo-, y, en un último disparate propio de una persona que debiera ser intervenida de urgencia en una clínica mental, a que tengan sexo oral a mogollón con quien sea, y no del que se habla precisamente. Debe ser que como los cargos que han promovido este dislate han alcanzado su puesto en base a felaciones diversas en plan garganta profunda… o de la otra, quieren la misma suerte para las criaturitas que están en desarrollo, o, tal vez, nada más que esperen ver si tienen suerte y les cae algo en esa lotería, que ya se sabe que pertenecemos al género de los mamíferos, y, puestos a ello, los mamones se agarran a lo que sea.
Ustedes me perdonarán –o no, que tanto me da-, pero este país, más que volverse loco, se ha vuelto absolutamente idiota…, o perverso. Este tipo de demencias ya no admite un lenguaje políticamente correcto, sino que estas personalidades pueden y deben ser consideradas simple y llanamente corruptores de menores y deben ser encausadas como tales, pero de forma masiva. Incapaces para gobernar, como sobradamente ha quedado demostrado, sólo son buenos para dividir, estropear lo que funciona y corromper. Éramos pocos, y parió la abuela. Si no teníamos bastante con S.E. la señá Bibiana y S.E. la señá Trini, ahora nos salen imitadoras por doquier que quieren degradar a la infancia y a la juventud en nada más que carne, como esa señora de Cataluña a que recién se la acaba de ir la pinza a las Chimbambas (si es que no era la cosa así de nacimiento) para no volver más. ¿A quién le puede extrañar, así la cosa, que en algunos colegios se hayan visualizado videos zoofílicos en plan formación sexual?... Esta gente, no hay duda, tiene serios problemas…, y está contaminando a toda una generación.
Si algo queda claro con todo esto en el PSOE, es que odian la virtud, los valores tradicionales y, muy en especial, a los credos trascendentes. Su esfuerzo por degradar la naturaleza humana es verdaderamente titánico, y para lograr convertir a las personas en instrumentos sin principios y una moral pederasta y sin aspiraciones, están dispuestos a lo que sea. No; no se trata aquí de que tengan una visión diferente de la condición humana, del Estado o de la sociedad, sino que a lo que aspiran, según se discierne de su desconcertante singladura existencial, es que tienen la intención de reducir a las personas al cero, comenzando por los más fácilmente manipulables, que son los niños, y usando como medio las escuelas, la publicidad y las técnicas de lavado de cerebro más perniciosas. Ahora entenderán por qué en las pasadas Navidades se ponía en horario infantil películas cuasi pornográficas y las infantiles a altas horas de la noche o la madrugada. Estos bichos no dan puntada sin hilo, y por establecer inter nos su aberrante conducta están dispuestos a las misas negras que sean menester. No hay más que ver algunas estampas familiares.
En fin, que quieren es hacer del culo el centro del universo, y, en consecuencia, así mismo nos va. ¡Psiquiatras al poder, ya!
El Club Bielderberg

Parece mentira que un país prácticamente en quiebra técnica, como España, se gaste un fortunón incalculable en proteger la seguridad de los inmoralmente ricachones que participan en la reunión del Club Bielderberg que estos días tiene lugar en Sitges. Cientos de policías, cuerpos de elite y del Ejército, la Marina y las Fuerzas Aéreas, en el mayor despliegue militar en tiempos de paz, asegurarán la tranquilidad con la que conspira este Club dependiente de El Club que maneja los hilos del mundo, urdiendo quién puede vivir en paz y de qué manera en los próximos años.
Siendo como es, probablemente una de las reuniones que mayor calado social internacional tiene, y a pesar de ser movilizado medio Ejército para velar por la tranquilidad de sus delirios, la información que se puede obtener de semejante reunión es sencillamente ninguna. Es algo parecido a las pruebas manipuladas y falseadas que el Ejército israelí ha dado de su propio acto de piratería: parcial, sesgada y vacía. No hay información sobre el contenido de las reuniones, y aun los invitados foráneos a la verdadera esencia del Club, sólo son testigos de cartón-piedra. O mejor pensarlo así.
El Club Bielderberg es nada más que uno de los instrumento del Comité de los 300, lo mismo que la Trilateral, el CFR, los grupos G-lo que sea, y otras organizaciones negras, secretas o discretas que dibujan por instrucciones recibidas de aquél la realidad que viviremos en los años siguientes a sus reuniones, implantando cada grupo las acciones pertinentes como para que los actores cumplan los papeles asignados y los resultados sean los previstos por aquellas torcidas mentes.
Si la crisis existe -¡y vaya si existe!- ha sido inventada precisamente por este Club, o por aquel Comité de los 300, ya que aquél es dependiente de éste. Ahí, entre las filas de los participantes, hay más dinero que la que puede sumar el 80% de la población del planeta, y ellos son los que se verdaderamente se han enriquecido con la crisis, que para esta gente sin escrúpulos no es sino un simple negocio, un Palé mundial donde juegan con la vida de los Estados y, en mayor medida, con los designios de las personas. Más allá de que toda información sobre ellos ha de buscarse en los lindes de la sociedad o discernirlos por las consecuencias mundiales inmediatamente seguidas a cada una de sus reuniones, se les puede acusar de ser los responsables directos de que más de 4000 millones de personas estén condenadas a una atroz muerte segura. Sólo con una parte de sus haberes podrían remediar los males del mundo, y no notarían siquiera la disminución de sus fortunas. Sin embargo, la sociedad carga tintas contra el poder económico de la Iglesia Católica –que tampoco es manca-, pero sin considerar que ésta, con todo y con eso, es pobre de solemnidad comparada por la calderilla que tienen en los bolsillos estos refinados y educadísimos señores del mundo.
Se ha perpetrado una crisis mundial que ha producido quiebras personales, de empresas y hasta de Estados, pero en la que no ha habido ningún culpable. Todo ha sido un tinglado financiero sin personificación alguna; pero, por simple lógica, y bastando con saber cómo todos estos pillos se han enriquecido hasta los cuernos de la luna, no es difícil saber quiénes han movido esos hilos.
Por el móvil se sabe quién cometió el crimen…, o el negocio. Un negocio que no se detiene ni en personas ni en justicias, sino que éstas son nada más que algo despreciable para ellos, algo así como simples esclavos o donantes de órganos.
Tal vez haya muchos que piensen que, cuando menos, esta opinión es extremista o exagerada, y tal vez lo sea, que lo dudo. Bastaría con que quien tenga dudas procure informarse un poco en medios ajenos a estos poderes (que son propietarios de casi todos los oficiales), y verán que lo que aquí se expresa no es ni siquiera una leve sombra de las atrocidades que perpetran desde hace siglos (el Comité de los 300, claro). Si en verdad hubiera justicia o la policía persiguiera los delitos flagrantes, bastaría con que, ahora que están todos juntos, hicieran una redada y los expropiaran todos los haberes que no pueden justificar como obtenidos honradamente. El dinero sobraría en el mundo, desaparecería el hambre y la necesidad, y hasta el sol saldría para todos. Sin embargo, operan desde la tiniebla del secretismo, protegidos por Estados que son su propiedad privada, conspirando así, libremente, sobre en qué infierno nos instalan.
De ferias del libro y cultura

Nada hay más plausible que la fiesta de la cultura, porque ésta, precisamente, es la única que nos puede redimir de la animalidad que nos caracteriza, y a pesar de que en algunas etapas de la Historia, como en la Ilustración, ésta sirviera para que las disensiones sociales se agrandaran por causa de haber muchos más ilustrados que interpretaron el mundo y la vida de forma tan antagonista a la de sus semejantes, desembocando en guerras atroces y en represiones sangrientas.
No obstante esto, los beneficios de la Cultura son muchos e importantes, si bien queda por dirimir si las Ferias del Libro que en estos días se celebran en toda España tienen algo que ver con la cultura. Por lo pronto se celebran en homenaje a Miguel de Cervantes, quien murió mísero y pobre, despreciado por todos y pasando tanta hambre que no le quedó otra que tomar las órdenes mayores…, alcanzándolas precisamente el mismo día que murió, sin duda porque el cuerpo de Cristo no alimentaba lo suficiente o su tristeza era tan terminal que vio en la vida celeste un remedio al infierno terreno. España siempre es así con sus mejores hijos.
De ahí en más, lo en verdad les importa a editores, agentes literarios y libreros es la pasta en crudo. Punto. Lo de la cultura no deja de ser para ellos una voz para darse viso de intelectuales, cuando lo único que les interesa de todo este belén es el parné, la guita, el money, el cúmquibus. Quienes escribimos por vocación estamos hartos de escucharles decir a todos ellos –a solas o en comandita-: “Déjate de joder con todo eso de la cultura ni con la cultura: para mí un libro es un bote de tomate.” Tal cual. Y por eso, precisamente, las casetas de las ferias están atiborradas de pilas enormes de ejemplares de los infumables best-sellers que han promovido los del márquetin, de personajes famosos que tienen dificultados (con correctores y programas y negros y todo eso) para hacer la O con el culo de un vaso, y hasta de obras de personajes que lo son porque tienen enchufe en la caja tonta, que si sale en ella se venden libros o calzoncillos de cuello alto como si tal cosa.
La cultura, dicho sea ahora que nos viene al paso, tiene tanto que ver con las ferias de los libros como la disipela con la formación de las galaxias. Las autoridades dirán que sí, pero no; la gente misma dirá que sí, pero tampoco; y hasta los que mueven este tinglado truculento y tramposo dirán que sí, pero nanay del peluquín.
Veamos: primero que nada publicar en España es sencillamente imposible si no se está en chiringuito o se feleciona con fruición al gurú de turno. No pocos autores entran a mi web o a mi sitio en Facebook y me preguntan que, yo que tengo más de cuarenta años de experiencia, les responda a cómo hacen para editar su obra, y suelo hacerlo diciéndoles que si no tienen amigos en el mundo editorial que les enchufe, pegándose un tiro en público de la forma más escandalosa posible, que al menos post mortem tendrán así alguna oportunidad. Segundo, porque presentarse a un premio, no importa a cuál (ya sea de los principales o de los otros, de pueblo), es un acto ornamental para escoltar al escribano ya fue designado como ganador incluso antes de que se convocara el concurso; recurrir a enviar manuscritos a editores es simplemente una pérdida de tiempo y de mucho dinero, porque todas las editoriales cuentan con un documento estándar que envían a los osados escritores que les remiten sus obras, informándoles de que tal y tal: o sea, que no, y todo ello sin haber abierto, ni por pienso, el manuscrito. En cuanto a buscar agente o cosa por el estilo, si el escritor no es un friki televisivo o alguien por el estilo que asegure con su sola imagen una pastizara para el intermediario, como que lo mismo que lo anterior; y si, por último, se decide por la autoedición, que tenga el autor su buen cuidado, porque algunos desalmados le van a cobrar 100 por lo que vale 3, y no va a llegar a ningún sitio, le digan lo que digan, porque ellos también van a por la pasta, en este caso la suya. ¡Ay de los que escriban en España: más les valiera atarse una muela de molino al cuello y arrojarse al mar!, dicho en palabras bíblicas.
Es decir, que cultura y feria del libro son términos antitéticos. Quien gusta de la cultura de verdad, la auténtica, debe huir del best-seller, del nombre afamado y de los escaparates lucientes: ahí sólo están los botes de tomate de antes. La cultura genuina, la de verdad, es marginal, y ha de buscarse en las páginas de sus autores o en las lindes de Internet. En las librerías no tiene espacio, porque los grandes autores y los más grandes pensadores viven del espíritu, ya que pasan tanto hambre que las cosas de la carne son ajenos a ellos. Por eso, precisamente, son buenos: no viven de vender mucho ni de venderse. Los lectores habituales prefieren consumir paja encuadernada.
La aceleración del tiempo

El tiempo se acelera, según estiman algunos prominentes matemáticos, y es posible que en no muchos años alcancemos una singularidad tal que todo suceda al mismo tiempo. Esto, en el lenguaje incompresible para los mortales no versados en la Relatividad y todo eso, es poco menos que un guión de ficción cinematográfica; pero si quienes nos dicen eso mismo con otras palabras son los historiadores, quienes sustituyen lo de la aceleración del tiempo por aproximación del horizonte de sucesos, la cosa pone los pelos de punta. Así, con este segundo planteamiento, más propio del común de los mortales, a todos nos es fácil comprender que, efectivamente, los sucesos previsibles –e incluso los imprevisibles- que se pueden dar en un horizonte de tiempo dado, cada vez son mayores y más graves. Es como si la Historia se hubiera acelerado, que es asumir que también lo ha hecho el tiempo.
Efectivamente, hace un par de millones de años no pasaba prácticamente nada, y entre un invento y otro (el fuego y los metales, pongo por caso), mediaban millones o cientos de miles de años. De ahí en más, cada invento aceleraba la Historia, produciéndose un nuevo invento que generaba otro impulso, y así hasta este infinito que parecemos próximos a alcanzar, según testimonian las pruebas. A muchos, verbigracia, les puede parecer un anacronismo que sólo hace treinta años hubiera campañas estatales para que nuestros ancianos conocieran el mar, pero es que la mayoría de ellos nunca lo había visto a pesar de sus muchos años, pues nunca, en toda su vida, habían salido de su pueblo.
La Historia o el tiempo se aceleran, no hay duda, y algunos comenzamos a dar crédito a los estudiosos de nuestro devenir o a los sesudos matemáticos cuando dicen lo que dicen. Parece imposible que alcancemos un punto donde todo suceda al mismo tiempo, en esa suerte de Aleph que definiera Borges, pero parece ser posible que suceda, en lo que algunos nombran como un salto evolutivo; sin embargo, queda otra opción que parece más viable: ¿y si ese infinito evolutivo es nada más que el cero, la nada, la destrucción total y completa de nuestra sociedad?... Allá, en el más allá, todo sucede al mismo tiempo también, según dicen los sabios de la religión, y no hay duda de que las matemáticas superiores y sus acertijos indemostrables más se aproximan a una religión que a un pensamiento real de hoy, aquí y ahora.
Traigo todo este rollo a cuento de la realidad que es noticia y de la cantidad de sucesos que reclaman la atención global. Nuestra mente –¡imagínense qué no será en el caso de cronistas, periodistas y opinadores, quienes tienen que estar al tanto de todo cuando acaece!- ha de estar al mismo tiempo en Ciudad Juárez y el Golfo de México por lo de los vertidos, en la abrumante realidad nacional y sus mil matices electrocutantes y en ese empeño que nuestros amigos israelíes de liar la de Dios es Cristo con palestinos, ONGs o iraníes, a los que parece que de un momento a otro van a meter en vereda a bombazos por indicaciones de un Mesías que tienen en cartera, y de la que se está liando entre las dos Coreas por instantes a la implantación del Nuevo Orden que en estos días va a discutir el Club Bielderberg en Barcelona. ¿A qué atender o a qué dar prioridad?... Los sucesos se juntan, se arraciman, se revuelven, encerrándonos a todos en una espiral que está reuniendo a los Gog y Magog del pasado y del futuro en el Armagedón del presente.
Demasiados males, excesivos. Lo del Golfo de México, que no cesa de manar oro negro en las profundidades abisales, corre el riesgo de convertir todos los océanos en una fosa séptica, que no es un mal menor; lo de la política española, en fin, es como para echar rezos al Altísimo y hacerse tratar por un psiquiatra, cuando menos; lo de las Coreas, es como una espada de Damocles que en cualquier momento puede vencer la resistencia del hilo que la soporta y caer con toda su mortalidad sobre nuestras cabezas, decapitándonos; y lo de los israelíes, que van por libre, es jugar todos los décimos de una lotería que más pronto que tarde nos acabará otorgando a la comunidad mundial el premio gordo de una guerra termonuclear en la que veremos los graciosos ingenios que han estado elaborando sus señorías matarifes de las distintas potencias.
Y no hay que perder de vista a Bielderberges y cubles ociosos que juegan a Palés mundiales y cosas por el estilo, que no faltan voces que avisan que son los que mueven los hilos por órdenes del Comité de los 300, para quienes, según se comenta en los márgenes sociales, sobramos unos tres o cuatro mil millones de almas en el planeta, y en estas horas negras de recortes están decididos a meter la tijera. El Aleph, o esa singularidad matemático-histórica, está a la vuelta de la esquina, y no sabemos cuál de todos estos sucesos, o si todos juntos, nos catapultarán a ese salto evolutivo que mencionaba: el todo.. o la nada, que viene a ser lo mismo.
Hoy como ayer

Ayer fue Felipe González y su casi quindenio de gobierno. Para los que lo vivimos y conservamos memoria de aquellos infaustos años, fue un periodo de continuos sobresaltos y corruptelas en los que cada día nos levantábamos con un nuevo escándalo que nos hacía un cardado de cabello automático. Desde el caso Flick o el de la Lockheed hasta los de Times Sport, Filesa, BOE, bolsas de basura repletas de dinero en Ferraz, etc., fueron incontable número de ellos los que no nos dieron ni un momento de respiro, además de las inmensas fortunas que jamás aparecieron. Parece que se olvidó todo aquel sufrimiento en ocho años de gobierno de su alter ego, y hemos vuelto a las mismas, ahora de la mano de Zapatero. Sin embargo, y como reza el proverbio árabe, no puede el hombre (ni un partido) saltar de su sombra.
Como si el tiempo o la Historia se plegaran como una sábana y volviéramos al ayer, hoy estamos inmersos en idéntica tesitura. Tal vez sea la teoría de los ciclos, pero los días que corren van por los mismos aberrantes derroteros, y de poco o nada sirve que desde todas las esquinas se advierta que no se puede soportar una realidad fundamentada en el expolio y el sobresalto. ¿De qué le sirve a un ciego prestarle una lámpara?...
En cualquier empresa, si un responsable comete un error o una torpeza que le cuesta recursos a esa sociedad, al instante es despedido, cuando menos, si es que no acusado de perpetrar un daño ante los mismos tribunales para ser resarcidos. En la cosa pública no importa que se quiebre al país o que se arruine el futuro de millones de personas: a los que han perpetrado el dolo se les premia con una pensión vitalicia de lujo y se les permite vivir el resto de su vida impartiendo conferencias a centenas de miles de euros por hora. Algo grave falla cuando un mandatario electo toma posesión de las riendas de un país en buen estado y devuelve un país en quiebra, y, además, se le premia. Algo extremadamente grave sucede con nuestro sistema. ¿De qué nos sirve correr, si estamos en el camino equivocado?...
Zapatero está donde está porque los representantes de los nacionalistas que tienen representación en el Parlamento español han antepuesto sus intereses regionales al del conjunto de los españoles, como no podía ser de otro modo. Detrás de ello hay ventajas que dividen, tal vez estatutos que serán aprobados por beneficio impuesto o quién sabe si intereses espurios poco confesables. ¿Qué reino puede sobrevivir dividido?... A voz y voto se está consolidando el desafuero y alargando la agonía. O mía o de nadie, rezan algunos, no admitiendo otra sociedad que la suya, que la de sus delirios. Pero los hechos son tozudos, y, ayer como hoy, el horizonte de sucesos se replica y volvemos a instalarnos desde la risión en el ridículo, desde el bienestar en la quiebra y desde la serenidad en el enfrentamiento radical de quienes quieren a este país como suyo o destruido. Con mentiras se llega muy lejos, pero sólo a parajes desde los que no hay retorno.
No es únicamente una cuestión de escándalos permanentes, derroche a manos llenas y expolios patrimoniales que todos habremos de enfrentar con deudas enormes -que ya sería más que suficiente-, sino también de descomposición social en todos los ámbitos. El desarme y la quiebra no es sólo económica, sino también moral; sobre todo, moral. Se ha legislado contra lo natural en beneficio de lo natural. Como decía Juvenal, “nunca la sabiduría dice una cosa y la naturaleza otra”; pero se desprecian millones de años de experiencia para legislar entrometiéndose en el sancta sanctorum de los hogares, entretanto se legaliza lo aberrante y se abandona a la sociedad a su suerte por unos cuantos titulares que procuran votos. No es sólo que el PSOE nos haya endeudado hasta la morosidad, sino que también ha sacrificado nuestro acervo moral. Si al enemigo se le juzga sólo por la apariencia, su victoria está asegurada.
Hoy como ayer, la situación se repite con tildes y comas, y en ella, empeorando, seguiremos hasta que sean desalojados del poder quienes no han podido escapar de su sombra. Es su sino y su destino. Pero poco sabios seríamos si no fuéramos capaces de aprender de nuestros adversarios. Es preciso que no sólo sean expulsados del poder, sino que respondan por los grandes daños que han perpetrado, que reintegren lo que han dilapidado, o, de otra forma, no sólo será hoy como ayer, sino también como mañana. Si les juzgamos sólo por su apariencia, habrán ganado, y se retirarán con su pensión a su paraíso mientras allanan el camino para que lleguen más adelante otros que tampoco podrán saltar de su sombra. Ayer, Felipe; hoy, Zapatero; y mañana, tal vez el sepulturero que termine por enterrar a España para siempre.
Angel Ruíz Cediel, escritor
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