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Estos dos modelos, desde la postguerra mundial (finales de los 40) hasta hoy, debaten y se alternan en el poder con éxitos parciales. Los seguidores de Friedman y los devotos de la Escuela Austriaca, por un lado, y la numerosa prole de los nietos de Keynes por otro, se enzarzan en una discusión que dura más de medio siglo. ¿Quién, después de tanto tiempo, gana la partida? ¿Acaso el juego termina en tablas? Si una de las ideas maestras de la socialdemocracia es que el Estado debe intervenir en la economía para corregir sus defectos y desviaciones, entonces me parece claro que ésta es la doctrina económica universalmente triunfante. Hemos visto cómo en Estados Unidos se intervenía el sistema financiero de una forma total; cómo la Unión Europea ha intervenido varios países de su grupo, no sólo ya extralimitándose en la soberanía económica, sino en la misma soberanía política. Observamos un continuo flujo de decisiones desde la política a la economía, en el sector financiero, en los tipos de interés, en el mercado de trabajo. Incluso estamos asistiendo al espectáculo del Banco Central Europeo comprando deuda de algunos países para evitar su depreciación; esto es, al garante de la imparcialidad del mercado, tomando una postura claramente parcial a favor de unos y en detrimento de otros. Si intervenir y no dejar el mercado a su pura espontaneidad parecía lo lógico, sin duda que los hechos le han dado la razón con colmo a Lord Keynes y a sus planteamientos. Ahora bien, este intenso intervencionismo, ¿a qué modelo conduce? En los últimos tiempos y, en concreto, en la política económica de la Unión Europea, a una rigurosa contención del déficit, a reajuste de las cuentas de forma que no se gaste más de lo que se ingresa, al adelgazamiento de un Estado cíclopeo que ha desarrollado un tejido adiposo que le impide cualquier movimiento. Es decir, al modelo liberal. Por lo tanto, no será desde esta perspectiva Lord Keynes, sino von Hayek y von Mises los que se lleven el gato al agua. En resumen, usamos la estrategia socialdemócrata de la intervención para imponer el modelo liberal de la contención. ¿Cómo se cuadra este círculo? Me pregunto (y sospecho y temo la respuesta) si nos siguen sirviendo estas teorías económicas clásicas para los tiempos presentes ¿No nos estamos apoyando en un andamiaje conceptual tan antiguo y pintoresco como las máquinas de escribir, cuando necesitamos ordenadores de tercera generación? Que hablen los doctos en economía, entre lo que yo, como habrá comprobado el lector, no me encuentro.
La otra razón es que el egoísmo del mercado tiene sus defectos, pero las alternativas que nos proponen nos ponen los pelos de punta. Si para sustituir a este mecanismo ciertamente perfectible, se me ofrece el nacionalismo populista de Hugo Chávez, el indigenismo de Evo Morales, la autarquía de retórica victimista (qué malo son los demás) del anciano Castro, o esa difícil utopía verde de volver a la sociedad preindustrial con coches y hospitales; entonces, como dijo aquel enfermo, cuya silla de ruedas se despeñaba a una velocidad progresivamente acelerada, ¡Virgencita, que me quede como estoy! Dicho más claramente, prefiero que me gobiernen los judíos de Wall Street o los tecnócratas sin alma de la City, que los iluminados de un misticismo que siempre conduce a la pobreza y la falta de libertad. Una cosa más: la deuda gigantesca de los países desarrollados, que tiene asfixiada a la economía, no la provoca el mercado, sino los Estados. El Estado se endeuda -por motivos políticos, por intereses partidarios, quizá por necesidad- y tiene que recurrir al mercado para obtener liquidez. El mercado lo presta. Luego, por supuesto, quiere cobrar. Como usted y yo a fin de mes.
Ahora bien, este formalismo jurídico no puede llevarnos a un equívoco peligroso: pensar que la moral es un asunto indiferente, un personaje no invitado en este teatro. Esto hace que cada cual actúe sin principios, acogiéndose simplemente a la vigilancia del aparato judicial y buscando, aunque sea fraudulentamente, el beneficio propio del grupo (partido, clan, aparato). Lo cual -lo hemos comprobado en más de una ocasión- conduce al desastre y a que el sistema haga agua por todos sus poros. Porque, si la democracia es la forma, la sustancia que se asocia a ella, su contenido es la conducta humana actuando para los demás según unos principios; esto es, la moral. Sin moral no hay cosa pública (”res publica” en su sentido antiguo), y mucho menos democracia (una forma reciente y rara de “res publica”, más compleja y, por lo tanto, más delicada) que funcione. Si falta la moral, si la corrupción campa por sus respetos y se convierte en una vigencia social aceptada por la mayoría, este tinglado se cae como un castillo de naipes, tiene la consistencia de una carcasa hueca. Porque no puede haber forma sin sustancia.
El que lo haga verá como cae sobre su cabeza el anatema justiciero que antes tenía el nombre de “hereje” y ahora tiene el infinitamente genérico e indeterminado, de “fascista”. Todos, a pesar de la heterogeneidad del grupo, lo son. Rouco es un fascista conservador-clerical; mientras que Vidal-Quadras es un fascista liberal-conservador; Espada pertenece al raro grupo (aunque cada vez más numeroso) del fascista progre e ilustrado; Jon Juaristi es un fascista judío-liberal; y Savater pertenece al gremio eximio de los fascistas anarquistas (“anarquista moderado”, rezada en su ficha policial, catalogado por agentes con más gracia que los actuales). En fin, todos se sitúan en el pecado. Y es la nueva inquisición la que, sentada en su trono, tiene que mandarlos a la hoguera purificadora y establecer los límites sagrados de la Verdad. A pesar de que las pintas han cambiado bastante, de que han trocado la tiara por el piercing y el trono por la pancarta, de que seguramente son menos letrados que aquellos inquisidores descritos por Julio Caro Baroja, el fondo sigue siendo bastante parecido.
¿Es realmente así? El señor anciano representa a una institución, llamada Iglesia Católica, con dos milenios de antigüedad, que ha configurado, a pesar de su vocación universal, lo que llamamos Occidente desde el punto de vista cultural, espiritual y -también- político. Esta institución en su larga vida ha tenido, por supuesto, luces y sombras, pero ha sabido sobrevivir y adaptarse a los cambios con, dicho en términos deportivos, una cintura envidiable. La señora del sombrerito, por su parte, representa una no menos vetusta entidad, la Corona Británica. También esta institución ha vivido un largo trayecto histórico, incluso en ciertos momentos ha desaparecido y vuelto a aparecer. Pero ha demostrado una suprema capacidad de adaptarse y mantener las esencias sin renunciar a la evolución. ¿Nos hemos olvidado que nuestra democracia, de la que tanto protestamos pero sin la que no sabríamos vivir, surge históricamente en la búsqueda de un pacto entre la Corona británica y el Parlamento? En ese paso de la Monarquía absoluta a la Monarquía constitucional, en ese momento en que una burguesía cada vez más pujante adquiere su parcela de poder que limita el único poder hasta ahora legítimo (la Corona), está el primero atisbo de lo que va a ser el sistema democrático. Sin ese fenómeno histórico que se llama Corona Británica con su admirable síntesis de tradición y rito con modernidad e innovación, no podemos concebir a Locke y a Stuart Mill; no podemos imaginarnos el Liberalismo; ni entendemos creaciones políticas como los parlamentos o el sufragio universal. El llamado mundo moderno y la sociedad industrial, el capitalismo y la democracia (hermanos inseparables; el primero es posible sin la segunda, pero no al contrario) tienen copyright británico. ¿Anacronismo de estos dos ancianos? Ambos son la fina destilación de un proceso histórico secular y poseen (ellos y los que representan) una sabiduría que puede mirar con ironía piadosa a los vociferantes de hoy que mañana pasarán al olvido. Representan dos de las instituciones que mejor se han adaptado a los cambios de la historia. Y dos de los pilares realmente sólidos (en tiempos de crisis, buscamos la seguridad) en los que tendremos que seguir apoyándonos en el futuro para mantener este frágil invento que llamamos civilización.
La noticia parece una chorrada más de las muchas que nos asaltan sobre todo desde la televisión y cada vez más desde la prensa escrita. Sin embargo, me parece que encierra cierta gravedad. Esta actitud supone dos cosas, ambas de sumo peligro: (a) Desde un ámbito público y con dinero de los impuestos, se tratan de imponer los gustos (que en el fondo suponen una perspectiva ideológica concreta) de un grupo. (b) Esta actitud conlleva la creencia que hay gustos y modos que hay que combatir y otros que tienen el don de la bondad eterna y la infalibilidad. El punto (b) supone una inmoralidad y el (a) añade el agravante que se haga con mis impuestos, es decir, con mi trabajo. Es un hecho que el Estado, magnífica creación del mundo moderno sin la que no sería posible la vida civilizada, tiende a expandirse (casi independientemente del color político de los que lo dirijan) a veces más allá de donde parecería lógico; y se mete en el terreno de los gustos y las preferencias personales, de los hábito y creencias; en lo que constituye nuestro ser individual. El Estado nos dice en qué lengua tenemos que hablar, que productos tenemos que comprar y a qué espectáculos tenemos que acudir; qué productos debemos comer y qué vicios nos hacen daño. El Estado regula cosas que tendrían que regularse solas por eso que Von Hayek llama el “orden espontáneo”. La sociedad funciona por una multitud de acciones entrecruzadas que se determinan unas a otras y que dependen de uno factores tan aleatorios (valores, gustos, modas, creencias, precios, calidad...) como impredecibles. Es tan compleja esta olla a presión donde bullen miles de seres libres, que el Estado no puede regular la oferta y demanda de productos y servicios (de actos humanos, en última instancia), sino que ella misma se autorregula en eso que von Hayek llama el “orden espontáneo”. Dicho con un ejemplo: si veo que rotular mi kiosco de pipas en catalán o en chino o en castellano hace que yo venda más pipas, lo haré así, porque depende de ello mi modo de vida. Los compradores de pipas (movidos por unos resortes que no puedo predecir ni calcular), no los legisladores, decidirán, en última instancia el idioma del rótulo de mi negocio. El mercado, desde la libertad, es así el gran mecanismo que regula los gustos y valores al regular la oferta y la demanda. El mercado es el gran mecanismo de libertad, no sólo económica. Si los sombreros mexicanos dejan de venderse, ya buscarán los comerciantes otros productos. Si siguen en los expositores de las tiendas, es porque alguien (algún turista despistado quizá) los compra. Con esto no quiere decir que el Estado no intervenga, pero que lo haga en su ámbito. Otro ejemplo para terminar: que me hagan buenas y seguras carreteras y organicen una eficiente policía de tráfico, pero que no me digan a donde tengo que ir con mi coche. Porque iré (con perdón) donde me dé la gana.
Se mantienen hoy en día estas dos tendencias. El Estado, las organizaciones, las empresas ofrecen ventajas y privilegios tanto a jóvenes como a mayores. Los ayuntamientos organizan cursos y escuelas-taller para los jóvenes y excursiones y actividades recreativas para los mayores. En las fiestas patronales, en las ferias no falta el “día del mayor” o una actuación de música cañera pensada para los marchosos jovencitos. Lo mismo, o cosas parecidas, puede decirse de las ofertas de las empresas, instituciones, grupos. A esta situación hay que añadir un dato que supone un auténtico fenómenos sociológico propio de las sociedades avanzadas: por un lado, la juventud (como figura social, como conjunto de pautas de comportamiento, más que como edad biológica) se alarga y estira hasta edades que antes pertenecían a la madurez. Por otro, el número de personas mayores y su calidad de vida y salud se incrementa, provocando la natural demanda productos y servicios. Entre estas dos franjas crecientes de población, queda, cada vez más menguado, el estado intermedio de los que están en la edad productiva. Son las obreras de este panal, los que mantienen con su actividad a todo el resto de las abejas: a las pequeñas -y no tan pequeñas- larvas y a las mayores. Esta gente -pongamos lo que tienen más de 30 y menos de 65- constituyen un grupo sobre el que ha caído la sombra del olvido. Ningún ayuntamiento le ofrece actuaciones especiales; ninguna cadena hace campañas para ellos. Nadie les ofrece cursos ni viajes ni ventajas. Son la edad olvidada. Los que pertenecen a este grupo de afanosos, a los que nadie parece agradecer nada, tienen que levantarse cada mañana con el resorte de una moral a prueba de desánimos e ingratitudes. Pronto, en periódicos o en Internet, veremos que, al modo de los desesperados mensajes que lanzan los náufragos en botellas, anuncios que dirán algo así: “Tengo 50 años. No estoy en paro ni sufro ningún contratiempo grave. Sé que tengo suerte, pero no tengo la culpa. Necesito un poco de cariño”.
En el fondo de esta actitud, como de todas las actitudes de los nacionalistas, hay un conflicto de difícil solución. El conflicto, más que meramente político, es ideológico y moral y afecta a valores y creencias. Dicho en pocas palabras, se formularía así: el nacionalismo tiene una gran dificultad (se diría, en sus propios términos, que un dificultad genética), para metabolizar el pensamiento ilustrado que deriva en el sistema liberal-democrático. Los nacionalistas pueden ser (seguramente los serán en su mayoría) buenas personas y ciudadanos normales que cumplen con las leyes, como la gran mayoría de los españoles. Eso nadie lo duda. Tampoco es que se manifiesten explícitamente en contra de la democracia y sus instituciones. Es que se sitúan fuera del pensamiento democrático como paradigma general. Lo primero es que no entienden el carácter abstracto y genérico de la idea de ciudadanía. Un ciudadano vasco no tiene que ser nacionalista, ni sustentar una cultura tradicional vasca (o catalana o extremeña). El Estado se erige como ente cultural y religiosamente neutral para administrar y proteger a sus ciudadanos. Ese es el sentido del Estado liberal. Cuando hablamos de cultura, identidad u otros conceptos parecidos nos referimos a la sociedad civil, a los ciudadanos libremente asociados o individualmente considerados. El Estado, la comunidad política no puede identificarse exclusivamente con ninguna forma cultural, ideológica o religiosa, sino que establece una especie de arbitraje entre las distintas realidades sociales. Los firmantes de este manifiesto establecen la ecuación nacionalista = vasco. Y es más: no comprenden que la Iglesia, como institución privada, aunque de proyección pública indudable, de la sociedad civil tiene sus propias normas, su funcionamiento particular que no se identifica con lo estatal. Es la “autonomía de las realidades temporales” de la que habla el Concilio Vaticano II. No es la “Iglesia vasca”, sino la “Iglesia” en el País Vasco. Desde un punto de vista católico no existe la “Iglesia vasca” ni la “Iglesia española” ni la “Iglesia húngara”. Es una institución que tiene sus propias normas de funcionamiento, con las que se puede estar o no de acuerdo pero donde, por otra parte, no se obliga a nadie a permanecer contra su voluntad. Para el nacionalista la realidad étnico-cultural es el paradigma supremo ante el que toda realidad tiene que adaptarse. Las normas internas de las instituciones privadas (en el caso vasco) o la autonomía del poder judicial (en el caso catalán). Ese es su fundamento moral y axiológico y ese es el drama para todos los demás, los que no somos nacionalista: lo que no nos permite acércanos a ellos con comprensión, lo que no nos permite construir un consenso que no sea meramente coyuntural. Pesimista conclusión: con ellos no es posible el debate. Todo consenso tiene para ellos un carácter provisional y en cierta forma insincero; nunca olvidan sus “valores últimos”. Habitan, intelectualmente, otro mundo.
El siglo XX ha conocido importantes cambios, gigantescos movimientos en todos los órdenes, que han transformado la faz de la tierra y han abierto al hombre perspectivas inéditas hasta ahora. En el terreno científico, cultural, mediático se exploran tierras ignoradas. En el terreno político y social las ansias de progreso y justicia nunca han estado más vivas; se defienden los más excelsos ideales, pero nunca, tampoco, la humanidad ha conocido los exterminios colectivos, los extraños experimentos de ingeniería social, el delirante odio que se han visto en esta centuria. No están lejos las atrocidades planificadas e intelectualmente justificadas del nazismo y el comunismo, Auswitch y el Gulag. Aún sobreviven testigos presenciales. Sin embargo, tampoco ha dejado de estar vivos los impulsos contrarios. Frente a estos intentos de establecer un control totalitario de la sociedad, nunca el hombre se ha resignado del todo. Siempre han estado actuando, aunque sea en el silencio y en estado latente, las fuerzas de la dignidad humana y la libertad. Toda esta fuerza oculta y silenciosa, después de tanto tiempo, estalla derribando el muro y expande sus ondas de libertad por todo el mundo. Nadie mejor que Juan Pablo II para comprender, en su tiempo, y simbolizar, en el futuro, este proceso que resume todo un siglo. Mientras la intelectualidad de Occidente, desorientada y narcisista, mientras los progres de salón, tipo Sartre, los que sólo han visto a los obreros en los libros, defienden las utopías colectivistas, Juan Pablo II tiene una experiencia directa y personal de este mundo. Conoce el totalitarismo, en su doble versión nazi y comunista, de primera mano. Y además, como hombre de pensamiento y estudio, conoce -lo que no es menor importante- sus raíces intelectuales y los complicados vericuetos de sofismas y pseudoverdades en que se apoyan. Por eso apoya desde un principio a Solidaridad, que sería la pequeña y primera brecha abierta, por la que luego se colaría todo el caudal de la libertad como una riada imparable. Juan Pablo II, el hombre que derribó el muro, representa mejor que nadie la gran batalla del siglo XX, batalla que está muy lejos de estar conclusa. Sus contendientes son las ideas de libertad y dignidad oponiéndose a las fuerzas de la opresión y la mentira.
Tomás Salas salastomascompendium@hotmail.com |
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