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En el fondo de esta actitud, como de todas las actitudes de los nacionalistas, hay un conflicto de difícil solución. El conflicto, más que meramente político, es ideológico y moral y afecta a valores y creencias. Dicho en pocas palabras, se formularía así: el nacionalismo tiene una gran dificultad (se diría, en sus propios términos, que un dificultad genética), para metabolizar el pensamiento ilustrado que deriva en el sistema liberal-democrático. Los nacionalistas pueden ser (seguramente los serán en su mayoría) buenas personas y ciudadanos normales que cumplen con las leyes, como la gran mayoría de los españoles. Eso nadie lo duda. Tampoco es que se manifiesten explícitamente en contra de la democracia y sus instituciones. Es que se sitúan fuera del pensamiento democrático como paradigma general. Lo primero es que no entienden el carácter abstracto y genérico de la idea de ciudadanía. Un ciudadano vasco no tiene que ser nacionalista, ni sustentar una cultura tradicional vasca (o catalana o extremeña). El Estado se erige como ente cultural y religiosamente neutral para administrar y proteger a sus ciudadanos. Ese es el sentido del Estado liberal. Cuando hablamos de cultura, identidad u otros conceptos parecidos nos referimos a la sociedad civil, a los ciudadanos libremente asociados o individualmente considerados. El Estado, la comunidad política no puede identificarse exclusivamente con ninguna forma cultural, ideológica o religiosa, sino que establece una especie de arbitraje entre las distintas realidades sociales. Los firmantes de este manifiesto establecen la ecuación nacionalista = vasco. Y es más: no comprenden que la Iglesia, como institución privada, aunque de proyección pública indudable, de la sociedad civil tiene sus propias normas, su funcionamiento particular que no se identifica con lo estatal. Es la “autonomía de las realidades temporales” de la que habla el Concilio Vaticano II. No es la “Iglesia vasca”, sino la “Iglesia” en el País Vasco. Desde un punto de vista católico no existe la “Iglesia vasca” ni la “Iglesia española” ni la “Iglesia húngara”. Es una institución que tiene sus propias normas de funcionamiento, con las que se puede estar o no de acuerdo pero donde, por otra parte, no se obliga a nadie a permanecer contra su voluntad. Para el nacionalista la realidad étnico-cultural es el paradigma supremo ante el que toda realidad tiene que adaptarse. Las normas internas de las instituciones privadas (en el caso vasco) o la autonomía del poder judicial (en el caso catalán). Ese es su fundamento moral y axiológico y ese es el drama para todos los demás, los que no somos nacionalista: lo que no nos permite acércanos a ellos con comprensión, lo que no nos permite construir un consenso que no sea meramente coyuntural. Pesimista conclusión: con ellos no es posible el debate. Todo consenso tiene para ellos un carácter provisional y en cierta forma insincero; nunca olvidan sus “valores últimos”. Habitan, intelectualmente, otro mundo.
El siglo XX ha conocido importantes cambios, gigantescos movimientos en todos los órdenes, que han transformado la faz de la tierra y han abierto al hombre perspectivas inéditas hasta ahora. En el terreno científico, cultural, mediático se exploran tierras ignoradas. En el terreno político y social las ansias de progreso y justicia nunca han estado más vivas; se defienden los más excelsos ideales, pero nunca, tampoco, la humanidad ha conocido los exterminios colectivos, los extraños experimentos de ingeniería social, el delirante odio que se han visto en esta centuria. No están lejos las atrocidades planificadas e intelectualmente justificadas del nazismo y el comunismo, Auswitch y el Gulag. Aún sobreviven testigos presenciales. Sin embargo, tampoco ha dejado de estar vivos los impulsos contrarios. Frente a estos intentos de establecer un control totalitario de la sociedad, nunca el hombre se ha resignado del todo. Siempre han estado actuando, aunque sea en el silencio y en estado latente, las fuerzas de la dignidad humana y la libertad. Toda esta fuerza oculta y silenciosa, después de tanto tiempo, estalla derribando el muro y expande sus ondas de libertad por todo el mundo. Nadie mejor que Juan Pablo II para comprender, en su tiempo, y simbolizar, en el futuro, este proceso que resume todo un siglo. Mientras la intelectualidad de Occidente, desorientada y narcisista, mientras los progres de salón, tipo Sartre, los que sólo han visto a los obreros en los libros, defienden las utopías colectivistas, Juan Pablo II tiene una experiencia directa y personal de este mundo. Conoce el totalitarismo, en su doble versión nazi y comunista, de primera mano. Y además, como hombre de pensamiento y estudio, conoce -lo que no es menor importante- sus raíces intelectuales y los complicados vericuetos de sofismas y pseudoverdades en que se apoyan. Por eso apoya desde un principio a Solidaridad, que sería la pequeña y primera brecha abierta, por la que luego se colaría todo el caudal de la libertad como una riada imparable. Juan Pablo II, el hombre que derribó el muro, representa mejor que nadie la gran batalla del siglo XX, batalla que está muy lejos de estar conclusa. Sus contendientes son las ideas de libertad y dignidad oponiéndose a las fuerzas de la opresión y la mentira.
Por tomarme la vida con filosofía, lo cual puede llegar a ser una deformación profesional, y no alterar mi tensión arterial ya un poco alta por la dieta desequilibrada que arrastro, en lugar de enzarzarme en una discusión con las señoras, me acordé de las teoría educativas y filosóficas de Rousseau, que allí estaban tendiendo una aplicación práctica tres siglos después.
La situación le resultaría bastante extraña por varias razones. Por lo pronto, la idea misma de huelga, aunque suele asociarse a sindicatos y grupos de izquierda, no es algo inherente al marxismo y sus derivados. Precisamente, donde la huelga está recogida como derecho y regulado por ley es en los países de sistema demo-liberal y, por tanto, capitalistas. La huelga es un derecho que disfrutan los trabajadores de España, Italia o USA; pero no los de China, Corea del Norte o Cuba. Los antiguos partidos comunistas occidentales -en su mayoría reconvertidos- siempre han reivindicado estos derechos para los obreros de sus países, pero nunca para los de los países del “Socialismo real”, donde la palabra huelga era (es) casi un tabú. Pero si la idea de huelga, regulada como un derecho formal, es un cuerpo extraño al marxismo, qué decir de la idea de un “proletario rico”. Los famosos pilotos huelguistas ganan sueldos millonarios, pero no dejan de ser trabajadores por cuenta ajena, que cobran un salario a cambio de un trabajo y que, por mucho que ganen, no son los dueños de los medios de producción. En una democracia escrupulosa con las garantías jurídicas lo derechos tienen que ser de universal aplicación. Estos millonarios, pues, son “formalmente”, trabajadores y, por lo tanto, son beneficiarios de los derechos de los trabajadores hasta donde la ley les permita. No se pueden romper las reglas del juego para hacer excepciones; se puede, en todo caso, cambiar las reglas. Y en esta situación es posible que haya -los hay- trabajadores ricos y empresarios pobres o menos ricos. La posesión de los medios de producción -volvemos al abuelo Marx- no garantiza la acumulación de plusvalías. En una palabra (y esta es la pequeña moraleja que se extrae de este asunto), los métodos de análisis social del siglo XIX no nos sirven para el siglo XXI. Aunque algunos bisnietos del susodicho abuelo no se den por enterados.
El terrorismo, y su sustrato ideológico que es el totalitarismo, se sustenta justamente en ese proceso de abstracción: el ser humano pierde su entidad de ser único, de dignidad inalienable, valioso en sí mismo (esto es, pierde su carácter de realidad personal) y se convierte en la pieza de una maquinaria mayor. Esta entidad, impersonal y anónima puede tomar muchas formas y llamarse Raza, Partido, Clase social. Cualquiera de ellas, en un momento dado, encarna el Mal. Construir un mundo perfecto, configurar esa utopía que siempre termina tomando forma de matadero o cementerio, desde ciertas ideologías supone la eliminación radical de ese segmento social. Los nazis que gaseaban judíos, los promotores del Gulag y de Katyn, los totalitarios de todas las épocas, bien podían decir a sus víctimas en un alarde de cinismo esencial: “En realidad, no tengo nada personal contra usted”. Este fenómeno corrobora la tesis que algunos defendemos: manipular la realidad, atentar contra la verdad no es un mero ejercicio mental cuyas consecuencias quedan limitadas en lo que llamaríamos Espíritu. Tiene consecuencias morales y, por tanto, repercusiones reales en la sociedad y en la vida. Así, ocultar o no tener en cuenta la realidad personal del hombre es el polvo que deviene estos lodos. Hay una clara relación de causalidad entre la aberración intelectual y la desviación moral, un evidente hilo conductor que lleva del error al horror.
Me centraré en el último objeto citado, la hucha. Los que tenga algo más de la cuarentena recordarán que era un objeto cotidiano y frecuente, sobre todo para el uso de los niños. Cada cual tenía una para ir ahorrando las pesetillas (y fracciones de pesetas) que se iban cogiendo. La había de muchos formatos: de lata, la que tenía forma de cerdito, la que eran de cerámica y se rompían al final del proceso. Los bancos y cajas de ahorros aprovechaban esta costumbre, regalando huchas, que ellos mismos abrían para engrosar la “libreta” del niño ahorrador. Pero todo esto pertenece al pasado. ¿Por qué? ¿Por qué el ahorro deja de verse como una virtud y, por tanto, deja de ser un hábito deseable y valorado socialmente? Apunto varias razones. La primera, porque confiamos en que el Estado nos lo resolverá todo en un momento dado. La creencia del hombre antiguo en un Ser trascendente o en una Providencia que movía los hilos de su vida, se sustituye por la creencia en el Estado, del que esperamos que provea en los momentos de dificultad, cuando falta la salud, cuando nos vemos sin trabajo, cuando necesitamos cualquier servicio, subvención o ayuda. ¿Para qué ahorrar si se nos garantiza unos “servicios mínimos” de calidad de vida desde la cuna a la sepultura? La segunda causa es la intensificación de lo que yo llamaría un sentido hedonista de la vida y la creencia en que la rueda de la Fortuna puede cambiar en cualquier momento su dirección. Hay que disfrutar el hoy y no hacer demasiados planes para el futuro. Un futuro que ni siquiera sabemos si existirá. Metidos en esta vorágine, en esta prisa por consumir y disfrutar, el ahorro es un puro contrasentido. Esto, que parece un mero cambio de costumbres, transforma profundamente la realidad económica y hace difícil no sólo el ahorro sino cualquier proyecto económico a medio plazo que suponga un esfuerzo sostenido, Invertir esta situación supondría pasar de la mentalidad confiada (en el Estado) y hedonista a una más previsora y dispuesta al sacrificio. Cambiar de costumbres, de valores… ¡Qué difícil!
Primera. Se ha dicho y repetido de Benedetti que su poesía esa “sencilla” y “popular” (estos dos adjetivos se han prodigado con insistencia). Lo segundo, tomado en un sentido estadístico, quizá puede admitirse. Benedetti era un autor que “vendía” mucho y sus ediciones se multiplican. Si esto es ser popular, el autor uruguayo lo era -y posiblemente lo siga siendo- de una forma cuantitativamente comprobable. Pero “sencillo”, visto desde un punto estrictamente literario, no me parece en absoluto, al menos en su poesía. En la creación poética de Benedetti hay un continuo esfuerzo por jugar con el lenguaje, manipulándolo, sacando de él chispas y destellos, en ocasiones rompiendo las normas gramaticales. Inventa palabras (como su maestro César Vallejo) y recrea el lenguaje con un sentido realmente innovador. Es cierto que la lengua poética se acerca a la vida cotidiana y a sus prosaicas preocupaciones (“Poemas de la oficina” es uno de sus primeros y más famosos libros que se mueve en este sentido), pero es un parecido engañoso en muchas ocasiones o, al menos, un parecido que hay que interpretar. Lo cotidiano, como en Ángel González, como en Gil-Albert, es un valor de extrañamiento, un refinado juego poético. No es que la poesía se vuelva “vulgar”, es que lo vulgar se convierte en categoría estética puesto bajo el foco reflectante del arte. En este sentido Benedetti sabe jugar con los ritmos poéticos, dándoles una gran libertad, pero también un gran rigor. Juega con las estrofas clásicas como el soneto, con una maestría de artífice riguroso. Domina la técnicas literarias y su obra está llena de referencias, veladas o directas, a clásicos y modernos. Segunda. También está (no me olvido) la parte política y “comprometida” de su obra, uno de los aspectos más famosos y llamativos de su personalidad literaria. Aventuro, con claras posibilidades de equivocarme, que, como en Pablo Neruda, esta será la parte menor perdurable de su legado. Hemos tenido ocasión de oír ahora antiguas entrevistas y de comprobar como Benedetti repite desde hace muchos años, sin que haya evidencia de haber evolucionado, los manoseados tópicos de la progresía hispanoamericana (“latinoamericana”, diría él) con una impavidez y una falta de remordimientos y una seguridad en los propios postulados, que sólo tienen los santos y los intelectuales de la izquierda. Ya se sabe: Estados Unidos es el gran origen de todos los males y el reino de la desigualdad, el atraso económico de Hispanoamérica tiene su raíz en la explotación colonial y en la “deuda externa”, Fidel Castro es un político bienintencionado al que USA ha vuelto malo, el experimento de socialismo real supuso grandes avances para los trabajadores. Etcétera. Fue hasta grotesco cuando la periodista le pregunta si el llevaría flores a la momia de Lenin, y contesta que sí. ¿Cómo es posible, me pregunto, tener una exquisita sensibilidad para la poesía y una percepción tan simplista desde el punto de vista intelectual y tan hipócrita desde el punto de vista moral de las cuestiones sociales? Es un fenómeno digno de estudio, porque no es un caso aislado sino un hecho generalizado. Nombres como García Márquez, Neruda, Saramago engrosarían una larga lista de genios literarios, cuyas ideas políticas tiene la sutileza de un guijarro. ¿Cómo se puede tener el talento para escribir “Cien años de soledad” y luego codearse amistosamente con un sátrapa de la catadura de Castro? ¿Cómo al mismo tiempo puede escribirse esa maravilla de sensibilidad y comprensión de la condición humana que es “Todos los nombre” y declararse comunista, sin tener en cuenta el gigantesco genocidio social que ha supuesto en comunismo en todos los países donde se ha implantado? ¿Cómo, dicho de un modo simplista, se puede ser tan inteligente para unas cosas y tan ciego para otras? Pienso a veces que el caso de Benedetti y de tanto otros, merece, más que una reflexión sociológica, una consideración psiquiátrica. El hombre es capaz, en una sola alma de aunar los sublime y lo ignominioso. Es lo que algunos psicólogos han llamado la “inteligencia escindida”. Cada parte de la psiquis funciona por su cuenta, como ignorando a la otra, de forma casi autónoma, muchas veces de manera contradictoria, en un caso parecido a la esquizofrenia o doble personalidad. Tomás Salas salastomascompendium@hotmail.com |
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