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.....................................Tomás Salas salastomascompendium@hotmail.com
La edad maldita

Hay edades que tiene buena prensa, que lucen con prestigio. La antigüedad rendía un respeto especial a la ancianidad, la edad que con su poso de experiencia y equilibrio era sinónimo de sabiduría. La literatura clásica está repleta de ejemplos de respeto reverencial a la ancianidad. Los tiempos recientes descubren la juventud como valor supremo. La palabra “joven” aplicada a cualquier cosa -moda, estilo, mentalidad, lo que se quiera- está repleta de connotaciones positivas. Todo lo que es juvenil es bello, es vital, es admirable en sus posibilidades, es incluso justificable en sus excesos.
Se mantienen hoy en día estas dos tendencias. El Estado, las organizaciones, las empresas ofrecen ventajas y privilegios tanto a jóvenes como a mayores. Los ayuntamientos organizan cursos y escuelas-taller para los jóvenes y excursiones y actividades recreativas para los mayores. En las fiestas patronales, en las ferias no falta el “día del mayor” o una actuación de música cañera pensada para los marchosos jovencitos. Lo mismo, o cosas parecidas, puede decirse de las ofertas de las empresas, instituciones, grupos.
A esta situación hay que añadir un dato que supone un auténtico fenómenos sociológico propio de las sociedades avanzadas: por un lado, la juventud (como figura social, como conjunto de pautas de comportamiento, más que como edad biológica) se alarga y estira hasta edades que antes pertenecían a la madurez. Por otro, el número de personas mayores y su calidad de vida y salud se incrementa, provocando la natural demanda productos y servicios. Entre estas dos franjas crecientes de población, queda, cada vez más menguado, el estado intermedio de los que están en la edad productiva. Son las obreras de este panal, los que mantienen con su actividad a todo el resto de las abejas: a las pequeñas -y no tan pequeñas- larvas y a las mayores.
Esta gente -pongamos lo que tienen más de 30 y menos de 65- constituyen un grupo sobre el que ha caído la sombra del olvido. Ningún ayuntamiento le ofrece actuaciones especiales; ninguna cadena hace campañas para ellos. Nadie les ofrece cursos ni viajes ni ventajas. Son la edad olvidada. Los que pertenecen a este grupo de afanosos, a los que nadie parece agradecer nada, tienen que levantarse cada mañana con el resorte de una moral a prueba de desánimos e ingratitudes. Pronto, en periódicos o en Internet, veremos que, al modo de los desesperados mensajes que lanzan los náufragos en botellas, anuncios que dirán algo así:
“Tengo 50 años. No estoy en paro ni sufro ningún contratiempo grave. Sé que tengo suerte, pero no tengo la culpa. Necesito un poco de cariño”.
Un intelectual

Benedicto XVI es, en su íntima contextura personal, un hombre de reflexión y palabra, un ser que en el estudio se encuentra como el pez en el agua. Puede definírsele con una palabra un tanto desacreditada: intelectual. ¿Cómo llega un hombre como él, un teólogo del nivel de los mayores del siglo XX -Lubac, Balthasar, Barth, Rakner, pocos más- a ocupar importantes responsabilidades -digámoslo en términos empresariales y asépticos- de decisión y gestión, hasta llegar a la cúspide de la más alta responsabilidad? Recuerdo la distinción que hacía Ortega, refiriéndose al político francés Mirabeau, entre hombres que viven preocupados (el intelectual) y hombres a los que hay que mantener ocupados (el político, el hombre de acción). Ortega hacía un claro distingo, casi sin posibilidad de mixtura, entre estas dos especies humanas. ¿Cómo un “preocupado” -el profesor, el teólogo Ratzinger- llega a ser un supremo “ocupado”-Benedicto XVI-? De esta pregunta extraigo, más que una respuesta, una doble reflexión.
Por un lado, creo que en esta vida y en otras similares, hay una íntima contradicción, una callada y asumida renuncia. El hombre meditativo que se ve abocado a la acción (a la política, por ejemplo) tiene que renunciar a una parte de su vocación, de su esfuerzo, de su tiempo. Tiene que tomar decisiones que benefician a unos y perjudican a otros, cuando, a lo mejor, tiene una visión más amplia que abarca y comprende a todos. Tiene que simplificar, esquematizar lo que sabe complejo. El hombre reflexivo metido a activo tiene, por lo tanto, que hacer un continuo esfuerzo de ascesis.
Pero hay una segunda reflexión. Esta renuncia puede ser no un mero esfuerzo de adaptación a lo distinto, sino una opción coherentemente asumida desde las propias ideas. Las ideas no son aquí entelequias puras, descarnadas, sino que son ideas para la vida; tienen una proyección ética. Y este imperativo ético puede conducir desde la reflexión a la acción, sin que haya contradicción entre una y otra. Desde un pensamiento de contextura moral se deriva un “deber ser” que afecta al hombre todo, a su vida, a su relación con los demás y con el mundo. No puede el intelectual, en este caso, quedar encerrado en su torre de marfil, sino que se ve impelido a abrir las ventanas de su estudio a las impuras corrientes que llegan de fuera. Así, Benedicto XVI es un intelectual lanzado a la acción, que para él puede ser una renuncia pero también una prueba de coherencia.
¡Queremos obispos nacionalistas!

¡Volem bisbes catalans! ¡Queremos obispos catalanes! Ese era el famoso grito de los católicos (?) catalanes que protestaban contra el nombramiento, como obispo de Barcelona, de don Marcelo González Martín, el que luego fuera cardenal de Toledo (primado de España, según un título más protocolario que efectivo). Don Marcelo venía de tierras castellanas y no hablaba catalán; tuvo que pasar un auténtico calvario en su paso por Barcelona. Ahora el ha tocado el turno a monseñor José Ignacio Munilla. En este caso no pueden decir ¡Queremos obispos vascos!, porque monseñor Munilla es vasco de nacimiento y raíces familiares, habla eusquera y ha sido párroco en la guipuzcoana Zumárraga. No se le puede rechazar, por tanto, por razones étnico-culturales. Son, por el contrario, razones ideológicas. Está claro que monseñor Munilla no está en la línea de condescendencia y comprensión del mundo nacionalista en la que estaban sus predecesores. Los fieles guipuzcoanos que han redactado un retórico documento, mezclando aleatoriamente los tópicos de la progresía clerical con ideas del Concilio Vaticano II, se lo podía haber ahorrado y haberlo sustituido por este eslogan, más claro, sencillo y contundente: ¡Queremos obispos nacionalistas!
En el fondo de esta actitud, como de todas las actitudes de los nacionalistas, hay un conflicto de difícil solución. El conflicto, más que meramente político, es ideológico y moral y afecta a valores y creencias. Dicho en pocas palabras, se formularía así: el nacionalismo tiene una gran dificultad (se diría, en sus propios términos, que un dificultad genética), para metabolizar el pensamiento ilustrado que deriva en el sistema liberal-democrático. Los nacionalistas pueden ser (seguramente los serán en su mayoría) buenas personas y ciudadanos normales que cumplen con las leyes, como la gran mayoría de los españoles. Eso nadie lo duda. Tampoco es que se manifiesten explícitamente en contra de la democracia y sus instituciones. Es que se sitúan fuera del pensamiento democrático como paradigma general. Lo primero es que no entienden el carácter abstracto y genérico de la idea de ciudadanía. Un ciudadano vasco no tiene que ser nacionalista, ni sustentar una cultura tradicional vasca (o catalana o extremeña). El Estado se erige como ente cultural y religiosamente neutral para administrar y proteger a sus ciudadanos. Ese es el sentido del Estado liberal. Cuando hablamos de cultura, identidad u otros conceptos parecidos nos referimos a la sociedad civil, a los ciudadanos libremente asociados o individualmente considerados. El Estado, la comunidad política no puede identificarse exclusivamente con ninguna forma cultural, ideológica o religiosa, sino que establece una especie de arbitraje entre las distintas realidades sociales. Los firmantes de este manifiesto establecen la ecuación nacionalista = vasco. Y es más: no comprenden que la Iglesia, como institución privada, aunque de proyección pública indudable, de la sociedad civil tiene sus propias normas, su funcionamiento particular que no se identifica con lo estatal. Es la “autonomía de las realidades temporales” de la que habla el Concilio Vaticano II. No es la “Iglesia vasca”, sino la “Iglesia” en el País Vasco. Desde un punto de vista católico no existe la “Iglesia vasca” ni la “Iglesia española” ni la “Iglesia húngara”. Es una institución que tiene sus propias normas de funcionamiento, con las que se puede estar o no de acuerdo pero donde, por otra parte, no se obliga a nadie a permanecer contra su voluntad.
Para el nacionalista la realidad étnico-cultural es el paradigma supremo ante el que toda realidad tiene que adaptarse. Las normas internas de las instituciones privadas (en el caso vasco) o la autonomía del poder judicial (en el caso catalán). Ese es su fundamento moral y axiológico y ese es el drama para todos los demás, los que no somos nacionalista: lo que no nos permite acércanos a ellos con comprensión, lo que no nos permite construir un consenso que no sea meramente coyuntural.
Pesimista conclusión: con ellos no es posible el debate. Todo consenso tiene para ellos un carácter provisional y en cierta forma insincero; nunca olvidan sus “valores últimos”. Habitan, intelectualmente, otro mundo.
El hombre que derribó el muro

Si tuviera que elegir un acontecimiento que sirviera de símbolo y emblema de este complicado (atroz y magnífico a un tiempo) siglo XX, que ya comienza a ser historia, elegiría aquel noviembre de 1989 en que el muro de Berlín cayó como un gigante de barro, sin apenas ruidos y sin que nadie (o muy pocos) lo esperasen. Recuerda a aquel gigante del Apocalipsis que se desmoronó misteriosamente con el toque de una piedrecita. Y si tuviera que elegir un personaje que en su vida, limitada en el espacio y en el tiempo como la de cualquier mortal, resume las contradicciones, luchas y esperanzas de este siglo, éste sería Juan Pablo II.
El siglo XX ha conocido importantes cambios, gigantescos movimientos en todos los órdenes, que han transformado la faz de la tierra y han abierto al hombre perspectivas inéditas hasta ahora. En el terreno científico, cultural, mediático se exploran tierras ignoradas. En el terreno político y social las ansias de progreso y justicia nunca han estado más vivas; se defienden los más excelsos ideales, pero nunca, tampoco, la humanidad ha conocido los exterminios colectivos, los extraños experimentos de ingeniería social, el delirante odio que se han visto en esta centuria. No están lejos las atrocidades planificadas e intelectualmente justificadas del nazismo y el comunismo, Auswitch y el Gulag. Aún sobreviven testigos presenciales. Sin embargo, tampoco ha dejado de estar vivos los impulsos contrarios. Frente a estos intentos de establecer un control totalitario de la sociedad, nunca el hombre se ha resignado del todo. Siempre han estado actuando, aunque sea en el silencio y en estado latente, las fuerzas de la dignidad humana y la libertad. Toda esta fuerza oculta y silenciosa, después de tanto tiempo, estalla derribando el muro y expande sus ondas de libertad por todo el mundo. Nadie mejor que Juan Pablo II para comprender, en su tiempo, y simbolizar, en el futuro, este proceso que resume todo un siglo. Mientras la intelectualidad de Occidente, desorientada y narcisista, mientras los progres de salón, tipo Sartre, los que sólo han visto a los obreros en los libros, defienden las utopías colectivistas, Juan Pablo II tiene una experiencia directa y personal de este mundo. Conoce el totalitarismo, en su doble versión nazi y comunista, de primera mano. Y además, como hombre de pensamiento y estudio, conoce -lo que no es menor importante- sus raíces intelectuales y los complicados vericuetos de sofismas y pseudoverdades en que se apoyan. Por eso apoya desde un principio a Solidaridad, que sería la pequeña y primera brecha abierta, por la que luego se colaría todo el caudal de la libertad como una riada imparable.
Juan Pablo II, el hombre que derribó el muro, representa mejor que nadie la gran batalla del siglo XX, batalla que está muy lejos de estar conclusa. Sus contendientes son las ideas de libertad y dignidad oponiéndose a las fuerzas de la opresión y la mentira.
Aborto y progreso

En el debate ideológico una de las oposiciones más usadas es la de conservador/progresista. Conservador es quien desea, quizá impulsado por un sentimiento de temor, que las cosas no cambien, mantener el status quo. Progresista es quien desea que las cosas evolucionen; en un sentido positivo, claro. Sin embargo, como suele ocurrir, la realidad es más compleja que nuestros esquemas. Uno de los grandes pensadores españoles actuales (poco sospechoso de conservador, por cierto), Gustavo Bueno, en su libro El mito de la izquierda, ha estudiado como la idea de progreso, que se incuba en la época de la revolución industrial y se expande durante el siglo XIX, no es en absoluto una idea clara y unívoca y, además, no define a la izquierda política. La idea de progreso sólo puede tener un sentido racional cuando va referida a “líneas de desarrollo categorial independientes”. Valga un ejemplo sencillo: se ha progresado en la velocidad de los vehículos a motor. Eso es incuestionable en relación a una escala numérica, a una comparación con un criterio cuantitativo. En cambio, ¿tiene sentido hablar de un progreso moral o de un progreso en el campo de la música? Hay una segunda parte del argumento del profesor Bueno -que yo aquí no desarrollo-: esta idea no puede definir a la ideología de la izquierda, que sí se define, según el, por la idea racional del Estado-nación.
El tema del aborto es un buen ejemplo para comprobar el carácter equívoco de este concepto. ¿Supone el aborto un progreso moral para la humanidad? ¿Cómo definir de forma unívoca el concepto “progreso moral”? No es posible, ya que engloba infinitud de parámetros distintos. De todas formas, si hubiese que hacer una definición (siempre abstracta, nunca cuantificable) ésta sería: aquel proceso que mejora las condiciones de vida de las personas; que mejora su salud, su bienestar, su satisfacción. Y si es la vida lo que estamos promocionando y defendiendo, parece evidente que tiene que quedar clara una defensa de esa misma vida como valor radical (de raíz), básico. No como valor absoluto, porque intento mantener el debate en un nivel inmanente, sin tener que apelar a valores trascendentes o religiosos. Si progreso es aumento de la calidad de vida, la valoración de la vida parece la base de esta argumentación.
Sin embargo, ¿tan importante es la vida humana? La historia nos enseña que esta valoración ha sido (sigue siendo) desigual y ha tenido importantes recaídas. El valor de la vida humana va unido intrínsecamente al desarrollo del valor de la igualdad. Quiero decir que para que la vida humana sea un valor incuestionable, hace falta que abarca a “todas” las vidas, sin excepción, puesto que, como bien saben los juristas, la universalidad es la condición de toda norma. El mundo precristiano conoce este valor, pero no lo aplica universalmente. No es lo mismo el libre que el esclavo, el hombre que el niño, el fuerte que el débil. En algunos momentos, como en la filosofía estoica, especialmente en Séneca, se toca, se vislumbra este concepto de universalidad, pero no se llega plenamente a él hasta el cristianismo.
El aborto, en este sentido, es una vuelta a los valores del mundo precristiano, en el que el concepto de lo humano (la dignidad de lo humano) es una categoría que se añade a unos seres, pero no un universal intrínseco y absoluto. Por ello, el aborto no puede suponer un progreso, ni siquiera desde el hipotético punto de vista abstracto que estamos manejando. Es una vuelta a concepciones de la que hace tiempo deberíamos haber salido, a las que, por desgracia, volvemos con frecuencia.
Porque la historia del hombre no tiene un sentido lineal y progresivo, sino la forma de un oscuro laberinto.
Los verdaderos problemas de la enseñanza

La Enseñanza en España (en general, pero más en la enseñanza secundaria que en la primaria; y más en la pública que en la privada o concertada) tiene planteados problemas muy serios que urgen de la acción del gobierno y de la movilización social. Por otra parte, tiene planteados problemas ficticios (laicismo, libertad religiosa, trasiego de símbolos que se quitan y ponen) que nunca, en mis dos décadas de experiencia, he visto que hayan preocupado a nadie.
Resumo en dos estos problemas (los auténticos, claro):
El primero la gran heterogeneidad del alumnado que llena nuestras aulas. De un alumnado selecto (fruto de lo que el catedrático malagueño Estévez Zaragoza llama Pedagogía de la exclusión) hemos pasado a tener a todos los jóvenes hasta los 16 años. En las mismas aulas conviven niños y jóvenes muy distintos en inteligencia, motivación, apoyo familiar, nivel socio-cultural. A lo que hay que sumar una nueva heterogeneidad, cada vez más presente: la cultural y lingüística. Esto es fruto de una realidad social magnífica y relativamente novedosa: la universalización de la educación primaria y secundaria. Nadie discute esta realidad, como nadie discute la seguridad social para todos, pero el enorme esfuerzo que supone cambio social tan radical ¿es un peso que sólo tienen que soportar los hombros, cada vez más cansados, de maestros y profesores? Es mucha carga; mis compañeros saben de qué hablo.
Hay un segundo problema. Estos maestros que tienen que hacer frente a esta revolucionaria universalización, lo hacen en un momento de desánimo, descrédito, pérdida de autoridad y prestigio. Es decir: les llega el trabajo más difícil en el peor momento. Sería larga de analizar esta pérdida de prestigio. En realidad, si ahondamos en este hecho, responde a un fenómeno más grave: la devaluación general del saber como forma de prestigio social y de adquisición de riqueza. El saber el un lento y doloroso hacer, un esfuerzo callado y largo, frente al fácil y brillante tener o al magnífico aparentar, valores predominantes en este tiempo.
Estos problemas sí que son reales; y están presentes en las conversaciones de cualquier sala de profesores. Acérquense a escuchar quién tenga la responsabilidad de hacer las leyes. Acérquense y descubran a un grupo de personas de preparación profesional superior, con gran vocación y honradez, sumidos en la desgana y el desconcierto. ¡Qué enorme derroche de energías, de capacidades perdidas o mal aprovechas!
Estado natural

Me siento tranquilamente a tomarme un café y un pastel en una cafetería de unos grandes almacenes. Al mismo tiempo aprovecho para leer el periódico. Cuando elegí la mesa no me percaté de que a la izquierda se sentaba una familia con un niño pequeño (3, 4 años). El niño se movía con libertad en torno a mi mesa y, de vez en cuando, la rozaba, con el correspondiente bailoteo de tazas y objetos. Eso hacía que mi lectura del periódico fuera sobresaltada y fragmentaria. Cada vez que veía al niño de acercarse temía lo peor. Pero, más adelante me di cuenta que también a mi izquierda había otra tierna criatura de parecida edad con ganas de juego. Esta fue más directa en su ataque y me dio un envite tal, que la taza del café se derramó en parte y los objetos que estaban en la mesa sufrieron una especie de amago de terremoto. Por fin me atreví a proferir una advertencia (más bien un ruego) al travieso infante: Nene, ten cuidado.
Lo más curioso del caso es que las respectivas familias, en las que sólo había mujeres (perdónenme mis amigas feministas, pero es así), que debían ser sus madres y abuelas y las amigas de la familia, no se inmutaron en ningún momento de la batalla. No miraron a los niños, sin les advirtieron, ni mucho menos les regañaron. Siguieron con su charla y su café como si aquello fuera un asunto que transcurría en el planeta Marte.
Por tomarme la vida con filosofía, lo cual puede llegar a ser una deformación profesional, y no alterar mi tensión arterial ya un poco alta por la dieta desequilibrada que arrastro, en lugar de enzarzarme en una discusión con las señoras, me acordé de las teoría educativas y filosóficas de Rousseau, que allí estaban tendiendo una aplicación práctica tres siglos después.
El pensador francés, como se sabe, uno de los ideólogos e inspiradores de la Ilustración, afirmaba que el hombre es bueno en su estado natural primitivo y que es la sociedad, con sus convencionalismos y trabas artificiales, quien lo echa a perder. De ahí provienen las teorías del “buen salvaje” y su aplicación práctica en el mundo educativo. Hay que dejar al niño que haga lo que quiera; es un contrasentido limitarlo con nuestras convencionales normas. Al imponerles pautas de conducta, estamos limitando su espontaneidad, su creatividad natural. Estamos imponiendo un sistema de valores que es convencional y antinatural. Ya irá aprendiendo solo. Y si, por ejemplo, le tira el café a este señor calvo que lee el periódico, ya aprehenderá por si solo las consecuencias negativas que esto conlleva. Además, si no, este señor pide otro café y tan tranquilos.
Las teorías de Rousseau tuvieron una larga influencia tanto en la filosofía como en la pedagogía (la llamada “pedagogía libertaria” le debe mucho) y llegaron hasta el famoso experimento de la escuela inglesa de Summerhill. Su aplicación, aunque sea inconsciente, en una generación de tiernos infantes hispanos tendrá sus consecuencias.
Lo que no podía sospechar el buen francés es que en, en los comienzos del siglo XXI sus teoría del “estado natural” se llevarían a la práctica, como diría el tópico periodístico, en vivo y en directo.
Proletarios de lujo

Nuestro abuelo Carlos Marx (¿se acuerdan de aquel anciano de gran barba blanca?) conoció el capitalismo en su edad incipiente. Entonces los ricos, los que poseían los medios de producción, imponían sus condiciones implacables a los pobres. La ganancia que obtenían, la cristalización en riqueza del sudor y la sangre de los trabajadores, tenía un nombre maldito: plusvalía. Para Marx esta contradicción interna era un mecanismo que iría aumentando inexorablemente los desajustes del sistema. Los ricos seguirían acumulando plusvalías y los pobres seguirían ahondando en su miseria, de forma que la cuerda se tensaría hasta romperse. Esto es, el sistema llegaría a su colapso final por mor de sus propios desajustes. Sin embargo, el desarrollo de los países capitalistas ha sido muy distinto. ¿Qué diría el abuelo Marx si levantara la cabeza y viera a ricos (por ejemplo, pilotos de avión) que hacen huelga? ¿Qué pensaría ante los sindicatos actuales, que son estructuras rígidas y jerárquicas, que defienden, sobre todo, a los trabajadores con puesto fijo?
La situación le resultaría bastante extraña por varias razones. Por lo pronto, la idea misma de huelga, aunque suele asociarse a sindicatos y grupos de izquierda, no es algo inherente al marxismo y sus derivados. Precisamente, donde la huelga está recogida como derecho y regulado por ley es en los países de sistema demo-liberal y, por tanto, capitalistas. La huelga es un derecho que disfrutan los trabajadores de España, Italia o USA; pero no los de China, Corea del Norte o Cuba. Los antiguos partidos comunistas occidentales -en su mayoría reconvertidos- siempre han reivindicado estos derechos para los obreros de sus países, pero nunca para los de los países del “Socialismo real”, donde la palabra huelga era (es) casi un tabú.
Pero si la idea de huelga, regulada como un derecho formal, es un cuerpo extraño al marxismo, qué decir de la idea de un “proletario rico”. Los famosos pilotos huelguistas ganan sueldos millonarios, pero no dejan de ser trabajadores por cuenta ajena, que cobran un salario a cambio de un trabajo y que, por mucho que ganen, no son los dueños de los medios de producción. En una democracia escrupulosa con las garantías jurídicas lo derechos tienen que ser de universal aplicación. Estos millonarios, pues, son “formalmente”, trabajadores y, por lo tanto, son beneficiarios de los derechos de los trabajadores hasta donde la ley les permita. No se pueden romper las reglas del juego para hacer excepciones; se puede, en todo caso, cambiar las reglas. Y en esta situación es posible que haya -los hay- trabajadores ricos y empresarios pobres o menos ricos. La posesión de los medios de producción -volvemos al abuelo Marx- no garantiza la acumulación de plusvalías.
En una palabra (y esta es la pequeña moraleja que se extrae de este asunto), los métodos de análisis social del siglo XIX no nos sirven para el siglo XXI. Aunque algunos bisnietos del susodicho abuelo no se den por enterados.
Raíz del terrorismo: la perspectiva totalitaria

Saber observar los menudos detalles de lo cotidiano puede conducirnos, si lo hacemos con la perspicacia debida, al descubrimiento de ideas fundamentales, de pistas que arrojen luz sobre los fenómenos humanos. Sobre todo, sobre el arcano de los arcanos: el mal (siempre absurdo, casi siempre gratuito) infligido por unos hombres a otros. En este sentido es reveladora la anécdota que narra Julián Marías en sus “Memorias”. El filósofo, en fechas previas a la guerra civil española cuenta como sube a un tranvía y observa que un hombre joven lanza una indisimulada mirada de odio hacia una mujer bastante atractiva y con un aspecto inequívoco de burguesa. Observa Marías: muy mal está la cosa cuando el odio de clase puede más que las hormonas. Lo realmente grave, el síntoma que nos apunta a la enfermedad, es que este hombre no ve en esta mujer al individuo concreto e irrepetible, sino a un sujeto de la especie “burgués”. Hace abstracción de particularidades, incluso de aquellas más evidentes, como, en este caso, el atractivo físico.
El terrorismo, y su sustrato ideológico que es el totalitarismo, se sustenta justamente en ese proceso de abstracción: el ser humano pierde su entidad de ser único, de dignidad inalienable, valioso en sí mismo (esto es, pierde su carácter de realidad personal) y se convierte en la pieza de una maquinaria mayor. Esta entidad, impersonal y anónima puede tomar muchas formas y llamarse Raza, Partido, Clase social. Cualquiera de ellas, en un momento dado, encarna el Mal. Construir un mundo perfecto, configurar esa utopía que siempre termina tomando forma de matadero o cementerio, desde ciertas ideologías supone la eliminación radical de ese segmento social. Los nazis que gaseaban judíos, los promotores del Gulag y de Katyn, los totalitarios de todas las épocas, bien podían decir a sus víctimas en un alarde de cinismo esencial: “En realidad, no tengo nada personal contra usted”.
Este fenómeno corrobora la tesis que algunos defendemos: manipular la realidad, atentar contra la verdad no es un mero ejercicio mental cuyas consecuencias quedan limitadas en lo que llamaríamos Espíritu. Tiene consecuencias morales y, por tanto, repercusiones reales en la sociedad y en la vida. Así, ocultar o no tener en cuenta la realidad personal del hombre es el polvo que deviene estos lodos. Hay una clara relación de causalidad entre la aberración intelectual y la desviación moral, un evidente hilo conductor que lleva del error al horror.
Tomás Salas salastomascompendium@hotmail.com
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