Editado por Eduardo de Lácara
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...........................Tomás Salas salastomascompendium@hotmail.com




Fraga, un desconocido de la política española

Manuel Fraga es el gran desconocido de la política española contemporánea. Después de más de 50 años de vida pública (si tomamos el inicio de su carrera en 1955, cuando entra a formar parte del equipo de Ruiz Jiménez), la mayoría de la sociedad española no sabe quién es ni qué representa.

El joven Fraga era un brillante estudiante llamado a escalar altos puestos en el mundo académico y administrativo. Su actividad intelectual comenzó con la investigación de los teólogos y juristas del Siglo de Oro. Su tesis trata de uno de ellos: Luís de Molina y el derecho de guerra (1947). Del mismo Molina traduce 3 de los 4 tomos de su De iustitia et iure.

Aparte de esta actividad puramente investigadora acumula oposiciones a altos cuerpos del Estado: letrado, diplomático y catedrático de universidad. Pero en 1955 Joaquín Ruiz Jiménez lo acoge como secretario general técnico del Ministerio de Educación; otros jóvenes talentos como Laín y Tovar también participaban en este equipo. Es el primero y más importante de los intentos de algo que iba a ser santo y seña de la política española: el aperturismo.

El experimento aperturista termina en 1956 con la dimisión del ministro. Es entonces, cuando se produce un cambio en la mentalidad de Fraga. "Hasta 1956 -reconoce- funcioné más como un buen tecnócrata que como un político". Creía, con Pope, que la mejor política es una buena administración. Pero ahora, a partir del fracaso del conato aperturista, toma conciencia de dos cosas. Una, que no basta la organización tecnocrática, sino que, para cualquier cambio, hace falta la política. "La política lo primero", dirá.
 
Además, se da cuenta de que no es posible una reforma del Régimen en un solo aspecto (la educación, por ejemplo), sino que sólo es viable una reforma en su conjunto y desde dentro del mismo sistema. Pasa, pues, a la política activa, desde el convencimiento intelectual de la necesidad de reformas.
 
En 1962 es llamado al Ministerio de Información y Turismo (no al de Educación, para el que él se sentía más preparado) y comienza aquí una labor política en el franquismo que va a durar hasta su etapa como embajador en Londres (1973-1975), que coincide con el final del Régimen.  Esta labor política estará siempre orientada por un impulso que se llama (entonces no es común el término 'progresista') aperturista o reformista. Fraga ha sido el gran político reformista del franquismo; en la práctica y también en la teoría, con sus escritos sobre el famoso "centro político" (algunos se remontan a la década de los 60), concepto que luego daría tanto juego daría a muchos.
 
Se ha escrito (el profesor Velarde Fuertes) que los cuatro grandes 'centradores' del conservadurismo español han sido -cada cual en su coyuntura histórica, muy distintas- Jovellanos, Bravo Murillo, Cánovas y Fraga.

  Y ahora viene la parte más enigmática de toda esta historia. ¿Por qué el gran reformista y centrista, el político de sólidas raíces intelectuales, llegada la hora del cambio (1975) pasa a dar  la imagen de un político de derecha dura, imbuido de autoritarismo, poco menos que la encarnación de un (entelequia imposible) franquismo sin Franco? ¿Por qué esa imagen se extiende hasta hoy en parte de la sociedad española y en una parte importante de los medios? Tal vez sólo hay una respuesta (reconozco que vaga y general) a esta pregunta: vivimos en un mundo donde las imágenes cuentan más que las realidades.
  
  


Economía para incautos

La diferencia entre derecha e izquierda, una vez que en los valores y la moral se difumina la línea divisoria y todo se confunde, se manifiesta, fundamentalmente, en la polaridad de dos modelos económicos. A diestra, liberalismo ('neoliberalismo' se dice ahora; no sé por qué no se dice 'neosocialismo' o 'neocomunismo'), contención del gasto, limitación del Estado e impulso a la sociedad civil, economía de la oferta. A siniestra, socialismo (o socialdemocracia), tendencia a que el Estado intervenga en la economía y en la dinámica social, tentación irresistible de recaudar (redistribuir, dirían ellos), economía de la demanda. Para los primeros cualquier expansión del Estado es vista como una amenaza y se piensa, con frase de Vargas Llosa, que "cualquier burocracia es ontológicamente socialista". Para los segundos, cualquier adelgazamiento de lo público pone en peligro el llamado estado del bienestar. Los diestros defienden, en un sentido general, la propiedad privada. Los siniestros le ponen matices y peros. En una cosa, casi en la única, coinciden: la propiedad propia, como la madre, es sagrada.

Estos dos modelos, desde la postguerra mundial (finales de los 40) hasta hoy, debaten y se alternan en el poder con éxitos parciales. Los seguidores de Friedman y los devotos de la Escuela Austriaca, por un lado, y la numerosa prole de los nietos de Keynes por otro, se enzarzan en una discusión que dura más de medio siglo. ¿Quién, después de tanto tiempo, gana la partida? ¿Acaso el juego termina en tablas?

Si una de las ideas maestras de la socialdemocracia es que el Estado debe intervenir en la economía para corregir sus defectos y desviaciones, entonces me parece claro que ésta es la doctrina económica universalmente triunfante. Hemos visto cómo en Estados Unidos se intervenía el sistema financiero de una forma total; cómo la Unión Europea ha intervenido varios países de su grupo, no sólo ya extralimitándose en la soberanía económica, sino en la misma soberanía política. Observamos un continuo flujo de decisiones desde la política a la economía, en el sector financiero, en los tipos de interés, en el mercado de trabajo. Incluso estamos asistiendo al espectáculo del Banco Central Europeo comprando deuda de algunos países para evitar su depreciación; esto es, al garante de la imparcialidad del mercado, tomando una postura claramente parcial a favor de unos y en detrimento de otros. Si intervenir y no dejar el mercado a su pura espontaneidad parecía lo lógico, sin duda que los hechos le han dado la razón con colmo a Lord Keynes y a sus planteamientos.

Ahora bien, este intenso intervencionismo, ¿a qué modelo conduce? En los últimos tiempos y, en concreto, en la política económica de la Unión Europea, a una rigurosa contención del déficit, a reajuste de las cuentas de forma que no se gaste más de lo que se ingresa, al adelgazamiento de un Estado cíclopeo que ha desarrollado un tejido adiposo que le impide cualquier movimiento. Es decir, al modelo liberal. Por lo tanto, no será desde esta perspectiva Lord Keynes, sino von Hayek y von Mises los que se lleven el gato al agua.

En resumen, usamos la estrategia socialdemócrata de la intervención para imponer el modelo liberal de la contención. ¿Cómo se cuadra este círculo? Me pregunto (y sospecho y temo la respuesta) si nos siguen sirviendo estas teorías económicas clásicas para los tiempos presentes ¿No nos estamos apoyando en un andamiaje conceptual tan antiguo y pintoresco como las máquinas de escribir, cuando necesitamos ordenadores de tercera generación?

Que hablen los doctos en economía, entre lo que yo, como habrá comprobado el lector, no me encuentro.


¿Es tan malo el mercado?


A los mercados se les atribuye efectos perversos, casi demoniacos. Toda la culpa del desaguisado económico es de ellos, de su frío cálculo, de su taimado egoísmo. Y es verdad: el mercado es egoísta. Se mueve por la sencilla premisa de sacar la máxima rentabilidad a sus recursos con el menor riesgo posible. Lo  mismo que la señora que va a una frutería de otro barrio buscando los tomates más baratos; o el jubilado que cambia de banco para dar  una mayor rentabilidad a sus modestos ahorros. En el fondo, es el mismo macanismo psicológico, la misma lógica que mueve, pongamos, a un fondo de pensiones o a un gran banco que, por otra parte, defiende los intereses de miles de inversores, la gran mayoría pequeños. Entre nuestra señora de los tomates y el consejo de administración que decide una inversión estratégica, la diferencia es cuantitativa (astronómicamente cuant, quizá), pero no cualitativa.

Diré un par de cosas en favor de este egoísmo. La primera es que es sano y que, sin él, no habría desarrollo económico ni se crearía riqueza. Es la famosa “mano invisible” de Adam Smith. En una sociedad de contemplativos que se dedican a mirarse el ombligo, estaría en la edad de piedra. El egoísmo mercantilista no entiende de fronteras nacionalidades, culturas; ni siquiera de opciones sexuales, religiosas o estéticas. Puestos a buscar una ideología  no discriminatoria, no hay ninguna que le aventaje.

La otra razón es que el egoísmo del mercado tiene sus defectos, pero las alternativas que nos proponen nos ponen los pelos de punta. Si para sustituir a este mecanismo ciertamente perfectible, se me ofrece el nacionalismo populista de Hugo Chávez, el indigenismo de Evo Morales, la autarquía de retórica victimista (qué malo son los demás) del anciano Castro, o esa difícil utopía verde de volver a la sociedad preindustrial con coches y hospitales; entonces, como dijo aquel enfermo, cuya silla de ruedas se despeñaba a una velocidad progresivamente acelerada, ¡Virgencita, que me quede como estoy! Dicho más claramente, prefiero que me gobiernen los judíos de Wall Street o los tecnócratas sin alma de la City, que los iluminados de un misticismo que siempre conduce a la pobreza y la falta de libertad.

Una cosa más: la deuda gigantesca de los países desarrollados, que tiene asfixiada a la economía, no la provoca el mercado, sino los Estados. El Estado se endeuda -por motivos políticos, por intereses partidarios, quizá por necesidad- y tiene que recurrir al mercado para obtener liquidez. El mercado lo presta. Luego, por supuesto, quiere cobrar. Como usted y yo a fin de mes.


Democracia y moral


Creo que democracia tiene  esencialmente un carácter jurídico-formal (así lo tengo por escrito: http://www.ellibrepensador.com/2009/04/30/cuatro-topicos-y-una-cita-apocrifa-sobre-la-democracia/). Por lo mismo me resulta sospechoso el discurso de los “valores democráticos”, tan querido a la izquierda intelectual (Habermas, Arent…). Repito mi argumento: la democracia es un mecanismo para que distintas opciones (políticas, religiosas, morales) se articulen mediante normas, siguiendo unas reglas de juego. En este sentido, es más forma que sustancia. Se puede ser demócrata y de derechas o izquierdas, ateo o creyente, casto o promiscuo. Igualmente se puede ser antidemócrata con todos estos apellidos.

Ahora bien, este formalismo jurídico no puede llevarnos a un equívoco peligroso: pensar que la moral es un asunto indiferente, un personaje no invitado en este teatro. Esto hace que cada cual actúe sin principios, acogiéndose simplemente a la vigilancia del aparato judicial y buscando, aunque sea fraudulentamente, el beneficio propio del grupo (partido, clan, aparato). Lo cual -lo hemos comprobado en más de una ocasión- conduce al desastre y a que el sistema haga agua por todos sus poros. Porque, si la democracia es la forma, la sustancia que se asocia a ella, su contenido es la conducta humana actuando para los demás según unos principios; esto es, la moral. Sin moral no hay cosa pública (”res publica” en su sentido antiguo), y mucho menos democracia (una forma reciente y rara de “res publica”, más compleja y, por lo tanto, más delicada)  que funcione. Si falta la moral, si la corrupción campa por sus respetos y se convierte en una vigencia social aceptada por la mayoría, este tinglado se cae como un castillo de naipes, tiene la consistencia de una carcasa hueca. Porque no puede haber forma sin sustancia.


La nueva inquisición


Un grupo de energúmenos ha impedido que el cardenal Rouco Varela diese una conferencia en la Facultad de Económicas de la Universidad Autónoma. El hecho en sí quizá no revista una gravedad directa e inmediata; sin embargo, remite a una realidad  que es preocupante. No es la primera vez que pasa. A otras personas les ha ocurrido lo mismo. Gente tan distinta como Jon Juaristi, Fernando Savater, Vidal-Quadras,, Arcadi Espada… han tenido que aguantar que se les impida la palabra con zafiedad y gritos. Gente bien distinta, pero, si bien se mira, con un factor común: la talla intelectual que supone despego del dogmatismo y la simplificación; y el estar fuera de los límites del nuevo modelo ideológico y cultural que nadie puede osar traspasar.

El que lo haga  verá como cae sobre su cabeza el anatema justiciero que antes tenía el nombre de “hereje” y ahora tiene el infinitamente genérico e indeterminado, de “fascista”. Todos, a pesar de la heterogeneidad del grupo, lo son. Rouco es un fascista conservador-clerical; mientras que Vidal-Quadras es un fascista liberal-conservador; Espada pertenece al raro grupo (aunque cada vez más numeroso) del fascista progre e ilustrado; Jon Juaristi es un fascista judío-liberal; y Savater pertenece al gremio eximio de los fascistas anarquistas (“anarquista moderado”, rezada en su ficha policial,  catalogado por agentes con más gracia que los actuales). En fin, todos se sitúan en el pecado.

Y es la nueva inquisición la que, sentada en su trono, tiene que mandarlos a la hoguera purificadora y establecer los límites sagrados de la Verdad.

  A pesar de que las pintas han cambiado bastante, de que han trocado la tiara por el piercing y el trono por la pancarta, de que seguramente son menos letrados que aquellos inquisidores descritos por Julio Caro Baroja, el fondo sigue siendo bastante parecido.
 
 


Joseph y Elizabeth


Esta pareja formada por un anciano  vestido de blanco -sencillo traje talar y unos zapatos de cuero rojo que le dan un toque casi medieval-  y  una señora, también de  venerable edad, con pinta de abuelita que cuida a sus nietos en el parque y que usa sombreritos y bolsos  de un gusto que debió caducar hace décadas; estas dos personas de movimientos pausados y ceremoniosos, parecen una estampa sacada de otro siglo o, al menos, con una pátina de antigüedad que salta a la vista. En estos tiempos que rinden culto a los valores de la juventud y la espontaneidad;  en esta era de piercings  y  bermudas (o tempora, o mores) la imagen de esta ceremoniosa pareja parece un canto nostálgico a un era  que se fue: un puro anacronismo, cuanto menos estético.

¿Es realmente así?   El señor anciano representa a una institución, llamada Iglesia Católica, con dos milenios de antigüedad, que ha configurado, a pesar de su vocación universal,  lo que llamamos Occidente desde el punto de vista cultural, espiritual y -también- político. Esta institución en su larga vida ha tenido, por supuesto, luces y sombras, pero ha sabido sobrevivir y adaptarse a los cambios con, dicho en términos deportivos, una cintura envidiable.

La señora del sombrerito, por su parte, representa una no menos vetusta entidad, la Corona Británica. También esta institución ha vivido un largo trayecto histórico, incluso en ciertos momentos ha desaparecido y vuelto a aparecer. Pero ha demostrado una suprema capacidad de adaptarse y mantener las esencias sin renunciar a la evolución. ¿Nos hemos olvidado que nuestra democracia, de la que tanto protestamos pero sin la que no sabríamos vivir, surge históricamente en la búsqueda de un pacto entre la Corona británica y el Parlamento? En ese paso de la Monarquía absoluta a la Monarquía constitucional, en ese momento en que una burguesía cada vez más pujante adquiere su parcela  de poder  que limita el único poder hasta ahora legítimo (la Corona), está el primero atisbo de lo que va a ser el sistema democrático. Sin ese fenómeno histórico que se llama Corona Británica con su admirable síntesis de tradición y rito con modernidad e innovación, no podemos concebir a Locke y a Stuart Mill; no podemos imaginarnos el  Liberalismo; ni entendemos creaciones políticas como los parlamentos o el sufragio universal. El llamado mundo moderno y la sociedad industrial, el capitalismo y la democracia (hermanos inseparables; el primero es posible sin la segunda, pero no al contrario) tienen copyright británico.

¿Anacronismo de estos dos ancianos? Ambos son la fina destilación de un proceso histórico secular y poseen (ellos y los que representan) una sabiduría que  puede mirar con ironía piadosa a los vociferantes de hoy que mañana pasarán al olvido. Representan dos de las instituciones que mejor se han adaptado a los cambios de la historia. Y dos de los  pilares  realmente sólidos (en tiempos de crisis, buscamos la seguridad) en los  que tendremos que seguir apoyándonos en el futuro para mantener este frágil invento que llamamos civilización.


Von Hayek y los sombreros mexicanos


El asunto parece sacado de un periódico del día de los inocentes o  de uno de los geniales esperpentos de Valle-Inclán. Sin embargo es una noticia común y corriente que un día aparece en la prensa y seguramente ha pasado desapercibida para la mayoría. Un consejero del gobierno catalán era partidario de prohibir las muñecas flamencas, los toros y toreros de plástico (peligrosos iconos de la españolidad más rancia), esos objetos de tan mal gusto que compran los turistas como souvenirs. La cosa la comenzó  un concejal del Ayuntamiento de Barcelona que, en 2006, anunció una campaña para prohibir los sombreros mexicanos de los puestos de las Ramblas, argumentando algo que parece evidente: la nula relación de dichas prendas con la cultura catalana. La eliminación de estos nefastos productos iría acompañada de la promoción de productos que sí estén de acuerdo con los parámetros culturales establecidos.

La noticia parece una chorrada más de las muchas que nos asaltan sobre todo desde la televisión y cada vez más desde la prensa escrita. Sin embargo, me parece que encierra cierta gravedad. Esta actitud supone dos cosas, ambas de sumo peligro: (a) Desde un ámbito público y con dinero de los impuestos, se tratan de imponer  los gustos (que en el fondo suponen una perspectiva ideológica concreta) de un grupo. (b) Esta actitud conlleva la creencia que hay gustos y modos que hay que combatir y otros que tienen el don de la bondad eterna y la infalibilidad. El punto (b) supone una inmoralidad y el (a) añade el agravante que se  haga con  mis impuestos, es decir, con mi trabajo.

Es un hecho que el Estado, magnífica creación del mundo moderno sin la que no sería posible la vida civilizada, tiende a expandirse (casi independientemente del color político de los que lo dirijan)  a veces más allá de donde parecería lógico; y se mete en el terreno de los gustos y las preferencias personales, de los hábito y creencias; en lo que constituye nuestro ser individual. El Estado nos dice en qué lengua tenemos que hablar,  que productos tenemos que comprar y a qué espectáculos tenemos que acudir; qué productos debemos comer y qué vicios nos hacen daño. El Estado regula cosas que tendrían que regularse solas por eso que Von Hayek llama el “orden espontáneo”.  La sociedad funciona por una multitud de acciones entrecruzadas que se determinan unas a otras y que dependen de uno factores tan aleatorios (valores, gustos, modas, creencias, precios, calidad...)  como impredecibles.  Es tan compleja esta olla a presión donde bullen miles de seres libres, que el Estado no puede regular la oferta y demanda de productos y servicios (de actos humanos, en última instancia), sino que ella misma se autorregula en eso que von Hayek llama el “orden espontáneo”. Dicho con un ejemplo: si veo que rotular mi kiosco de  pipas en catalán o en chino o en castellano hace que yo venda más pipas, lo haré así, porque depende de ello mi modo de vida. Los compradores de pipas (movidos por unos resortes que no puedo predecir ni calcular), no los legisladores, decidirán, en última instancia el idioma del rótulo de mi negocio. El mercado, desde la libertad,  es así el gran mecanismo que regula los gustos y valores al  regular la oferta y la demanda. El mercado es el gran mecanismo de libertad, no sólo económica. Si los sombreros mexicanos dejan de venderse, ya buscarán los comerciantes otros productos. Si siguen en los expositores de las tiendas, es porque alguien (algún turista despistado quizá) los compra.

Con esto no quiere decir que el Estado no intervenga, pero que lo haga en su ámbito. Otro ejemplo para terminar: que me hagan buenas y seguras carreteras y organicen una eficiente policía de tráfico, pero que no me digan a donde tengo que ir con mi coche. Porque iré (con perdón) donde me dé la gana.


La edad maldita

Hay edades que tiene buena prensa, que lucen con prestigio. La antigüedad rendía un respeto especial a la ancianidad, la edad que con su poso de experiencia y equilibrio era sinónimo de sabiduría. La literatura clásica está repleta de ejemplos de respeto reverencial a la ancianidad. Los tiempos recientes descubren la juventud como valor supremo. La palabra “joven” aplicada a cualquier cosa -moda, estilo, mentalidad, lo que se quiera- está repleta de connotaciones positivas. Todo lo que es juvenil es bello, es vital, es admirable en sus posibilidades, es incluso justificable en sus excesos.

Se mantienen hoy en día estas dos tendencias. El Estado, las organizaciones, las empresas ofrecen ventajas y privilegios tanto a jóvenes como a mayores. Los ayuntamientos organizan cursos y escuelas-taller para los jóvenes y excursiones y actividades recreativas para los mayores. En las fiestas patronales, en las ferias no falta el “día del mayor” o una actuación de música cañera pensada para los marchosos jovencitos. Lo mismo, o cosas parecidas, puede decirse de las ofertas de las empresas,  instituciones, grupos.

A esta situación  hay que añadir un dato que supone un auténtico fenómenos sociológico propio de las sociedades avanzadas: por un lado, la juventud (como figura social, como conjunto de pautas de comportamiento, más que como edad biológica)  se alarga  y estira hasta edades que antes pertenecían a la madurez. Por otro, el número de personas mayores y su calidad de vida y salud se incrementa, provocando la natural demanda productos y  servicios. Entre estas dos franjas  crecientes de población, queda, cada vez más menguado, el estado intermedio de los que están en la edad productiva. Son las obreras de este panal, los que mantienen con su actividad a todo el resto de las abejas: a las pequeñas -y no tan pequeñas- larvas y a las mayores.

Esta gente -pongamos lo que tienen más de 30 y menos de 65- constituyen un grupo sobre el que ha caído la sombra del olvido. Ningún ayuntamiento le ofrece actuaciones especiales; ninguna cadena hace campañas para ellos. Nadie les ofrece cursos ni viajes ni ventajas. Son la edad olvidada. Los que pertenecen a este grupo de afanosos, a los que nadie parece agradecer nada, tienen que  levantarse cada mañana con el resorte de una moral a prueba de desánimos e ingratitudes. Pronto, en periódicos o en Internet, veremos que, al modo de los desesperados mensajes que lanzan los náufragos en botellas, anuncios que dirán algo así:

“Tengo 50 años. No estoy en paro ni sufro ningún contratiempo grave. Sé que tengo suerte, pero no tengo la culpa. Necesito un poco de cariño”.


Un intelectual

Benedicto XVI es, en su íntima contextura personal, un hombre de reflexión y palabra, un ser que en el estudio se encuentra como el pez en el agua. Puede definírsele con una palabra un tanto desacreditada: intelectual. ¿Cómo llega un hombre como él, un teólogo del nivel de los mayores del siglo XX -Lubac, Balthasar, Barth, Rakner, pocos más- a ocupar importantes responsabilidades -digámoslo en términos empresariales y asépticos- de decisión y gestión, hasta llegar a la cúspide de la más alta responsabilidad? Recuerdo la distinción que hacía Ortega, refiriéndose al político francés Mirabeau, entre hombres que viven preocupados (el intelectual) y hombres a los que hay que mantener ocupados (el político, el hombre de acción). Ortega hacía un claro distingo, casi sin posibilidad de mixtura, entre estas dos especies humanas. ¿Cómo un “preocupado” -el profesor, el teólogo Ratzinger- llega a ser un supremo “ocupado”-Benedicto XVI-? De esta pregunta extraigo, más que una respuesta, una doble reflexión.
Por un lado, creo  que en esta vida y en otras similares, hay una íntima contradicción, una callada y asumida renuncia. El hombre meditativo que se ve abocado a la acción (a la política, por ejemplo) tiene que renunciar a una parte de su vocación, de su esfuerzo, de su tiempo. Tiene que tomar decisiones que benefician a unos y perjudican a otros, cuando, a lo mejor, tiene una visión más amplia que abarca y comprende a todos. Tiene que simplificar, esquematizar lo que sabe complejo. El hombre reflexivo metido a activo tiene, por lo tanto, que hacer un continuo esfuerzo de ascesis.

Pero hay una segunda reflexión. Esta renuncia puede ser no un mero esfuerzo de adaptación a lo distinto, sino una opción coherentemente asumida desde las propias ideas. Las ideas no son aquí entelequias puras, descarnadas, sino que son ideas para la vida; tienen una proyección ética. Y este imperativo ético puede conducir desde la reflexión a la acción, sin que haya contradicción entre una y otra. Desde un pensamiento de contextura moral se deriva un “deber ser” que afecta al hombre todo, a su vida,  a su relación con los demás y con el mundo. No puede el intelectual, en este caso, quedar encerrado en su torre de marfil, sino que se ve impelido a  abrir las ventanas de su estudio a las impuras corrientes que llegan de fuera. Así, Benedicto XVI es un intelectual lanzado a la acción, que para él puede ser una renuncia pero también una prueba de coherencia.


¡Queremos obispos nacionalistas!

¡Volem bisbes catalans! ¡Queremos obispos catalanes! Ese era el famoso  grito de los católicos (?) catalanes que protestaban contra el nombramiento, como obispo de Barcelona, de don Marcelo González Martín, el que luego fuera cardenal de Toledo (primado de España, según un título más protocolario que efectivo). Don Marcelo venía de tierras castellanas y no hablaba catalán; tuvo que pasar un auténtico calvario en su paso por Barcelona. Ahora el ha tocado el turno a monseñor José Ignacio Munilla. En este caso no pueden decir ¡Queremos obispos vascos!, porque monseñor Munilla es vasco de nacimiento y raíces familiares, habla eusquera y ha sido párroco en la guipuzcoana Zumárraga. No se le puede rechazar,  por tanto, por razones étnico-culturales. Son,  por el contrario, razones ideológicas. Está claro que monseñor Munilla no está en la línea de condescendencia y comprensión del mundo nacionalista en la que estaban sus predecesores. Los fieles guipuzcoanos  que han redactado un retórico documento, mezclando aleatoriamente los tópicos de la progresía clerical con  ideas del  Concilio Vaticano II, se lo podía haber ahorrado   y haberlo sustituido por este eslogan, más claro, sencillo y contundente: ¡Queremos obispos nacionalistas!

En el fondo de esta actitud, como de todas las actitudes de los nacionalistas, hay un conflicto de difícil solución. El conflicto,  más que meramente político, es ideológico y moral y afecta a valores y creencias. Dicho en pocas palabras, se formularía así: el nacionalismo tiene una gran dificultad (se diría, en sus propios términos, que un dificultad genética), para metabolizar el pensamiento ilustrado que deriva en el sistema liberal-democrático. Los nacionalistas pueden ser (seguramente los serán en su mayoría) buenas personas y ciudadanos normales que cumplen con las leyes, como la gran mayoría de los españoles. Eso nadie lo duda. Tampoco es que se manifiesten explícitamente en contra de la democracia y sus instituciones. Es que se sitúan fuera del pensamiento democrático como paradigma general. Lo primero es que no entienden el carácter abstracto y genérico de la idea de ciudadanía. Un ciudadano vasco no tiene que ser nacionalista, ni sustentar una cultura tradicional vasca (o catalana o extremeña). El Estado se erige como ente cultural y religiosamente neutral para administrar  y proteger a sus ciudadanos. Ese es el sentido del Estado liberal. Cuando hablamos de cultura, identidad u otros conceptos parecidos nos referimos a la sociedad civil, a los ciudadanos libremente asociados o individualmente considerados. El Estado, la comunidad política no puede identificarse exclusivamente con ninguna forma cultural, ideológica o religiosa, sino que establece una especie de arbitraje entre las distintas realidades sociales. Los firmantes de este manifiesto establecen la ecuación nacionalista = vasco.  Y es más: no comprenden que la Iglesia, como institución privada, aunque de proyección pública indudable,  de  la sociedad civil tiene sus propias normas, su funcionamiento particular que no se identifica con lo estatal. Es la “autonomía de las realidades temporales” de la que habla el Concilio Vaticano II. No es la “Iglesia vasca”, sino la “Iglesia” en el País Vasco. Desde un punto de vista católico no existe la “Iglesia vasca” ni la “Iglesia española” ni la “Iglesia húngara”. Es una institución que tiene sus propias normas de funcionamiento, con las que se puede estar o no de acuerdo pero donde, por otra parte, no se obliga a nadie a permanecer contra su voluntad.

Para el nacionalista la realidad étnico-cultural es el paradigma supremo ante el que toda realidad tiene que adaptarse. Las normas internas de las instituciones privadas (en el caso vasco) o la autonomía del poder judicial (en el caso catalán). Ese es su fundamento moral y axiológico y ese es el drama para todos los demás, los que no somos nacionalista: lo que no nos permite acércanos a ellos con comprensión,  lo que no nos permite construir un consenso que no sea meramente coyuntural.

Pesimista conclusión: con ellos no es posible el debate. Todo consenso tiene para ellos un carácter provisional y en cierta forma insincero; nunca olvidan sus “valores últimos”. Habitan, intelectualmente, otro mundo.


El hombre que derribó el muro


Si tuviera que elegir un acontecimiento que sirviera de símbolo y emblema de este complicado (atroz y magnífico a un tiempo)  siglo XX, que  ya comienza a ser historia, elegiría aquel noviembre de 1989 en que el muro de Berlín cayó como un gigante de barro, sin apenas ruidos y sin que nadie (o muy pocos) lo esperasen. Recuerda a aquel gigante del Apocalipsis que se desmoronó misteriosamente con el toque de una piedrecita. Y si tuviera que elegir un personaje que en su vida, limitada en el espacio y en el tiempo como la de cualquier mortal, resume las contradicciones, luchas y esperanzas de este siglo, éste sería Juan Pablo II.

El siglo XX ha conocido importantes cambios, gigantescos movimientos en todos los órdenes, que han transformado la faz de la tierra y han abierto al hombre perspectivas inéditas hasta ahora. En el terreno científico, cultural, mediático se exploran tierras ignoradas. En el terreno político y social las ansias de progreso y justicia nunca han estado más vivas; se defienden los más excelsos ideales, pero nunca, tampoco, la humanidad ha conocido los exterminios colectivos, los extraños experimentos de ingeniería social, el delirante odio que se han visto en esta centuria. No están lejos las atrocidades planificadas e intelectualmente justificadas del nazismo y el comunismo, Auswitch y el Gulag. Aún sobreviven testigos presenciales. Sin embargo, tampoco ha dejado de estar vivos los impulsos contrarios. Frente a estos intentos de establecer un control totalitario de la sociedad, nunca el hombre se ha resignado del todo. Siempre han estado actuando, aunque sea en el silencio y en estado latente, las fuerzas de la dignidad humana y la libertad. Toda esta fuerza oculta y silenciosa, después de tanto tiempo, estalla derribando el muro y expande sus ondas de libertad por todo el mundo. Nadie mejor que Juan Pablo II para comprender, en su tiempo, y simbolizar, en el futuro, este proceso que resume todo un siglo. Mientras la intelectualidad de Occidente, desorientada y narcisista, mientras los progres de salón, tipo Sartre, los que sólo han visto a los obreros en los libros, defienden las utopías colectivistas, Juan Pablo II tiene una experiencia directa y personal de este mundo. Conoce el totalitarismo, en su doble versión nazi y comunista, de primera mano. Y además, como hombre de pensamiento y estudio, conoce -lo que no es menor importante- sus raíces intelectuales y los complicados vericuetos de sofismas y pseudoverdades en que se apoyan. Por eso apoya desde un principio a Solidaridad, que sería la pequeña y primera brecha abierta, por la que luego se colaría todo el caudal de la libertad como una riada imparable.

Juan Pablo II, el hombre que derribó el muro, representa mejor que nadie la gran batalla del siglo XX, batalla que está muy lejos de estar conclusa. Sus contendientes son las ideas de libertad y dignidad oponiéndose a las fuerzas de la opresión y la mentira.


Aborto y progreso

En el debate ideológico una de las oposiciones  más usadas es la de conservador/progresista. Conservador es quien desea, quizá impulsado por un sentimiento de temor, que las cosas no cambien, mantener el status quo. Progresista es quien desea que las cosas evolucionen; en un sentido positivo, claro. Sin embargo, como suele ocurrir, la realidad es más compleja  que nuestros esquemas. Uno de los grandes pensadores españoles actuales (poco sospechoso de conservador, por cierto), Gustavo Bueno, en su libro El mito de la izquierda, ha estudiado como la idea de progreso, que se incuba en la época de la revolución industrial y se expande durante el siglo XIX, no es en absoluto una idea clara y unívoca y, además, no define a la izquierda política. La idea de progreso sólo puede tener un sentido racional cuando va referida a “líneas de desarrollo categorial independientes”. Valga un ejemplo sencillo: se ha progresado en la velocidad de los vehículos a motor. Eso es incuestionable en relación a una escala numérica, a una comparación con un criterio cuantitativo. En cambio, ¿tiene sentido hablar de un progreso moral o de un progreso en el campo de la música? Hay una segunda parte del argumento del profesor Bueno -que yo aquí no desarrollo-: esta idea no puede definir a la ideología de la izquierda, que sí se define, según el, por la idea racional del Estado-nación.

El tema del aborto es un buen ejemplo para comprobar el carácter equívoco de este concepto. ¿Supone el aborto un progreso moral para la humanidad? ¿Cómo definir de forma unívoca el concepto “progreso moral”? No es posible, ya que engloba infinitud de parámetros distintos. De todas formas, si hubiese que hacer una definición (siempre  abstracta, nunca cuantificable) ésta sería: aquel proceso que mejora las condiciones de vida de las personas; que mejora su salud, su bienestar, su satisfacción. Y  si es la vida lo que estamos promocionando y defendiendo, parece evidente que tiene que quedar clara una defensa de esa misma vida como valor radical (de raíz), básico. No como valor absoluto, porque intento mantener el debate en un nivel inmanente, sin tener que apelar a valores trascendentes o religiosos. Si progreso es aumento de la calidad de vida, la valoración de la vida parece la base de esta argumentación.

Sin embargo, ¿tan importante es la vida humana? La historia nos enseña que esta valoración ha sido (sigue siendo) desigual y ha tenido importantes recaídas. El valor de la vida humana va unido intrínsecamente al desarrollo del valor de la igualdad. Quiero decir que para que la vida humana sea un valor incuestionable, hace falta que abarca a “todas” las vidas, sin excepción, puesto que, como bien saben los juristas, la universalidad es la condición de toda norma. El mundo precristiano conoce este valor, pero no  lo aplica universalmente. No es lo mismo el libre que el esclavo, el hombre que el niño,  el fuerte que el débil. En algunos momentos, como en la filosofía estoica, especialmente en Séneca, se toca, se vislumbra este concepto de universalidad, pero no se llega plenamente a él hasta el cristianismo.

El aborto, en este sentido, es una vuelta a los valores del mundo precristiano, en el que el concepto de lo humano (la dignidad de lo humano) es una categoría que se añade a unos seres, pero no un universal intrínseco y absoluto. Por ello, el aborto no puede suponer un progreso, ni siquiera desde el hipotético punto de vista abstracto que estamos manejando. Es una vuelta a concepciones de la que hace tiempo deberíamos haber salido, a las que, por desgracia, volvemos con frecuencia. Porque la historia del hombre no tiene  un sentido lineal y progresivo, sino la forma de un oscuro laberinto.

Tomás Salas salastomascompendium@hotmail.com
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