Editado por Eduardo de Lácara
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El carnaval valenciano

Pretender establecer un paralelismo entre lo sucedido estos días en Valencia y las denominadas “primaveras” acaecidas en países como Túnez, Egipto o Yemen, y, más aún, en Siria, da una idea de la indigencia moral de la izquierda española. Comparar las revueltas ocurridas en países sin el menor atisbo de democracia, donde el ejército de turno la emprende por menos de nada a tiros con los manifestantes, con la algarada de cuatro niñatos, es de una bajeza moral difícil de calificar.

El recuerdo de la primavera de Praga, aplastada por los tanques rusos, impide llamar a lo ocurrido estos días en Valencia primavera de lo que sea. Esto como mucho es un carnaval. Y digo que es un carnaval, porque aquí todo el mundo lleva careta para no mostrar su verdadera cara. Los de siempre se disfrazan de estudiantes reivindicativos para disimular su único fin, que es conseguir mediante agitación y propaganda lo que no pudieron conseguir democráticamente en las urnas. Los periodistas se disfrazan de corresponsales de guerra para ofrecernos una visión distorsionada de los hechos, que haga parecer a la resignada España una continua batalla campal. El gobierno se disfraza de maricomplejines en lugar de respaldar a sus policías, esos funcionarios públicos que intentan cada día mantener el orden en nuestras calles, y garantizar el libre ejercicio de nuestros derechos.
 
Y mientras tanto la España bienpensante se escandaliza porque un jefe de policía llama a los alborotadores "el enemigo". Pues no son sólo enemigos de la policía, son enemigos del estado de derecho, porque pretenden convertir el desorden público en genuina forma de protesta. Son enemigos de nuestra sociedad porque se encaran con la policía profiriendo los mismos gritos que los proetarras. Son el enemigo porque no respetan la voluntad democrática libremente expresada en las urnas.
 
Por mucho que pretendan disfrazarlo de protesta contra los "recortes", esto sigue teniendo el mismo tufo que el 15-M, o que lo del Prestige. No deja de ser significativo que el paladín valenciano en la defensa de la enseñanza pública sea un jovenzuelo que a los 25 años no ha sido capaz de completar la FP, más familiarizado con las consignas incendiarias (vamos a quemar a las calles, lucharemos a sangre y fuego...) que con la realidad educativa contra la que, en teoría, pretende rebelarse. Así, al ser interrogado por un periodista por los recortes contra los que se manifestaba, este joven aprendiz de líder de la izquierda no supo más que esbozar algún balbuceo, y sólo parecía tener clara una reivindicación: la liberación de los camaradas detenidos.

Espero que los titubeos del gobierno no sean más que una metedura de pata pasajera, y que el PP no vuelva a cometer el mismo error que en 2003, cuando aquella huelga presuntamente general hizo el llamado "decretazo". Aquellas reformas frustradas quizás nos hubieran ahorrado alguno de los disgustos actuales.

A esta España la ha dejado la izquierda al borde de la quiebra, y la situación no admite ni dudas, ni titubeos. Garantizar el orden y el imperio de la ley es imprescindible para ofrecer una imagen de país creíble. Si ni siquiera podemos contar con eso, difícilmente podremos pensar en salir del agujero.



Garzón: la estrella se apaga

A Garzón le tocó la lotería el día que el juez Varela (al que ahora Garzón denigra) decidió que fuera el juzgado nº 5 de la Audiencia Nacional el que tirara del hilo de las confesiones del narco arrepentido Portabales. Comenzó así a gestarse la conocida como "Operación Nécora". Con más de trescientos policías a su servicio, Garzón ordenó la detención de una cincuentena de implicados en el narcotráfico gallego. La penosa instrucción llevada a cabo por el juez estrella, condujo a que 19 de ellos, entre los que se encontraban los principales responsables de la red de tráfico de drogas, fueran finalmente absueltos, y que sólo se pudiera condenar a algún "cargo intermedio", y a los "lancheros" que transportaban la droga. Como curiosidad cabe destacar que una de los hechos que posibilitaron el decepcionante final de la operación, fue que, durante la instrucción, Garzón realizó pinchazos telefónicos de dudosa legalidad que no pudieron ser tenidos en cuenta por el tribunal que juzgó los hechos.

Algo parecido le ocurrió con el traficante de armas sirio Al Kassar, al que mantuvo más de un año en prisión preventiva, para al final resultar absuelto. Pero tanto en este caso como en el anterior, las meteduras de pata de Garzón no impidieron que en buena parte de la sociedad española fuera calando la imagen del juez justiciero que plantaba cara a los malos.

El siguiente escalón hacia el estrellato lo subió Garzón con la oferta que le hizo el PSOE para entrar en política en las elecciones generales de 1993. Garzón era perfectamente consciente de que Felipe González le estaba utilizando para intentar perfumar el tufo a corrupción que empezaban a desprender su partido y su gobierno. Por su parte Felipe, que de tonto no tenía un pelo, fue el primero en darse cuenta de que el juez gastaba un ego más grande que la Catedral de Toledo. Y así, de pillo a pillo, uno que quería conservar el poder que tenía, y otro que lo ambicionaba, quedaron como números uno y dos de la lista por Madrid del PSOE en las generales del 93.

Lo malo fue que ninguno de los dos cumplió su propósito y la cosa terminó como el Rosario de la Aurora: a pesar de ganar las elecciones, la corrupción del felipismo siguió aflorando, y Garzón, sin ministerio, sintió herido su ego y tuvo de pronto el deseo irrefrenable de reactivar un caso GAL que llevaba ya un tiempo durmiendo el sueño de los justos en los cajones del juez estrella.

A partir de ahí, la relevancia del caso, y el acoso al que se vio sometido por parte del gobierno y el PSOE, acabaron de dotar a Garzón de esa especie de aura de justiciero indomable. Pero nada más lejos de la realidad, la justicia, como tantas veces en la historia del juez estrella, estaba supeditada a su ambición, y, en este caso, a la venganza pura y dura.

Sin embargo el caso GAL no podía durar toda la vida, y lo del narcotráfico era ya terreno trillado. Garzón necesitaba seguir en el candelero, y el terrorismo etarra iba a ser el siguiente frente utilizado como trampolín por la vedette de la Audiencia. Como hechos más relevantes en el haber de Garzón figuran la ilegalización de Batasuna, o el cierre de Egin, y en el debe la no ilegalización de ANV, o el incomprensible olvido de prorrogar el embargo de las herrikotabernas. Eso sí, los bandazos siempre al dictado de lo que el poder pedía en cada caso.

El "olvido" de las herrikotabernas no iba ser el único. Otro "olvido" de Garzón hizo que dos narcos turcos quedaran en libertad al no prorrogarse su prisión preventiva. Pero tanto el terrorismo como el narcotráfico se le quedaron pequeños al juez estrella. No era combustible suficiente para llegar al Nobel, necesitaba un caso a la altura de su ego.

Y ahí se fraguó el “Caso Pinochet”. Garzón sabía de sobra que nunca iba a sentar al dictador chileno en el banquillo; se trataba de una maniobra puramente propagandista, a mayor gloria del juez estrella. Con semejante brindis al sol, quería garantizarse el apoyo de la izquierda internacional, que acudiría en masa a aporrear las puertas de la Academia Sueca buscando la beatificación de la vedette de la Audiencia.

Y dispuesto a montarse un "Nuremberg" para él solito, ¿por qué no juzgar al mismísimo General Franco? Las posibilidades de sentarle en el banquillo eran aún más remotas que en el Caso Pinochet, pero el bombo mediático podría estar a la altura de la autoestima de Garzón. Ahora se excusa diciendo que sólo pretendía rescatar del olvido a las víctimas, y sin duda pensó que la mejor forma de hacerlo era pedir el certificado de defunción de Franco...

Hoy el Tribunal Supremo acaba de inhabilitar a Garzón por saltarse a la torera el derecho a la defensa de los imputados en el caso Gurtel, y la izquierda se echará a la calle diciendo que se condena al justiciero Garzón mientras los corruptos se van de rositas. Puro ruido propagandístico para enmascarar un hecho incuestionable: Garzón volvió, una vez más, a meter la pata en una instrucción, por aquello de que el fin justifica los medios; pero con su actuación, lejos de hacer justicia, puede que lo único que haya conseguido es dificultar la condena de los imputados en el caso.

La izquierda española e internacional hablan de recursos al Constitucional o incluso al Tribunal de Derecho Humanos de Estrasburgo, pero es bastante cuestionable que ninguno de los dos vaya a poner la popularidad de la vedette de la Audiencia por encima del derecho a la defensa de los imputados.

Se dice que ni siquiera los jueces están por encima de la justicia, y que también para el verdugo hay horca. La estrella de Garzón empezó a declinar hace tiempo, pero hoy puede que haya empezado a apagarse de forma definitiva.


Garzón y la sombra de Paracuellos


Bochornoso espectáculo el que estamos viviendo estos días a cuenta del juicio al juez Garzón por prevaricación intencionada por intentar investigar, sin ser competente, los presuntos crímenes del franquismo. Y esto es lo primero que hay que dejar claro: no se está juzgando al franquismo; lo que se juzga es si Garzón se extralimitó a sabiendas en su intento de ajustar cuentas con la historia.

Lo primero que induce el vómito es contemplar la imagen de la cuadrilla de septuagenarios, pancarta en ristre, a las puertas de la Audiencia. Uno los mira y solo echa de menos la momia de Lenin. No deja de ser un insulto ver a esta gente llamando fascista a nuestro máximo órgano judicial, cuando nunca han condenado los millones de crímenes perpetrados por el comunismo a lo largo del mundo, cuando miran para otro lado si se les habla del genocidio cometido en Paracuellos, o la persecución religiosa bajo la que sucumbieron alrededor de 3000 españoles por el simple hecho de profesar su fe. Que le pregunten a su amigo Fernando Macarro, alias Marcos Ana, lo que es "darle el paseo" a alguien; seguro que podrá darles detalles. Que le pidan a él la memoria.

Me recuerdan al protagonista de "El sexto sentido", aquel que había muerto y no se había enterado. Eso es lo que les pasa a estos zombis de un comunismo muerto en 1989, empeñados en aplicarnos su muerta ideología, su ideología de muerte. Viven en la muerte y de la muerte se alimentan. Aunque sea de muertos de hace setenta años. Lo único vivo en ellos es el rencor. Ese mismo rencor que la mayoría de los españoles ya habíamos digerido hace mucho.

Y este atajo de resabiados es el coro del que se rodea el que en otros tiempos fue la vedette de la Audiencia. Triste aunque merecido final para quien hizo de la justicia su trampolín: de autoproclamado aspirante al Nobel a escarbador de rencores; de juez estrella a estrella del banquillo, aunque se disfrace de toga. 

El futuro de este juicio debería estar  marcado por la decisión que adoptó Garzón en 1998, cuando desestimó la petición de la Asociación de Familiares y Amigos de Víctimas del Genocidio de Paracuellos del Jarama para sentar a Carrillo en el banquillo. Entonces sentenció que los preceptos jurídicos invocados por los querellantes no eran aplicables al caso ni en el tiempo, ni en el espacio, ni en el fondo ni en la forma. Pues bien, hoy el espacio es el mismo, y el tiempo es 14 años más largo, y la sombra de aquella decisión debería pesar en el futuro procesal de Baltasar Garzón.


A los muertos nada más que verdad


Decía Voltaire que a los vivos se les debe respeto, y a los muertos nada más que verdad. Por eso, y para recordar a Manuel Fraga, que acaba de morir, deberíamos olvidarnos de los panegíricos a que estamos acostumbrados en esta España tan aficionada a convertir los días de entierro en días de hipócrita alabanza. Y debemos hacerlo porque, entre otras cosas, es la mejor forma de hacerle justicia a Don Manuel.

No faltarán los viejos compañeros de AP que tras apuñalarlo en vida se apunten hoy al homenaje póstumo. Por supuesto, tampoco faltarán los que hasta ayer mismo pedían su cabeza en los tribunales culpándole de no sé qué crímenes y que hoy callarán hipócritamente.

Ni siquiera han faltado comportamientos mezquinos como el de Cayo Lara que ha aprovechado la muerte de Fraga para volver a reivindicar su sesgada memoria histórica, olvidando que fue Fraga  de los primeros en hablar de la legalización del PCE en 1976, y que fue él quien presentó al comunista y criminal de guerra Carrillo en el Club Siglo XXI allá por el 78.

No faltarán hoy los que saquen a relucir los sucesos de Vitoria o Montejurra. Son los mismos que nunca han condenado lo de Paracuellos, y muchos de los que justificaban los GAL. Se acordarán de la frase aquella de lo que "lo mejor de España se levantó el 18 de julio" los mismos que olvidan a diario que la parte más despreciable de España se hizo dueña, al asalto, de la II República. Volverán a recordarnos aquello de "la calle es mía" los mismos que casi 20 años después aplaudían la "patada en la puerta" de Corcuera, o el SITEL de Rubalcaba.

Con sus virtudes, que fueron muchas, y sus defectos, que también los tenía, Manuel Fraga es uno de los personajes clave de lo que se ha dado en llamar transición española. A pesar de que desde esa derecha descafeinada diseñada a la medida de Adolfo Suarez (léase UCD), se intentó siempre presentar a Fraga como el líder de la derechona y el heredero de lo más rancio del régimen, al final ha sido el partido de Fraga el que ha acabado aglutinando a aquellos sectores que pretenden alejarse de las tesis socialistoides, y sería imposible explicar la democracia española actual sin el "invento"  de Don Manuel.

La democracia española estará siempre en deuda con personajes que, como Fraga, maniobraron desde dentro del franquismo para traer a España un régimen de libertades, mientras otros que hoy presumen de demócratas de toda la vida eran más franquistas que Franco, o simplemente se cruzaban de brazos esperando a ver qué música tocaba bailar. Fue un eficaz Ministro de Información y Turismo, de forma que si España es hoy en día una potencia turística de primer orden, se lo debe en buena medida a la labor desarrollada por Fraga en los años 60.

Fue un hombre capaz de adaptarse a las circunstancias, aunque muchas veces un minuto tarde. Demasiado a menudo era como el chico que llega al baile cuando ya todas las chicas han elegido pareja. Se dio cuenta tarde de que Suárez le birlaba la novia, y fue el último en enterarse de que su liderazgo se había convertido en un obstáculo para su propio partido. Sin embargo, y aunque tarde, supo apartarse y dejar paso a Aznar, abriendo así las puertas del futuro al Partido Popular.

Y sobre todo, y eso es mucho decir en los tiempos que corren, fue un político honrado. Muchos, con la mitad de años en política que él, ya acumulan un ramillete de casos de corrupción y cuentas en Suiza.

Hoy, por tanto, no procede ni la alabanza hipócrita ni la crítica sectaria. La trayectoria de Don Manuel merece todo el respeto, y toda la verdad.

Descanse en paz.



Malos principios


Dicen los gitanos que no quieren buenos principios para sus hijos. Si le aplicamos el adagio al gobierno Rajoy, podríamos decir que un padre gitano estaría de momento plenamente satisfecho.

Sí, ya sé que la criatura tiene apenas unos días, y que no han pasado siquiera los 100 que se dan de cortesía a un nuevo gobierno, pero es que los primeros pasos del niño contienen bastantes elementos para la desesperanza.

Analizar las primeras medidas del gobierno Rajoy a la luz de la ideología es complicado, porque no sabemos cuál es la que profesan don Mariano y su equipo. El propio líder del PP ya se encargó en su día de decirnos que su partido no era ni liberal ni conservador, y en esa línea parece ir una antiliberal subida de impuestos que penaliza a los ahorradores y a las rentas del trabajo. Y no es que la medida en sí no pueda ser entendible en la coyuntura actual; lo que sorprende es que en el mismo paquete se incluya, por ejemplo, la continuidad de las subvenciones a sindicatos y patronal (reducidas un 20%, pero no eliminadas), lo que nos indica que al gobierno Rajoy le resulta más fácil castigar a los asalariados que cortarle el grifo a unas organizaciones parásitas del Estado, que deberían mantenerse de las cuotas de sus afiliados.

La medida podría entenderse si la ideología del nuevo gobierno fuera el "arriolismo", es decir, optar siempre por medidas que generen poco ruido en la calle. Mejor tener a los sindicatos como amigos. Se le zurra a la clase media como a un tentetieso y listo. Y por supuesto intentar siempre parecer más de izquierdas que los de izquierdas: si Izquierda Unida pide un IRPF de hasta el 50%, nosotros lo ponemos de hasta el 52%, y encima lo vendemos como que paga más el que más tiene (ya me veo yo a Botín y a Amancio Ortega temblando por lo que les van a quitar del IRPF este año...). ¿Reforma laboral? Ufff, eso no es arriolista. ¿Guiños a los de la ceja? ¡¡Oye, quien sabe...!!

La adopción del arriolismo supondría decir adiós a cualquier esperanza de modificación sustancial en la educación, en la justicia. Significaría tragar con la ley del aborto (con alguna modificación simbólica), con la del matrimonio homosexual, o con la de la memoria histórica, no vaya y cabreemos a la izquierda sociológica. El arriolismo supondría que España seguiría siendo gobernada otros cuatro años desde el mero cálculo electoral, sin el menor atisbo de visión de Estado. Y para ese viaje no hacían falta alforjas.

Pero quizá deberíamos interpretar las medidas del nuevo gobierno dentro del ámbito del "digodieguismo", es decir, donde dije digo..... Si en campaña dije que no subiría impuestos, ahora voy y los subo. En este sentido irían también los primeros pasos en el Ministerio de Sanidad. De la política sanitaria del nuevo gobierno todavía no sabemos nada en concreto; lo que sí parece tener claro el equipo de la señora Mato es que no cambiará la ley del tabaco. Justo lo contrario a lo que Rajoy y Ana Pastor manifestaron antes de las elecciones.

Optar por el digodieguismo supondría una intolerable falta de respeto del señor Rajoy a los electores que le auparon al poder el pasado 20-N. Y en este sentido cabría recordarle al presidente que mentir a la sociedad no siempre sale gratis.

En cualquier caso, de momento lo palpable es que a los funcionarios se les siguen dando garrotazos sin que por el momento se atisben medidas para disminuir el número de trabajadores de las empresas públicas. Donde antes había dos empresas públicas con 1000 empleados cada una, ahora hay una sola con 2000 trabajadores. Y eso no es disminuir el peso de las empresas públicas, ese enjambre de apaños que tanto ha contribuido a disparar el déficit de nuestras administraciones públicas.

Se sigue cargando el peso de la crisis sobre los asalariados, sin que de momento haya señales sobre las reformas estructurales que este país lleva necesitando desde hace años.

No sé si se trata de un problema de malos comienzos o de malos principios. Decía Marx el bueno (Groucho, por supuesto) aquello de "Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros". Saltarnos los principios sería un mal comienzo. Cambiar de principios, como Groucho, sería aún peor. Porque para cambiar de principios bueno era lo que teníamos.

La mayoría de los españoles estábamos convencidos de tener el peor gobierno posible, y ahora contemplamos estupefactos como todo son palmaditas en la espalda a los ministros salientes. ¡Si hasta resulta que Rubalcaba y Camacho eran ministros ejemplares! Entonces, ¿para qué hacía falta cambiarlos?

Si el Ministro del Interior, en vez de preocuparse de limpiar de ratas su ministerio se convierte en el principal defensor del Estatut de Catalunya, ¿para qué necesitábamos cambiar? Eso ya lo hacía bien Zapatero…

Si la salida de la crisis va a consistir exclusivamente en subir impuestos y recortar salarios, ¿necesitábamos un cambio?

Entre las pasadas municipales y autonómicas de mayo, y las generales del 20-N, los españoles le han otorgado al señor Rajoy un poder como no ha tenido ningún gobernante español en democracia. En su mano está acometer las reformas que España necesita, o pasar a la historia como el gobernante que despilfarró ese caudal de poder.



...Y justicia para todos


Los americanos del norte, que en esto de la democracia tal y como hoy la conocemos nos dan sopas con honda, supieron resumir hace prácticamente 120 años lo que suponía su república: "Una nación indivisible, con libertad y justicia para todos". Y sin duda son esos los tres pilares sobre los que debe asentarse una nación que se precie de serlo: la unidad, la libertad y la justicia. Y los tres están seriamente cuestionados en la España de hoy, quizás porque, como diría Zapatero, España como nación es discutida y discutible.

Poco se puede hablar de unidad en un país rasgado por la infame sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña. Y será éste uno de los grandes retos con los que deberá lidiar el recién nombrado gobierno de Rajoy, que no todo es economía. En cuanto a la libertad, el nuevo gobierno debería hacernos recuperar las parcelas perdidas en estos ocho nefastos años de zapaterismo, y reorientar el papel del Estado en un sentido que no suponga la continua invasión de las libertades de sus ciudadanos.

Pero es sin duda en el ámbito de la justicia donde el Reino de España tiene más camino por recorrer. Por eso no deja de sorprenderme el empeño de políticos, opinadores y otros mercachifles, en recordarnos estos días que la justicia es igual para todos a cuenta del turbio asunto del ciudadano Urdangarín. Pues no, señores, no. En España la justicia no es igual para todos, lo que equivale a decir que en España la justicia casi ni es justicia.

Si la justicia fuera igual para todos, el Duque de Palma hubiera sido imputado hace ya bastante tiempo. Si la justicia fuera igual para todos, De Juana Chaos no estaría paseándose por la calle, mientras Miguel Montes Neiro pasa otras Navidades en la cárcel sin tener ni un solo delito de sangre. Si la justicia española fuera justicia, hoy, además de saber quien era la X de los GAL, podríamos darnos el gusto de verle condenado y en prisión. Si en este país hubiera, no ya justicia, sino simplemente dignidad, Zougam no estaría en la cárcel comiéndose el solito el marrón del 11-M.

De ninguna manera se puede hablar de justicia para todos en el mundo de los Garzón, Pumpido, Bermúdez, y compañía, donde la sentencia depende del juez que te toque, donde los partidos meten sus tentáculos hasta el último resquicio de nuestro sistema judicial.

Ardua tarea para el señor Gallardón, el primo de Olga Sánchez y Valeyá, el mismo que animaba a "pasar página del 11-M". Sinceramente, no es para estar esperanzados.

Ojalá me equivoque, porque de ello depende en gran medida nuestro futuro como nación.



La solución universal

Nuestros impresentables políticos, cuya proverbial ineptitud les lleva en la mayoría de los casos a no ser capaces de encontrarse el culo con las dos manos, parecen haber encontrado la solución universal a todos los problemas que en estos días pesan sobre España: bajarle el sueldo a los funcionarios.

Y no son los únicos en cacarear a los cuatro vientos las bondades de la panacea. Todos los días, juntaletras y tertulianos indocumentados, a sueldo de los partidos políticos, se acuerdan de los funcionarios cada vez que se habla de posibles soluciones a la crisis.

Tanto unos como otros no se acordaban de los funcionarios en tiempos de vacas gordas, cuando cualquier peón sin cualificación duplicaba o triplicaba el sueldo de un funcionario que a lo más que podía aspirar era a que su nómina se actualizara con el IPC.

El mensaje que transmiten unos y otros es claro:

·         Si la CCM, de la que era consejero el marido de la señora Cospedal, dilapidaba el dinero en un aeropuerto fantasma, la solución es bajarle el sueldo a los funcionarios.
·         Si la Junta de Castilla-La Mancha decidió crear casi cien empresas públicas para colocar a los amiguetes y despilfarrar el presupuesto, lo arreglamos ahora echando a la calle funcionarios interinos (ni un solo trabajador de empresas públicas ha perdido su empleo), y bajando el sueldo a los funcionarios.
·         Si la televisión de Castilla-La Mancha desangraba sus arcas pagando veinte y pico mil euros por semana a Teresa Viejo, lo solucionamos ahora bajándole el sueldo a los funcionarios.
·         Si la Generalitat de Catalunya despilfarra su presupuesto en embajadas catalanas, en tres por cientos, y otros, la solución es quitar moscosos y bajarle el sueldo a los funcionarios.
·         Si la Junta de Andalucía repartía la pasta a golpe de EREs fraudulentos, y hacía “funcionarios” por la puerta de atrás a los enchufados de las empresas públicas, la solución es bajarle el sueldo a los funcionarios.
·         Si Zapatero decidió tirar el poco dinero que nos quedaba haciendo pistas de padel hasta en el último pueblo de España, la solución está clara: bajarle el sueldo a los funcionarios.

Y así podríamos continuar con el resto de “hazañas” cometidas por nuestra casta (más bien calaña) política para sumir a España en un déficit inasumible del que ahora pretenden sacarnos moviendo los puentes y bajándole el sueldo a los funcionarios. Sería de risa si no fuera porque, según datos del sindicato CSIF, la pérdida del poder adquisitivo de los funcionarios en los dos últimos años ronda ya el 20%, haciendo de este colectivo, al que tertulianos y políticos califican de “privilegiado”, uno de los principales paganos de la crisis.

Esos sí, como tontos del todo no son, no verán ustedes a nuestros próceres correr para aprobar una ley de responsabilidad para los políticos por su gestión económica. No verán ustedes “caminito de Jerez” (como dría Bermúdez) a los verdaderos responsables de la ruina económica de nuestro país. Ineptos sí, pero no tontos.


Irak vs Libia

La memoria es frágil. Muy frágil.

Hace poco más de ocho años, media España se manifestaba contra la "injusta, ilegal, e innecesaria" guerra de Irak. Estábamos preocupadísimos por si había o no armas de destrucción masiva, por si se destruía o no el patrimonio irakí, por las víctimas civiles... El hecho de que  Sadam Hussein fuera un sanguinario tirano que había gaseado a sus compatriotas y amenazaba un día sí y otro también a sus vecinos, a Israel, a occidente o al sumsum corda, no justificaba la intervención de la comunidad internacional; de hecho el secretario general de la ONU y su hijo se preparaban su apaño particular a costa del programa "petróleo por alimentos", un chanchullo que movió más de un centenar de millones de dólares que, canalizados a través del banco francés BNP, sirvieron para engordar las cuentas de Sadam y de unos cuantos funcionarios de la ONU, incluido el hijo de Kofi Annan, mientras las petroleras rusas y francesas compraban petróleo irakí por debajo del precio de mercado. 

Y sobre todo ello, planeando como una negra sombra, la culpabilidad por una intervención española en la guerra que en realidad nunca se produjo y que, en todo caso, se había limitado a la famosa foto de las Azores y a la participación en las labores de reconstrucción ¡posteriores a la guerra!

Nada de eso se ha producido durante la guerra de Libia, a la que algunos se atreven incluso a llamar "guerra civil libia". Las decenas de miles de muertos civiles libios no han merecido el llanto de nuestros actores e intelectuales. Nadie ha denunciado el saqueo del museo nacional de Trípoli, cuyas antigüedades deben estar ahora nutriendo algunas colecciones europeas. Nadie se ha rasgado las vestiduras porque las bombas de la OTAN hayan caído sobre los restos romanos de Leptis Magna o sobre la antigua ciudad fenicia de Sabratha. 

La izquierda europea, tan interesada en recordarnos como Sadam había sido aliado de los USA no hacía tanto, ha olvidado de pronto que Gadafi se sentaba con los principales líderes europeos hace apenas unos meses. Aquella Francia tan "pacifista" en 2003, se convierte en 2011 en la principal promotora de la guerra, y el antibelicista ZP no tiene ahora empacho en que los F-18 españoles, que nunca bombardearon Irak, hayan participado en los bombardeos de la OTAN sobre Libia. Todos aquellos que ponían en el interés por el petróleo la verdadera causa de la guerra de Irak, parecen olvidar ahora la riqueza en petróleo y gas natural de Libia.

Hace poco más de cinco años, buena parte de la opinión pública española e internacional manifestaba sus dudas sobre la legitimidad del juicio a Sadam Hussein, o sobre si quien lo debía juzgar era un tribunal irakí o el Tribunal Penal Internacional. Tras la condena a muerte vino la ejecución, y con ella las críticas sobre si el trato al reo había sido suficientemente digno, y la condena generalizada por los gobiernos europeos por la ejecución del tirano. Incluso se acusó a las autoridades irakíes de haber permitido grabar con un móvil el ahorcamiento de Sadam, y las imágenes de su cadáver envuelto en una sábana escandalizaban a la comunidad internacional.

Hoy asistimos casi sin inmutarnos a la captura y brutal linchamiento del líder libio por una turba exaltada que vociferaba  "Alláhu Akbar, Alláhu Akbar". La imagen de un Gadafi ensangrentado suplicando clemencia mientras recibe continuos golpes e inhumanas torturas no parece escandalizar a nuestra comunidad internacional. Las nuevas autoridades libias ni si quiera se han molestado en hacer una pantomima de juicio como se hizo en su día con los Ceaucescu, han machacado y vejado al tirano libio y a sus hijos de la forma más cruel, y lo han grabado en sus móviles para mostrarle a todo el mundo en qué consiste la “justicia” del nuevo régimen libio. Y aquí en Europa, los mismos que negaban legitimidad al tribunal que juzgó a Sadam callan ante la barbarie cometida con Gadafi; los mismos que criticaban el vídeo que mostraba el cadáver de Sadam envuelto en una sábana, callan ahora mientras los restos de Gadafi son exhibidos en la cámara frigorífica de una carnicería.

Nadie en la OTAN ni en la ONU ha pedido disculpas por este bochorno. Primero nos dijeron que el objetivo no era derrocar a Gadafi sino salvar vidas civiles, después que querían capturar a Gadafi y ponerlo a disposición del Tribunal Penal Internacional, y ahora, cuanto la evidencia del linchamiento es palmaria, intentan escudarse en balas perdidas, en que ellos no sabían que en el convoy iba el líder libio… Ha bastado esperar un par de días para comprobar que la OTAN sabía perfectamente quien iba en el convoy, porque así se lo habían informado los servicios secretos alemanes.

Y es ahora, cuando finalmente la basura les llega al cuello, cuando hablan tímidamente de una posible comisión que investigue la muerte de Gadafi, mientras los líderes del Consejo Nacional de Transición se niegan frontalmente a cualquier esclarecimiento de las circunstancias de la tortura inmisericorde y linchamiento final del dictador libio . Ya se lo digo yo: no es necesario que investiguen nada, la verdad está al alcance de cualquiera que haya visto el telediario los últimos días. Ni siquiera será necesaria la autopsia del cadáver que las nuevas autoridades libias han impedido.

Hoy en Irak hay un gobierno elegido democráticamente que intenta sacar adelante un país en unas circunstancias realmente duras. Mientras tanto, Libia queda en manos de estas turbas tribales que no creen en democracia alguna, sino en la aplicación de la sharia, y que proclaman a los cuatro vientos que anularán cualquier ley que se oponga a la islámica.

Pero no se preocupen, nadie va a demonizar por esto ni a Obama ni a Zapatero como en su día hicieron con Bush o Aznar.


La paz de las cloacas

Nuestra sacrosanta "transición" empezó con un asesinato, el de Carrero, consentido por las cloacas del régimen, o al menos por una parte de ellas. Con estos principios no era de esperar que la democracia española fuera a ser un modelo de nada, sino más bien lo que ha acabado siendo, una democracia de cloaca. Voló el Dodge del "ogro", se aplastó el Dodge del fiscal Herrero Tejedor, y desde entonces buena parte de nuestra historia está impregnada por el hedor de las cloacas.

Volviendo a la voladura de Carrero, el problema empezó a la hora de rentabilizar el asesinato. ETA no era un aséptico comando de servicios secretos, sino un grupo hiperideologizado que mezclaba en sus aspiraciones el marxismo-leninismo y la xenofobia aranista, y, como tal, no se conformó con amnistías ni zarandajas, pasando de ser un colaborador necesario a convertirse en un incómodo compañero de viaje.

Y por eso desde la cloaca se pensó en eliminarlos al margen de la legalidad. Cuando el PSOE llegó en 1982, no le costó mucho subirse al carro de la guerra sucia, y se convirtió en su principal promotor, dando lugar a aquel GAL de los trinques y la cal viva, de los secuestros ilegales y los repartos de joyas.

Después vino Aznar, más convencido de que a los asesinos se les combate con la ley en la mano. Y por esta vía puso a ETA contra las cuerdas, aislándola, infiltrándola y machacándola. Su gran problema fue que no se atrevió a mirar debajo de las alfombras, y se le llenó el sótano de ratas sin darse apenas cuenta.

Y allí fue donde se empezó a gestar la paz de cloaca de la que ahora pretenden hablarnos en San Sebastián. Una ETA desesperada, infiltrada y, por tanto, manejable, y un PSOE dispuesto a pactar hasta con el diablo con tal de derrocar al PP. Una "joint venture", que diría Felipe González

Por eso Rubalcaba corrió a reunirse con los etarras mientras ZP hacía como que pactaba con el gobierno Aznar. Y la cloaca volvió a actuar en el subsuelo mientras en la superficie Rajoy recibía la unción como siguiente candidato pepero.

Luego vinieron las "migas de Pulgarcito" del 11-M, aquellas que tumbaron al PP a base de mochilazos, y pusieron de nuevo al PSOE en el poder por aquello de que España merecía "un gobierno que no mienta". Los GAL quedaron atrás y vino el Faisán, y la cal viva dejó paso al "proceso", pero el hedor de cloaca siguió impregnándolo todo. Los fondos reservados que antes se repartían entre los amiguetes, ahora sirven para compensar a los etarras por no cobrar su "impuesto", y para pagar la minuta de gentuza como el exterrorista Adams, el corrupto Annan, o la tal Brundtland, que lo mismo vale para un roto que para un descosido, sea sobre desarrollo sostenible, sea sobre esta "paz" de cloaca.

Pero en el fondo nada nuevo bajo el sol. Casi cuarenta años después de lo de Carrero, ETA y la cloaca vuelven a cabalgar juntos, para brindarnos esta paz apestosa e indigna



España sin justicia


Contaba don Francisco de Quevedo en uno de sus discursos, que vino la Justicia a la tierra, y tras recorrer pueblos y ciudades sin hallar acomodo, fue de casa en casa pidiendo que la recogiesen; y en todas le contestaban: “¿Justicia y por mi casa? Vaya por otra”. Y se subió al cielo sin dejar en la tierra apenas huella.

Si el Príncipe de los Ingenios levantara hoy la cabeza, comprobaría a su pesar que si en España quedaba alguna brizna de Justicia, se la comieron esta tarde en el Pleno de la Audiencia Nacional, dejando a la democracia española a la altura de cualquier república bananera.

Que del muñidor Bermúdez se podía esperar cualquier disparate, queda fuera de duda. Lo que era menos esperable es que los jueces manipulados por el PSOE y los jueces manipulados por el PP se fueran a poner de acuerdo para enterrar por el momento y casi definitivamente uno de los casos más graves e hirientes de la historia de nuestra democracia. De Rubalcaba podíamos esperar cualquier cosa, desde la cal viva a la traición a España, pero que el señor Rajoy se haya prestado a esta componenda, y no esté en estos momentos denunciando este vergonzoso apaño en todas las instancias políticas y judiciales españolas o internacionales, nos deja a los españoles ante una situación desesperada: la Justicia en España ni existe ni se la espera.

Tras la vergüenza de un juicio como el del 11-M, en el que quedaron claramente de manifiesto perjurios, apaños de pruebas (Skoda Fabia), y destrucción de las mismas (desguace de los trenes apenas unas horas después del atentado), la Audiencia Nacional vuelve a insultar la inteligencia de todos los españoles y a pasarse la justicia por el arco del triunfo. En esencia lo que nos vienen a contar es que el hecho de que una operación que sólo conocían los mandos policiales se pusiera en conocimiento de la ETA en un bar de Irún, justo en el mismo momento en el que pasaban por allí unos policías que, repito, eran los únicos que conocían la operación, no constituye un indicio de que fueron esos mismos policías los que llevaron a cabo el chivatazo. ¿Nos pueden explicar los señores de la Audiencia Nacional cuántas personas en España conocían que se iba a realizar una operación contra la trama de extorsión de ETA? Puesto que se da por hecho que el delito existió, ¿nos pueden explicar que personas de las que rondaban ese día por el bar Faisán estaban en condiciones de poder informar a los etarras de la existencia de la operación? Por favor, no nos insulten.

Los que juraron o prometieron defender el orden constitucional pisotean la constitución a diario. Las sentencias judiciales se cocinan políticamente o directamente se incumplen por parte de los que tienen el deber de hacer que se cumplan. España y sus símbolos son ultrajados y vilipendiados en determinadas regiones españolas, sin que nadie haga nada por impedirlo. La policía colabora con los terroristas. Y ni siquiera los jueces hacen el menor amago por defender algo que remotamente pueda pasar por justo.

Si la Justicia hubiera llamado esta tarde a la puerta de la Audiencia Nacional, no se habrían conformado con decirle a aquello de “Vaya por otra”: la habrían echado a patadas.


Los comecuras

Durante estos días el rojerío patrio ha vuelto, como acostumbra, a someternos a otro bochorno más ante el mundo civilizado. El penoso espectáculo de unos cuantos  energúmenos increpando a centenares de miles de ciudadanos que pacíficamente participaban en los actos de la Jornada Mundial de la Juventud, sólo ha sido posible gracias a la tolerancia del Gobierno de España con este batiburrillo que forman los antisistema y los 15-M de Rubalcaba. Tanto desde el Gobierno, como desde el partido socialista, como desde sus periódicos y televisiones (que son casi todos), se han alentado y jaleado los posicionamientos contra la visita de Benedicto XVI a España, dando el mismo protagonismo al papel de una minoría de exaltados, que a la auténtica marea humana que ha congregado la visita del Papa.

No es extraño en un país en el que, a pesar de contar con una inmensa mayoría católica, gobierna un partido bajo cuyo mandato se perpetró en España la mayor persecución religiosa que ha conocido el siglo XX, asesinando y torturando a alrededor de 7.000 religiosos católicos, y llevándose por delante buena parte de un rico patrimonio religioso que era de todos los españoles. Y que yo sepa, nadie del partido socialista ha pedido perdón por aquellos crímenes.

Al contrario, durante los últimos 7 años no han hecho otra cosa que excitar entre sus correligionarios los peores instintos anticatólicos, bien directamente o a través de sus numerosas terminales mediáticas: cualquier editorial, cualquier mitin, cualquier película, o cualquier serial televisivo es marco apropiado para intercalar consignas contra la Iglesia.

Lo más rojo del lobby gay se encabrita cada vez que se habla de un cura, y no digamos si se les habla del Papa. Sin embargo todavía no se sabe que se hayan manifestado ante la embajada de Irán por las ejecuciones de homosexuales que perpetran las autoridades de aquel país, ni se le ha ocurrido a ninguno incluir en las pancartas del día del orgullo gay una imagen de Mahoma.

El rojerío feminista se desgañita gritando aquello de que aparten los rosarios de sus ovarios (¿quién ha osado alguna vez acercarle un rosario a estas señoras a esa parte de su anatomía?), o lo de que asesinar fetos humanos es un derecho, mientras lloran a lágrima viva por la muerte de crías de foca en el ártico.

El sector más anticapitalista nos recuerda las presuntas riquezas del Vaticano, y el presunto despilfarro que supone la visita de Su Santidad, y no abren el pico cuando el Gobierno subvenciona con una millonada la exhumación de unas latas de atún y de cerveza en el lugar en el que se supone debía encontrarse el cadáver de García Lorca, según presuntos historiadores. Ni dicen esta boca es mía para denunciar el uso que los gobiernos han hecho de esa banca pública (las cajas) que ellos tanto pretenden defender.

Los rojetes que van más de intelectual aprovechan la ocasión para resaltar la oposición entre fe y razón, recordándonos a Galileo y la Inquisición, sin mencionar que el socialismo ha sido responsable de más muertes que 5.000 inquisiciones juntas, y sin reconocer el papel de la Iglesia en la preservación del saber clásico y en el origen de nuestras sociedades democráticas. Porque la democracia occidental, tal y como la conocemos, es un fruto del humanismo cristiano y de las sociedades de inspiración judeocristiana. El desarrollo de nuestras actuales libertades no ha sido posible en otros tipos de sociedad, ni en las sociedades islámicas, ni en las budistas, ni en las ateas y anticlericales que florecieron al amparo de lo que se conoció como socialismo real.

Para desgracia de todos ellos, la realidad es tozuda. La imagen de unas jóvenes rezando arrodilladas frente a los exaltados, a estas horas ha dado la vuelta al mundo, y la multitud que ha recibido y acompañará a Ratzinger en su vista a España, no va a quedar ensombrecida por las algaradas de un puñado de comecuras.


La desvergüenza del juzgador


Tras la calva del “juzgador” Bermúdez se esconde toda la inmundicia del sistema judicial español, un tinglado en el que la gente se preocupa más de arrimarse al politiquete que reparte los cargos, que de administrar justicia. Y si alguien se sale de la norma se arriesga a que le pase lo que a Gómez de Liaño. De esto deberían tomar nota tanto el juez Ruz como la Jueza Coro Cillán.

No es el caso de Bermúdez, que eligió para sí mismo el calificativo de “juzgador” en una especie de panegírico que le escribió su señora, sin duda por intuir que lo de “juez” le quedaba grande. Pero mejor aún que el epíteto “juzgador” se le ajustaría el de “muñidor”, o el de “apañador”. Porque eso fue lo que hizo este personaje con el juicio del 11-M: “apañar” una sentencia al gusto de Rubalcaba. Tuvo la desfachatez de prometer a las víctimas que delimitaría hasta las últimas responsabilidades, y que más de uno tomaría “caminito de Jerez”, para después no deducir testimonio por ninguno de los flagrantes perjurios que se vertieron durante el juicio. No le importó no aclarar el tipo de explosivo utilizado en el atentado, ni le preocupó que alguien con acceso a objetos personales de los muertos de Leganés colocara un coche Skoda en Alcalá como señuelo cuando los presuntos autores del atentado ya habían abandonado este mundo. Por supuesto no hizo ni medio gesto por aclarar la nefasta gestión de las muestras de explosivos realizada por Manzano y sus tedax. Ha hecho falta que las asociaciones de víctimas acudan de nuevo a los jugados, para que el tedax ascendido y condecorado por Rubalcaba explique ante un juez qué se hizo de los restos de trenes y con las muestras de explosivos que los tedax recogieron en las horas posteriores al atentado.

Pero al bueno de Bermúdez todo eso se la traía floja. A él le preocupaba más acudir al restaurante “Currito” de Madrid a pegarse comilonas con Rubalcaba, del que recibió conmemoraciones y su particular plato de lentejas: la presidencia de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional.

Lo que sí nos dejó el juzgador Bermúdez en la sentencia del juicio del 11-M, fue una frase lapidaria: “el delito de colaboración con banda armada ni siquiera exige que el colaborador comparta los fines políticos o ideológicos de los terroristas, sino que basta con saber que se pone a disposición de esos criminales un bien o servicio, que se les está ayudando o facilitando su ilícita actividad”. La frasecita de marras la incluyó para explicarnos como un esquizofrénico asturiano era poco menos que la piedra angular en la comisión del peor atentado de la historia de España, y ahora se le vuelve en contra precisamente cuando desde la presidencia de la Sala de lo Penal de la Audiencia pretende salvarle el culo a los polis de Rubalcaba por lo del Faisán. Difícil apaño para el “apañador” Bermúdez, pero conociendo su nivel de desvergüenza no es descartable una nueva pirueta para salvar a su gran patrocinador (o “padrino”).

Señor Bermúdez, el juzgador, el de verdad, el juez, nunca está sólo; tiene de su lado a la ley, y a todos los ciudadanos que respetan valores como el de la justicia, el Estado de Derecho y el respeto a la legalidad. Pero sin duda usted prefiere la compañía de Rubalcaba. Allá usted.


Titiriteros trileros


Anda el titirimundi revuelto por la operación policial/judicial contra la SGAE. Parece que el tal Bautista ha encontrado por fin a su Salomé. Y la mayoría de los españoles no caben en sí de gozo. De momento vamos a seguir pagando ese impuesto revolucionario llamado canon digital, pero este gustazo ya no nos lo quita nadie.

Ahora resulta que todos estos rojetes titiricejas que venían a darnos lecciones de moral y legalidad, y querían freír en la silla eléctrica al que osara descargarse una peli de internet, son, como ya sospechábamos más de cuatro, un puñado de trileros de tres al cuarto que lo único que buscaban era llevarse crudo nuestro dinero. No he visto aún a la ro-jeta de Presuntos Implicados decir esta boca es mía, Ramoncín ahora se hace el ofendido, y Alejandrito Sanz dice que a él también le robaban. Se le olvida a Alejandrete que él es socio de la SGAE porque le da la gana y que con sus votos ha elegido al tal Bautista, mientras que los de a pie, que sí que no tenemos nada que ver con esta gentucilla, somos los que tenemos que seguir soportando que nos metan la mano en la cartera cada vez que nos compramos un CD, o un móvil, o qué sé yo.

Tampoco la ro-jeta Bardem ha despegado el pico. Ella que tanto debe saber de la AISGE, la “SGAE de los actores”, que hable, que nos cuente como maneja sus fondos, seguro que nos divertimos todos. De paso nos puede hacer una disertación sobre las guerras de Zapatero (Libia y Afganistan) y los civiles que a diario mueren en ellas.

Víctor Manuel (aquel que le componía canciones a Franco) y su señora tampoco han sido especialmente vehementes pidiendo que se aclare el asunto. Deben andar más preocupados por alguna causa de interés mundial como la salud de Chávez o de su amigo Castro. Miguel Bosé (el hijo de aquel “comunista” Luis Miguel que con Franco vivía como Dios) tampoco ha alzado su bastante menguada voz para reclamar el mayor rigor contra los presuntos delincuentes. Igual está ocupado revisando vídeos de los que graba su amigo Castro a los cantantes que veranean y “gozan” de la Isla.

Que nadie se extrañe, son los comportamientos propios de esta izquierda española que sólo entiende las leyes en su propio beneficio y después pretende vender carnets de demócrata sin el menor pudor. Es el mismo embudo de siempre.

No creo que entrullar al tal Bautista vaya a cambiar gran cosa. Me temo que estos trileros van a seguir campando a sus anchas a costa de nuestro dinero, se lo seguirán llevando crudo hasta de los festivales benéficos (como hasta ahora), nos intentarán aleccionar e ideologizar, e incluso no es descartable que en el próximo sarao al que asistan cuatro de ellos juntos se coloquen una pegatina que diga “NO AL JUEZ RUZ” con letras en rojo sociata sobre fondo negro-rubalcaba (que no lo hay más oscuro);  pero la imagen del jefe de la SGAE esposado ya no la podrán borrar.

Que nos quiten lo bailao.


Indignados y escandalizados


Lo primero que llama la atención del movimiento que se ha dado en llamar del “15-M” o de “indignados”, es su tremenda repercusión. Nunca en las historia de la democracia española la voz de tan pocos  ha tenido tanto eco, ¿será casual?. En los momentos de mayor afluencia en la Puerta del Sol, ¿cuánta gente había?¿quince mil?¿veinte mil? ¿y eso justifica llenar diez minutos de cada telediario durante una semana?. En el mismo Madrid  cientos de miles de personas se han manifestado en otras ocasiones indignados contra la política del Gobierno con ETA, y no han conseguido que los telediarios les concedan más de un par de minutos un día. Dentro de poco cientos de miles de jóvenes, quizás más de un millón, se reunirán en torno al Papa reclamando un modelo de sociedad distinto ¿creen que los telediarios estarán hablando de ello durante una semana?¿creen que se montarán debates y se harán sesudos estudios sociológicos? Sin ser futurólogo ya les adelanto yo que no ¿creen que es casual?.

Pero si la repercusión del movimiento no se justifica por su volumen, veamos si lo hace por sus reivindicaciones. En un principio la cosa parecía que iba en plan de reclamar un cambio en nuestro sistema democrático y reprobar la actitud de nuestros políticos. Pero la democracia española es la misma hoy que hace cuatro años, y sus políticos también son los mismos. Entonces, ¿por qué precisamente ahora? El descrédito de sus principales instituciones viene desde cuando el Constitucional sancionó la expropiación de RUMASA y desde que Alfonso Guerra enterró a Montesquieu, ¿por qué hemos esperado treinta años para indignarnos?

Después la cosa pareció centrarse en el bipartidismo, personalizando los males de la partitocracia en PP y PSOE, pero ¿acaso hay bipartidismo en País Vaco o Cataluña? ¿Acaso IU, PNV CiU, etc., no participan de la misma partitocracia que PP y PSOE? ¿no se financian igual?¿no participan de la misma corrupción en cuanto tienen ocasión?. Y mientras se criticaba el bipartidismo, las únicas consignas claras eran contra Esperanza Aguirre ¿creen que es casual?

Al principio la cosa parecía que iba de propugnar la abstención, luego de proponer el voto a los partidos minoritarios, y luego qué sé yo... se propone la vuelta del hombre a la naturaleza al tiempo que se defienden las operaciones de cambio de sexo o la maternidad “al margen de la biología”; se pide más representatividad al tiempo que se niega legitimidad a los candidatos elegidos por más de veinte millones de españoles, se pide más libertad al tiempo que se niega el derecho de los padres a elegir una enseñanza no laica…..Y eso sí, los ataques más claros siempre contra el capitalismo y el libre mercado.

Es decir, las reivindicaciones del movimiento son un batiburrillo de incoherencias e inconsistencias bajo el que subyace el ideario del socialismo del  siglo XXI al más puro estilo chavista o castrista, todo ello trufado con la consabida ideología de género y una especie de ecologismo radical que reclama la vuelta al paleolítico. Nada nuevo, lo mismo que llevan diciendo los antisistema desde que cayó el Muro de Berlín. Entonces ¿por qué tanta repercusión?¿por qué ahora?

Quizás porque la izquierda española sólo entiende la democracia cuando es ella la que está en el poder. Ya ocurrió en la II República, cuando no se permitió a la derecha ejercer el poder después de ganar limpiamente unas elecciones, y cuando la izquierda organizó el golpe de 1934 que fue la antesala de una guerra civil mediante la que pretendieron instaurar su poder absoluto.

Por eso precisamente ahora, cuando la izquierda española está al borde del colapso, surge este movimiento, como lo hicieron el del “nunca mais” o el asalto a las sedes del PP durante 2003 y el vergonzoso 12-M para impedir que el PP ganara una tercera legislatura consecutiva.

La pretendida defensa de la democracia es puro cuento. Hoy en Elorrio, un concejal ha tenido que salir escoltado del pleno de constitución del ayuntamiento por el simple hecho de haber ejercido su derecho al voto, y ningún indignado ha ido a Elorrio a reivindicar “democracia real ya”. ¿Creen que es casual?


Perdonar a los asesinos


Dice el socialista donostiarra, Odón Elorza, que hay que hacer con Batasuna y su nueva marca electoral un ejercicio como el que ellos hicieron en su día, durante la transición, para olvidar que distinguidos personajes de los gobiernos de Franco militaban en la entonces Alianza Popular. Olvida el tal Elorza que ninguna de esas personas a las que hace referencia era responsable de ningún tipo de crimen. Olvida también que ese esfuerzo de olvido fue el que se hizo para permitir que responsables de crímenes contra la humanidad como Santiago Carrillo o Dolores Uribarruri participaran en la vida pública española sin que nadie les exigiera responsabilidad por sus crímenes.

Incluso la propia izquierda que sufrió los campos de concentración franceses hizo el esfuerzo de olvidar que el tándem Carrillo-Uribarruri se pegaba la vida padre en Francia mientras empujaba a sus correligionarios a dejarse la vida por las sierras de la península.

Olvida el energúmeno Elorza, que fue necesario tragar más de un sapo para legalizar al golpista PSOE, o al criminal PCE, expoliadores del tesoro del Banco de España y responsables de miles de muertes incluso entre sus correligionarios.

Pero no acaba ahí la amnesia del mentecato Elorza. Olvida que en sucesivas amnistías se perdonó a los asesinos de ETA. Ni siquiera se les indultó usando la potestad de perdonar los delitos que ostenta el gobierno soberano, que perdona al criminal pero no borra el delito. Se les amnistió haciendo desaparecer sus crímenes como si nunca hubieran sido cometidos.

Según el señor Elorza, ¿cuántas veces tenemos que perdonar a los asesinos etarras?.

Habría que recordar a este personaje que su partido, ya en plenos años 80, fue promotor y responsable de los crímenes terroristas de los GAL, y que nunca ha perdido perdón por ello. Y que en aplicación estricta de la Ley de Partidos, sólo por este hecho se podría plantear la ilegalización del PSOE. Se le podría también recordar que sólo hace un par de años, miembros de su partido colaboraron con la banda terrorista ETA en el chivatazo del bar Faisán.

Vistos los antecedentes, uno no sabe si es que la memoria del tal Elorza es frágil, o es que, conociendo el historial de su partido, se siente más próximo a los terroristas que a las víctimas. Y vistos y oídos los disparates pronunciados al respecto por "distinguidos" socialistasde durante la última semana, no sé a qué espera el Partido Popular para reivindicar la legitimidad y limpieza de su pasado frente al turbio curriculum de terrorismo y corrupción del PSOE.

España ni puede ni debe permitirse ni el olvido ni el perdón. Pero es que además, si queremos ser algo remotamente parecido a un estado de derecho, personajes como Elorza o Eguiguren, por no mencionar a los Rubalcaba o González, deberían estar apartados de cualquier cargo público, y alguno de ellos incluso en otro sitio.



De agresores y agredidos


Más de uno nos preguntamos qué hubiera sucedido si la crisis que vivimos hubiera tenido lugar con un presidente del PP en la Moncloa. Agresiones como la sufrida por el Consejero de Cultura y Turismo de Murcia nos dan la respuesta a esa pregunta. Viviríamos en un permanente estado de agresión, con los sindicatos y sus liberados echados a la calle y asaltando sedes del PP, la extrema izquierda movilizada de forma permanente, y el Gobierno amenazado de desalojo por una revuelta revolucionaria.

Y es que el hecho sucedido en Murcia no es algo nuevo o aislado. La izquierda española viene ejerciendo impunemente el monopolio de la violencia en España desde hace décadas. De izquierdas es el terrorismo de ETA (por mucho que algunos se empeñen en llamarlo fascista) y de izquierdas fueron los GAL de González, Barrionuevo y compañía. De izquierdas son los que recibían bajo palio en nuestras Universidades al filocomunista Saramago, mientras impiden por medio de la violencia la entrada de María San Gil, Aznar, o recientemente Rouco. De izquierdas son los presuntos periodistas que desde sus programas, imitando al nefasto Alberti en sus años de “A paseo”, señalan a los nuevos blancos de futuras agresiones (y si no que le pregunten a Wyoming). Como digo, nada nuevo.

Lo que me sorprende es oír a Rajoy y a Cospedal denunciando la pasividad del Ministerio del Interior. ¿Qué hizo el Ministerio del Interior de Aznar para frenar las agresiones que sufrieron las sedes del PP durante la huelga “casi general” de 2003? ¿Qué hizo cuando Rodrigo Rato y Piqué fueron agredidos en Barcelona en la manifestación de repulsa al 11-M? ¿Qué hizo frente a los asaltos de sedes del PP durante la crisis del Prestige? Nada, no hizo absolutamente nada.
Y es que nuestra derecha empezó renunciando a sus principios bajo el escudo del dichoso centro, y ha llegado a renunciar incluso a su propia autodefensa. Aguantan estoicos a Rubalcaba diciendo que en España lo de las pensiones lo inventó Felipe, porque responderle supondría reinvindicar al régimen franquista, y eso sí que no. Y lo mismo con la escolarización universal o la sanidad pública.

Nuestra derecha se ha acostumbrado a callar, ha integrado pacíficamente el disparate de que España es sociológicamente de izquierdas, que la derecha no ha aportado nada a España y que todos los valores buenos son de la izquierda. No conviene defender los principios propios de forma vehemente, no vayamos a movilizar el voto de la izquierda. Y así el PP parece vivir continuamente haciéndose perdonar la etiqueta de “partido de derechas”. Pero si han decidido renunciar a los principios, al menos que no renuncien a la autodefensa, porque a base de tanto callar y de tanto poner la otra mejilla, corres el riesgo de que te la partan, como le ha sucedido al Consejero murciano.

El Partido Popular debe poner freno definitivamente a esta situación. De lo contrario el panorama que se le presenta ante la tesitura de tener que coger las riendas del país con una situación como la que vivimos, y con la necesidad de adoptar medidas duras e impopulares, es gris oscuro tirando a negro.


Sisenando

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