Editado por Eduardo de Lácara
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....................................... Sebastián Urbina, profesor titular de Filosofía del Derecho en la. ......................................................................................Universidad de las Islas Baleares


Tener y exigir

Tener un derecho y exigir un derecho que no se tiene, son dos cosas distintas. Parece obvio, pero fácilmente se olvida.

Recordemos a la inolvidable Antígona, el famoso personaje de la tragedia de Sófocles.  Creonte, rey de Tebas, había dictado una norma por la que se prohibían las honras fúnebres a los traidores a la patria. Polinice, hermano de Antígona, muere cuando está luchando contra Tebas. Antígona, desobedeciendo la orden, entierra dignamente a su hermano. Llevada a presencia del tirano, argumenta que las leyes humanas no pueden prevalecer sobre las divinas. Finalmente, Antígona es condenada a muerte.

Estos hechos deben entenderse en el contexto griego (442 a.C.) en el que se enfatizaba la distinción entre las leyes humanas, consideradas convencionales, y el mundo natural, el orden cósmico. Pero esta distinción expresa, también, otra muy importante. El reino de la libertad (las leyes humanas convencionales) y el reino de la necesidad (las leyes divinas).

¿Qué problema nos plantea Antígona? Entre otras cosas, el posible conflicto entre lo justo legal y lo justo extralegal. Planteado así, el problema puede aplicarse a nuestros días. La pregunta es, entonces, si debemos admitir lo ‘justo legal’ en todos los casos. Con otras palabras, si el ordenamiento jurídico (incluso el democrático) debe obedecerse siempre, dado que no existe más justicia que la justicia legal. Resumiré, a estos efectos, una sentencia del Tribunal Constitucional Federal de Alemania, en un caso planteado en 1968.

El derecho y la justicia no se encuentran a disposición del legislador. La concepción según la cual un ‘legislador constitucional puede ordenar todo lo que quiera’ significa una recaída en la actitud intelectual de un positivismo legal valorativamente neutro, superado desde hace tiempo en la ciencia y en la praxis jurídicas’.

Ahora, digamos algo sobre la seguridad jurídica. Algunas personas piensan, erróneamente, que si aceptamos el planteamiento anterior destruimos la seguridad jurídica. Creen que la seguridad jurídica consiste en obedecer ciegamente el derecho legislado. No es cierto. Por supuesto, no en todos los ámbitos es igualmente factible y aceptable la ‘recreación justificada’ del derecho legislado. No es admisible, por ejemplo, en el derecho penal.

Supongamos que aceptamos el latinajo, ‘in claris non fit interpretatio’, es decir, que no hay que interpretar lo que está claro. Con esto se supone que la claridad u oscuridad están, exclusivamente, en el texto jurídico. Pero esta visión olvida que un texto jurídico puede ser claro para resolver ciertos casos, y dudoso para resolver otros. ¿Qué quiere decir esto? Que la claridad u oscuridad de los textos jurídicos no dependen solamente de factores lingüísticos sino, también, de factores extralingüísticos, como los sociales. La lectura del complejo artículo 3.1 del código civil permite entender lo que digo. En todo caso, los principios jurídicos permiten la adaptación justificada del ordenamiento jurídico a las nuevas realidades. Porque es peor que el legislador legisle frecuentemente para adaptarse a la cambiante realidad.

A diferencia de lo que sucede en los regímenes tiránicos, en el Estado de Derecho, las situaciones que se consiguen amparándose en leyes ignominiosas e injustas, no se pueden constituir en derechos adquiridos. ¿Y qué significa esto? Significa que, en el Estado de Derecho, deben coincidir la seguridad jurídica y la justicia. No basta pues, con cualquier previsibilidad. Es necesaria una previsibilidad justa. Por ejemplo, no basta que yo sepa que el poder político me impedirá (previsibilidad) estudiar en mi lengua materna. Tiene que haber previsibilidad pero, además, debe ser justa.

Finalmente, ‘tener un derecho subjetivo’ puede entenderse como una situación independiente de lo establecido por el sistema jurídico vigente. Un ejemplo de este planteamiento lo tenemos en la Declaración de los Derechos del Hombre de 1791: ‘Los hombres nacen y permanecen libres y con iguales derechos’. Pero hay que aclarar que estos derechos son de carácter moral. No de carácter jurídico. Serían derechos morales que los poderes políticos tendrían el deber moral de reconocer y convertir en jurídicos.

Podemos decir que los derechos son relaciones entre individuos, no entre individuos y cosas. Si yo tengo derecho a una indemnización, es que alguien tiene el deber de pagármela. Y que, al menos en el ámbito del derecho privado, tener un derecho implica, además, poder acudir a la administración de justicia para ejercitar la acción procesal correspondiente. Con otras palabras, el derecho subjetivo sería la otra cara de la moneda del derecho objetivo. O sea, de las leyes vigentes.

Los llamados Derechos Humanos de tercera generación son básicamente: el derecho a un medio ambiente equilibrado, el derecho a la paz, y el derecho al desarrollo. Estos derechos de tercera generación se conectan con los llamados ‘intereses difusos’ que se relacionan, por ejemplo, con los ‘derechos de las minorías’, que no se pueden amparar con base en los clásicos derechos objetivos. ¿Por qué? Porque los derechos subjetivos exigen la especificación de los derechos y deberes de individuos concretos.

Los llamados derechos de ‘tercera generación’ no plantean solamente un problema jurídico sino, además, un problema político de primer orden. Se trata de un ataque, más o menos velado, al individuo como sujeto central de la vida en sociedad. Y como no podía ser de otro modo, las teorías políticas comunitaristas (y sus primos hermanos, los nacionalistas) están en la base de estas exigencias en las que se difumina el individuo y se destaca el grupo. O sea, el individuo real que tanto desprecian, y que está en la base de toda teoría política liberal, digna de este nombre. Y, añadiría, de una democracia digna de este nombre.

No puedo dejar de recordar que la tradición hegeliano-marxista (y compañeros de viaje) piensa en términos de un sujeto supraindividual que adopta diversos nombres: clase obrera, Estado y burocracia, Nación, o Raza. ¿Puede sorprender que desprecien, por insuficientes, a los derechos subjetivos?


¡Consumid, malditos!

En el reciente Congreso del PSOE (Partido Socialista Obrero Español), el Presidente de Gobierno J.L. Rodriguez Zapatero les dijo a sus huestes que 'trabajaran y consumieran'.

Es sorprendente que, si no hay crisis económica, el Presidente de Gobierno anime a los camaradas de la izquierda a que consuman más, como vulgares y aborregados ciudadanos norteamericanos votantes de Bush. ¿A qué se debe tamaño consejo?

Es probable que, dado que no es tonto, se haya dado cuenta de que hay crisis económica. No es exagerado afirmar que alguno de sus 600 asesores le haya dicho algo al respecto. Aunque sea flojito.  Además, en la pérfida Albión, el diario Financial Times y el semanario The Economist comparten un diagnóstico sombrío de nuestra economía. Encima, dan recetas para salir de la misma, como un menor incremento de los salarios, un rápido crecimiento de la productividad y una mayor competitividad. No parecen haberse enterado de que, en España, no hay crisis. ¡Es pura envidia!

Si así fuera (que no es), resultaría que el Presidente supone que las personas ahorradoras (las que consumen poco, contradiciendo sus consejos) fomentan el desempleo. Pero esto no es cierto. Si los ahorros de las personas privadas están en manos de los bancos, este dinero lo pueden gastar otras personas en diversas formas productivas. Así funcionan las cosas.

En todo caso, la recomendación del Presidente Rodriguez va en contra de lo que siempre ha dicho el rojerío. Que el consumismo es alienación, que el consumismo es conformismo. La guinda es, por supuesto, que los propios consumidores no son los culpables de este comportamiento estremecedor y alienante. En realidad, el responsable es: ¡El sistema!

Cuando hablamos del 'sistema', tenemos asegurado un orgasmo de izquierdas. El término 'sistema' es, incluso, más abominable que Bush y que Estados Unidos. Es el ojo del huracán, la maldad intrínseca, el azufre en estado puro. ¿Y qué es el 'sistema'? Es una de las palabras mágicas que los iluminados sectarios necesitan. Así como hay personas que disfrutan (con un cierto temblor afrodisíaco) pensando que somos marionetas dominadas por un supergrupo/neoliberal/anónimo/internacional, hay personas que saben, sin ningún género de duda, que el mundo mundial está en las garras implacables y anónimas del 'sistema', que es otra forma de decir lo mismo.

En las películas de niños, suele haber un monstruo malvado que aterroriza y sojuzga a las pobres y laboriosas gentes de un lejano reino. Un día, aparece un joven guerrero, montando un caballo blanco, que se prenda de la belleza de la hija del rey. Éste le ofrece a su hija en matrimonio a cambio de que elimine 'el mal'. Y el joven va a la cueva, porque el mal suele vivir en una cueva, y mata a la fiera. Y todos felices. Luego se casan y comen perdices. Y se divorcian, pero ahora no quiero hablar de eso.

Algo parecido sucede con el 'sistema'. Sin embargo, las complejas y sofisticadas sociedades actuales no responden a este esquema rígido y simple. Hay una enorme variedad de instituciones que se cruzan y entrecruzan. Hay una enorme variedad de centros de decisión. Multitud de decisiones de diverso tipo que entran en conflicto. Que, además, tienen que ser revisadas cada cierto tiempo porque la vida fluye con gran rapidez en un mundo de fronteras diluidas. Meterse en estos berenjenales (es decir, en estas cuevas) garantiza decir idioteces. Pero no cualquier tipo de idioteces sino idioteces profundas, de gran calado.

Por ejemplo, es sabido que el capitalismo (perdón, el malvado capitalismo) ha tenido y tiene una gran capacidad de absorción y asimilación de modas subversivas, rebeldes, hippies y demás. Aparece un radicalismo contracultural y allí está el capitalismo para vender camisetas con la imagen de estos 'peligrosos rebeldes'. Pues bien, el famosísimo Herbert Marcuse calificó a esta capacidad de asimilación capitalista como 'tolerancia represiva'. Cuando alguien, en vez de reírse ante esta gilipollez, adopta un semblante serio y profundo, como si hiciera un gran esfuerzo para entender esta maravillosa píldora del pensamiento mundial, es que se ha vuelto tonto del haba. Ya tiene el título de 'progre'. E imprime carácter. ¡Cuidado!¡No se cura fácilmente!

Héte aquí, pues, que el pesoe se ha convertido en un partido marxista. Ya no hay duda.

Grouxo Marx: 'Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros'.

Por ejemplo: 'El pesoe sostiene que sólo enseñar en catalán garantiza la igualdad'. ¿Qué igualdad, se preguntará usted? Está claro. La igualdad de enseñar en catalán. Más claro, agua. Tal vez usted, insensato casposo, pretenda ejercer su libertad de ciudadano que vive en una democracia y quiera que sus hijos sean enseñados en castellano, la lengua oficial. Pues no. Esto es de derechas. Usted es un reaccionario que sólo piensa en sí mismo y no quiere la igualdad. Tenemos tanta razón, que estamos pensando en obligar a los padres a estudiar Educación para la Ciudadanía. No nos basta que los hijos sean igualmente tontos, quiero decir progresistas. Es necesario que los padres lo sean también.

¡A tragar caballeros! ¡Ser de izquierdas tiene estas cosas!

Me olvidaba: 'Disculpen si les llamo caballeros. Todavía no les conozco bien'. (Grouxo)



La caída

Debían ser las once de la noche. El aire, limpio y refrescante, aconsejaba seguir con la ropa de invierno. La calle Abedules, larga y ligeramente ondulada, sesteaba silenciosa esperando el cierre de otra jornada agotadora. Calle animosa y transitada durante el día, llena de tiendas de variopinto objeto: cervecerías, un banco, farmacia, chocolatería, peluquería de señoras y muchas más oportunidades para el tranquilo paseante o la atareada ama de casa.

El silencio invadía la penumbra. Las escasas farolas, de suave luz, hacían poco visible las arrugas de los muros.

Luís. ¿Estamos cerca?
Juan: Creo que falta poco. Me dijeron que estaba casi enfrente de una farmacia.

Era una entrada angosta y oscura. Tantearon en la pared y al dar la luz, vieron una empinada escalera de unos doce o catorce escalones de mármol amarillo suave. Se oía ruido a través de la puerta.

¡Hola! ¡Pasad, pasad!

Era Federico que les cogía del brazo y les adentraba en aquella sala acogedora, llena de humo, brindis, voces entrecortadas y apretones de mano. Un bullicio de cava y canapés.

Juan aprovechó un momento en que Federico no estaba rodeado de amigos y conocidos para llevarlo a un rincón más tranquilo.

¿Es cierto que son tres años de cárcel?

La cara de Federico resplandeció por un instante y creyó ver en su mirada un relámpago de beatitud jubilosa.

¡Sí!.

Fue un ‘sí’ rotundo. Ni siquiera los contrayentes más enamorados pueden darse un ‘sí’ tan convencido. Una afirmación sincera que procedía de las más recónditas profundidades de su alma. Un alma entregada al Partido, entregada a ‘la causa’, a la autopurificación y a la revolución pendiente. Tres años no eran nada ante la emancipación universal del género humano.

Juan necesitaba una copa. Al subir las escaleras había pensado qué cara poner ante Federico. No se trataba de hacer teatro. Ni Juan estaba dispuesto, ni Federico lo habría aceptado. Se trataba de no parecer demasiado alegre ante la perspectiva de una condena de cárcel de tres años. Por ‘actividades subversivas’.

Federico, que irradiaba felicidad, fue arrastrado, cuando hablaba con Juan, por nuevos visitantes hacia otras estancias del coqueto piso. Más parabienes, abrazos y golpes en la espalda. Dos imágenes se pusieron, de inmediato, ante la mente de Juan.

La primera se remontaba al siglo I de nuestra era. Nerón, emperador de Roma, nombrado sucesor por su tío Claudio, alimentaba a los leones con cristianos vivos. Pensó en los mártires que transformaban su sacrificio en alegría. Disimuladamente miró a Federico y le pareció un cristiano dispuesto al sacrificio. Con alegría beatífica.

La otra imagen procedía de la novela ‘Al filo de la navaja’ de William S. Maugham. Recordó que llevada al cine con Tyrone Power como protagonista. En un contexto decadente, de adoración por el lujo y el dinero, emergía la figura impresionante de Larry, que va buscándose a sí mismo. Vaga por el mundo hasta llegar a la India. Allí bebe de la sabiduría de los brahmanes y, ya de vuelta, camina por un mundo al que ya no pertenece, envuelto en una nube de misticismo.

Pero las ideas que subyacen la escena no son de ahora. Rousseau dijo que la sociedad era un sistema de explotación que los fuertes habían inventado contra los débiles. Si alguien acepta este dogma a pie juntillas, resulta ‘tocado’ por la verdadera fe. Y ya no puede mancharse más. Fue el caso de Kurt Cobain, cantante del grupo Nirvana. Se arreó un tiro en la cabeza con su Remington. De algún modo lo había anunciado: ‘Me odio a mí mismo y quiero morirme’. Su situación era terrible. Un convencido ‘contracultural’ hace música alternativa (para no prostituirse) y resulta que vende millones de discos. ¡Vergonzoso! Nunca lo pudo superar.

Juan estaba ensimismado con estos pensamientos cuando Luís le dio un golpecito en el brazo.

¿Qué hacemos?

Ya era tarde. Además, el bullicio iba en aumento y era difícil hablar sin desgañitarse. Nadie notaría su ausencia. Decidieron terminar sus copas y marcharse. Ya junto a la puerta, vieron como Carmela, la compañera de Federico, les enviaba un beso con dos dedos de su mano derecha. Cerraron la puerta y bajaron en silencio la escalera. Había refrescado.

Te llamaré’.
‘Sí, nos vemos’.

El zumbido de una moto suicida quebró el paisaje nocturno. Luego, sólo se oían los pasos de Luís, caminando por la calle. Juan se quedó un rato mirándole, en silencio. El camino iba a ser largo y solitario.


Educación

Hablar de educación, hoy en España, es llorar. ¿Por qué? Los últimos informes Pisa sobre educación no dan motivos para la alegría ya que nos sitúan a la cola de Europa en calidad educativa. Si podemos hablar, aunque sea metafóricamente, de ‘enfermedad educativa’, deberíamos analizar las causas que nos han llevado a tan preocupante situación.

Sin ánimo de exhaustividad, las causas podrían ser las siguientes:

La LOGSE, Ley de Ordenación General del Sistema Educativo, de 3/10/1990, expresa un intento de transformación social por medio de una concepción igualitarista, en la que se permite que los estudiantes pasen curso con varias asignaturas suspendidas, se minusvalore la educación de la memoria, o se desprestigie el mérito. No menos importante es que esta ley prolongó la obligatoriedad de la enseñanza hasta los dieciséis años. Con anterioridad era hasta los catorce, y partir de esta edad se podía acceder a la Formación Profesional o al Bachillerato.

 Uno de los efectos negativos de esta ley ha sido hacer perder el tiempo a los alumnos que no quieren seguir estudiando (por ser obligatorio hasta los 16 años) y que los alumnos que sí quieren estudiar vean cómo sus conocimientos han sido degradados por la falta de exigencia de los profesores y por las molestias originadas por sus compañeros sin interés por el estudio. Aunque pueda parecer exagerado, la actual enseñanza obligatoria no implica la obligación de estudiar, ni la obligación de respetar a los profesores y a los compañeros de clase que sí quieren estudiar.

Esta situación es gravemente perjudicial para muchos estudiantes dado que ha desaparecido, prácticamente, la autoridad de los profesores. Es decir, resulta muy difícil, por no decir imposible, que el profesor ejerza su autoridad e imponga orden en la clase. Lo que es un mínimo indispensable para que la enseñanza tenga lugar. En vez de la necesaria autoridad del profesor, mal vista por la ideología comprensiva-igualitarista, se ha extendido la permisividad y la irresponsabilidad. Hasta tal punto que la expulsión del alumno alborotador, que falta al respeto al profesor y molesta a sus compañeros de clase, es casi imposible. Al menos en la práctica. Esto supone, entre otras cosas, que el derecho a la enseñanza de los buenos estudiantes no es respetado.

Esta falta de autoridad de los profesores tiene que ver, no sólo con un ambiente permisivo en el que la disciplina suele considerarse reaccionaria  e, incluso, antidemocrática, sino con ideas perjudiciales incorporadas en las leyes educativas. Por ejemplo, en la LOGSE, artículo 2.1 se dice: ‘A tal efecto, preparará a los alumnos para aprender por sí mismos’. La  LOE, también en su artículo 2, d) dice: ‘El desarrollo de la capacidad de los alumnos para regular su propio aprendizaje’. Pero una cosa es que los alumnos deban participar en su propio aprendizaje y otra cosa es que deban aprender y descubrir las cosas por sí mismos. De este modo se desvanece la diferencia entre alumno y profesor. Todos somos iguales. El niño ya tiene madurez para saber lo que le conviene estudiar ¿Qué papel tiene el profesor si no tiene que enseñar contenidos? ¿Un animador cultural?

En este contexto igualitarista, en el que se ignora o se margina el mérito y el esfuerzo, también se ha eliminado, o desprestigiado, la competitividad. Los estudiantes, al terminar sus estudios, tienen que comprobar en sus propias carnes el fuerte contraste entre una enseñanza en la que todos seríamos iguales (a la baja) y una sociedad en la que se exigen altos niveles de competitividad. La escuela igualitarista tiende a dar satisfacción inmediata a las expectativas y deseos cuando la formación de los estudiantes debe pasar, entre otras cosas, por la conciencia de que el esfuerzo de hoy será recompensado, probablemente, el día de mañana. No de forma inmediata, divertida y sin esfuerzo.

Esta degradación de la enseñanza, derivada de la ausencia o minusvaloración del rigor, el esfuerzo y el mérito, hace que los hijos de las familias con menos recursos pierdan la oportunidad de que los estudios sean un trampolín para su vida profesional, o su ascenso económico o social. En este contexto educativo, solamente las familias que tienen dinero suficiente, pueden enviar a sus hijos a colegios privados, en los que el trabajo, el hábito de estudio y la disciplina son parte de la vida diaria de los estudiantes.

Antes hicimos referencia a la comprensividad-igualitarista. ¿Qué significa enseñanza comprensiva? La escuela comprensiva ofrece a todos los alumnos de una cierta edad un núcleo de contenidos comunes, evitando la separación de los estudiantes en caminos de formación diferentes. Con otras palabras, meter a todos los alumnos en la misma vía, sin alternativas.

Posteriormente, con la LOE, Ley Orgánica de Educación, de 4/Mayo/2006, se da la posibilidad de matizar este camino único e inalterable. O sea, es posible que un alumno que ha fracasado en sus estudios, y de acuerdo con sus padres y profesores, pueda abandonar el instituto a los quince años. El problema es que se cierra la vía a la formación profesional de los alumnos (desde los 14 años) a menos que hayan fracasado en sus estudios. Este período de fracaso escolar no solamente repercute negativamente en el propio alumno sino en sus compañeros de clase. Es muy difícil que la enseñanza pueda ser de buena calidad con alumnos que no tienen ningún interés en estudiar y con profesores que carecen de autoridad para poner orden en clase.

 Debemos recordar la gran responsabilidad de los padres en la educación de sus hijos. El artículo 154.1 del Código Civil, al referirse a los deberes y facultades de los padres dice: ‘Velar por ellos, tenerlos en su compañía, alimentarlos, educarlos y procurarles una formación integral’. Y el artículo 27.3 de nuestra Constitución dice: ‘Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones’. Por tanto, los padres tienen mucho que hacer antes de que sus hijos vayan a la escuela con los profesores. Por desgracia, algunos se dejan avasallar por sus hijos. Y si los hijos no respetan a sus padres ¿qué harán con los profesores?

Finalmente, una de las modas más perniciosas es la idea que los alumnos deben ser motivados. No hay duda de que los profesores deben procurar que los contenidos que enseñan se hagan de la forma más amena posible. Pero esto no puede ser siempre así. El aprendizaje es costoso y requiere esfuerzo. Pero está de moda conseguir las cosas divirtiéndose y que la disciplina no se considera progresista. De este modo, el profesor no sólo debe conocer los contenidos de su materia sino que debe ser divertido. Ha de motivar a los alumnos. Esta es una fórmula peligrosa porque colabora en la formación de ‘niños perpetuos’

Recordemos las sabias palabras de M. de Unamuno:

‘El maestro que enseña jugando acaba jugando a enseñar. El alumno que aprende jugando, acaba jugando a aprender’.


Don Artur y el pueblo

Artur Mas ha advertido que "la última palabra no la va a tener el Tribunal Constitucional" y que si las sentencias de los recursos presentados "desnaturalizan" el texto, CiU propondrá "formalmente al pueblo de Cataluña" una consulta, porque en su opinión la democracia tiene "cierta preeminencia" sobre la ley. "A eso tenemos derecho, a que el pueblo que aprobó el Estatut se vuelva a pronunciar".

Antes de preguntarnos qué es democracia, preguntémonos por la opinión de Don Artur. ‘La democracia tiene cierta preeminencia sobre la ley’. No sea diablillo Don Artur. Diga sin tapujos: ‘La democracia tiene cierta preeminencia sobre la ley democrática’. ¿Qué quiere decir? ¿Quiere decir, Don Artur, que la ley no es democrática? Prefiero no creer estas cosas de don Artur. ¿Quiere decir que la democracia populachera, tipo Hugo Chávez, tiene preeminencia sobre la ley democrática?

¿Qué es democracia? Seguramente Don Artur intuye, a través de su sangre catalana, la esencia del pueblo democrático catalán. Yo me limitaré, más modestamente, a señalar algunos rasgos que, habitualmente, se reconocen como propios de esta forma política. Algunos textos son de ayuda, incluso para don Artur. Por ejemplo, ‘La democracia’ de R. Dahl (del que tomaré las características definitorias); ‘La democracia después del comunismo’ de G. Sartori; ¿Qué es la democracia?, de A. Touraine, o el clásico ‘¿Por qué democracia?’ de Alf Ross, entre otros muchos.

Veamos unas características de la democracia que, tal vez, no satisfagan a don Artur. La democracia ofrece oportunidades para: 1) Participación efectiva; 2) Igualdad de voto; 3) Alcanzar una comprensión ilustrada; 4) ejercitar el control final sobre la agenda (o sea, que cuestiones deben tratarse); 5) Inclusión de los adultos.

La pregunta es ¿no se dan en Cataluña estas circunstancias? ¿Es la política, en Cataluña, de tan bajo nivel que no se alcanzan estas exigencias democráticas básicas? Si la respuesta es negativa, habrá que realizar serias reformas políticas para incorporar a Cataluña al mundo de la democracia. Por cierto, si es así, ¿qué titulo político ostentan los políticos catalanes que actualmente gobiernan? ¿Dictadorzuelos? ¿Sátrapas? ¿Príncipes del Principado?

En el caso de que Cataluña  (es decir, sus ciudadanos) disfrutara del sistema político democrático ¿a qué viene esta extemporánea apelación al pueblo? ¿Qué es el pueblo, don Artur? Porque parece que hasta ahora las decisiones políticas, en Cataluña, no habrían sido adoptadas según los típicos mecanismos de participación indirecta de los ciudadanos, eligiendo a sus representantes. ¿O sí? Si la respuesta es afirmativa, los políticos catalanes están legitimados para tomar decisiones. Si la respuesta es negativa, ¿qué legitimidad tienen los gobernantes catalanes actuales? Y si la respuesta sensata es la primera ¿a qué viene esta apelación a instancias externas a los procesos democráticos reconocidos por la legislación democrática vigente? ¿No le basta? ¿O solamente le basta si le dan la razón? Parece que don Artur quiere apelar al pueblo y no a los ciudadanos. Pueblo como rebaño indiferenciado, frente a ciudadanos diferenciados, cada uno con su propia opinión y su voto.

Don Artur y sus amigos nacionalistas organizarán un macrobotellón-nacionalista, en el que se dirá (por los altavoces) que el Tribunal Constitucional atenta contra los derechos inalienables del pueblo catalán. Si no les dan la razón, cosa que dudo. En estos momentos mágicos, de fervor patriótico y de victimismo dolorido, sonará la música de Lluis Lach. Preferiblemente, ‘L’Estaca’. Mejor al caer la noche, cuando el sol veraniego ha abandonado las sagradas montañas y el silencio anega las almas de arrebato lacrimoso. Se encenderán velitas, y hombro con hombro, entrelazadas las manos, se apelará al pueblo. Aprovechando el momento, es conveniente hablar, de forma escueta, de 1714 y la guerra de Sucesión. Rugirá el respetable. ¡No nos moverán! En catalán, por supuesto.

¿Quién es el siguiente? Que pase el pueblo vasco. ¡No se apretujen! Los demás pueblos que esperen turno. Todo llegará. Los escritos de agravios y ofensas varias, deben ser depositados en el buzón del Comité de Nacionalidades Oprimidas. Por triplicado.

Terminemos con unas cuantas vulgaridades analíticas. Primero, ‘pueblo’ puede referirse a todos,  o una parte de un grupo, por razón de etnia, lengua, u otras propiedades. Segundo, ‘pueblo, también puede referirse a un subgrupo. Por ejemplo, los charnegos. Tercero, ‘pueblo’, puede no identificarse con nada de lo dicho anteriormente sino con una entidad colectiva.

¿Qué es una entidad colectiva? Puede definirse como elemento común a los individuos que pertenecen a una especie que, se supone, es independiente de los individuos. Lo grave es que algunas doctrinas, como el nacionalismo, atribuyen personalidad moral a estos entes, haciéndolos titulares de intereses. La nación es el típico ejemplo. Más aún, titulares de intereses que están por encima de los derechos y obligaciones de las personas de carne y hueso.

Entramos así en las concepciones colectivistas en las que la nación o el Estado, o ambos, adquieren un status ontológico propio y autónomo. Dado que esto es una filfa, un engaño, se trata de que ciertos individuos (como Don Artur y demás camaradas) hagan pasar sus propios intereses como si fueran los intereses de este animal metafísico, la nación, el pueblo o el Estado. Es decir, tradición totalitaria. ¡Facha el que no bote!


Líderes y liderazgo

No parece conveniente hablar de liderazgo sin hablar de líderes. Por tanto, el primer paso consistirá en decir algo acerca de los tipos de líderes que encabezan grupos, organizaciones o movimientos.

Los tipos de líderes deben entenderse en el sentido de Max Weber, como tipos ideales. Es decir, tipos que no podemos encontrar en la realidad. Son, por tanto, aproximaciones que encontramos, en mayor o menor medida. Pero estas aproximaciones caracteriológicas marcan tendencias o funciones que nos permiten entender mejor el fenómeno del liderazgo.

Digamos que hay un tipo de líder Autocrático. Dado que no interesa, o interesa menos, un análisis psicológico nos centraremos en el contexto socio-político que facilita la aparición de líderes, con unas u otras características. Claramente, los tipos de líderes se entrecruzan, en el sentido de que alguno o algunos rasgos, que típicamente pertenecen a una clase de líder, pueden encontrarse en otro u otros. Aunque sea de forma menos llamativa y matizada.

Así pues, el líder Autocrático tiende a centralizar y asumir todas las decisiones. Al menos, las que considera más importantes. Esto es así porque se considera con dotes superiores a sus colaboradores. Éstos tienen que obedecer. Es su principal tarea.

Por el contrario, el líder Participativo hace que sus colaboradores participen en la toma de decisiones. La relación no es, exclusivamente, vertical. El tercer tipo, el líder Liberal, aportaría un cambio cualitativo en relación con los dos anteriores. Se trata de la delegación de su autoridad en los colaboradores. Como consecuencia, éstos tienen que asumir mayores cotas de responsabilidad y cualificación.

Cuando hablamos de liderazgo es importante retener que no hablamos de unos individuos aislados, los líderes, sino que hablamos de relaciones entre individuos. Por una parte, el líder y, por otra parte, las personas (colaboradores directos o no) que participan en la empresa, grupo político u otro tipo de organización.

Esto nos conduce a otra conclusión. Cuando analizamos el problema del liderazgo no podemos detenernos en las características que definen a un líder. Hacer esto, exclusivamente, supondría adoptar una perspectiva estática. Por el contrario, el liderazgo es esencialmente un fenómeno dinámico. Esto quiere decir que los objetivos, las funciones de un liderazgo, así como las acciones y medios puestos para su consecución, son fundamentales. Tanto o más que sus características.

Al menos en nuestro contexto, democrático y occidental, la interacción entre el líder y el resto de personas que configuran e integran una organización, no puede ser exclusivamente vertical. A pesar de la tendencia antidemocrática, no sólo de las empresas sino también de los partidos políticos, en su estructura y funcionamiento internos.

En cualquier caso, la interacción no exclusivamente vertical complica, pero mejora, la interacción y las posibilidades de desarrollo del grupo y de la consecución de los objetivos marcados.

Podemos decir que, con independencia del tipo de líder, todos participan, en mayor o menor medida, de ciertos rasgos. Por ejemplo, su capacidad para guiar o conducir al grupo. Conducirlo hacia algo. Este algo es el objetivo u objetivos a conseguir. Si hay varios deberán establecerse las prioridades, además de los medios, tiempos e instrumentos para alcanzarlos.

Pero, de forma parecida a lo que sucede con el Derecho, el líder debe tener legitimidad y, además, capacidad de coerción. Cuando alguien, un líder o un gobierno, tiene legitimidad, puede mandar y exigir (o esperar razonablemente) obediencia de los miembros del grupo o de los ciudadanos. Por supuesto, la obediencia tiene sus límites y no puede ser ciega. Esto lo dejamos para los fascismos, comunismos y similares.

En las sociedades secularizadas actuales, la legitimidad no puede proceder de ninguna autoridad trascendente sino del consentimiento de los gobernados. Las fórmulas pueden diferir. Por ejemplo, es de actualidad la crisis de liderazgo del Partido Popular. El político que resulte vencedor (con apoyo mayoritario) en el próximo Congreso que se celebrará en Valencia, tendrá legitimidad para dirigir el partido.

Pero las fórmulas utilizadas, aunque estén reglamentariamente establecidas, pueden ser puestas en cuestión, especialmente en situaciones críticas. Por ejemplo, elegir compromisarios que representen a los militantes, o permitir que voten todos los militantes. En el primer caso, los militantes-participantes serían, aproximadamente, unos 28.000. En el segundo caso, los militantes serían unos 740.000. O sea, todos.

Como digo, en momentos de crisis de liderazgo, la solución no consiste en dificultar la participación de los gobernados o afiliados. Con otras palabras, los problemas de la democracia se resuelven con más democracia. Por supuesto, todo tiene riesgos. Pero prefiero estos riesgos a los contrarios. A la falta de luz y taquígrafos. Al reforzamiento y autonomía del aparato político-burocrático.

Por último, el liderazgo y el líder que lo lleve a cabo, ha de tener capacidad de coerción. ¿Por qué? Porque no vivimos en una sociedad de ángeles. En resumen, los que no se adapten a los objetivos establecidos deberán saber que sufrirán algún tipo de inconveniente, reglamentariamente establecido. Esta actitud, ‘salirse del camino’, deberá ser administrada, por el líder, con tacto e inteligencia. Tendrá que saber distinguir entre la disensión enriquecedora y la discordia dañosa. No siempre será posible integrar, aunque sea lo deseable.

Esta relativa incertidumbre forma parte del camino que personas y grupos han de recorrer. No tenemos raíles que determinen nuestras vidas. De ahí la relativa incertidumbre. Tenemos ante nosotros diversos cursos de acción y hay que elegir. Riesgo, decisión e incertidumbre. Y principios que orienten la travesía. Tal vez sea en las encrucijadas cuando mejor se muestre la personalidad de un líder.


UPD y el PP de Rajoy

Una vez más coincido con Rosa Díez, a pesar de que no tengo adhesiones incondicionales con nadie. He criticado, muchas veces, los absurdos complejos de buena parte de los políticos populares ante el cuasi-monopolio cultural y político de la izquierda oficial. Dice Rosa: ‘Es como si les hiciera el guión otro, es una cosa alucinante’. Solamente desde una actitud acomplejada se puede entender que otros le escriban el guión al Partido Popular. ¿Quiénes?

Según algunos, Federico Jiménez Losantos y Pedrojota. Es decir, la COPE, Libertad Digital y El Mundo. Según otros, el PSOE y sus terminales mediáticas. Que son muchas. En mi opinión, los populares deberían estar más preocupados si el guión lo escriben sus adversarios políticos, es decir, el PSOE que si lo escriben los primeros. Porque, en principio, no son sus adversarios políticos.

Pero, en todo caso, un partido con más de 700.000 militantes y más de diez millones de votantes debería tener las ideas mucho más claras y no dar pié a que otros le dicten el guión. Esta pretensión se debe, básicamente, a la falta de claridad y rotundidad a la hora de defender lo que se supone que los populares defienden. Vanidades periodísticas aparte, que las hay. Algunos miembros destacados del PP dicen que sí, que las ideas las tienen claras y que las han proclamado a los cuatro vientos. Así lo asegura José María Lassalle en su artículo ‘Liberalismo antipático’. Según dice, el programa con el que se presentó el PP a las elecciones de 9 de Marzo, contiene los principios liberales que postula Esperanza Aguirre, y que han armado tanto revuelo. Además, la Presidenta de la Comunidad de Madrid no es, dice Lassalle, una ‘neocon’, pero sí (nos advierte) algunos de sus ayudantes. ¡Vade retro! ¡Los neocon!

Los neocon serían los nuevos conservadores. Los que en el lenguaje progre de libro serían ‘neoliberales puros y duros’. Aunque no se sepa lo que esto significa. Pero se pueden poner dos ejemplos de maldad y azufre: Reagan y Bush. ¡Oh Dios, aparta de mí ese cáliz! Pero, como dije, no es fácil establecer con precisión los límites del término utilizado. ¡Ni falta que hace! Ahora bien, la izquierda norteamericana usa tal expresión como un improperio contra los republicanos. Decir ‘neocon’ viene a ser el equivalente patrio de ‘facha’.

Volviendo a la proclama de Lassalle, una cosa es anunciar principios y otra cosa llevarlos a la práctica. Y no parece que el PP de Rajoy esté por la labor. La perversión del Estado de las Autonomías nos ha llevado a desorbitar el poder de los barones autonómicos, o tribales. Por no hablar del vaciamiento de las competencias del Estado. O de la pequeña parte del presupuesto que éste maneja (inferior al 50%), ya por debajo de los que manejan los Estados federales. Y eso que la progresía nos dice que debemos ir a un modelo federal, que es lo bueno. ¿Se habrán enterado de que la llamada ‘segunda Transición’ transita por la Confederación?

Si a lo anterior añadimos el chantaje y  la deslealtad sistemática de los nacionalistas periféricos, podemos entender la gravedad de la actual situación. Aunque Rajoy acaba de anunciar, lo que está dispuesto a hacer. Un acercamiento a CIU y PNV. No quiere estar solo. ¡Angelito! Algunos repiten con machacona insistencia que ya Aznar pactaba con los nacionalistas. Sí, pero los tiempos y las circunstancias eran diferentes. Ya no hay nacionalistas moderados. Todos se han quitado la careta. Aunque algunos prefieran no mirar su verdadero rostro.

Sin olvidarnos de la guinda. El Presidente Zapatero. Un Presidente cuya patria no es España sino la libertad. Un Presidente que dice que el concepto de nación es discutido y discutible. Pero no para los nacionalistas periféricos. Solamente está feo para los españoles, bajitos y con cara de mala leche. Sin contar con el urgente rechazo al Plan Hidrológico Nacional o la Ley de Educación, que pretendían ser, curiosamente,  vertebradoras de España. ¡Qué horror! ¡Qué facherío!

En cambio, la vertebración sí interesa a Rosa Díez (UPD) que ha pedido, por ejemplo, el retorno al Estado de las competencias educativas. ¿Capricho? En absoluto. Sucede que Rosa se da cuenta de que la educación, en manos de los ‘territorios comanches’ ha sido, y sigue siendo, un factor crucial para la desvertebración de España. ¿No se da cuenta Rajoy? Espero que sí. Pero no tiene la determinación que tiene Rosa. ¿Por qué? Parece que se ha creído lo que han dicho de él, y del PP, sus adversarios políticos y la prensa progre. Que crispa. Bajemos la voz. Sonrisa al frente. ¡Nos apretarán más el cordón sanitario!

 Pero estemos tranquilos, Rajoy se preocupa por el precio de la leche. Que es importante, sin duda. Pero, en estos momentos, lo realmente grave es la deriva confederal (repito, confederal) a la que nos han empujado los nacionalistas, con la cobardía, o la colaboración, de los dos partidos, digamos, nacionales. Cada uno con su respectiva cuota de responsabilidad.  Por supuesto, lo niegan. Los socialistas con más énfasis porque no tienen complejos y la cara más dura. Los populares procuran no molestar demasiado. Perfil bajo. No crispéis. Que no digan que somos españolistas. O peor, que somos franquistas ¡Por Dios!

¿Qué pretende hacer el Partido Popular en esta legislatura? Es lo que quieren saber los más de diez millones de votantes y algunos indecisos. Pero el tiempo apremia. Y si Rajoy sigue aturdido, y si no se crea otro partido, que ampare a los votantes populares (los que prefieren los principios a la ‘simpatía’), UPD recogerá los votos. Y con razón.




Sebastián Urbina, profesor titular de Filosofía del Derecho en la Universidad de las Islas Baleares
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