Editado por Eduardo de Lácara
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...............................................Roberto Esteban Duque, doctor en Teología Moral
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Zarzalejos el necio y la “plenitud de los tiempos”

No es la primera vez que José Antonio Zarzalejos realiza unas injustas declaraciones sobre los obispos. El necio, decía Anatole France, es más funesto que el malvado, porque el malvado descansa, pero el necio jamás lo hace. Acusa el necio de Zarzalejos a los obispos de no saber practicar la virtud de la concesión y de la negociación política. Sentencia, asimismo, sin más audición para la verdad que su arbitraria percepción, que los obispos se encuentran profundamente divididos, y les censura una total ausencia de religación con el mundo cultural, así como una derechización radical en sus actuaciones. Y todo ello lo hace el necio asumiendo un rol inédito de asesor moral laico, con la intención de demandar una jerarquía eclesiástica distinta donde emerja una figura decisiva para el cambio, un nuevo Cardenal Tarancón, capaz de reconducir con más acierto la palmaria “recesión” en que se encuentra sumergida la Iglesia católica, abierta, como debiera, a la creación de un nuevo ethos moral e intelectual, un aggiornamento, un savoir faire adaptada finalmente a la hegemonía cultural dominante.
 
Afirma Zarzalejos, antes de enumerar los errores de los obispos en la era de Zapatero, que el laicismo socialista se ampara en la torpeza del episcopado. Es lo de siempre. Si existe un auge laicista es por el fundamentalismo de la jerarquía eclesiástica. ¡Pobres obispos, siempre ellos los culpables de la “mala educación” española! Los conflictos normativos y las leyes estatales, el ciclón gay-lésbico y la pujanza de las asociaciones laicistas, la fauna comunista y republicana, el ateísmo y la ética agnóstica, la Educación para la Ciudadanía y la ley del aborto, las mentiras en los procesos de paz con los terroristas del Gobierno de la nación, el desprecio estatal hacia lo religioso, la falta de consenso entrecruzado o transversal entre Gobierno e Iglesia sólo era eso, el resultado de una mala gestión episcopal, una reactivación del Gobierno ante una jerarquía fundamentalista y reaccionaria.
 
Califica gravemente Zarzalejos a los obispos de ser agentes de la oposición política desde la derecha más extrema; de contribuir, sin capacidad de diálogo y desde un profundo hermetismo, a la crispación de la sociedad, al no aceptar con docilidad intelectual y moral las propuestas del gobierno de la nación, como si hubiésemos por fin alcanzado la “plenitud de los tiempos” y debiéramos ajustarnos a ellos, sin ser mejor ya, como proponía Cervantes, el camino que la posada. ¡Pero hombre, necio, los socialistas estarán instalados en la “plenitud de los tiempos”, pero España no! ¿O acaso hay que morir de satisfacción en el comienzo de la segunda legislatura de Zapatero, como muere el zángano afortunado después del vuelo nupcial?
 
La misión de los obispos no es sustancialmente política, sino pastoral. Y sólo desde esa perspectiva deberán juzgarse sus palabras, y principalmente sus documentos. La Iglesia ha considerado necesario desde siempre producir un magisterio in temporalibus, que encuentra su anclaje en la novedad del Evangelio, y su justa traducción en la vida pública. En cada coyuntura histórica, los obispos precisan practicar la phrónesis, la virtud que lleva a discernir el bien y realizarlo en las circunstancias concretas. En este sentido, puede afirmarse que las cuestiones políticas también se encuentran en la misión pastoral de los obispos. Ahora bien, eso no significa que la Iglesia esté bajo permanente sospecha y quede vinculada al poder político. Con la afirmación de Cristo: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, el Estado dejó de ser algo sagrado, dejando de representar ante los hombres la sagrada exigencia de la voluntad divina con respecto al mundo. El Estado dejó así de ser una sociedad perfecta, según sostiene Benedicto XVI. La Iglesia defiende el pluralismo político, como recoge el documento Sobre la Iglesia y la comunidad política; reconoce que una misma fe puede orientarse hacia compromisos políticos diferentes, y que ningún sistema político agota la belleza del Evangelio. ¿Hay alguna dificultad para entender ya que la Iglesia está lejos de encarnar cualquier forma de poder político?

  Hay algo que me molesta de un modo especial en las declaraciones del necio. Es cuando afirma que “la jerarquía eclesiástica ha perdido cualquier tipo de anclaje con el mundo cultural y mediático en España”. Pero, ¿qué cultura está periclitada, necio? No existe en toda Europa una cultura tan agresiva con lo religioso y eclesial como en España. Y no volvamos a la vieja cantinela de que es el nacional-catolicismo quien ha generado la reactivación laicista. Con su llegada al poder, Zapatero ha creado la cultura de la clarividencia de la negación y del odio, del resentimiento y de la irreverencia, de la privatización de la moral y de la fe, de la relativización de los valores. ¿Te parece poco, Zarzalejos? Entonces, te doy más, necio. Zapatero ha creado la cultura de la resignación y del desinterés por la verdad, de la vuelta al fracaso ilustrado que reajusta los proyectos del hombre a sus propias limitaciones, retirando así el sacrificio y el esfuerzo, la Religión y la Trascendencia como factores constitutivos de la textura del alma humana. No parece ser semejante cultura, huérfana de valores vinculantes, la mejor propuesta para la comunidad humana, aunque tú creas, necio Zarzalejos, que ha llegado ya, con semejante gobierno, “la plenitud de los tiempos”.
 
 

Majestad, ¿por qué no se calla?

Su Majestad, el Rey de España, que en su vejez empieza a ver no ya la cara sino la espalda de las cosas, ha dicho lo que pensaba sobre Zapatero, aunque no pensara lo que dijera. Lejos de todo convencionalismo y buena educación, en el desorden que envuelve la espontaneidad, se ha referido al presidente del gobierno para calificarlo de “honesto”, “muy recto” y “un ser humano íntegro”. Es decir, ha elevado a Zapatero a la categoría de hombre virtuoso, porque es la virtud, según Baltasar Gracián, lo que convierte al hombre en íntegro. Pero lo más relevante que el Rey ha dicho sobre Zapatero es que sabe dónde quiere llegar, le supone principios eficaces y directivos para conducir la nación, a pesar de las cejas y de la estúpida sonrisa. El Rey viene a decir que Zapatero, además de virtud, tiene creencias; no sólo ocurrencias o ideas que expone con un movimiento romántico de manos, sino cimientos que sustentan la vida: “sabe muy bien hacia qué dirección va y porqué hace las cosas”.

La democracia está movida por la demagogia, por aduladores de los que ni siquiera el Monarca se sustrae. Esta es la desesperación de la política, escuchar de labios del Rey que Zapatero es la cima de la probidad. El Rey ha sido profundamente chabacano, desprestigiando con su gesto a cualquier presidente de la democracia. La sinceridad del Rey es la demanda de quien se siente débil y ya no admite vivir en la ética ni en la estética. La franqueza, no pocas veces, es sólo expresión de cinismo. El gesto de Su Majestad es un gesto de ominoso rebajamiento, donde la auténtica virtud habría sido algo parecido a una inhibición muscular, quedar callado cuando no se tiene algo importante que decir. Ha seguido, sin embargo, su capricho, fue incontinente haciendo callar a Chávez y también manifestando su simpatía por Zapatero.
 
El elogio del Rey a Zapatero es lo más antagónico a un placer ético y lo más parecido a un verso trágico. Me fatiga los pulmones y alonga mis noches de insomnio escuchar esta oración cómica, este canto grave y seductor, este salmo fatalmente inspirado. Pretende el Rey arrodillarnos delante de nada, que veneremos el gesto totalitario, aquel mismo que hizo callar al Nuncio antes de tomar un caldito envenenado. ¡Exasperante, Majestad, conceder la virtud a la mendacidad y la irreligiosidad! El Rey se ha convertido en populacho, ensalzando un estilo de vida que pretende aniquilar cualquier vigencia tradicional.
 
¿Tiene miedo el Rey a Zapatero y por eso utiliza la demagogia, el fácil halago y el embaucamiento? ¿De verdad piensa el Rey que Zapatero es un “hombre íntegro”? ¿Podríamos incluso, rizando el rizo, pensar que el elogio del Rey significa la más auténtica confesión de sus ideas y creencias, porque de lo que dice la boca rebosa el corazón? Sea como fuere, si el designio y propósito de la ciencia política, como recordara Aristóteles, es la estabilidad, con la actual Constitución mixta que gobierna la nación española, donde el Rey, con su anuencia y premeditación, se encuentra como en familia, aupados por una asténica y vergonzosa oposición, España no vislumbra apenas ninguna estabilidad.
 
Zapatero sabe perfectamente dónde va, dónde quiere llevar al pueblo español. Su tarea es transmitir una herencia para el porvenir, y que la otra herencia sea sólo eso, una herencia yacente. El pecado y la herencia que Zapatero quiere dejar es la acedía, tener que habérnoslas con un mundo sin Dios. En su balumba y frondosa ingeniería cultural no existe la religación a nada fuera del mismo hombre. Zapatero propugna una cultura sin futuro, que camina firme abriéndose paso por la España católica, a la que desprecia y se encuentra sin demasiado vigor, inerte, anquilosada y formulista, como reconoce y lamenta la Conferencia Episcopal refiriéndose a la insuficiente formación cristiana de los bautizados.
 
¿Asombro o enojo? Un poco de todo. Eso sí: Majestad, ¿por qué no se calla?



Hierocracia laicista

Se aproxima, como un ciclón de muerte, una nueva organización política y moral en la sociedad española, se hace inminente un nuevo régimen de Estado, y la máxima divide et impera rige la nueva forma de gobierno, secciona los problemas y los va resolviendo por partes y estadios hasta alcanzar el objetivo final. ¿No lo notan? Sobreviene y emerge el hombre que quiere contener un pasado seleccionado, un parcial pretérito colectivo elevado a la categoría de porvenir universal necesario. Los socialistas ignoran la herencia que ellos desprecian para convertirla en una herencia yacente, para dejar al hombre solo, en el Infierno del propio enaltecimiento de una vida sin origen ni meta. La nueva hierocracia laicista, totalitaria y arrogante, avanza como huracán desbocado, irreverente y furibundo ¿No lo notan?
 
La España laicista se quiere construir contra la España católica y sin ella, contra la Religión católica y sin ella. No es tan difícil percibirlo, aunque no veamos, ni darse cuenta aun sin conocer. España se reordena al compás del laicismo, que saluda exultante el anuncio de la vicepresidenta De la Vega de derogar la Ley Orgánica de Libertad Religiosa de 1980. Lo celebra el moro y el alma melancólica judía; la progresía hispana que evoca el Cristo en el Vaticano de Víctor Hugo; la Iglesia Evangélica también muestran su júbilo, porque como diría Ortega no habrá cultura religiosa mientras no haya teología y exégesis protestante española. Veneran la endemoniada textura laicista los gays y las lesbianas, los comunistas y la disidencia eclesial, la Europa Laica y Mayoral, Peces Barba, ay, y Álvaro Cuesta también lo celebran. ¡Apañados estamos si la verdad de las cosas no consiste sino en el reconocimiento de su legalidad! ¡Cuánta perversión esconde la ley! ¿No lo notan?
 
Se están sentando las bases, poniendo ya las condiciones, para alcanzar el objetivo, la derogación de los Acuerdos entre el Estado español y el Vaticano. De un modo progresivo se asumirán las demandas y reivindicaciones de las asociaciones laicistas españolas, se articulará el modelo del Estado laicista para la sociedad, impulsando el laicismo escolar y un estatuto de laicidad donde el capellán sea sustituido por un asistente laicista moral. Claro que, como afirmara recientemente el socialista José Blanco, el de “ambiciones colmadas y vanidad satisfecha”, la población de España es hoy fundamentalmente mestiza. ¡Llévense a Colombia, por favor (es un decir), tanta indigencia!
 
El Ejecutivo español viene de frente, como un Hezbolá pacífico y nacional-laicista. Va delante de la sociedad, del sistema moral, cultural y religioso de la nación española. Propone el cuento chino de la “laicidad positiva”, cuando el Estado español es aconfesional, pero no laico. Otros más refinados, como Adela Cortina, prefieren hablar de una laicidad de articulación del pluralismo religioso. ¿Qué pluralismo? El Estado tiene en cuenta el crecimiento del pluralismo religioso en España y su conexión con la inmigración, pero olvida el peso institucional, la identidad católica cultural, religiosa y eclesial de la sociedad española. ¿Acaso no hay hostigamiento? ¿O lo llamaremos observatorio laicista de seguimiento ateo en la sociedad?
 
La Conferencia Episcopal Española no tardará en hablar. La Iglesia no puede callar, porque la fe siempre se anunciará, actuando bajo el lema “oportuna e inoportunamente”. La Iglesia se rebelará contra la altura a que nos llevan estos tiempos, dará incluso la espalda a una nueva antropología donde el hombre pierde la trascendencia y sólo está pendiente de su propia dignidad y holgura, una cultura donde el pensamiento y el alma viven para sí mismos, alejados de toda excelencia. La Iglesia no podrá callar, no deberá hacerlo, ante la pretensión de soledad y tristeza a que el gobierno de la nación quiere llevar y sumergir a la sociedad española. ¿O acaso no lo notan?




Corrupción de Estado

Cuando San Ignacio de Loyola, dudando si volvería a zarandear al moro blasfemo de la Virgen o continuar su jornada a Manresa, dejó la decisión a la mula que cabalgaba, nos estaba diciendo que no dejemos nunca decidir a nuestra mula, al infame gorila que en demasiadas ocasiones emerge en nuestro interior, al que ejercita actos perversos y reclama impune una España diferente, una patria donde se imponga el criterio del diletante y del frívolo, del plebeyo y del cerril, del separatista y ateo sobre el resto de una nación.
 
Los republicanos catalanes y los comunistas, mula vieja y descarada, auspiciados por el gobierno de España, laicistas más que moros pero igual de blasfemos, tienen prisa, como los vanidosos y concupiscentes, quieren cambiar las leyes y la historia, contribuir decisivamente a la decadencia progresiva de la moralidad y del bien. Son hijos de la impiedad, progenie de la anarquía o del “misterio de la iniquidad” del que habla San Pablo. Prometen una cultura moderna y tolerante, laica y plural, pero sólo ofrecen regresión, escepticismo universal y descreimiento, una cultura decadente y envilecida, dolorosa y opresora, una cultura que no respeta nada allá arriba ni tampoco a nuestro lado, bajo la máscara del discreto encanto de la tolerancia y del talante ilustrado.
 
La ley del aborto comienza ya su andadura en el Congreso de los Diputados. El Parlamento puede convertirse en la prueba más clara de la miseria política española en su intento de despenalizar el aborto y aprobar sórdidas aspiraciones que sólo llevan a desconfiar de una clase política mediocre y arrogante, propuesta siempre, como el hombre irreverente, a redefinir el bien y el mal, la verdad y la mentira, a poner límites ominosos y precisos a la vida y a la muerte. El espectáculo político y la barbarie democrática nos rodea; una odiosa chabacanería se adueña de la clase política, que sólo acierta a desorientar la vida nacional a través de actuaciones y de leyes abominables.
 
España se ve amenazada por la inmoralidad. No es ya sólo la cultura, sino el mismo Estado el que asume su decadencia al abdicar de su misión de proteger la vida. El Estado se corrompe cuando dimite de su misión, de su deber de protección constitucional de la vida humana, cuando la muerte queda oficialmente reconocida, legalmente aceptada. La misma sociedad es quien asume la responsabilidad de entregar a la muerte la vida de tantos inocentes. No vale decir que somos poco respetuosos con la pluralidad, ni que imponemos nuestras ideas morales. ¿O pretende el Estado negar a la sociedad y la propia persona la obligación de luchar por el derecho de las personas a la vida? Sin grandes hombres en el gobierno – Dios sabrá dónde están – una nación no es posible hacerse, no es posible sencillamente una nación.
 
El discurso parlamentario, cualquier consenso alcanzado sobre el aborto, no engendrará la verdad, ni podrá condicionar la visión sobre el respeto a la vida. Discutir sobre la ampliación del aborto significa la abdicación del Estado, que otorga a la mujer embarazada la soberanía sobre la vida y la muerte, haciendo de su vientre el lugar más inseguro. Es necesario liberar a la mujer de tanta servidumbre, de la violencia que se ejerce sobre ella y su dignidad cuando el Estado le concede el derecho para matar. La soberbia inmoral parlamentaria deviene dictadura social y política, mula vieja y moro blasfemo, cuando no se respeta el derecho a la vida, cuando el viejo Adán vuelve la espalda al Paraíso para encaminarse al Infierno de la masacre de los inocentes.
 
Para los creyentes, los destinos del mundo y del hombre están en las manos de Dios. Si debemos conservarnos, como dice San Pablo, sin mancha ante el mundo, sólo cabe asumir nuestra responsabilidad ante Dios, ante cuyo tribunal seremos juzgados. Nuestra fe en Dios posee unas consecuencias morales insoslayables, si bien, como afirmara Sócrates, obrar injustamente es siempre mucho peor para los que cometen la injusticia que para quienes la padecen. Subordinarse a una injusta razón de Estado significaría renunciar a toda convicción, no creer en lo incondicionado y vinculante, en las acciones que los griegos denominaban “bellas”, honestas en sí mismas, acciones que no admiten deliberación ni obscena estrategia política. Cualquier condición para el derecho a la vida sólo contribuye a la instauración progresiva de una cultura de muerte.


Es el amor, y no la eutanasia, la asignatura pendiente

Desde que el ministro de Sanidad, Bernat Soria, pronunciase aquello tan repugnante como incompatible con la vida de que “la eutanasia es una asignatura pendiente en la sociedad española”, apelando así al debate ético y jurídico para su definitiva implantación por ley, la denominada “muerte por misericordia” o la eliminación de “toda vida indigna de ser vivida” aspira a convertirse en las señas de identidad de la cultura progresista dominante, empeñada en alcanzar la cima de la probidad con la miserable puesta en práctica de una “cultura de muerte”.
 
Señala con acierto César Vidal en Religión en Libertad la inexorable asociación entre los que reclaman la implantación de la eutanasia con la práctica criminal ejercida por los nazis. La eutanasia es vista como un signo de progreso, algo que, además, necesita una gleba fecunda: la positiva propaganda sobre la autodeterminación. Si la película “Yo acuso”, promovida por Goebbels y realizada, como reconocería posteriormente su autor Wolfang Liebeneier, con la intención de preparar el terreno para la legalización de la eutanasia, encajaba en una perfecta traducción en las actuaciones de Adolf Hitler (en España “Mar adentro, de Alejandro Amenabar, lo hace con el fin de crear el imaginario colectivo sobre el bien de la “muerte por misericordia”), el detonante perfecto sería la muerte de un niño, según explica Vidal, al que asesinaron por malformación.
 
¿Quién ha determinado, entre los hombres, el momento de la partida? ¿Acaso es suficiente la decisión de una mayoría, donde los Derechos Humanos se convertirían en una concesión? ¿No tiene límites el interés político? ¿O es suficiente la omnímoda libertad personal, el hombre endiosado que se arroga el derecho de la vida sobre el otro? ¿No es verdad que al despertar, como afirmara Heráclito, el hombre tiene un mundo único y común? El Derecho obliga a respetar a los hombres, al margen de la presencia de unas características o circunstancias determinadas. El único criterio prevalente será, en todo caso, la pertenencia al género humano. De lo contrario, ¿por qué no se podría matar a cualquier dormido o inconsciente, sumido en el sueño de su propio mundo?
 
En el Alegato a favor del respeto a la vida, Robert Spaemann constata un hecho que la sociedad no debe pasar por alto: se quiere morir, en la mayoría de los casos, por falta de amor. Las investigaciones han puesto de relieve que la gran mayoría de las peticiones de suicidio asistido se han debido a situaciones de abandono. El deseo de morir se atenúa, incluso deviene evanescente, cuando un semejante manifiesta interés real y efectivo por la vida del enfermo. El paciente necesita “la entrega del otro, la solidaridad y el alivio de sus dolores”.
 
Si el morir no se entiende como parte del vivir, entonces se abre paso la cultura de la muerte, la reedición del pensamiento eutanásico como la expresión más extrema de la falta de solidaridad. No ya la Iglesia (quien defiende la vida desde la cuna a la tumba), sino sobre todo el Estado es quien debe realizar una resistencia contra lo que C. S. Lewis ha denominado la “abolición del hombre”, una civilización que asalta la naturaleza humana, que la deshumaniza y convierte al hombre en “mera materia a amasar y moldear”.
 
Ningún hombre tiene el derecho de exigirle a otro que le diga: “tú no debes seguir existiendo”. La vida trasciende la libertad personal, y el hombre sobrepasa sus atribuciones cuando “sueña ser Dios”, en expresión de Malraux. De lo contrario, se harían vigentes las palabras de Hegel, al afirmar que “la obra de la libertad absoluta es la muerte”. Aunque al cristiano se le ha prohibido juzgar, no está de más recordar al ministro de Sanidad que es el amor, y no la eutanasia, la asignatura siempre pendiente de la sociedad, si queremos bendecir todo lo temporal.


Veritatem dilexi
, he amado la verdad

Al concluir la Primera Guerra Mundial, el mundo se contrajo y los pueblos se aproximaron. Cada nación sentía una mutua interdependencia, experimentaba que los demás estaban cerca. La causa inequívoca de esta “aldea global” en que emergen entonces las naciones y las personas no fue otra que el magnífico progreso de los medios de comunicación social. El Infierno parecía haberse atenuado, el mundo ya no estaba tan perpetuamente pendiente de sí mismo, todo indicaba que la seguridad y el propio bienestar dependían de lo que en las demás naciones y pueblos ocurriese.
 
Este triunfo sobre el espacio, constata Benedicto XVI en su Mensaje de la XLII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, ha llevado a la contribución de la “alfabetización” y “socialización”, así como al “desarrollo de la democracia y el diálogo entre los pueblos”. Pero el Santo Padre sugerirá que semejantes logros no han hecho a los hombres mejores, advirtiendo del peligro de dirigismo político, ideológico, amoral, económico y cultural cuando esos medios de comunicación someten al hombre a “lógicas dictadas por los intereses dominantes del momento”, las dictaduras de audiencias, validando cualquier medio para alcanzar el intencionado fin ideológico o comercial. De ahí que el Papa reclame una “info-ética”, el respeto de los medios de comunicación a la persona y a su dignidad.
 
Lo que manifiesta Benedicto XVI es algo tan innegable como olvidado. La aproximación espacial no va acompañada por una aproximación en el modo de ser, en las ideas y sentimientos de los pueblos, en sus costumbres, instituciones y economías, de modo que el beneficio radical de la globalización entraña grandes pérdidas y enormes conflictos. Con frecuencia, los hechos que se transmiten son totalmente falsos; otras veces, los son parcialmente, algo mucho más grave porque provoca una más lacerante confusión. En el colmo del descrédito a que pueden llevarnos los medios de comunicación, hay hechos silenciados o mal contados, lo cual conduce a perder cualquier realidad y verdad interior. La fe que se pueda depositar entonces en esos medios es sólo una fragmentada confianza; al cabo, aparte de intereses, la vida de una nación y de sus personas siempre será un íntimo secreto sólo por Dios conocido.
  
En su discurso pronunciado al fin de sus días, exclama Renan: “Quiero que sobre mi tumba sea puesto: Veritatem dilexi, he amado la verdad”. Ignoro si el amor a la verdad era el rasgo característico del alma del “blasfemo europeo” Renan, o si la naturaleza de esa verdad consistía en aquello que Platón afirma en La República, la “teoría”, la “visión”, el afán de contemplar las cosas en sí mismas. Sin embargo, si algo es evidente es que la verdad es un bien humano, y que vivir es pleorexia, un crecer ilimitado hacia el bien y la verdad, aunque encontremos en el camino una torre en el desierto, como llama Milton a Luzbel, el padre de la mentira. El magno deber del sabio y del científico, del comunicador y del moralista, es sentirse llevado imperiosamente a descubrir la verdad para mostrarla, a vencer la concupiscencia del propio corazón que se complace en la apariencia de las cosas. Es algo así como un afán divino, un oficio santo, una labor eucarística.
  
El fin de los medios de comunicación social consiste, según el Papa, en dar a conocer la verdad sobre el hombre para compartirla. Y esa verdad, para un cristiano, es Cristo. Bajo el lema “Los Medios: en la encrucijada entre protagonismo y servicio. Buscar la verdad para compartirla”, Benedicto XVI sólo contempla la única Verdad que “puede responder plenamente a la sed de vida y de amor que existe en el corazón humano”, a la sed de verdad que tiene el hombre, que es sed de Cristo. El cristiano, en la era de las Comunicaciones Sociales, debe dar testimonio de la Verdad, anunciar a Cristo, convencido, en medio de las dificultades, de que “todo lo puedo en Aquel que me conforta”, en profunda expresión de San Pablo.



Embaucadores frívolos y mundanos

Los falsificadores son los más cualificados para enseñar a falsificar, al igual que un ladrón está mejor capacitado para adiestrar a otros en el negocio en cuestión. El caso, o el negocio en cuestión, es que dos condenados a seis meses de cárcel por falsificar documentos oficiales se dedican a formar a profesores de Educación para la Ciudadanía en la escuela de Magisterio de la Universidad de Castilla-La Mancha. Es la mise en scène de la comedia de Gogol, El Recaudador, un falso revisor que roba al hombre lo que no le pertenece, su alma, aquello que es del verdadero Recaudador; el soborno ético del talante biempensante, de la banalidad de la cultura socialista; la nueva religión mentirosa que ya tiene a los padres de la mentira organizados, discípulos de León Felipe, pobre, a quienes le robaron la fe los asesinos del Cordero; la nueva casta de expertos, creadores de conciencia amoral y usurpadores del alma de los jóvenes; llorones irritables al no ver el extremo de la disolución eterna de la Religión y de la Iglesia, el desmoronamiento perpetuo de la principal cultura pública en España, que es la cultura católica.
 
Una ciudadanía responsable no puede delegar la educación de la vida nacional en semejantes perturbadores del orden social, en amos que buscan siervos que se conviertan en hijos, benefactores de título y pan para adoctrinar la caterva del vacío moral y del nihilismo, de la mancebía impúdica, brillantemente escépticos respecto de todo, excepto de una nueva religión generadora de creencias y orientadora del comportamiento colectivo que Gramsci concebía para el socialismo. Los falsificadores laicistas y ateos, socialistas, anticlericales y comunistas, desean ser los próceres de la Nueva España.
 
Los padres tampoco pueden dejar a manos de Saturno a sus hijos para ser devorados, porque “los diablos desean las almas humanas”, dice C.S Lewis en Cartas del diablo a su sobrino. Las familias españolas no pueden valorar más el panfleto y los mítines que las oraciones y los sacramentos, la ideología laicista que la caridad o el sentido, preferir el vacío interior, vulnerable a cualquier prostitución, al alma fundada en el bien, la verdad y el amor. Las familias no permitirán que, como advertían Trasímaco y Calicles, los grupos poderosos puedan definir las normas morales de forma que perpetúen su propia superioridad; sobre todo, cuando los ideólogos buscan la lealtad al partido y sólo persiguen minar la fe e impedir la formación de unas virtudes contrarias a sus vicios.
 
El hombre joven se deja seducir fácilmente por la corrupción instalada en la Academia del Pensamiento Laicista. En esa Academia contrastan los beneficios impunes de la nueva educación ideológica. El Pensamiento es bien simple: evocar un tiempo imaginario, donde la Iglesia era débil y la Religión nunca existió; proponer una New Age de ruptura con la tradición del pensamiento y la cultura católica, libre de toda sujeción a la autoridad, transformando los valores tradicionales por una nueva sumisión de la voluntad al partido y al pensamiento único. En la Academia, la vida no tiene la pretensión socrática de ser examinada, sino el reconocimiento de que es la nueva religión lo que nos hace libres y “ciudadanos del mundo”, como proponía Séneca.  

Educación para la Ciudadanía sólo es eso: una trama de corrupción perfectamente organizada, capaz de alterar todo el tejido social con la espuria pretensión de una nueva antropología y cosmología legitimadoras del relativismo, la banalidad, el nihilismo y la destrucción de la misma persona; un intrincado y astuto laberinto cuyos destinos están en manos de embaucadores frívolos y mundanos que, sin cometer crímenes, avanzan hacia el efecto deseado, empujar al hombre lejos de Dios y de la Religión, de la Iglesia y de la fe. Esperemos que no se adormezcan las familias al permitir ver privados a sus hijos de los mejores años de su vida para entrar en un maligno y eterno letargo.




De la Vega o el insalubre laicismo político

La Vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández De la Vega, sigue obstinada en situar a la Iglesia y a las convicciones de los ciudadanos en el mundo de lo privado. Ella posee la voluntad omnímoda de silenciar al adversario porque, como advierte Stendhal, diferencia engendra odio, y los españoles somos progenie del odio y de la enemistad, de un cainismo que el socialista Álvaro Cuesta se vanagloria de personificar y De la Vega se apresura a recordarnos, cada vez que su exquisita educación moral se lo dicta. “No se pueden imponer a los pacientes criterios basados en creencias religiosas”, dice la señora, o señorita, que no sé. Pero oiga usted, ¿quién impone a quién? ¿Acaso no es usted quien padece una anémica conciencia identitaria nacional al no reconocer a la Iglesia como una instancia llena de recursos de sentido para la sociedad civil? ¿Por qué niega la señora, o señorita, que no sé, el derecho de la Iglesia a dar su parecer en cuestiones éticas relacionadas con la sanidad? Todavía peor, aduce que la Iglesia ofrece una moral inconstitucional, incompatible con una España moderna.
 
La señora, o señorita, que no sé, busca matar en el debate ético, como sugiere Díaz-Salazar en España laica, a la institución castradora de su libertinaje irresponsable; no asume “los límites de la Ilustración” (Habermas), ni la desdivinización del Estado (Benedicto XVI); rechaza el aprendizaje mutuo de una España que polariza entre una razón laica y otra religiosa; utiliza el viejo combate contra la Iglesia, fruto de un atavismo cultural orgánico socialista, y pretende imponer su hegemonía al resto; desprecia la cultura de la deliberación prepolítica, la “ética de la discusión y del debate” (Ricoeur). No me digan que no es magnífica la concepción secularista de la democracia y del “Estado de derecho” que asumen POSE e IU, una neocasta imperialista que no sólo no desea “sestear ya a la sombra de la Iglesia”, como señalaba Machado sobre la Generación del 98, sino que incluso como el mismo Machado escribiera a Unamuno, sueña con “sacudirse el lazo de hierro de la Iglesia que nos asfixia”.
 
Debe ser doloroso el lento avance de la democracia para las fuerzas progresistas que buscan el enfrentamiento y exclusión de la Iglesia y de la Religión, la abstención de su participación pública en los debates sociales, culturales, morales y políticos. La progresía hispana herética no soporta una concepción del hombre y del mundo distinta a la suya; propugna un laicismo antropológico, ontológico, ético y jurídico fundado en un ateísmo militante, visible en el patente desprecio a la Iglesia y a cualquier referente ético de universalismo moral a través de un consenso entrecruzado entre diversas tradiciones y religiones. La razón es muy sencilla: existe entre el laicismo político un vacío de convicciones que lleva a la indiferencia y al relativismo moral. El Estado democrático no puede legislar obviando a la Iglesia, ni puede desenvolverse impunemente por un positivismo jurídico que rechace un discernimiento previo sobre la moralidad de las leyes.
 
La Iglesia, además de gozar, como afirma Spaemann, de la soberanía de Dios, tiene todo el derecho a utilizar su lenguaje, los argumentos de su tradición y cultura. La Iglesia forma parte de la esfera pública de la sociedad civil, enriquece la vida del hombre y de la nación, y lo hace desde el mejor modo posible, sobrepasando una moral de la justicia y ofreciendo la moral de los mandamientos, la moral del amor. La Iglesia tiene todo el derecho del mundo a intervenir en la deliberación pública y moral, en la orientación cultural de la sociedad y en la interacción entre sociedad civil y Estado. España debe solicitar la intervención de la Iglesia en el debate público y en los grandes debates nacionales, si pretende crear una sociedad libre, justa y solidaria No es posible la construcción de una nación sin la concurrencia de todas las instituciones para el debate ético.
 
No entender esto que digo, señora, o señorita, que no sé, significa no estar acostumbrado al arte de deliberar, no comprender que la cultura es una “actividad santuaria”, en magnífica expresión de Ortega. Pero sobre todo, no alcanzar a ver con suficiente claridad esto que digo,  significa despreciar a la nación, que es “un molde de educación moral”, como sentenciaba Renan. Y usted, señora, o señorita, que no sé, la desprecia desde un insalubre laicismo político imperialista que sólo contribuye al patrimonio inmoral de la humanidad y nada aporta para una ciudadanía solidaria, libre, activa y virtuosa.



La tentación de privatizar la fe en política


Benedicto XVI puso fin a su viaje a Estados Unidos con una homilía dirigida más a Europa que a los propios católicos americanos. Para el Papa, no existe ninguna actividad humana que pueda sustraerse a la soberanía de Dios: “cualquier decisión de la vida política no puede prescindir de Dios”. Este vacío social de lo religioso, la tentación de privatizar la fe en política, no es algo que afecte fundamentalmente a los Estados Unidos, donde, según sostiene Tocqueville en su obra La democracia en América, la fe y la religión se confunden con todos los hábitos y sentimientos nacionales y, como argumenta Juan Manuel De Prada, se trata de vivir como si Dios existiera, sino que más bien concierne a Europa, donde la fe cristiana ha sido expulsada del espacio cultural y se acepta sin dolor el ateísmo de la finitud que propone el intelectual ateo Flores D’Arcais: “la fe y la religión sólo pueden ser una trampa psicológica de cualquier incapacitado para asumir el horizonte finito de la existencia”. Resulta así necesario, como manifiesta George Weil en Política sin Dios, que en Europa se reactive la experiencia americana de orientar la vida política desde la fe.
 
El problema de Creonte, en la Antígonade Sófocles, es precisamente negar el valor intrínseco de los bienes religiosos, empobrecer la vida civil y política evitando el conflicto ético con la exclusión de la comunicación libre del hombre con Dios, con la negación misma de la Religión. Esta es la instigación permanente del hombre moderno, “demostrar que no tiene necesidad de Dios para hacer el bien”, según el poeta converso Paul Claudel; negar la existencia de Dios (ateísmo teórico) y vivir como si Dios no existiese (ateísmo práctico), lo que equivale a la negación de la Religión o de la ordenación de mi vida a Dios.
 
Se equivoca el Estado cuando espera que el creyente actúe en la vida pública al margen de su fe y de su visión del mundo. Es la fe quien da contenido a la razón práctica, la Revelación la que otorga la racionalidad a la moral. De ahí, según el Papa, el “carácter imprescindible de Dios para la ética”, para la acción humana. La exigencia pública de la fe no puede perjudicar al pluralismo ni al Estado. Se equivoca el Estado (aunque la fe no se legisle, según Zapatero) cuando cualquier reivindicación laicista se asume sin dificultad como algo normal, al tiempo que se pretende la expulsión de la fe al ámbito de lo privado y de la Iglesia de la razón pública. Es precisamente la fe quien ha desmoronado cualquier divinización del Estado, incapaz de responder a la necesidad de sentido a que aspira el ser humano. El cristianismo anhela, desde su vocación identitaria de transformación de la sociedad y de configuración del mundo desde la fe,  que la acción política responsable descanse en el soporte moral fundado en Dios.
 
España está atravesando, especialmente desde que Zapatero asumió el gobierno de la nación, un tiempo de ateísmo político, una especie de clericalismo laicista ideológico, magníficamente reforzado por influyentes y poderosos medios de comunicación. Este proyecto ateo, que utiliza ya desde el siglo XIX el recurso del anticlericalismo y la peligrosidad social de la Religión, revela una monumental ignorancia de la identidad colectiva de España, más atenta y sensible a la permanencia de la Religión en la escuela pública que a los beneficios de una alianza de civilizaciones. Si el gobierno de la nación y el PSOE quieren construir un diálogo interreligioso, fundado en la tolerancia y en el relativismo allá ellos, pero deberán comenzar por respetar el carácter público de nuestras convicciones, cambiar de orientación cultural en el tema de la Religión y de sus relaciones con la Iglesia. España no es una civilización hipotética, sino que constituye una identidad cultural, religiosa y eclesial de suficientes dimensiones como para intentar siquiera que la fe sea un cuerpo extraño que se pueda eliminar de la vida pública. Si el mundo, aseveraba Paul Ricoeur, tiene necesidad de justicia y caridad, más aún y más profundamente, tiene necesidad de sentido. Y es precisamente la fe la fuente de sentido que suministra la dignidad humana de la cultura.
 
La tarea de la Iglesia y de cada cristiano es evitar que haya una profunda fosa entre las convicciones y la vida. El esfuerzo del creyente consiste en mostrar porosidad al don de Dios y en incorporarse a esa vida divina. La Iglesia no puede alejarse de la súplica de Mozart en su Requiem: “buscándome, te abajaste; extenuado, me redimiste en la Cruz; que tanto esfuerzo no sea en vano”. Si es Dios quien hace crecer, según San Pablo, a nosotros nos corresponde confiar en Él, creer que nuestras súplicas son escuchadas, teniendo un punto de apoyo firme en una fe que determina nuestra vida.



Roberto Esteban Duque, doctor en Teología Moral
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