Editado por Eduardo de Lácara
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...................................................Óscar Rivas Pérez





Lo que Zapatero debe a Marruecos

El tirano Mohammed VI ha puesto a trabajar a sus esbirros;  quiere Ceuta y Melilla, a toda costa y cuanto antes, o sea, lo de siempre.  Para lograrlo, su estrategia consiste en presionar periódicamente a nuestra nación con acciones subversivas. Ya lo intentó en tiempos de Aznar, pero aquel era un hueso duro de roer.  En cambio, con Zapatero y sus adláteres socialistas, la cosa resulta sencilla. En esta ocasión, la excusa no es otra que la supuesta vejación a la que los lacayos marroquíes son sometidos por la policía española en su “versión femenina”. La cosa resulta absurda; el ciudadano marroquí no puede verse privado de dignidad, porque no la tiene; nace y vive en la esclavitud de su país, y obedece sin rechistar las órdenes que Su Majestad, descendiente directo del profeta, le dicta; de manera, que no seguiremos el juego a tales barrabasadas.

La verdad es que poco o nada, me preocupa el pretendido trato que reciben los vasallos marroquíes en nuestras fronteras; por malo que sea –que no lo es-, siempre será mejor al que reciben en su país y, desde luego, a años luz del que ellos mismos procuran a los pobres subsaharianos que osan atravesar sus fronteras, así que dejémonos de hipocresías. Antes que sus patrañas debiera inquietarnos el hecho de que, con todo lo que sabemos de nuestro país vecino, sigamos acogiendo a sus súbditos como si fueran hermanos; a día de hoy, son más de ochocientos mil los marroquíes que residen legalmente en España. Todo un ejército quintacolumnista que, sin embargo, no deja de recibir subvenciones a costa de nuestros presupuestos; les pagamos su educación, la sanidad, le concedemos vivienda oficial, y si la cosa sigue igual, pronto mataremos corderos en dirección a la Meca.

Todo ello, sin embargo, no ha evitado que el Gobierno central y la Junta de Andalucía,  concedieran a nuestro amado vecino, durante el presente año, diecinueve millones de euros en concepto de subvenciones. Nada menos… y en plena crisis.  Del mismo modo, las bajas formas tan consustanciales a la ínfima estofa de su Elevada Majestad marroquí, sobradamente demostradas en años anteriores, y de nuevo reeditadas ahora, al parecer, tampoco son tributarias de una respuesta enérgica por parte del gobierno socialista.

Tradicionalmente, el PSOE siempre se ha mostrado solícito y generoso con los enemigos de España; siempre ha sabido doblar la cerviz frente a todo aquel que apeteciera en ofender nuestra dignidad nacional, o lo que queda de ella. Pero aun conociendo sus tragaderas, solo equiparables a su corrupción, las que viene demostrando frente a Marruecos en los últimos años resultan excesivas incluso para el PSOE. La cosa da que pensar. Cuando, en su momento, Moratinos habló de Marruecos para referirse a Ceuta y Melilla, incluso los peor pensados dieron por hecho que al ministro le había traicionado el subconsciente. Pero la reciente reincidencia del portavoz parlamentario del PSOE, el señor Alonso, entendiendo como visita a Marruecos, la presencia de Aznar en Melilla, arroja una terrible sospecha y provoca algunos interrogantes, por ejemplo, ¿por qué el PSOE insiste en referirse a Ceuta y Melilla como territorio marroquí? ¿Acaso haya pactado la cesión de nuestra tierra al enemigo y esté preparándonos para el nuevo escenario?

Lo cierto es que Marruecos trata a España con una insolencia insultante. Mientras, Zapatero, le responde con multimillonarias subvenciones, que no hacen sino ofender los recortes que legisla para los españoles. Da la impresión de que Marruecos tenga prisa por cobrar una deuda pendiente, tanta como para no poder esperar a un posible cambio de gobierno, y que el PSOE de Zapatero trate de pagársela a plazos. Ahora bien, la pregunta es ¿cuál es esa deuda contraída por Zapatero? Alguien sibilino y mal pensado podría entrever que el tirano Zapatero tiene mucho que agradecer del tirano marroquí ¿por qué razón? Alguien sibilino y mal pensado podría cifrar el favor, no en una, sino en doscientas razones. Alguien sibilino, claro. Y mal pensado, por supuesto. Por cierto, ¿qué sucedió el 11-M? Qué gran incógnita.

No lo duden amigos, el mayor enemigo de España está entre nosotros; vive y yace con nosotros; Marruecos es nuestro enemigo, cierto, pero no el mayor. El más íntimo enemigo de España tiene unas siglas: PSOE; y un nombre propio: Zapatero. O España extirpa este cáncer a la mayor prontitud, o la metástasis terminará con ella.


Zapatero no conquistará Madrid


Tomás Gómez no tiene quien le quiera, al menos en la dirección del PSOE. Detenta el apoyo de las bases, de la mayoría de los cuadros y militantes socialistas madrileños, lo cual en democracia debiera ser suficiente. Pero qué significa eso en un régimen presidencialista como el del PSOE donde –al igual que sucede en el PP- la democracia interna se reduce a ser ungido por el dedo del líder. Absolutamente nada.  La resistencia del Secretario General del PSM a abandonar su candidatura es muy digna, pero está condenada al fracaso. Su suerte está echada. Lo estaba desde hace tiempo. Pero cuando Zapatero recientemente advertía que no quería numantinismos en “su” partido, todos sabíamos a quien se dirigía. La candidatura de Trinidad Jiménez ha terminado de aclarárselo.

Y, sin embargo, a Gómez no le faltan motivos para protestar. Quienes hoy le instan “amablemente” a que encienda su propia pira funeraria son los mismos que hace un par de años le auparon al cargo que hoy ostenta; solo que entonces creían en él. Pensaban sinceramente que sería el terminator de Esperanza Aguirre; quien saldaría las cuentas pendientes que les dejó el tamayazo, devolviendo al PSOE el poder usurpado. También Gómez debió creerlo así, de ahí que dejara su cómoda posición en la alcaldía de Parla.  Pero hoy las cosas han cambiado. Las encuestas mandan, son el share de la política, las que determinan quienes deben ser eliminados del prime time de la palestra política. Y a lo que se ve, en ellas Tomás Gómez sale muy mal parado. Tanto como para ser nominado por su partido sin ni siquiera haberse presentado.
 
La cosa es que habrá primarias, una excelente fórmula para dirimir la pluralidad interna de un modo democrático –ya podría tomar nota el PP-, si no fuera por el uso y abuso sainetesco que el PSOE ha hecho de ellas. La estrella refulgente será Trinidad Jiménez, tan favorita hoy de Zapatero como otrora lo fuera de Felipe González. Siendo más telegénica que Gómez, y mujer, un aspecto que hoy cotiza al alza en el mercado político, pero sobretodo mucho más conocida por el ciudadano de a pie, es razonable que las encuestas la quieran más que a su oponente.  Ella es la urgente candidata oficial del aparato zapateril para destronar a Esperanza Aguirre.

Y es que la Presidenta de Madrid está siendo un hueso duro de roer para Zapatero.  Mucho se burlaron de ella en la sede de Ferraz: la Margaret Tatcher española, ironizaban. La subestimaron. Hoy ya no se burlan, tampoco ironizan, y mucho menos la subestiman. En el PSOE empiezan a temer que la “lideresa” se convierta, al igual que Gallardón, en un oponente imbatible. Todo un problema para un PSOE que más que un partido es una conspiración para alcanzar el poder. La consecución de la plaza madrileña es una cuestión nacional para los socialistas; facilitaría tanto las cosas para el mantenimiento de La Moncloa que no es extraño que Zapatero haya recurrido a Trinidad Jiménez como último y desesperado recurso para doblegar a su rival.

Solo que aún le queda un escollo que superar: Tomás Gómez. Ni siquiera él, el todopoderoso Zapatero, el tirano que malgobierna España, ha logrado evitar la rebelión. Si las primarias se celebraran hoy, a buen seguro, Gómez arrasaría a Trinidad Jiménez. Pero ya verán cómo cambian las cosas en las próximas semanas, a poco que el aparato de Ferraz ponga a funcionar la máquina. El Secretario General del PSOE en Madrid es un cadáver político. Ha osado desafiar al líder; no tardará en sufrir las consecuencias. La duda es cuántos cuadros del PSM querrán inmolarse junto a él. Hoy, en su mayoría aseguran respaldarle, pero en política la caída en desgracia no suele encontrar compañeros de viaje, al menos no voluntariamente.

Gane quien gane en las primarias, de lo que no hay duda es que el gran vencedor será el PP. Y todos nosotros. Sería de malnacidos no agradecer al PSOE el inesperado y divertido show estival que nos está brindando. Por cierto, de igual modo agradeceríamos a Zapatero que predicara con el ejemplo. Si, tal y como asegura, no desea posiciones numantinas en su partido, el primero que debiera irse sería él. España bien puede prescindir del tirano. No caerá esa breva.


Imbéciles

El terrorismo islamista ya tiene su canal televisivo en España. Emitirá desde Tres Cantos, lo que no es óbice para que  haya adoptado el nombre de Córdoba, ya saben, por aquello del califato. Está visto que a esta gente les pone lo de Córdoba. Les pone a tope. Prueba de ello es que la nueva supermezquita que el Islam está construyendo –no se lo pierdan- junto a los restos del World Trade Center –suponemos que para regocijarse de aquella “gloriosa” página que escribieron un 11-S con la sangre de más de 3.000  inocentes- recibe el sugerente nombre de “Iniciativa Córdoba”. Desde luego, estos tíos saben muy bien lo que quieren. A diferencia de nosotros, que no sabemos ni de dónde venimos y, mucho menos, a dónde vamos, ellos sí tienen muy claro su destino.

Con frecuencia, escuchamos decir que el Islam no ha avanzado desde la Edad Media;  que, como entonces,  sigue afincado en el s. XV, su particular siglo de la marmota. Esto lo pensamos y lo decimos los europeos, o sea, nosotros. Lo afirmamos con arrogancia, con la superioridad que nos concede el haber creado la idea democrática; y el haberla llevado a la práctica, lo cual era más complicado. Nos jactamos también de haber interpretado como nadie la libertad. Y es cierto. Ahora bien, en algún punto del camino la cosa se jodió. Quisimos perfeccionar la idea de libertad, deconstruyéndola pero ¿qué es lo que conseguimos? Joderla. Joder la libertad, jodernos a nosotros mismos y, en suma, joderlo todo.

Pues ¿es acaso una extensión de la libertad legalizar un partido islámico, que no tiene otro objetivo que borrarnos del mapa por aquello de ser “infieles”?  ¿En virtud de que lógica puede concebirse como libertad la concesión de derechos televisivos a quienes se servirán de ellos para propagar el odio, el radicalismo, y su esencial idea totalitaria y terrorista de la vida? Solo los fanáticos puede interpretar la libertad de tal modo. Aunque no duden en calificarse como demócratas. Pues tan factible es el fanatismo democrático como lo es el totalitario. Tan perverso lo es el uno, como el otro. Me atrevería a decir que tanto más destructivo, por sibilino, el primero.

¿Acaso no nos aterra ver en nuestras noticias cómo en los países islámicos se lapida a la mujer adúltera. ¿Qué sentimos tras asistir a imágenes de delincuentes comunes o  disidentes pasados por la horca? ¿Qué pensamos de la inhumanidad del burka? Todo ello nos resulta anacrónico, y lo es, pero a la vez tan lejano que no nos preocupa demasiado. Y sin embargo, quienes defienden tales cosas ya están aquí. Ya llegaron. Y han llegado para quedarse. Es a esta gente a quienes concedemos nuestra libertad. Sin embargo, la libertad es un privilegio. Y como tal, únicamente cabe otorgarlo a quien desea disfrutarlo, nunca a quien se sirve de él para domeñarlo. No se puede ser más imbéciles.


El islam nos conquista ¿y qué hace España?


El Islam se apodera de Cataluña. Nos advierte de ello la Fundación España y Libertad, una de las pocas organizaciones que en este país conserva los arrestos suficientes para denunciar lo que otros callan. ¿Han visto cómo rezan los musulmanes en las calles de Cataluña? Estremecedor. Sin embargo, no es nada en comparación con lo que será. Hoy Alemania, mañana el mundo, cantaban hace décadas las juventudes hitlerianas. Hoy Cataluña y mañana Al Andalus, cantan hoy los inmigrantes musulmanes. Ayer no se atrevían a rezar en la calle porque eran cuatro. Pero hoy la cosa ha cambiado. Hoy los islámicos empiezan a ser multitud, al punto de haber cuadruplicado su población en Cataluña. De ahí que no se corten. Son muchos, pero mañana serán más. Para eso están los vientres de sus mujeres, tan sumisas como excelentes paridoras. Ahí las tienen produciendo niños a destajo. Pequeños islamitas totalitarios, que no tardarán en decirle a los nuestros lo que tienen que pensar y lo que tienen que rezar. No me tengo por profeta pero ese es el futuro que nos espera si no hacemos nada para remediarlo.

Verdaderamente, los musulmanes tienen mucho que agradecer a Alá. Deben darle gracias por el milagro. El milagro de que existan seres primarios y necios como los españoles. Tan primarios como para subvencionarles la educación, la sanidad, la vivienda y, por supuesto, el nacimiento de sus hijos. Tan necios como para pensar que todos estos recursos no los explotarán contra nosotros.  Ahora, incluso, les legalizamos un partido, el primer partido islámico de Europa. Ochocientos mil musulmanes podrán votar en las próximas municipales. Qué grandes somos. Lo habitual es culpar a las elites de todos los males. Y en buena medida lo son. Son las elites económicas y políticas las que nos metieron en este atolladero. Las  mismas que ahora se muestran incapaces de sacarnos de él. Aunque tampoco lo pretenden. Querían una mano de obra barata y ya la tienen. Querían acabar con la cohesión social y lo han conseguido. Ahora que sea el pueblo español el que se las apañe.

España, es cierto, tiene la peor clase política de Europa. Está entre las más corruptas y es, con diferencia, la más analfabeta del continente. Pero con todas sus carencias, ha sido lo suficientemente activa como para sacar el mayor provecho de sí misma. No solo ha sabido multiplicarse, sino también erigirse en casta. Fíjense en Cataluña, su clase política es de lo más repugnante. Se debate entre el totalitarismo de los unos (gobierno tripartito y CiU)  y la pusilanimidad de los otros (PP). Y sin embargo, si están ahí es porque el pueblo los ha elegido. No nos engañemos, mucha culpa de lo que sucede en España la tiene el pueblo español. Los políticos le mienten, le roban, le arruinan, y aun así es incapaz de decir esta boca es mía. Con la inmigración sucedió lo mismo. Le hablaron de solidaridad, de tolerancia, de integración y todos estos vacuos términos los asumió como dogmas. Hoy empieza a darse cuenta de que la cosa tal vez no sea como se la contaron. Que si el país sigue el mismo rumbo, terminará por ser un pueblo extranjero en su propia tierra. Con todo, buena parte de los españoles siguen mirando para otro lado, ignorando que, lo quieran o no, más pronto que tarde la realidad se interpondrá en su camino. Solo que quizás entonces ya sea tarde. ¿Es España un pueblo de cobardes? No lo creo, nunca lo fue. Simplemente, está dormido, aburguesado. Pero, o despierta ya, o en los próximos años se verá orando en dirección a la Meca. Por lo pronto, cinco mil españoles ya son neoislámicos. Joder, qué pena.


Carrillo ¿asesino o humanista?


Carrillo llega dándonos lecciones de urbanidad. Y hasta de democracia. Él, un asesino. O presunto, vaya. Que tengamos que escuchar de su boca, con aliento a sangre, que los fascistas gobiernan en España tiene gracia. Lo de gracia es un decir, por supuesto. Seguro que las miles de víctimas que dejó en las cunetas de Paracuellos del Jarama no se reirían tanto, si lo escucharan. Es más, si supieran que quien presuntamente ordenó su holocausto, sigue vivito y coleando, hasta el punto de permitirse el uso de la palabra, se volvían a morir.

Sin embargo, hay que decir que a Carrillo no le falta razón cuando afirma que los fascistas vuelven a mandar en España. De hecho, llevan ya seis años mandando. Bueno, lo de mandar es un decir, seamos sinceros: malgobernándonos; demostrándonos que sus dotes para tiranizar a un pueblo no tiene límites; acreditando que, si se lo proponen pueden robar más y mejor  de lo que lo hicieron sus predecesores de partido, allá por los años ochenta; arruinando a los miles de trabajadores que les votan; y sin terminar de aclararnos qué es lo que sucedió el 11-M, que esa es otra.

No cabe duda que la experiencia del PSOE en fascistizar el país es incuestionable. Ahí están los Largo Caballero, los Indalecio Prieto... Qué gran año, aquel del 34, cuando tras ser esquilados democráticamente, decidieron echarse a los montes de Asturias a golpe de fusil para implantar su añorada dictadura del proletariado en España. Aunque para fascistas los del PC, vamos los de Carrillo. Solo con pensar en los gratos momentos que debe pasar este Matusalén evocando aquel año del 36, se me hacen los ojos chiribitas. Qué plácidos, aquellos  amaneceres… de “paseos”; aquellos tórridos anocheceres… de “cunetas”. Eran otros tiempos. Tiempos de paz; a golpe de hoz y martillo; siega que te siega. Tiempos de amor; a golpe de fusil; mata que te mata. Cuánto pacifismo, cuánta añoranza, cuánta emoción contenida ¿eh, Santiaguín?

Pero, a decir verdad,  Santiaguín ya no está para muchos trotes; no es lo que se dice un zagalillo. Andará en los cien o ciento veinte, no sé, año más, año menos… Ya saben eso de que bicho malo nunca muere. Sin embargo, aún le quedan fuerzas para hablar, y hasta lo hace en términos pedagógicos, como sentando cátedra.  Y hasta escribe libros. En el último, creo que realiza semblanzas de sus amigotes. Reconozco que no lo he leído, pues soy poco selecto en mis hábitos literarios, pero supongo que hablará de La Ibarruri, el  Líster, el Campesino, Pepe Stalin y otros tantos humanistas. Como él, claro.

PD: Disculpe el lector si el tono del artículo puede sonar a choteo. Pero cómo digerir en serio, tamañas chorradas. Viniendo de quien viene… Requiestat in pace.


El islam y el socialismo traidor

El Islam no me resulta simpático, lo reconozco. Lo digo para que quede plena constancia de mi subjetividad en esta cuestión.  No me gusta el Islam porque la sumisión de su significado nos indica la verdadera dimensión de lo que persigue. Me indigna que se le llene la boca hablando de libertad de expresión para, en su nombre,  imponer la mordaza. Me repugna escucharle invocar el estado de derecho para, en su virtud, conculcarlo. Me irrita que exija la tolerancia para sí,  cuando resulta proverbial su intolerancia para los demás. Por un lado, exige el derecho a portar  velo y por otro amenaza de muerte a los creadores de South Park. Ni le gusta la democracia, ni la asume como suya, tampoco lo insinúa, sin embargo, saca buen provecho de ella. Vaya que sí.

 El Islam, exige y exige, pero no da nada a cambio. Esa es su máxima. Alguien, le podría oponer que, contra el vicio de pedir, está la virtud de no dar; que para exigir el cumplimiento de las normas, primero hay que acatarlas. Se le podría oponer eso y mucho más, pero nadie lo hace porque nadie se atreve. Mucho menos desde las instituciones. “Están todos acojonaos” que diría el castizo. Sobre todo, esta progresía nuestra que clama contra el crucifijo, pero carece de bemoles para alzar la voz contra la media luna. Es indudable que el enemigo vive en nosotros, y no siempre es islámico.

El Islam ya demostró en España lo que daba de sí. Fueron ocho siglos de enseñanza. Y de invasión. Hoy alabamos sus avances en el arte de la medicina, en el de la agricultura, pero nos olvidamos de que su especialidad, aquella donde más y mejor acreditó su maestría, fue la de la cimitarra. En esas lides sí que acreditó arte. La paradoja es que tuviera que ser un traidor, Don Julián, quien les abriera las puertas en el siglo VIII, y múltiples los traidores que se las han vuelto a abrir trece siglos después. Señorito aquel y señoritos estos. Porque lo cierto es que el Islam en España era testimonial hace tan solo una década. Si hoy son legión es porque así lo quisieron los incapaces que llevan lustros gobernándonos. Ellos fueron quienes consintieron esta invasión “pacífica”. Nos dijeron que su mano de obra era tan necesaria, como positiva su aportación cultural. Esa es la burra que nos vendieron y que el pueblo español, siempre corderil, le compró sin pestañear. Desde entonces, nuestra casta política ha hecho todo lo que estaba en su mano para que los islámicos se sintieran en su casa: se  les ha pagado vivienda protegida –privando de ella a muchos españoles que tanto o más la necesitan y que debieran contar con derecho preferencial como sucede en buena parte de los países de nuestro entorno; derecho a sanidad gratuita, plazas en colegios concertados…Todo en nombre de la discriminación positiva, un eufemismo que, ahora, la corrección política ha matizado, llamándola acción afirmativa. Y a costa de los Presupuestos Generales, que para eso pagamos impuestos. Faltaría más.

La comunidad islámica vive como quiere en España. Pero no se conforma. No lo hará hasta que consiga su objetivo, y éste pasa por gobernar en nombre de Alá, de ahí que su presencia en España la plantee como una guerra permanente. Su objetivo es hacerse con el Al Andalus, su patria lo llaman. El derecho a llevar velo en un centro docente, aunque sea contraviniendo las normas del mismo, no es más que una batalla. Un nuevo desafío a nuestro Estado de Derecho, que ganarán, al igual que ganaron otros anteriormente. Son conscientes de nuestra debilidad y actúan en consecuencia. Hacen bien, pues para ellos no somos sino el enemigo, al que tarde o temprano vencerán.  El tiempo corre a su favor y lo saben.

 Hoy en toda Europa comienzan a darse cuenta de la bestia que han introducido en sus casas. Menos en España. Aquí vamos siempre por detrás, no en vano somos los más tontitos de la clase. Además ¿quién habría de pararle los pies? ¿los vendepatrias del PSOE? ¿Acaso no son los socialistas sus socios preferentes? ¿Habrá quien dude a estas alturas de que existe un pacto tácito entre la comunidad islámica y el PSOE? “Mi patria a cambio de vuestro voto”, bien podría ser esta una de las cláusulas. En el PSOE están acojonaos pero no renuncian al voto islámico. Al menos el ISLAM actúa en función de los intereses de su religión. Pero y ¿el PSOE? ¿En nombre de qué intereses obra? Vaya pregunta. Como si no la supiéramos de sobra.



Hablemos del clero vasco

Es jodido vivir en el País Vasco. Lo es para el hombre libre, que no gusta de imposiciones totalitarias; lo es para el demócrata, por razones obvias; y lo es también para el católico. No, claro está, para ese católico provinciano y de txapela -con todo el respeto para la prenda-, que ofrece una mano para recibir la comunión diaria, mientras jalea con la otra la caza del maketo y del txacurra de tricornio. No, para éste la cosa no está jodida. Ni la vida. Lleva décadas haciéndoselo a cuerpo de rey, transitando entre la iglesia, el frontón, el batzoki y, algún que otro domingo, la herriko taberna; pues tampoco hay por qué hacer ascos al aberzalismo etarra; al fin y al cabo no deja de ser ese hijo pródigo que si bien, de cuando en cuando, resulta algo brusco en sus formas, comparte con ellos su mismo anhelo: “independentzia”. Bendita palabra. Loado sea Dios.

El lector comprende perfectamente que no es éste el católico que sufre su fe cada día en el País Vasco. No es el feligrés de ignorancia paletil quien lo pasa mal, sino el que profesa fe sincera y convicciones permanentes; el que solo cree en una iglesia católica, porque solo puede haber una susceptible de llamarse así: la universal. Este sí que tiene la cosa mal. La cosa y la vida.

Porque a poco que se descuide, viene un hijo de puta y se la siega a hachazos. No tanto por católico, como por ambicionar ser libre. Y es que el verdugo siempre lo ha tenido fácil en el País Vasco. A diferencia de su víctima, aquel sabía que contaba con la venia y la bula eclesial. Y eso como el red bull, da alas. Por supuesto, no hablo de la iglesia universal de Benedicto XVI- no confundamos- sino de la vasca; que es más grande, más verdadera, más nacionalista, por ende, más totalitaria y, por encima de todo, infinitamente, más comprensiva.

Seamos sinceros: nunca, en ningún lugar, el terrorismo ha gozado de tal grado de comprensión como el que le ha tributado el clero vasco bajo el báculo de los setienes y los uriartes. No así sus víctimas, quienes durante muchos años, sobre todo si llevaban uniforme, se vieron obligadas a enterrar a sus muertos fuera del País Vasco, desamparados por unos pastores, que aun siéndolos de Dios, se negaban a oficiar sus funerales en sus iglesias. Al parecer, las víctimas no les merecían el mismo grado, no ya de comprensión, sino de respeto que los verdugos; suponemos que por españoles -pecado imperdonable- y por cipayos. Una actitud a todas luces poco cristiana que, sin embargo, no hizo remorder sus conciencias pastorales. Aun hoy uno no alcanza a comprender cómo siendo Hijos de Dios, diciendo proclamar su palabra, podían llegar a resultar tan hijos de puta. Pero así eran las cosas. Y así siguen siendo. Aunque quizá comiencen a cambiar ahora.

Produce vergüenza propia y ajena observar la displicencia, no exenta de odio, con la que la iglesia guipuzcoana ha recibido el nombramiento del nuevo obispo de su diócesis: Monseñor Munilla. No lo quieren, y no lo ocultan. Antes al contrario, reconocen que su designación les ha causado “dolor e inquietud”; un dolor y una inquietud que, está visto, no les provoca el apartheid al que es sometida la mitad de la sociedad vasca no nacionalista. Poco les importa. La raíz del problema estriba para ellos en que el obispo Munilla no es nacionalista. Lo cual resulta tan incomprensible como intolerable. Afortunadamente, los fieles no parecen opinar del mismo modo, de ahí la clamorosa ovación que rindieron a su nuevo obispo durante su primera homilía. Por cierto, según las crónicas, Setién estuvo ausente. No puede ser. Hay quien dice que estaría poniendo velas: una a Dios y tres al Diablo. Además, si como aseguran las malas lenguas el Diablo siempre está presente...



Contra Gallardón

Les voy a confesar un secreto. No me gusta Gallardón. No se qué tienen sus palabras, pero el solo hecho de oírlas, ya ni siquiera escucharlas, me provocan una terrible urticaria. Bien es cierto que esta reacción no llegó de buenas a primeras; que se fue incubando poco a poco, hasta que el mal se hizo crónico.  Sin embargo, esto no siempre fue así. Hubo una época en la que lo admiré. Una época en la que como yo, miles de jóvenes liberal-conservadores vieron en Gallardón la gran esperanza blanca del partido popular. Aznar, gustaba, claro que sí. Pero Alberto, iba más allá: encandilaba. Sus discursos eran vibrantes y brillantes. Lo eran de forma, pero también de fondo. Siempre tenía algo que decir, y sabía como hacerlo. Nunca había gobernado, pero eso lo hacía más atractivo a nuestros ojos. Cuando consiguiera llegar al gobierno, la libertad se resarciría de todos sus fracasos. Estábamos convencidos de ello ,vaya que sí.  Había conseguido superar  a Leguina, aunque  no con la mayoría absoluta que precisaba. Que más daba. Tarde o temprano llegaría el día. Porque todo llega. Al menos eso es lo que se suele decir. Yo no lo creo, fíjense en Rajoy. No sería capaz de descabalgar a Zapatero del poder ni a cañonazos.

Pero hablábamos de Alberto. Él era otra cosa. Se sabía caballo ganador y ganó. La cuenta atrás había terminado. Era la hora de gestionar Madrid. De plasmar el pensamiento en acción; de transformar las palabras en hechos. Y lo hizo. Pero no de la manera que pensábamos. Su gestión lejos de ser popular, lejos de ser liberal, se encaminó pronto hacia el socialismo. Seguía revistiendo sus discursos de bellas pretensiones liberales, incardinadas en la  tradición conservadora, pero sus hechos las desmentían tozudamente. Una y otra vez. Hasta que la esperanza devino escéptica y la ilusión culminó en una profunda decepción. Ahora lo sabíamos: Gallardón no era como pensábamos que era; es más, no era quien pensábamos que era. Si nos agradaba, no se debía al almibarado encanto de sus palabras. Pura retórica. Nos decía lo que queríamos oír  y punto. No precisaba seducirnos porque estábamos abducidos. Eramos el núcleo duro de la secta, los verdaderos creyentes. Tan jóvenes como cándidos idealistas: carne de cañón. Queríamos creer porque lo necesitábamos, nuestras ideas eran válidas y lo siguen siendo. Pero sucede que  habíamos equivocado de persona. Entonces lo tuve claro: Alberto no era uno de los nuestros.  Nunca lo había sido. Lo sobrestimamos, del mismo modo en que hoy lo hacen los miles de ilusos que lo votan, aunque se tapen la nariz cuando introducen su nombre en la urna. Gallardón era un político cualquiera. Un arribista de tantos. Toda una vida viviendo, chupando o, como diría Tom Wolfe, mau-mauando al parachoques; tirando de los presupuestos del Estado, de nuestro dinero; estrujando a la malparada clase media con nuevas tasas para satisfacer sus más íntimas ambiciones, sus desmesuradas ansias de poder.

Pese a todo, aún hay quien incomprensiblemente lo considera buen gestor.  Qué osados ¿Buen gestor quien a los seis meses de ser elegido ya se había pulido las saneadas cuentas que heredó de Álvarez del Manzano? ¿buen gestor quien ya había hecho otro tanto con la Comunidad de Madrid? Que le pregunten a Esperanza Aguirre lo que se encontró debajo de la alfombra cuando llegó a la Puerta del Sol. Deudas y más deudas. ¿Es buen gestor quien en la peor crisis de las últimas décadas se dedica a saquear a sus ciudadanos inventando nuevas e innecesarias tasas? ¿Quien ha convertido a la policía municipal en una máquina recaudadora de dinero, a la manera de los viejos publicanos romanos? ¿Buen gestor quien en poco menos de seis años ha triplicado la carga impositiva de los madrileños convirtiendo a la capital en la más endeudada de España? Solo un necio puede tragarse ese sapo. Un necio... o un bastardo, pues tengo para mi que Gallardón, Alberto para los amigos, es el gran tapado, tanto de la izquierda caviar como de derecha salmón; el favorito de Cebrián and Company para cambiar definitivamente el Régimen pseudo-democrático que, más que disfrutar, padecemos. El político popular ha sido siempre generoso y leal con el grupo PRISA, tanto como desleal a su propio partido y votantes. Nada parece indicar que la tónica variara en exceso si Gallardón llegara a La Moncloa. Además mataría dos pájaros de un tiro, pues  ¿quién duda de lo que sucedería en el PP con Gallardón al frente? Háganme caso, Gallardón no es una buena solución. De hecho es la peor de todas. Nefasto fue en la presidencia de Madrid,  y  nefasto resulta como alcalde. A los hechos me remito. ¿Lo ven? Gallardón no me gusta. No digan que no se lo advertí.


Del bandolerismo al zapaterismo

La bolsa o la vida. Esa era la oferta. Es posible que los términos de la misma nos resulten en exceso expeditivos. Pero hubo una época en la que no quedaba otra. No, si tenías el infortunio de que un bandolero se interpusiera en tu camino. Hoy al cobro en carretera nuestros administradores públicos lo han dado en llamar peaje. Entonces no sabían de esas sutilezas. Cierto que se podrían establecer matices: el viajero hoy no ignora lo que va a pagar por cada tramo de carretera que recorre, mientras que en aquel entonces el precio era incierto: variaba en función de la voluntad del bandolero que, por lo general, solía ajustarse a la bolsa del viajero. Por lo demás, las cosas no han cambiado tanto: No ha variado la metodología de la coacción. Hoy, al igual que ayer, ésta la fija, unilateralmente, la parte dominante, llámese bandolero, llámese político, preferentemente socialista. Por supuesto, que también los hay del PP. Ahí tienen a Gallardón, a quien  no le han temblado las gafas a la hora de restaurar la franquista tasa de basuras.  En plena crisis. Pero no deja de ser el verso suelto que confirma la regla. En el arte del peaje -o del pillaje- de la tasa o del tributo, la habilidad socialista sigue siendo proverbial.

En cuanto a la justificación del bandidaje -como la del impuesto- transcurre por los mismos cauces de siempre ¿cuántos salteadores de caminos no avalaron sus delitos so pretexto de repartir el botín entre los pobres? Después se lo pulían en tabernas de baja estofa, entre vino y putas. Ahí quedaban sus intenciones iniciales. Hoy los sátrapas socialistas, no roban a golpe de trabuco, sino de tributo, que es más resultón y también más legal, pero tan coercitivo como aquel. Lo hacen -dicen- sin otro  afán que el de redistribuir la riqueza que recaudan a los ricos para dársela a los pobres. Mienten, como siempre. Si la cosa fuera así ¿por qué eliminaron el impuesto sobre Patrimonio? No lo hizo el PP, sino el PSOE de Zapatero. Eso los ricos lo saben. De ahí que duerman tranquilos. Son conscientes de que, gobierne quien gobierne, nunca les afectarán las variaciones impositivas. Siempre seguirán estando por encima del bien, del mal y, por supuesto, de los impuestos. Además ¿para qué está la clase media, sino para pagar los excesos de quienes, una y otra vez, la saquean a mano armada, ya sea de trabuco, ya de tributo?

La subida de impuestos del Gobierno socialista es un hecho consumado. Salvaje y voraz –llamémosla por su nombre- pero necesaria para Zapatero. Consiguió el poder en las urnas. Pero si deseaba mantenerlo hasta el final de legislatura tenía que comprarlo. Y eso es lo que ha hecho. Temía un otoño caliente, y los sindicatos ya le han garantizado que será frío, previo desembolso. Precisaba del catalanismo, socialista e independentista, como sostén en el Parlamento y ya lo tiene. Tampoco ignoramos su precio. Es indudable que Zapatero ha perdido popularidad, y aquí es donde entran los desfavorecidos, esa nueva clase emergente que el presidente ha convertido en legión y a la que ahora trata de halagar con limosnas, aunque ello suponga privarles de la esperanza de conseguir un trabajo digno. Pero lo cierto es que Zapatero no quiere trabajo para ellos, y mucho menos digno. Los prefiere dependientes de su gobierno. Dependientes y agradecidos de sus limosnas. Lo suficiente como para que le sigan votando a pesar de su pobreza. Su voto será el peaje a pagar. Y lo pagarán. Así ha sido siempre y así seguirá siendo mientras haya un socialista gobernando. Alcen la mirada a Venezuela, Bolivia o Ecuador. ¿Que sería de Chaves, Morales o Correa si no existieran millones de desfavorecidos? Los necesitan como el comer. Cuantos más pobres haya, mayor cantidad de dependientes. Al fin y al cabo, la riqueza y el poder de estos tiranos son directamente proporcionales a la pobreza de sus pueblos. Toda una paradoja ¿verdad? Pues allí es a donde apunta Zapatero.

España es cada vez más pobre. Y más que lo será cuando se hagan visibles los efectos de la  nueva tributación. El gobierno socialista, incrementado el IVA, está penalizando el consumo; con la subida del IRPF penaliza el trabajo; y con el incremento de la tributación sobre el capital, castiga el ahorro. ¿Qué nos queda, entonces?  Durante seis años Zapatero no ha cesado en su empeño de saquear la dignidad de los españoles. Y ahora que cree haberlo conseguido, insaciable, desvalija nuestros bolsillos. Tengo para mí que no hay tanta diferencia entre el bandolerismo y el zapaterismo. A la postre, la opción sigue siendo la misma que antaño: o la bolsa o la vida.  O socialismo o muerte. Qué fácil lo hubiera tenido Luis Candelas en nuestros días.


¿Han traicionado los sindicatos a los trabajadores?


El 1 de mayo tuvimos ocasión de verlos, con su parafernalia de siempre, ya saben: banderas rojas, hoces, martillos y tricolores republicanas. Son sus símbolos, que no los nuestros. Símbolos de división; tan caducos y trasnochados como quienes los portaban. Incapaces de renovarse, quizás por miedo a morir; inhabilitados para acomodarse a una sociedad que les es ajena, que les ignora, y que, cada día más, les repele, los sindicatos carecieron de escrúpulos a la hora de subir al escenario. Salieron nuevamente a escenificar su papel, como cada 1 de mayo desde hace décadas. Es el día en el que dicen representar al trabajador, el mismo en el que afirman conocer sus intereses y en el que fingen defenderlos. Es su mentira. La patraña del líder sindical, la del liberado, frente a la verdadera realidad del trabajador. La que les permite vivir a cuerpo de reyes durante los 364 días restantes.

Ciertamente, en esta ocasión fueron menos. Y es que sus convocatorias no son las de antaño; cuando lograban paralizar las principales capitales del Reino. Hoy los sindicatos no paralizan ciudades, ni siquiera de provincia. Si acaso interrumpen unas cuantas calles, durante el tiempo que se prolonga el show. Pero poco más. Pese a todo, su menguado número no les impidió incurrir en sus habituales lugares comunes. Así, arremetieron duramente contra los empresarios, y como era de  esperar, contra el PP. Lo cual sería lógico si el PP gobernara. Pero no gobierna. De hecho, ni siquiera ejerce de oposición. Y no termina ahí la paradoja. Lo verdaderamente sorprendente es que quien debiera haber sido objeto de sus críticas, el gobierno de Zapatero, se fue de rositas. Pese a ser el  más inútil e incapaz de cuantos gobiernan en Europa. Los números cantan: más de cuatro millones de parados y suma y sigue; a razón de nueve mil diarios. Datos dramáticos y aterradores, que tienen nombre y rostro, pero que no parecen inquietar a CCOO y UGT. Ahora bien ¿Por qué habría de inquietarles? A diferencia del común de los mortales, de los trabajadores que se han visto y se verán abocados al desempleo en los próximos meses, ellos no temen por su puesto de trabajo. Se lo garantiza el Gobierno con nuestro dinero, y nosotros con la servil indiferencia.

Zapatero requirió públicamente su cariño y los sindicales le han correspondido debidamente. Es el poder del dinero. El dinero bastardo con el que un gobierno indigno corrompe a unos sindicatos no menos despreciables. Tan indignos y despreciables como para postrar en el olvido ominoso a quienes debieran representar. Reivindican -o eso nos dicen- la aplicación de políticas sociales. Lo cual no es sino la reafirmación de las palabras de Zapatero: “Las políticas serán sociales o no serán”. Ya lo saben. Entonces, sin duda, no serán. Como no lo han sido hasta ahora. Y como no lo serán nunca. Al menos no mientras gobiernen los socialistas. Por el momento, en lo que llevamos de crisis, Zapatero se ha limitado a regalar el dinero de todos los españoles a los promotores de la construcción y a los banqueros. ¡Pobres! He aquí lo que nuestra izquierda entiende por políticas sociales.

Indudablemente, con ello el gobierno no hacía sino pagar los servicios prestados en el pasado y garantizarse los futuros. Lo repugnante es que lo hizo con el silencio cómplice de los sindicatos. Un silencio que no por esperado había de resultar menos sorprendente. ¿Qué iban a decir? Cuando quien gobierna es el PSOE, los sindicatos saben lo que les toca: callar y acatar ¡Ay si el gobierno de turno hubiera sido de derechas! Pero no lo es. Fieles vasallos de su señor, Zapatero, tiene motivos para no temer una huelga general. No de estos sindicatos. Y desde luego, no mientras sigan recibiendo su sustento de los Presupuestos Generales del Estado. Ahora bien, ¿hasta cuándo seguiremos tolerando esta iniquidad? Alguien debiera explicarnos, por qué después de treinta años de democracia, los sindicatos siguen viviendo de todos los españoles; por qué no son sus afiliados quienes con sus cuotas, se encargan de mantener a estos ganapanes. Esa es la verdadera realidad de los sindicatos. ¡Cómo no habrían de traicionar al trabajador!

Óscar Rivas Pérez
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