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...................................................Óscar Rivas Pérez Arzallus, el mismo perro con distinto collar Pero ya que hablamos de rarezas, lo tengo que confesar: a mí Arzallus me pone. Cada vez que le veo, le escucho o le leo, me sube la bilirrubina. Es verdad que tenemos a Urkullu y a Ibarreche. Pero no es lo mismo. A ellos, por ejemplo -ni siquiera este último- se les habría ocurrido decir que lo del Estado de Derecho no les va. Así, hala, tan abiertamente. Aunque lo piensen. Que lo piensan. A Arzallus, sí. Tampoco se habrían atrevido a afirmar, como él, que bien pudieran haber sido etarras. No termino de verlos. Muy burgueses para tanto trajín. Aunque, tampoco veo al expresidente del PNV con el pasamontañas. Que nos venga ahora con esas, tras toda una vida chupando del frasco presupuestario español y recogiendo nueces a la sombra del árbol de Guernica... Manda huevos. A buenas horas viene a proclamar sus irredentas pretensiones de independencia. Ya podía haberlo hecho antes, cuando vivía de la sopa boba política, y no ahora que goza de una suculenta pensión vitalicia, queremos creer que no en honor a los "servicios prestados a la patria”. Pero así es nuestro bellotari. Por eso no nos sorprende cuando afirma que los etarras, esos asesinos cuya valentía no trasciende del tiro en la nuca a bocajarro, o de la bomba lapa, manipulada a quinientos metros de distancia”, no son cobardes”. Ni cuando carece de empacho a la hora de añadir que " viven mal y están acosados". Es lo de siempre: ruindad moral e hipocresía a partes iguales. Si Arzallus justifica a los etarras es porque le interesa. Ni más ni menos.Sin ellos, a medio plazo, el PNV no tendría más remedio que cerrar el chiringuito; ese que montaron hace más de un siglo cuando a un demente desnortado se le ocurrió inventar un cuento para tontos ¿Pues qué son ETA y Batasuna, sino los tontos útiles del PNV? ¿Qué son, sino la porra bastarda, bien nutrida, por cierto, de castellanos acomplejados, tratando de ganar créditos de vasquismo? ¿Qué sería de Arzallus y del PNV sin ellos? ¿Quién les haría entonces el trabajo sucio? Que no nos tomen al pelo. Ha tiempo ya que jeltzales y abertzales comparten cubiertos en la mesa. Si los del PNV no van más allá, si no terminan de echarse al monte es porque no se atreven; porque son unos pijos; porque viven a cuerpo de rey, y, sobre todo, porque ya tienen quien lo haga. De ahí que para muchos no sean sino los mismos perros con distinto collar. Cuestión de criterios. Opinen ustedes. El discurso resultaba tan sesgado emocionalmente como carente de rigor, pero ahí precisamente residía su verdadero peligro: lejos de apelar a la razón succionaba el corazón. Tanto que a fuerza de repetirlo; de martillear nuestros tímpanos había logrado penetrar en miles de mentes. Hasta el punto de privarlas de la última gota de autonomía. Hasta el punto de eliminar los últimos residuos de pensamiento propio, y por ende, de libertad. Pero así es como hace fortuna el pensamiento único; el pseudo intelectualismo barato de Zapatero y su camada de manipuladores. Siempre encuentra incautos que hagan dogma de fe de sus mentiras. Es su particular ensayo sobre la ceguera. Pues dicen que no hay más ciego que el que no quiere ver. Y eso es lo que parecía haberle sucedido a muchos de nuestros compatriotas que, o no veían, o no querían ver una realidad que, ahora sí, comienza a escupirles en la cara. Sobretodo, a los más desfavorecidos; a quienes se ven obligados, no ya a convivir con abismos culturales poco predispuestos a integrarse, sino también a competir por unos derechos sociales de los que antes disfrutaban y que ahora acaparan quienes se benefician de la discriminación positiva, o sea, los inmigrantes. Este es el terreno que en los últimos años ha venido abonando el PSOE. Con sus regulaciones masivas, con su pasividad en los controles fronterizos, y no sin la connivencia silenciosa de una derecha que, solo en la última campaña comenzó a articular un discurso que sintonizaba con el sentir de la calle, la izquierda ha demostrado su reconocido dominio en el arte de la ingeniería social. Mientras el PP asumía sus complejos con sonrisa complaciente, el PSOE se dedicaba a diseñar un mapa electoral a su capricho. De manera paciente, pero no menos sibilina, allí donde las urnas rechazaban su presencia, allí el gobierno “depositaba” inmigrantes por doquier. Al punto de que hoy son las comunidades gobernadas por el PSOE las que menos padecen el rigor masivo de la inmigración. Contrariamente a lo que sucede en aquellas regiones en las que el PP cuenta con mayores índices de apoyo. Como coloquialmente se suele decir, mucha prédica y poco ejemplo. Pero así es el PSOE, persigue lo que quiere hasta conseguirlo, sin reparar en los costes, y mucho menos escatimando medios. Sin reparar en las vidas humanas que se quedarían en el mar; en los problemas de toda índole que generaría la llegada masiva de inmigrantes. Poco importaba. El PSOE quería votos al precio que fuera y los tendrá, le pese a quien le pese. Si el gobierno socialista ha depositado tantas energías en implantar masivamente una inmigración que hace una década era prácticamente inexistente; y todo en pro de la consecución de su voto, es porque sabe que su apoyo será mayoritario. Tampoco parece casual que haya elegido este preciso momento para anunciar la propuesta; y que ni siquiera se molesten en ocultar sus prisas por hacerla efectiva –la cifran para las autonómicas y municipales de 2011-. Sumida como está España en la peor crisis de las últimas décadas, parece lógico que Zapatero asuma los mayores costes electorales. De ahí que no haya tardado en solicitar consenso para llevar a cabo la exigible reforma electoral; un consenso que el PP ya les ha brindado, aunque con una condición: la reciprocidad. Una condición, si me lo permiten, tan irrelevante como carente de peso específico, pues ¿dónde está la reciprocidad si por cada español que vote en Ecuador aquí lo harán cien ecuatorianos? De cualquier manera –ya lo verán- será cuestión de tiempo que el PP se baje los pantalones. De hecho no faltan quienes, como Esperanza Aguirre, ya se han apresurado a dar su beneplácito a la propuesta. Nada extraño, habida cuenta que el discurso de la presidenta de la comunidad de Madrid es uno de los más proclives al fenómeno inmigratorio dentro del PP. No en vano, se desplazó hace un año a Ecuador para solicitar mano de obra. ¿Sinceridad o mero electoralismo? Sea la razón que fuere, se equivoca ella y los que piensan como ella. Ya lo advirtió Lenin “Los burgueses nos proporcionarán la soga con la que les ahorcaremos” Y tanto que lo harán. Cuestión de tiempo.
A FJL se le podrán reprochar en ocasiones sus formas, en ocasiones, incluso, su fondo. Pero lo que nadie podrá discutirle es su capacidad para generar pensamiento, opinión y, sobretodo, discrepancia. En una nación en la que el pensamiento único campa por sus respetos, a Federico hay que agradecerle su proverbial don para la disensión. Disiente de la izquierda como disiente de la derecha. Atiza a diestra y a siniestra, indistintamente, casi sin inmutarse; diríase que con gusto. Con razón o sin razón, pero siempre con razones; las que nacen de la libertad; las que provienen de la independencia. Precisamente, ahí reside el origen de todos sus males: la pasión con la que expresa la verdad, aunque sea la suya. De ahí que haya conseguido lo que nadie había logrado en este país nuestro: unir a la izquierda y a la derecha políticas. Aunque sea en su contra. A través de Gallardón –no podía ser otro- y merced, una vez más, al sometimiento servil –vaya papelón- de las instancias judiciales, la clase política deja a las claras lo que en verdad es: una auténtica casta. Una casta intocable, inexpugnable, que ve engrandecer su poder a marchas agigantadas. Naturalmente, en detrimento de la democracia. Pues solo a ellos se les permite lo que a los demás se veda. Pueden tirarse los trastos más pesados a la cabeza, que nunca se sentirán heridos en su honor. La injuria la reservan para los demás; para los ciudadanos de a pie y para los que, no siendo tan de a pie, como Federico, les cantan la gallina. Al fin y al cabo, ellos, los políticos, son los actores y a ellos les corresponde la reserva de admisión en ese emergente y exclusivo club que compone la nueva casta. Siempre hemos sabido que el talón de Aquiles de la derecha es su debilidad. Que su tradicional pecado no lo es tanto la acción como la omisión. En esta ocasión no ha sido así. Por una vez, y sin que sirva de precedentes, la derecha ha actuado. Pero lo ha hecho contra el objetivo equivocado; culminando la ofensiva que contra el locutor, años ha ya iniciara la izquierda. Escuchando a sus líderes diera la impresión de que se ufanan de ello, como el niño que se rebela por primera vez contra el progenitor. Federico les incomoda con sus verdades y por eso pretenden aislarlo. Creen haberlo conseguido. Se equivocan. Si alguien ha salido victorioso de este trance ha sido la izquierda. Y ello, sin mover un músculo. Ahora que ya sabe de lo que es capaz el PP para conseguir sus favores, que ha conseguido postrarlo a sus pies, la transición hacia el nuevo régimen será más cómoda. Hoy los enemigos de Federico que son legión, a derecha e izquierda, viven días felices. En cuanto a sus pretendidos amigos, los menos hablan, los más se ocultan tras los matorrales, a la espera de que se apacigüe la tormenta. De nuevo la derecha; de nuevo pecando por omisión. Sin embargo, la elección no ofrece dudas. Al menos, no para mí. Entre la traición y la incorrección política; entre la sumisión y el coraje; el olvido cómplice o la colaboración con las víctimas del terrorismo, opto por lo segundo: opto por Federico. Sus causas no siempre serán mis causas. Pero ésta la hago mía. A pesar de no haber cruzado con él más que unas cuantas palabras fugaces. A pesar del tiempo transcurrido: una década. A pesar…
María San Gil no se fía. Ni confía en el remozado Rajoy, ni mucho menos en esa corte sospechosa de la que se hace rodear el presidente. No le faltan motivos. Cuando sirviéndose de Lasalle, el nuevo inquisidor, el Torquemada ideológico –qué puede esperarse de quien no ha mucho señalara el modelo económico de China como referente a seguir- Rajoy quiso imponerle una mordaza de silencio, no ignoraba lo que estaba haciendo; sabía que cruzaba un nuevo Rubicón en su marcha dictatorial sobre Valencia; sabía que quebrantaba uno de los pilares irrenunciables del partido: su vocación nacional; y que con ello provocaría una nueva corriente de tensiones en una formación que anda sobrado de ellas. María se rebeló, como no podía ser de otro modo, sin que pareciera importarle al César. Porque lo cierto es que a Rajoy no se le ha visto muy quebrado tras el abandono de la dirigente vasca. No lo esperaba, de otro modo no hubiera retomado la ponencia antes de meterle el tijeretazo. Pero da la impresión que lo deseara. Incluso auguraba más desenlaces. Más víctimas, o sea. ¿Es María San Gil el nuevo cadáver del pistolerismo rajoyano? ¿La última mueca a marcar en la pistola del mandatario “popular”? No sería nada extraño, dados los nuevos vientos que corren en las filas del centro-derecha. Ni tampoco una novedad. Todos recordamos aquel triste día en que Aznar decidió pasar por la guillotina el pescuezo de Vidal-Quadras. Era el pago por haber conseguido que su partido, antaño minoritario, se transformara en alternativa de poder en Cataluña. Fue la exigencia nacionalista y la llave de acceso al poder. Aznar no lo dudó, y miren cómo está el PP catalán doce años después: casi testimonial y acuñando uno a uno, sin solución de continuidad, los postulados nacionalistas. Con todo, no es éste el histórico que Rajoy tiene en mente aplicar. No será preciso que se remonte una década. Sin duda, le resultará más gratificante evocar como referente el affaire Redondo. ¿Lo recuerdan? Tres días después de declarar públicamente su identificación con los principios de Nicolás Redondo Terreros, inequívocamente nacionales, Zapatero no dudó en cortarle la cabeza como Secretario General del PSOE en el País Vasco. Fue el hito que marcaría la defunción del PSOE como partido nacional, en aquellas tierras. Sin que para ello se precisaran imposiciones nacionalistas. Bastaron las ambiciones de poder a cualquier precio de Zapatero. Por encima de los principios, y por supuesto de las personas. Desde entonces el PSOE no es sino otra opción más de votar nacionalismo. Todo un ejemplo de honestidad e integridad ¿verdad Su Majestad? Y esto es en definitiva lo que pretende hacer Rajoy: federalizar el PP del mismo modo que Zapatero ha federalizado el PSOE. La clave es ganar a cualquier precio. Si para ello hay que volver a los años 30 y resucitar la CEDA, aquella derecha fantasmagórica, pues que así sea. En aquel entonces, Dionisio Ridruejo definió certeramente el engendro como la confederación de idiotas. No era para menos, ahora bien ¿Eso es lo que se quiere que sea el PP hoy? ¿Una derecha de baronías, de reinos de Taifa, en la que cada uno vele exclusivamente por los intereses particulares de su región, sin la menor vocación nacional? Se habla en estos días de la existencia de dos almas en el PP. Mentira. Únicamente hay un alma, y ese no es otro que el de María San Gil, Mayor Oreja, Arístegui y Vidal Quadras. Lo de los Rajoys, Sorayas, Lasalles, Feijoos y compañía, no es alma, tan sólo materia. No me extraña que María San Gil no se fíe de ellos.
Cuando apenas unas horas después del descalabro, Rajoy se apresuraba a anunciar la presentación de su candidatura a un congreso que él mismo estaba convocando, no ignoraba que jugaba con cartas marcadas. Sabía que partía con ventaja. Pues, habida cuenta del omnímodo poder de los aparatos partidistas en España ¿Qué político solvente osaría oponer su candidatura a la del presidente? Sería un suicidio. Además, no tardaría en ser estigmatizado por sus propios compañeros, anhelantes de ocupar un lugar a la sombra del líder. Fue entonces cuando lo entendimos todo: Habíamos subestimado a Rajoy. Lo habíamos elogiado tanto; habíamos valorado en tan alto grado su integridad, su honestidad, incluso su bonhomía, que llegamos a creer que era uno de los nuestros, o sea, un hombre normal, tan escasamente apegado al poder que, si las urnas así lo decidían, acabaría yéndose como llegó: discretamente, diríamos que hasta silenciosamente. Nos equivocamos. La realidad es que Rajoy no ha demostrado ser diferente a los de su casta. Podía haberse marchado como debía, esto es, convocando un congreso y prolongando su estancia como presidente hasta su celebración para dejar paso a otro. Pero no lo hizo. Antes al contrario, decidió optar por el camino cómodo; seguir la senda que hubiera tomado otro político cualquiera; aunque eso sí, no sin antes desquitarse de sus más evidentes rivales, o sea Gallardón y Aguirre. Como si ya tuviera su decisión preconcebida. En el fondo –hay que decirlo- Rajoy, ha acreditado ser un superviviente. Y gracias a su afán, todo apunta a que gozará de una tercera oportunidad. Lo cual no quiere decir que sus razonamientos nos convenzan. Veamos. Se agarra Rajoy, para justificar su continuidad, a los resultados. Éstos –nos dice- no han sido malos. De hecho el incremento de votos ha sido muy superior a los conseguidos por el PSOE. Cierto. Pero ¿no era previsible que el PP subiera teniendo en cuenta la que nos ha caído en los últimos cuatro años? ¿O habrá quien ignore que el candidato al que se ha tenido que enfrentar por segunda vez, ha presidido el gobierno más incompetente de la historia de la democracia? Y sin embargo, seguirá cometiendo desmanes. Al menos durante cuatro años más. Intentar, pues, ahora convencernos de que la victoria no era el único resultado admisible para Rajoy; que hay que conformarse con lo obtenido y seguir como si nada hubiera ocurrido, no es que sea una falacia: equivale a insultar la inteligencia de los millones de personas que el 9 de marzo acudieron a las urnas para votar al PP. Seamos francos: a Rajoy le han faltado redaños para asumir su responsabilidad y marcharse. Pero también para quedarse. Si realmente tiene la convicción de que los resultados justifican su continuidad al frente del partido. ¿Por qué no convoca primarias y renuncia a la presidencia? Es muy probable que, de esta manera, sí tuviera que oponer la suya a otras candidaturas alternativas, ya que todas ellas tendrían garantizadas unas condiciones de igualdad que no asegura el congreso. Además ¿No sería el mejor modo de conocer el veredicto real de los afiliados? Al menos sí el más democrático. Lo cierto es que, en ocasiones, parece que a nuestra derecha le diera alergia eso de la democracia interna. Como si no confiara en exceso en el buen criterio de sus bases. Es más, el PP se muestra habitualmente tan reacio a la hora proclamarse conservador que, no puede menos que chocarnos el excesivo conservadurismo que, sin embargo, derrocha a la hora de renovar sus engranajes; evitando dar rienda suelta a la libertad de sus afiliados. Lo dicho, creímos que ésta sería la ocasión propicia para abrir las ventanas y permitir que entrara aire fresco en la calle Génova. Pero nos equivocamos. Aunque también Rajoy.
Pese a todo, no faltaron quienes claudicaron una vez más al autoengaño; quienes apostaron por una respuesta constructiva.; quienes confiaron su espera a un debate de ideas, tan sano como necesario. ¡Cándidos!. ¿Qué habrían de esperar de los cuervos sino sus graznidos? A la palestra salieron los de siempre: el Gobierno y sus adláteres. Los Señores y sus siervos. Mantenedores y mantenidos. Con los mismos argumentos de siempre, o sea, con la descalificación y con el insulto. Subastando al mejor postor la falacia, pues nunca faltará quien se la compre. Traficando con la calumnia. En la mejor tradición goebbelsiana, a la que tan acostumbrados nos tiene nuestro socialismo patrio. Haciendo que una mentira, si se repite mil veces, acabe siendo verdad. Apareció Rubalcaba, el maestro del embuste, el burlador del 11-M. Él fue el más tempranero a la hora de arremeter contra Rajoy. El primero en acusar a la derecha de xenófoba. No sería el único. Más tarde lo haría su director de orquesta, nuestro ínclito presidente. Irresponsable de todo, responsable de nada. Zapatero llegó a pedir perdón ¿Por qué? ¿Acaso por los dos millones de ilegales que campan a sus anchas en nuestro país? ¿Por haber convertido, en apenas cuatro años, a España en el paraíso mundial de las mafias? No por cierto. Su desvergüenza no conoce fronteras. Como la de Peces Barba. Quien ayer se mostrara inmisericorde hacia las víctimas del terrorismo, hoy no duda en rasgarse las vestiduras ante la propuesta de Rajoy. De detestable la calificó. Pero así son las cosas con los progres. Hipocresía y demagogia a partes iguales. Que se lo digan sino a Sopena. Pijo entre los progres, pogre entre los pijos, las letanías diarias de este cura sin sotana –quizá agradeciera más que le llamásemos ayatolá- se han convertido en un referente para la progresía del momento. En su penúltimo arranque bilioso, Sopena acusaba a los votantes del PP de simpatizar con los neofascistas y con los neonazis .Acaso se estuviera retratando Rajoy habló de costumbres, cuando debiera haberlo hecho de valores. Pero se le entendió. Al mencionar aquéllas no se refería a la ablación de clítoris, ni a la desigualdad de la mujer, desde luego. Se refería al respeto por nuestra Constitución, por nuestras normas, sin velos, sin imposiciones. Con su reacción, el PSOE ha dado la medida de lo que realmente es; la izquierda más radical y reaccionaria de Europa. Ha acreditado que, lejos de solucionar problemas, los crea. Para nuestra izquierda –que nadie se lleve a engaño- el inmigrante no es sino carne de cañón. Un mero instrumento al servicio de sus intereses electorales. Papeletas de voto con el puño y la rosa impresos. Nada más. Gracias a los “nuevos ciudadanos” nuestro viejo socialismo aspira a perpetuarse en el poder. Pero está tan lejos de la realidad que no alcanza a comprender que, hoy por hoy, una gran mayoría de sus votantes suscribirían uno a uno los puntos propuestos por Rajoy. Ahora bien, ¿dejarán algún día de escuchar los graznidos de los cuervos? Ya veremos.
A buen seguro, el que más el que menos, en alguna ocasión, se ha repetido esta misma pregunta ¿Qué nos aportan los políticos? ¿Nos sirven para algo? Los más aristotélicos responderán que si la política es el arte de lo posible, en buena lógica los políticos debieran ser quienes hicieran posible lo imposible. Los no tan optimistas, algo escépticos, se conformarían con que los políticos se limitaran a solucionar, sino todos, al menos sí algunos de los problemas más acuciantes. Por último, los más libertarios –siempre refractarios a las pretendidas veleidades de la política- se sentirían aliviados el día en que los políticos desaparecieran de la faz de la tierra. “Si no eres libre, muere” que sentencian en New Hamspshire. Así las cosas, sucede, sin embargo, que la realidad suele mostrarse tozuda con aquellas teorías que, cuanto más amables resultan para la política y sus protagonistas, con mayor reiteración son desmentidas por los hechos. ¿Será preciso echar una mirada profunda a la situación que vive nuestra nación para darse cuenta de que ésta, en buena medida, cabe achacarla a la incapacidad de unos políticos que, no contentos con no dar solución a los problemas, han contribuido a crearlos? ¿A qué es debida tal incapacidad? ¿Quizá a su incompetencia? Sin duda, pero solo en parte. Si nuestra clase política -camino va de erigirse en casta- puede jactarse actualmente de algo es de ser, con diferencia la más iletrada de Europa. Observen a Zapatero, a Pepiño Blanco, o mejor, escúchenlos, léanlos... Sobran las palabras. ¡Quién necesita acudir a sus curricula, por cierto, la mayor parte de las veces maquillados, cuando no falseados! Lo que son habla tan fuerte que es imposible escuchar lo que dicen. Y esto en el primer frente de batalla. Porque si creen que lo han visto todo les invito a que se adentren en las profundidades de las administraciones autonómicas y locales de las principales capitales. Curioseen en las cavernas municipales, en los historiales académicos y profesionales de los concejales, de los consejeros municipales. Buena parte de ellos son analfabetos crónicos, sin posibilidad de enmienda. La realidad que se abrirá ante sus ojos les resultará tan espeluznante que, a buen seguro, les costará creérsela. Pero existe. En el caso de los socialistas -y aunque me joda decirlo- también de los populares. De los comunistas, qué decir, fueron siempre trogloditas, no van a dejar de serlo ahora que están en vías de extinción. Y en cuanto a los nacionalistas, de ellos y de su nacionalismo, ya sentenció Baroja: “se cura viajando”. No hay otro antídoto. Con todo, no está en la incompetencia, ni siquiera en el analfabetismo en el que se halla inmersa la clase política, la raíz del problema. ¡Cuántas veces en la historia la ausencia de cultura no se suplió con patriotismo, espíritu y voluntad! No, no es ésta la cuestión. Pues ¿cómo se explica sino que, siendo tan patente su inutilidad para representar a quienes les votan, se las apañen tan bien, sin embargo para sobrevivir de los presupuestos, para vivir del cuento durante décadas? No. Ni les mueve el patriotismo, ni las ideas impulsan las acciones. Si lo hicieran, otro gallo nos cantara. Sus querellas, esas que visten bajo la sutil apariencia de las ideas, raras veces trascienden de las ambiciones personales. En cuanto a valores ¿Qué decir? Los desconocen. ¿Qué dinamiza entonces sus actuaciones? Quién lo duda: Poder en primera instancia, y su inmediata consecuencia, los suculentos sueldos. ¿De que vivirían sino? Las escasas excepciones –véase el caso de Rajoy- confirman la regla. Entonces, surge la pregunta ¿tenemos lo que nos merecemos? Claro está. Si fuésemos romanos no les pagaríamos. Pero pudimos elegir y decidimos: renunciamos a la libertad. Más sangre derramada... y más hipocresía ETA ya puede respirar tranquila. In extremis, pero ha logrado cubrir los objetivos del año. Después de reiterados fracasos, de sucesivos intentos, en esta ocasión, los pistoleros no erraron. De nuevo, su plomo envenenado –el de ETA, ANV, PCTV y la madre que los parió a todos- logró atravesar la diana. Dos dianas. Inermes ambas, pero dos al cabo. Dos al precio de una. A modo de rebajas. Igual que sucediera hace once meses en Barajas. Aunque con un matiz. Las dos últimas víctimas tienen un sabor especial. El que más gusta a los etarras: ser guardia civiles. Aunque hoy muchos lo ignoran, hubo un tiempo en este país en el que matar guardias civiles era cuestión de oficio para un etarra. Y cuestión de grado para la sociedad. Por aquel entonces, la vida de todos no parecía tener el mismo valor. Como tampoco a muerte. Ser guardia civil o militar conllevaba ese riesgo. Atentar contra ellos era inherente a su profesión. Iba con el sueldo, o “le pagaban para ello”, se decía. Ahora bien, cuando el damnificado era un civil la cosa era diferente. Entonces, la muerte lo era de una víctima inocente, y por tanto, no tenía sentido. Así fue vista en un momento dado, la lucha antiterrorista por una parte de la ciudadanía. Y lo que es peor, por las instituciones. A quien quiera comprobarlo le remito a las hemerotecas. Conscientes de que esa sociedad era inmune a la muerte de representantes de las fuerzas de seguridad, los etarras decidieron dar un salto cualitativo en su estrategia. Total, para ellos el valor la vida de un guardia civil no era mayor que el de un txakurra -perro en euskera, así llaman los nazis vascos a la guardia civil-. ETA comenzó entonces a atentar contra políticos, más allá de las ideas. Como el impacto en la sociedad fue el esperado, socialistas y populares fueron cayendo como moscas. Entonces, la muerte comenzó a tener otro sentido para muchos y el mismo valor para todos. La sociedad y la clase política –con la exclusión, como no, de las fuerzas nacionalistas- entendieron que ETA era una lacra que había que extirpar cuanto antes. Así fue con Felipe González, quien no dudó en recurrir incluso a medios tan expeditivos como el GAL- y así ocurrió con Aznar, el más efectivo, sin duda. Pero todo cambió cuando llegó Zapatero. Con él la política antiterrorista tomó unos derroteros tan indignos como desconocidos hasta entonces. El actual presidente optó por negociar con ETA en el momento de mayor debilidad de la banda. Cedió y concedió hasta el hartazgo. Divorció a dos formaciones, PSOE y PP, que, en el apartado antiterrorista, estaban condenadas a entenderse. Llamó hombres de paz a los más sanguinarios etarras. Y humilló a sus víctimas hasta límites insoportables. ¿Cabe mayor injusticia? Lo peor, sin embargo, estaba por llegar. Se nos heló la sangre cuando, allá por abril, supimos que Txeroqui, el hombre fuerte de ETA , concedía en no atentar contra políticos socialistas. A eso se había reducido el proceso de paz. Paz para algunos. Y plomo para otros. La vida y la muerte de los españoles dejaban de tener el mismo valor para todos. Otra vez. ETA ha vuelto a poner su punto de mira en la guardia civil Para la banda, dos txakurras menos. ¿Pero que significan para Zapatero? El presidente ha condenado “radicalmente” –todo en él es radical- el atentado. Ha convocado incluso una manifestación como protesta, cuando en cuatro años no acudió a las múltiples llamadas de la AVT. Ahora bien, más allá de palabras ¿Qué medidas tomará Zapatero? ¿Ilegalizará a la ANV y al PCTV? ¿Estrangulará la financiación estatal que perciben? ¿O dejará que la marea de indignación escampe de nuevo? Mucho nos tememos que ETA puede estar tranquila. Ya mataron antes y no pasó mucho. De hecho, sus hijos de puta de ANV ahí siguen, ensuciando con su presencia nuestra maltrecha democracia y aleteando sus plumas como pavos reales. Por el contrario ¿Qué ocurrirá con sus víctimas? ¿Quién se acordará entonces de Raul Centeno y de Fernando Trapero? ¿Quién, de sus familias? Demasiada hipocresía para soportarla
Óscar Rivas Pérez |
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