Editado por Eduardo de Lácara
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........................................ Lorenzo de Ara


Televisión basura

“Irène Némirovsky conoció el mal, es decir el odio y la estupidez, desde la cuna, a través de su madre, belleza frívola a la que la hija recordaba que los seres humanos envejecen y se afean; por eso, la detestó y mantuvo siempre a una distancia profiláctica. El padre era un banquero que viajaba mucho y al que la niña veía rara vez. Nacida en 1903, en Kiev, Irène se volcó en los estudios y llegó a dominar siete idiomas, sobre todo el francés, en el que más tarde escribiría sus libros. Pese a su fortuna, la familia, por ser judía se vio hostigada ya en Rusia en el tiempo de los zares, donde el antisemitismo campeaba. Luego, al triunfar la revolución bolchevique, fue expropiada y debió huir, a Finlandia y Suecia primero y, finalmente, a Francia, donde se instaló en 1920. También allí el antisemitismo hacía de las suyas y, pese a sus múltiples empeños, ni Irène ni su marido, Michel Epstein, banquero como su suegro, pudieron obtener la nacionalidad francesa. Su condición de parias sellaría su ruina durante la ocupación alemana”. Así comienza otra colaboración de Mario Vargas Llosa en El País, publicada el domingo 22 de agosto. ¿Imaginan una historia con esa carga de dramatismo en nuestra televisión?

En Popular Televisión echan una serie mítica. “Fortunata y Jacinta”, novela escrita por Benito Pérez Galdós. Esta obra del autor español me gusta, pero más me gustan otras historias de este maravilloso novelista: “Miau”, “Episodios Nacionales”, “La Fontana de Oro”,”Tristana”, “Marianela”, “Misericordia”, “El Abuelo”.

La serie, fechada en 1980, y que en su momento causó sensación en la audiencia española, forma parte de una etapa brillante y rebosante de calidad en la televisión hecha en este país.
“Cañas y Barro”, “La Barraca”, “El Quijote”, “La Regenta”, “Los Gozos y Las Sombras”. Todas eran brillantes, entretenidas, con unos actores soberbios, con un equipo técnico comprometido con el proyecto, y con una audiencia ávida de buenos productos.

El presente en la televisión es muy  diferente. Los curiosos que todavía se apalancan delante del aparato, encuentran en él la podredumbre argumental, la intoxicación política, la carencia tangible de imaginación; en definitiva, un producto sucio, barato, insustancial, cargante y falto de valor moral.

La mediocridad en la televisión española es semejante a la que existe en la sociedad. En la cumbre de la popularidad hallamos a los exponentes de lo zafio, al cretino con lengua afilada, al buscavidas que trepa sin importarle lo que deja atrás, al follador de las intimidades que siempre tienen un precio. Todo eso y mucho más es lo que hoy se fabrica y se consume en la televisión.
Ni quisiera en la imaginación de los guionistas hay espacio para fecundar una historia brillante. Ese tipo de historias están condenadas al fracaso.

Nos queda leer. Benito Pérez Galdós, Mario Vargas Llosa. Dos buenas opciones. Mejor leer que ver esa cochina, escabrosa y plana televisión.


Nosotros felices, ellos ganan

El mejor diagnóstico que se puede hacer tras la puesta en libertad de los cooperantes españoles es que la maquinaria terrorista ha ganado. Nosotros somos muy felices porque esos dos buenos hombres ya están libres. Nos alegramos de que pisen suelo español. Festejamos que se encuentren sanos, a salvo, y en compañía de sus seres queridos.

Pero la victoria es para los terroristas. Para los que secuestran, matan, amenazan y declaran la guerra a Occidente.

Ellos pueden cantar victoria, pueden proclamar que han derrotado a sus particulares enemigos. Han hecho caja, y ya tienen lo que necesitan para comprar armas, muchas armas. Pueden con ese dinero aumentar el poderío en la zona.

Ningún gobierno admite haber pagado para que dejen en libertad a dos de sus ciudadanos. “El Gobierno no paga a los secuestradores”. No sé quien lo dijo, pero quedará para los anales de la historia.

Tampoco es muy meritorio, ni siquiera recomendable, que los medios que alaban al gobierno nos recuerden el fracaso de Francia en el intento por liberar al rehén de ese país.

Nos quieren hacer cree que es mejor pagar, negociar, dialogar. Es mejor la cultura de la humillación permanente. Es lo que nos quieren vender. Y no. Francia optó por la legitimidad. Por el uso de la fuerza. Y fracasó. Lo sabemos.

¿El Gobierno de Zapatero ha ganado? ¿Qué ha ganado? ¿Se han rendido los secuestradores? ¿Han  prometido que no volverán a secuestrar a otros españoles que se muevan por esa zona del continente negro? ¿Los socios europeos han manifestado que ellos harán desde ya lo mismo que ha hecho el gobierno español? ¿Han entregado las armas?

Se ha conseguido traer con vida a los dos españoles. Todos, sin excepción, nos alegramos de ese final feliz. Ya están en casa.

Los terroristas, mientras tanto, cuentan el dinero que según el canal de televisión Al Arabiya alcanza los 10 millones de euros.


Otra vez Aznar

Aznar, ciudadano español, visitó Melilla, ciudad española acosada por Marruecos y olvidada por el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.

Aznar realizó una visita que incomodó al Gobierno español. ¿Por qué? Porque el gobierno radical de izquierdas es incapaz de poner en su sitio al reino alauí. Zapatero quiere la rendición de España también en la frontera sur.

Muy pronto se ha olvidado aquella ridícula y antipatriótica visita que ejecutó el líder de la oposición socialista cuando Marruecos había retirado a su embajador de España. El mapa dejaba muy claro que Ceuta, Melilla y Canarias volvían a formar parte de ese reino. Pero eso no impidió que Zapatero y Trinidad Jiménez se dejaran fotografiar con una amplia sonrisa. La cobardía socialista enseñaba los dientes.

No se dejen manipular. Que Aznar visite Melilla es algo normal. Un ciudadano español puede visitar sin pedir permiso cualquier punto de la geografía española. Vascongadas y Cataluña incluidas. La deslealtad radica en la falta de acción de este gobierno.

Otro problema, y no menos grave, en la ausencia de Mariano Rajoy en este asunto. Aznar, alejado del poder, sigue recibiendo muestras de cariño, respeto y admiración. ¡Claro que el PP ganará votos con esa visita! Y Rajoy es consciente de que esos votos harán crecer todavía más la figura política del ex presidente conservador.

La majadería socialista no cesará hasta que la derecha acuse a Aznar de deslealtad. Esa izquierda mentirosa, demagógica y sumisa con el enemigo, sabe a la perfección cómo tergiversar la realidad. También sabe que el PP es un partido lleno de complejos.

Mientras PSOE y PP se hieren, Marruecos se convierte una vez más en el poderoso de esta crisis. Su diplomacia sale victoriosa.

La comunidad internacional observa con perplejidad el lento pero inexorable debilitamiento de la política exterior española. Ante una nueva amenaza marroquí, el ministro de Asuntos Exteriores yace oculto, de veraneo, agazapado en la sombra. Y Rubalcaba firmará lo que haya que firmar para tener contento al vecino del sur. ¿Vecino?

Además de perder posición en el ranking de los países más ricos del mundo –Brasil es ya la octava economía y España pasa a ocupar el noveno puesto- este gobierno también es el responsable de una política exterior vergonzante. Cuba nos utiliza, Marruecos nos humilla, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua e Irán, son los nuevos aliados y, de paso, los vecinos europeos, con Francia, Reino Unido, Alemania e Italia a la cabeza, dirigen la agenda del viejo continente sin tener en cuenta al gobierno español.

Y aquí nos molestamos por la visita de Aznar a Melilla. Por lo menos un español no se deja amedrentar por el vecino (¿vecino?) del sur. Ahora espero que Rajoy visite cuanto antes esa ciudad autónoma española. Del gobierno socialista no espero nada positivo.


Occidente en peligro

China es ya la segunda economía mundial. Superada solo por Estados Unidos, la nueva superpotencia acabará avasallando a yanquilkandia antes de 2020. Japón, con ese yen siempre fuerte y altivo, desciende a la tercera posición.

Mientras el imperio del sol naciente crece de manera raquítica, los chinos del mandarín reluciente avanzan a un ritmo frenético. Alemania no puede salvar al mundo, aunque crezca más de un dos por ciento, para sorpresa de muchos. El resto de la Europa rica y opulenta se arrastra por las cifras de un crecimiento farragoso, y España, paupérrima y radicalizada ideológicamente, es una sombra de lo que fue en la era Aznar.

La consolidación de China como la segunda economía mundial es una mala noticia para Occidente. Todo se pone en peligro con ese gigantismo chino. El despertar de más de 1.500 millones de chinos sojuzgados por la maquinaria comunista hace que el resto del mundo se sumerja en una pesadilla infinita.

Hablamos de una dictadura. Hablamos de un PCCh que lo controla todo. Hablamos de una economía que pasa por alto los atropellos al ser humano, y carece de valor y cultura democrática para frenar los atentados medioambientales del insaciable monstruo. ¿Se ignora que China es hoy un peligro ecológico para el mundo? No, lo que sucede es que Occidente le tiene miedo a China. No sabe cómo parar ese avance atropellado e insensible. En definitiva, Occidente debe unirse para que ese poderío chino, también diplomático y militar, no nos arrastre hacia un conflicto de mayores consecuencias.
Nadie desea un mundo pobre, pero esa China, fantasmagóricamente rica, es un peligro real para la paz mundial. Al tiempo.

Otro peligro, tal vez menos popular, pero igualmente latente, es el que ha surgido con el enfriamiento de las relaciones entre Turquía e Israel. Hace pocas fechas expresaba abiertamente mi preocupación por el deslizamiento del gobierno turco hacia posiciones radicales. Erdogan, islamista moderado (¿), ejecuta una política peligrosa hacia Israel. Y con deleite.

La administración Obama ya ha advertido a Erdogan. O cambia esa postura o dejarán de suministrarle armas. Turquía se tiene que reconciliar con Israel y, de paso, alejarse de Irán.
Mientras Estados Unidos toma cartas en el asunto, los europeos, sin diplomacia común, vuelven a quedar empequeñecidos y ridiculizados por la realidad. Nada sabemos de Francia y del Reino Unido en este asunto. No se les espera.

Occidente tiene muchos fuegos sin controlar. Rusia es un guirigay democrático. La locomotora china ha pasado por encima de la occidentalizada sociedad nipona. Israel no consigue el apoyo necesario y justo de los cobardes aliados. Estados Unidos, con Barak Husein Obama al frente, ya muestra signos de una debilidad global. Nuevos muros levantados por las satrapías del siglo XXI pretenden una vez más acabar con la libertad de Occidente.



Obama, Marbella, Atacama

Si la mujer de Obama decide hacer unas vacaciones en el desierto de Atacama, seguiría estando muy vigilada por los mismos gorilas. También estoy convencido de que algún satélite husmea sus pasos, analiza lo que bebe y lo que come, detecta la presencia de políticos locales alrededor de la primera dama. Marbella es un bonito pueblo para una yanqui –una más- que se echa el mundo por montera. Con gracia y salero.

Lo que en su día anunció la Pajín no se ha cumplido. Lo cierto es que nadie se tomó en serio las palabras de una mujer con mucha suerte. No ha habido conjunción planetaria. Obama sigue dirigiendo el mundo y Zapatero continúa empeñado en destruir su casa. Ni hay amistad ni compañerismo. Prima, sobre todo, la indiferencia y la lejanía. El hombre más poderoso de la tierra no está para perder el tiempo con un fracasado.

Pero no hay que olvidar que Atacama tiene su encanto. Más de 100 mil kilómetros cuadrados dan para mucho. Agua no hay, a no ser que se perfore más de setenta metros en busca del preciado líquido. Pero hay un pueblo que aparece en el mapa, y una iglesia, y un gran salar, el Valle de la Luna, y otras maravillas que la señora Obama sabría valorar, y sin pagar tantos euros por noche dormida.

Me alegro de que pase unos días en Marbella. En Granada. Que salte a Mallorca para saludar al Rey. España, de repente, vuelve a situarse en el mapa. En la Casa Blanca se pone un alfiler en ese rinconcito medio salvaje, roto y eternamente subvencionado del sur total de la vieja Europa.

¿Qué diferencia puede haber entre el desierto de Atacama y Marbella? ¿Entre la aridez más absoluta y la gracia natural? ¿Entre la carencia de vida y los miles de ojos que escudriñan los movimientos de la presa? A lo mejor no hay ninguna diferencia. Atacama y Marbella son iguales. Dos gotas de agua en los ojos de una mujer que si quisiera, pero no quiere, subiría la escalinatas que conducen al interior del infierno de La Moncloa, casa que también es idéntica a ese desierto chileno, pero con menos vida inteligente si cabe.


La derrota y el éxito de Zapatero

Hay políticos que no son poderosos. Políticos que no son fuertes, egocéntricos, dispensadores de verdades absolutas. Pero son los menos. Vagan por algunas ciudades sin color, y están fríos, incluso en verano.

Hay que reconocer que el español identifica al político como un animal agresivo, manipulador, resistente y siempre ganador. Un depredador. Trabaja (¿) para alcanzar el éxito. A toda costa, cueste lo que cueste, y cueste lo que le cueste. Zapatero es un ejemplo de ese indomable anhelo por subir a la cumbre, y observar desde lo más alto el reino conquistado, arrasado, dominado.
PSOE y PP se han rendido a los nacionalistas catalanes. Carece de importancia que un tribunal, el que sea, acabe dictando una sentencia. Ellos, los nacionalistas, siempre en minoría, pero siempre tan ridículamente necesarios para la estabilidad del Estado, salen victoriosos del enfrentamiento. Amagan con romper, y no rompen porque el enemigo centralista cae de rodillas. Toman la calle, y Madrid se queda en casa, con la luz apagada, silenciosa, temerosa, violada. Quien dice Madrid, dice Cádiz,  Santa Cruz de Tenerife, La Coruña, Valencia, Mallorca, Huesca, Zamora.

Zapatero no ha ganado, ha perdido. Pero en esa derrota se deleita, porque ciertamente él no ha ambicionado otra cosa a lo largo de todos estos años.

Desde esa derrota fabrica el éxito. Su gran éxito. ¿Qué otra cosa ambiciona José Luis Rodríguez Zapatero que no sea la defunción de España? ¿Qué viene haciendo desde que ocupa el poder, aparte de echar abajo todo lo que sostiene a una vieja nación en la que no cree? La derrota de Zapatero es el éxito del propio Zapatero. Es lo único que no se discute.



Mucho desorden

…Y no pasa nada. Eso dicen. Este país, esa Constitución del 78, este pueblo bendito y acaramelado, lo aguanta todo. Lo que caiga. España se descompone, eso así, al más puro estilo belga, o sea, como país civilizado, y las inteligencias de la nación –que las hay, eso dicen- aparecen en televisiones, radios y periódicos para realizar análisis desde la mesura, desde la cátedra más confortable, siempre en posición vertical. Es un orgullo.

La sentencia hizo que la Vicepresidenta saliera con una sonrisa leonina. De vez en cuando se ponía seria, ella lo llamaría institucional, pero ni por esas. Lo que primaba era poner cara de reina de la selva. De nuestra selva. Sin medias tintas le endosó la derrota al Partido Popular. Y de paso volvió a legitimar el “todos contra la derecha española”.

Soraya Saenz de Santamaría contó que la sentencia le daba el triunfo al PP. Que la sentencia daba un sonoro bofetón a Zapatero. Que la sentencia ponía punto y final al peligro de descalabro nacional. Y siempre con una sonrisa. No era una sonrisa leonina. Era una sonrisa castiza.

Los nacionalistas se movían con pulgas en el cuerpo. Por primera vez se percataban de la presencia de malas pulgas en su cuerpo. En la cabeza no llevan nada nuevo.

Ya ha comenzado la campaña catalana. Zapatero ya tiene lo que quería. ¿Y qué quiere el presi? El señor de la Moncloa vive de la política. Únicamente se siente a gusto y con vida, cuando la política ocupa el primer plano. Así es como ha podido prevalecer. Y ganar. Respira, se rasca, come y de vez en cuando parpadea, gracias a la política del segundo infinito.

Los políticos mediocres de nuestra democracia enferma y cobarde no quisieron olvidar el rutilante titular que tanto gusta: “Acatamos la sentencia”. No siempre un país gana el futuro. España sólo quiere no perder el pasado. Ambiciona aferrarse a su pasado. Porque es en ese pasado donde mejor se vive, donde quiere seguir viviendo, de donde no quiere salir. La cobarde España.


Lorenzo de Ara
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