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.......................................Isabel del Río, escritora http://www.isabeldelrio.es
La escultura del siglo XX y su mercantilización

La escultura entra en el siglo XX de la mano y cincel de uno de los grandes artistas de todos los tiempos, Auguste Rodin, pero teniendo en cuenta su temática y técnica postimpresionista, y la propia fecha de su nacimiento (1840), vemos que estamos hablando de un maestro del XIX. Así, los grandes escultores del XX son, según prácticamente todos los manuales, Brancusi, Picasso, Giacometti, Julio González y Henry Moore. Además, yo incluiría a la francesa Luise Bourgeois, al colombiano Botero y al dominicano Gaspar Mario Cruz: ¿nadie más?
Verdaderamente la lista podría hacerse inmensa y dependiendo de los gustos personales tener múltiples variaciones. Se resalta de Brancusi su búsqueda de la simplicidad, de Julio González su dominio del bronce, la enorme creatividad de Picasso y Giacometti, la grandeza de Henry Moore, la maestría en la talla de madera de Gaspar Mario Cruz, la profundidad de la Bourgeois… Sin embargo y rindiendo toda mi admiración a los escultores citados, es el noruego Gustav Vigeland quien siempre más me ha conmovido y me sorprendo de que no sea casi conocido fuera de su país, precisamente como heredero de Rodin, en cuyo taller parisino trabajó y completó su formación.
En Oslo, hay un parque dedicado a su obra, el Parque Vigeland o Parque de las Esculturas (antes llamado Parque Frogner), donde la piedra toma vida y se eleva al Cielo a través del enorme monolito tallado con desnudos cuerpos humanos que se apilan en ascensión. Ancianos y niños, hombres y mujeres, fuerza y destrucción, alegría y decadencia, en un conjunto inigualable a nivel mundial de dura piedra humanizada.
Noruega es un país mal situado desde un punto de vista geográfico, su población es reducida y su influencia cultural escasa. Elevamos o ensombrecemos a los artistas por criterios políticos y económicos, y no puede ser muy cotizado el Sr. Vigeland cuando donó a su muerte toda su obra a la ciudad de Oslo. Sus esculturas no salen a pública subasta, no se puede negociar con sus trabajos ni llevar de museo en museo unas pesadas piezas que se diseñaron para permanecer ancladas a la capital del hielo y, así, los intereses de un reducido grupo de personas que se enriquecen invirtiendo en arte imponen también su dominio en libros de texto, enciclopedias y documentales para decidir que él no figure.
Hace tiempo leí que si invertías hoy en cien artistas nóveles con cierto asesoramiento, tenías muchas probabilidades de que dentro de veinte años noventa y nueve no valieran nada, pero que uno de ellos (al menos) se habría hecho famoso y la obra que un día le compraste te podría hacer millonario. Son tontos consejos de libros de autoayuda y promoción que se venden como rosquillas porque nos garantizan la felicidad futura (espiritual y material) pero me temo (y duele) que en este caso tenga una base cierta. Una serie de “gurús”, normalmente a sueldo, promocionan lo que interesa a sus pagadores y es difícil salir del anonimato si no estás en su agenda.
Todo esto nada tiene que ver con el arte.
Sí con la especulación y blanqueo de capitales.
“Las Chicas de Oro” en el país de la excepción

Dicen que en España las series televisivas protagonizadas exclusivamente por mujeres no tienen suerte: curioso país el nuestro. Telecinco fracasó con “Ellas son así”, Antena 3 con “Ellas y el Sexo Débil”, y TVE emitiendo “Con Dos Tacones”. Sin embargo “Las Chicas de Oro”, interpretada exclusivamente por actrices en los papeles relevantes (Blanche, Dorothy, Rose y Sophia), fue el gran éxito de los 80 y principios de los 90 en Estados Unidos: se mantuvo durante cinco temporadas en la NBC, fue nominada 65 veces a los premios Emmy y ganó diez, recibió cuatro Globos de Oro y fue adaptada a comienzos de los 90 por las cadenas Televisa (México) e ITV (Reino Unido) a través de las versiones "La Edad de Oro" y "Las Bellas de Brighton".
Ahora cuatro grandes damas del teatro español: Carmen Maura, Lola Herrera, Concha Velasco y Alicia Hermida están ensayando para TVE una nueva versión de “Las Chicas de Oro”, un poco a la española como es natural. Es la segunda vez que TVE acomete este proyecto, en 1995 ya lo intentó sin suerte y logró así un record mundial a la excepción, ya que en el resto de países había sucedido lo contrario, y “Las Chicas de Oro” eran sinónimo de “La Gallina de los Huevos de Oro”.
Hace un par de meses, editorial akrón publicó mi ensayo sobre Pintoras y Escultoras anteriores a 1789 y me pareció que debía buscar un título para el libro menos académico que el anterior, entre otras razones porque nunca pretendí escribirlo de una manera académica sino entretenida. Me vinieron enseguida a la memoria las tiernas protagonistas, vivaces y luchadoras, humanas e inocentes, aferradas a sus tradiciones y, por tanto, imperecederas, de la serie “Las Chicas de Oro” y me pareció que titular mi ensayo “Las Chicas del Óleo” era un guiño admirativo a la memoria de aquellas que no se resisten a sucumbir con los años, sean mujeres artistas del Barroco, escultoras medievales, campesinas de Minnesota o residentes en un chalet de Miami, porque es esta admiración la que me llevó a escribir el libro, intentando acabar con la idea (falsa) de que ninguna mujer del pasado se sobrepuso a sus circunstancias.
“Las Chicas de Oro” de los 80 parten de una tesis similar. Son mujeres de avanzada edad y con problemas, pero se sienten jóvenes y los superan. Fue la primera serie de este tema femenino y en América, hace 30 años, se entendió, y es que hace 30 años ya se estaba organizando también el National Museum of Women in the Arts (Museo Nacional de las Mujeres en el Arte) en Washington D.C. por Wallace y Wilhelmina Holladay. Esperemos que en España se entienda el próximo invierno la serie y no fracase, porque ni de la calidad de las actrices se puede dudar ni de la de los guionistas de Alba Adriática para escribir comedia, y esperemos con ello, y además, que si no se establece un museo paralelo al de Washington D.C. en Madrid (capital de la pintura masculina), sí se incorporen las artistas del Renacimiento y Barroco en nuestros libros de texto (al menos alguna).
Curioso país España, siempre excepción.
Rojo y Gualda: una Obra de Arte

Nunca me ha apasionado el futbol, creo que ha sido en estos mundiales cuando me he enterado por fin de qué es un fuera de juego o de cuándo hay que sacar tarjeta roja (esto último fue en el partido contra Holanda, ¡claro!). Lamento mi incultura, casi absoluta, del entorno futbolístico, pero lo cierto es que nadie puede ser entendido en todo, y yo he estado mucho tiempo estudiando otra manifestación humana: el Arte, con su técnica, iconografía y significado. Ni que decir tiene que, pese a mi peculiar elección, he seguido los partidos de Sudáfrica con la misma emoción que el resto de los españoles (no conozca a nadie que no los haya visto, aunque cada uno los mirara con ojos diferentes).
Me gustaría decir que me quedo con la imagen plástica, que seguro que para otros será por siempre simbólica, de esos grandes jugadores, ya vencedores, elevando la dorada copa bajo un cielo teñido con riadas de confetis rojos y amarillos: una foto desde luego fantástica, digna de las portadas de los periódicos de todo el mundo, como de hecho ha sido. Pero la imagen que guardaré en mi recuerdo es mucho más abstracta y, por ello mismo, interpretable y, también, capaz de impregnarte el espíritu, lentamente y de una manera imperecedera.
Es posible que nunca haya visto una multitud tan enorme congregada para festejar algo en Madrid, pero de lo que sí estoy segura es de que nunca la vi en rojo y gualda, blandiendo tantas banderas que originaban un auténtico oleaje, perfecto y brillante, que se reflejaba en el cielo de una capital, por ello mismo, de tonos diferentes.
Siempre se nos había dicho que no combináramos el rojo y amarillo a la hora de vestir porque, precisamente, pareceríamos la bandera de España: el otro día todo el mundo se ponía esos colores y sentían, por vez primera, que quedaban bien. Siempre se nos había dicho que no lleváramos pulseras ni insignias de la bandera, que nos podría acarrear problemas: el otro día lo extraño era no llevarlas pues todo el mundo estaba orgulloso de ellas. Siempre, en cualquier evento, comenzaba la discusión entre los que querían una bandera roja y gualda y los que querían añadir la banda morada: desde luego no sucedió eso esta vez. Porque parece que, en un proceso que se ha ido gestando durante todos lo mundiales (¿o tal vez mucho antes?), los españoles se sentían orgullosos de serlo y los políticos separatistas, que dividen cada día el país, debieron permanecer callados.
El futbol venció a los mezquinos que practican el divide y vencerás, y en una imagen entró en la Historia del Arte.
Isabel del Río, escritora http://www.isabeldelrio.es
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