Editado por Eduardo de Lácara
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............................................Alberto Medina Méndez, desde Argentina





Un mnudo virtual

Muchos problemas de la cotidianeidad resultan, para la inmensa mayoría de los mortales, una obviedad. No parecen precisarse demasiadas evidencias adicionales para confirmar lo que muchos ciudadanos visualizan como parte del presente.

La nómina de inconvenientes es interminable. Muchos de esos problemas son olvidados por la clase dirigente. En algunos casos, lo hacen en conocimiento de su existencia, explicitando una decisión premeditada de abandonar a su suerte al asunto.

En otros casos, ni siquiera son percibidos por la política. Directamente ignoran el tema y cuando alguien se los muestra, encuentran convenientes argumentos para relativizar su importancia, minimizar su impacto o incluso refutarlo de modo absoluto.

Les sucede algo similar a lo de tantos científicos. No descubren los problemas porque no están predispuestos a verlos. Sus conclusiones resultan intocables, inmutables y no aceptan someterlas a revisión. Cualquier dato que se desajuste de esa mirada, se descarta y no pasa el filtro. Sus premisas se seleccionan para que concuerden con una conclusión que ha sido decidida en forma anticipada y que se ajusta a sus creencias.

Es por esa razón por la que las puertas de las oficinas públicas permanecen cerradas a los reclamos de la gente. También eso explica porque aborrecen de lo que se dice en los medios de comunicación o lo que opinan sus circunstanciales opositores. Para los que gobiernan, ningún asunto por si mismo amerita ser considerado “grave”. En todo caso se trata de un eventual tropiezo que será evaluado y considerado oportunamente.

Quienes lo describan al problema como tal, serán opositores recalcitrantes, crónicos desestabilizadores, funcionales instrumentos de una operación de prensa o perversos voceros de poderosos intereses ocultos, preferentemente internacionales.

Para ellos, el país REAL es ese que se encargan de difundir por los medios de comunicación estatales, esos que pagamos todos, pero que enaltecen la ideología gobernante con exclusividad, sin tapujos, sin sonrojarse y con la convicción de que hacen lo moralmente correcto al propalar sus ideas y aplastar las ajenas.

En esas imágenes, en esos relatos, pululan miles de ciudadanos sonrientes, felices, conformes y satisfechos. Un verdadero cuento de hadas en el que solo habitan soluciones y todos los escollos han sido superados o son simples nimiedades.

Se trata, claro está, de una fantasía, de algo irreal, de un mundo virtual, que no existe y que solo puede sustentarse en el tradicional microclima que los mas de los políticos se construyen para si mismos, en el que se habla solo de los temas que se seleccionan minuciosamente, en el contexto de una agenda hecha a su medida.

Y no es que el mundo real, sea un mar de lágrimas, poblado de gente infeliz, fracasada, resentida y desconsolada. Ese TAMPOCO es el mundo real. Esa es otra ficción.

Si hay algo que el ser humano ha aprendido como especie, a lo largo de su historia, es a desarrollar una, cada vez más elogiable, capacidad de adaptación, que evoluciona generación tras generación.

En ese contexto, el mundo real es complejo, difícil de comprender y cualquier simplificación cae en el riesgo de pecar de extrema inexactitud. Nuestra sociedad no es la que nos describen los circunstanciales oficialistas de turno. Tampoco es la que tan dramáticamente intentan mostrarnos los opositores.

Somos parte de una comunidad que intenta desarrollar lo que la naturaleza misma del hombre indica, la búsqueda de la felicidad. Se trata de hacer el intento por encontrar esa utopía con la que nos topamos cada tanto, no con la frecuencia que todos desearíamos, pero que constituye nuestro norte, nuestra brújula, nuestra meta a alcanzar.

Con esa motivación, cada ser humano, inicia su jornada cada día. Y así debe ser. Conviven entonces permanentemente en la misma persona, en la misma familia, en esa sociedad, esas luces y sombras que caracterizan la vida humana. Intentar dibujarnos un mundo de rosas, o sus antípodas, una nube negra en el horizonte, es desconocer la propia esencia de la especie humana.

Bajo esas premisas, y considerando, que en esa búsqueda de la felicidad individual, se les ha delegado a los gobiernos una porción de esa tarea, quienes tienen la responsabilidad de conducir, deben bregar por hacer las cosas lo mejor posible, cumpliendo con sus mandantes y logrando que sus razonables expectativas sean satisfechas. No se trata de pintar un arco iris o una tormenta. Ambos escenarios son cíclicos y alternarán invariablemente a lo largo del tiempo, sucediéndose unos a otros.

Escuchar discursos políticos altisonantes, intentando convencernos de que vivimos en un país soñado, digno, orgulloso de si mismo, con problemas insignificantes, que está dando la gran batalla contra sus enemigos, es ofrecernos una caricatura de la realidad. Nada de eso se parece a lo que todos los días percibimos. No somos una Nación sonriente. Esas caras rozagantes, exultantes, llenas de júbilo y euforia no se ajustan a nuestro sentir permanente. Tampoco encajamos en la lúgubre descripción del pueblo destrozado, desbastado, resignado, aplastado y apesadumbrado que otros intentan imponer como el rostro del presente.

Somos esa sana mezcla que disfruta de lo que tiene, y sueña con algo mucho mejor. Pertenecemos a la especie humana, y somos por tanto, capaces de arreglarnos con lo que hay, sin perder las esperanzas de algo mejor.

Esto explica buena parte del desencuentro entre la política y la sociedad. Dos idiomas distintos. Tal vez la política debería dejar de preocuparse por retratarnos en esa ficción y ponerse a trabajar por sus propias responsabilidades, esas que la sociedad les ha asignado para contribuir a la construcción de una comunidad mejor. Los ciudadanos  persistiremos en el intento de nuestra interminable “búsqueda de la felicidad”, para que sean más las luces que las sombras. Porque vivimos en un mundo real. No precisamos escucharlos con sus discursos cegados para que nos sigan contando acerca de SU mundo virtual.


¿Qué hay al otro lado?

La crítica hacia los gobernantes es moneda corriente. Se trata de un fenómeno, ya demasiado frecuente en buena parte del mundo, pero que se verifica con especial contundencia en los países latinoamericanos.

El breve lapso que propone la típica “luna de miel” de quien inicia una gestión de gobierno pronto se convierte en un renovado y prolongado infierno. Se trata de la etapa en la que el oficialismo empieza a recibir duros embates, ya no solo de sus ocasionales opositores, sino de una ciudadanía que cae en el hartazgo, incluso hasta de cierto sector de la comunidad que oportunamente los voto.

En ese contexto, el debate político cae recurrentemente en esa larga tradición que dice que “del otro lado no hay nada”. Esa aseveración habla de una crisis dirigencial, de partidos políticos que cada vez representan menos a la gente y de una desconexión cada vez más elocuente, entre las demandas de la sociedad y la escasa capacidad de resolver problemas de quienes se postulan para ocupar esas posiciones.

Y así, la conclusión parece un círculo vicioso. Los que están no saben o no hacen las cosas bien, y los que quedaron del otro lado, o ya estuvieron y tampoco hicieron bien, o simplemente no tienen nada que ofrecer al electorado en términos de soluciones.

La ciudadanía, huérfana de ideas, recorre entonces el patético camino de la resignación y la impotencia, esas que destruyen los cimientos del sistema democrático, dinamitando la república y convirtiéndose en el caldo de cultivo de los nostálgicos de la violencia.

Es que la política de estos tiempos, y cuesta encontrar excepciones a la regla, pone demasiado esfuerzo en la búsqueda del poder y en su sostenimiento permanente. Pero la política no solo es ACCESO al poder, sino también la construcción de un proyecto que sea posible implementar, una vez que se llega a él.

Nuestros países se caracterizan por una clase política que vive en forma OBSESIVA su carrera hacia el premio mayor. Todo pasa por el botín de los cargos, la distribución de prebendas y la apropiación de los privilegios.

Todo el esfuerzo, la militancia y la acción político - partidaria tiene, como exclusivo objetivo, encontrar el modo de alcanzar los votos que posibiliten el triunfo de los que juegan a esto como quien compite casi deportivamente por ese trofeo.

Cuando las circunstancias del momento de esa Nación, los conflictos ocasionales y hasta el carisma del nuevo dirigente, o el desprecio por el anterior, lo imponen, allí entonces, quienes eran opositores tienen la oportunidad de alcanzar la ansiada meta. Pero allí no concluye la historia. No llega el final feliz, sino que irremediablemente se inicia el peregrinar por nuevos tropiezos, propios de la improvisación.

Llega el turno entonces del repetido discurso de la “herencia recibida”, ese manojo de justificaciones y excusas que replica el más popular deporte del continente, ese que consiste en buscar responsabilidades ajenas y endilgarle al que sea, todas las culpas que se derivan del conjunto de calamidades por las que atravesamos como sociedad.

Solo esconden algo mucho más evidente. Es que su acción política se limita EXCLUSIVAMENTE a la búsqueda del poder. Los partidos, el debate interno solo pasa por los cargos, las disputas internas y las mezquinas intrigas.

Nadie pone demasiada atención a la construcción de una plataforma política que diga QUE HACER frente a cada interrogante. Mucho menos aún se profundiza en el indispensable estudio que permita “bajar a lo concreto” esas ideas que dicen mas sobre lo que “no queremos” que sobre lo que deseamos hacer.

Todo concluye en un juego en el que se privilegia la lucha por el poder por sobre la capacidad de generar planes concretos que sean dignos de ser considerados como una oportunidad para vencer los múltiples escollos a los que nos enfrentamos a diario.

Esa dinámica, expulsa técnicos, profesionales, intelectuales, incluso ciudadanos que sin formación académica, tienen mucho que decir. Se trata de un conjunto de habitantes capaces de aportar alguna cuota de sentido común, que no tienen cabida en los partidos, porque a nadie importa prepararse para el poder, solo se trata de llegar a él.

Hasta que los partidos no asuman su rol, entendiendo que esta noble e imprescindible profesión que es la política, se mueve en base a sus ejes principales, el acceso al poder y el ejercicio del poder, no tendremos chance de revertir esta historia circular.

Para ello, los ciudadanos necesitamos partidos capaces de generar ideas, discutirlas, convocar especialistas, diseñar programas y establecer estrategias que posibiliten la instrumentación de planes concretos. Sin todo eso, la política seguirá siendo lo que es y terminaremos consumiendo el producto final que ya conocemos.

No se puede seguir discutiendo sobre estos o aquellos, buenos o malos, honestos o inmorales, prolijos o burdos. Esa es una discusión que probablemente servirá para elegir a quien sucederá al que ostenta la batuta. Pero también interesa saber si los que vienen, esos que están del otro lado, se han preparado debidamente para gobernar. Tal vez solo nos ofrecerán un nuevo fracaso de esos a los que nos tienen acostumbrados, para luego ofrecernos explicaciones plagadas de grandes argumentos que nos hablen de una contextualización histórica. En realidad todo podría resumirse en que abundan las improvisadas estrategias y sus propias limitaciones.

La política es eso, lucha por el acceso al poder y preparación para gobernar. Si ambas aristas no están armónicamente equilibradas, seguiremos transitando este cíclico sendero que ya conocemos y una ciudadanía agotada se seguirá preguntando ¿Qué hay del otro lado?


Prepotente arrogancia

La democracia que tanto nos costó construir y recuperar a nuestras naciones, nos plantea un modo civilizado de vivir en comunidad. Priman en ella el consenso y el acuerdo, y de su mano, la búsqueda de soluciones que permitan una sociedad mejor.

Sin embargo, una fuerte corriente autoritaria recorre el continente. Algunos países lo viven a diario de un modo demoledor. Esas naciones lo sufren como una permanente división, esa que intenta profundizar las diferencias y que elige la confrontación como un modo de vida y una inexorable forma de ejercer el poder.

Esos países, han caído en la trampa de elegir, bajo el paraguas de la democracia, a personajes mesiánicos e iluminados que desconocen la esencia misma del sistema republicano, o que conociéndolo, se aprovechan de las debilidades estructurales de un sistema sin filtros que posibilita su llegada sin mas trámite que el de una elección.

Ellos, una vez instalados en el poder, deciden que sus opiniones y percepciones son algo así como inmaculados principios indiscutibles. Se ocupan de construir un dogma, una doctrina. Y sus verdades pretenden conformar algo así como un sistema de ideas a los que ampulosamente titulan con sus apellidos, adicionando el sufijo ISMO. Una percepción entre monárquica y despótica. Un canto a la antidemocracia impregnada de una poco humilde mirada de la realidad cotidiana.

Pero a poco de consolidar su personalista posición política, amparada en las orfandades de una democracia adolescente, ya no por su antigüedad sino por su madurez tardía, el mandamás, empieza a derribar derechos, intentando aniquilar a sus rivales.

Algunos son solo simples “forajidos” del poder. Otros algo mas perversos, son personajes siniestros que solo intentan hacer un culto del poder y que siempre se rodean de aduladores, alcahuetes y serviles. Son ellos mismos, los que componen ese entorno, los encargados de confirmarle al capanga que se trata de un ser superior, iluminado, con una inteligencia superlativa capaz de lograr lo que desee a su paso.

En este contexto ya no importan los ciudadanos. Son solo meras piezas de cambio de este retorcido juego cuya meta es el poder. En esa dinámica y bajo esa lógica, en la que el caudillo pierde contacto con la realidad, aparecen estos funcionales defensores de lo que hace el “jerarca” de turno. Ellos convalidarán lo que sea, dirán que lo que hacen bien es EXTRAORDINARIO y que lo que se hace mal resulta necesario y hasta justo.

Encuentran en todo una justificación. No importa cual sea la acción o el hecho. La conclusión se anticipará a las premisas. Las hipótesis solo rellenan la argumentación. Ya está decidido que todo lo que se haga es para el bien del pueblo, es correcto y merece ser de ese modo. No importará que a su paso se cometan inmoralidades, delitos,  designaciones incorrectas, negociados, practicas políticas perimidas, clientelismo, o el conjunto de lo mas bajo de la tradición política.

Todo, absolutamente todo, se firmará a libro cerrado. Se trata de esa porción de la comunidad que valida cualquier cosa. Las más de las tragedias del mundo, empezaron de ese modo, con ciudadanos firmando cheques en blanco y ratificando lo que sea.

Los fanatismos nos ciegan, nos hacen perder la perspectiva y nos limitan la capacidad de comprender la realidad. Detrás de la soberbia de estos cabecillas, se encuentran personas, gente de carne y hueso, que ha decidido sostener a su líder a cualquier precio. Ellos ejercen en primera persona esta PREPOTENTE ARROGANCIA que nos inunda a diario, esa que los hace monopólicos dueños de la verdad.

Pensar diferente significa, para esta casta tan particular, transitar territorio enemigo. Sus rivales en las ideas son eso, enemigos, gente que no merece respeto alguno y que debe ser silenciada. Su altanería no les permite visualizar que exista chance alguna de estar equivocados. Su adversario no merece tener la palabra.

En este esquema, cualquiera que se anime a cuestionar un centímetro de sus ideas, es un conspirador, golpista, destituyente o fascista. Cualquier calificativo sirve para denostar, para inspirar la agresión que fluye de sus entrañas.

Ese sector de la sociedad cree que todo aquel que no comparte sus ideas debe ser automáticamente catalogado de demonio. En forma automática es su enemigo y merece ser combatido. A David Hume le atribuyen esa cita que dice "Los hombres mas arrogantes son los que generalmente están equivocados, otorgan toda la pasión a sus puntos de vista sin una apropiada reflexión".

La arrogancia los hace sentir seres superiores. Habrá que decir que esa mirada sobre si mismos está en franca contraposición con aquella igualdad sobre la que tanto pregonan y dicen defender. Es como si se tratara de criaturas sobrenaturales. El pueblo, los ciudadanos, son solo iguales pero entre si, ya que jamás podrán ponerse a la altura de sus conocimientos, de su preeminencia. Vaya contradicción.

Las sociedades que se han equivocado en el rumbo, esas que prefirieron a los líderes mesiánicos, populistas en su filosofía, altaneros en su conducción, soberbios por naturaleza, recorren un peligroso camino hacia la autodestrucción, que solo los llena de rencor, de odios, de sed de revancha, de una permanente búsqueda de enemigos, que con cada lucha concluida, se preparan para iniciar la siguiente. Se trata de un sendero plagado de riesgos, donde la sociedad camina por una cornisa, en la que coquetea con lo autoritario, y que puede llevarla hacia el mismísimo barranco.

La propia democracia puede devolvernos la visión. Los ciudadanos, en pleno ejercicio de nuestras libertades, no debemos perder el norte y pese a la soberbia que nos rodea a diario y que ataca a cualquiera que piensa distinto, tendremos que encontrar los mecanismos institucionales que el mismo sistema democrático nos provee para recomponer el sendero de la concordia, del acuerdo, del consenso y de la paz.

El odio, la venganza, la soberbia, la arrogancia, la prepotencia no parecen buenos consejeros, no es el camino que queremos legarle a nuestros hijos. Seguramente encontraremos el modo, pacifico, conciliador, democrático y republicano para retomar el camino de la civilidad y de una sociedad sustentada en valores mas humanos y menos irreflexivos. Intentemos superar con inteligencia como sociedad y dentro de las instituciones esta transición que nos permita olvidar pronto esta PREPOTENTE ARROGANCIA.


Quedar en el bronce, pasar a la historia

Muchos creen que la clase dirigente, especialmente en América Latina, tiene ambiciones relacionadas exclusivamente al poder o al dinero que se puede obtener a partir de ese clásico uso y abuso de la autoridad, tan típico de países como los nuestros.

Y es que algo de eso hay. Tal vez mucho. Pero para quienes accedieron al poder, para quienes hicieron de su vida una lucha para alcanzarlo, esta meta está obtenida cuando se llega al ansiado sillón. El dinero, la riqueza, los negocios, esos que definitivamente quitan la preocupación por el futuro personal y familiar, son a veces también una motivación potente para los que hacen del poder, y no de la política, una profesión.

Pero, cuando poder y dinero ya son materias superadas, resta siempre la pretendida apetencia de pasar a la historia, de quedar en el bronce. Se trata de algo que está en la esencia misma del ser humano, superarse a si mismo y encontrar en los demás, el reconocimiento público, el prestigio que solo se consigue cuando se es grande en serio.

Dinero y Poder, cuestiones terrenales, contemporáneas con la vida propia, que agotan su utilidad en el mismo momento que el personaje es despojado de esos atributos o, incluso cuando el fin de la vida golpea la puerta.

Sin embargo, esa aspiración de permanecer en “el bronce”, de que una calle, una escuela, un monumento, una plaza recuerde su paso por la función, es la máxima pretensión con la que sueñan los mas de los que llegan al poder, aunque no lo confiesen.

Es que la búsqueda del dinero desde el poder político y la obsesión enfermiza por tener la voz de mando, destruye casi todo a su paso. Y cuando el líder, el dirigente, pretende dar un vuelco a sus objetivos y se prepara para el bronce, ya es tarde.

Su estructura de corto plazo, su estrategia de coyuntura, su mediocre mirada de la inmediatez, lo deja fuera de esa carrera. Ya no podrá pasar a la historia por lo que hizo. En todo caso, su nombre, quedará plasmado en los manuales escolares por lo que no hizo, por lo malograda de su gestión, en su equivocada táctica de cabotaje.

Hacer nombres sería un ejercicio infinito. Es que son más los nombres que quedaron en los libros por su capacidad de hacer daño, de destruir y de generar fracasos a su paso, que los que lograron la difícil misión de obtener el respeto de su sociedad.

Es que la diferencia queda clara. Solo resta mirar un poco hacia atrás. Los hombres y mujeres que hicieron ALGO positivo por sus comunidades, por sus ciudades, por sus provincias y países, fueron quienes lograron mirar mas allá de sus circunstancias cotidianas, privilegiaron el después por sobre el hoy.

Y claro está, que cometieron errores y probablemente muchos. La historia tal vez los premie con ese reconocimiento popular, pero sus mismas leyendas estarán plagadas también de pequeñeces, mezquindades y múltiples imperfecciones. Es que no se trata de idealizarlos. Fueron seres humanos, personas, con virtudes y con sus particulares defectos. Pero pasaron a la historia por su capacidad de pensar más allá, de proyectar un horizonte que exceda su vida misma. Pretendieron dejar un legado a las generaciones futuras, y trabajaron por ello.

Es que trascender implica lograr que las próximas generaciones disfruten de la visión acertada, que un líder de su tiempo, modeló poniendo foco sobre ello. Pocos lo lograron. Seguramente seguirán siendo pocos, aunque a veces tengamos la sensación de que casi nadie, en este tiempo, concentra su mirada en el futuro.

Nos gobierna lo inmediato, la búsqueda del poder, la permanencia en él, y los negocios que se derivan directa o indirectamente de la cada vez más concentrada concepción que tenemos de la forma de ejercer la conducción de una sociedad.

Es que esa es la diferencia entre liderazgo y la grandeza. El líder nos podrá marcar el camino hacia el objetivo, pero solo los grandes pueden iniciar la obra mas trascendente, esa que sabe de la necesaria conjugación de esfuerzos, que varias generaciones y consecutivos gobernantes, tendrán que alimentar para conquistar aquella visión.

Muchos, rodeados de experiencias recientes y propias de estos tiempos, seguirán mirando con escepticismo toda esta línea de sucesos. Otros seguirán esperando al Mesías, ese iluminado pleno de virtudes que con atributos personales superiores nos lleve a la cima y piense en grande.

Tal vez la sociedad toda, deba replantearse el tema y mirarse en ese espejo, ese que muestra cuanto de lo que hacemos a diario, encaja con esa mirada de largo plazo, de dejarle algo mas que algún patrimonio, o alguna deuda a nuestros hijos.

Si la sociedad hace el giro, podremos aspirar alguna vez a que de ella surjan no solo circunstanciales hombres que piensen en grande, sino una generación de personas con espíritu de construir una sociedad mejor, de ayudar a que esa sociedad pueda dar el ansiado salto que muchos anhelamos pero por el que poco estamos haciendo.

Depende mucho más de nosotros, de la inmensa mayoría de personas que recitan lo correcto y hacen lo incorrecto, de los más que siguen apoyando a los peores y de valorar la picardía sobre la grandeza. Una sociedad puede ser mejor, cuando los que la componen son mejores y sus valores están alineados a su acción cotidiana.

Para pasar a la historia, para quedar en el bronce, no hace falta ningún Mesías, no se precisa de iluminados. Solo se necesita que los ciudadanos, esos que podemos cambiar la realidad de nuestro metro cuadrado, empecemos a cambiar nuestra propia historia, allí donde estemos, allí donde podamos influir positivamente. El optimismo parte de la base de ese acuerdo tácito que una generación debe poder hacer para poner una línea divisoria con el pasado, y arrancar de cero, abandonando rencores, viejas luchas y facturas del pasado. Es posible, pero para eso, debemos hacer un importante esfuerzo de compromiso con el futuro y de mirada crítica sobre lo que hemos hecho hasta aquí para no repetirlo, y para no seguir en la inercia que nos propone el presente.

Probablemente no podamos ver los cambios muy pronto, al menos no sus resultados, pero los que hicieron a cada nación grande, no pensaron en vivir el fruto de su esfuerzo ciudadano, priorizaron que ese sueño sea posible, y lo vivieron en su interior como si fuera actual. Cuando podamos proyectarnos de ese modo, cuando podamos trabajar para el futuro y no para el presente, tendremos alguna chance de pasar a la historia, de que esta generación alguna vez, quede en el bronce.


Alberto Medina Méndez, desde Argentina
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