Editado por Eduardo de Lácara
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............................................Alberto Medina Méndez, desde Argentina





El itinerario de la claudicación

Para generar cambios hay que participar en política, dice esa frase que hemos escuchado hasta el cansancio. Solo desde las organizaciones partidarias se puede influir lo suficiente como para modificar el rumbo de la realidad. También lo hemos leído por ahí.

Muchos insisten que para lograr las transformaciones, hay que embarrarse, meterse en el fango. La idea de “ensuciarse” aparece así como el marco ideal que genera un ámbito justificatorio habilitante de ciertas cuestiones inadmisibles que se asumen como necesarias, como derecho de piso, como parte indivisible de la verdad. Ese es el artilugio al que recurren muchos para admitirse a si mismos, determinadas liviandades.

Pero los que lo afirman, parecen querer sugerir que involucrarse, implica invariablemente, prestarse al juego del sistema. Recitan con ferviente pasión, esa nómina de valores con las que la sociedad se identifica plenamente, esa escala de principios que todos pretendemos en nuestros lideres. Sin embargo, cuando se incorporan a la dirigencia partidaria, abandonan esa retórica, para darle paso al endiosado pragmatismo vacío de contenidos, ese que les posibilitará la chance de hacer lo que sea, pero siempre cediendo, dejando en el camino mucho de lo antes declamado.

Se permiten esa mutación, porque aún no lograron comprender que la política está desprestigiada justamente por lo que sus prácticas funestas transmiten, por lo que significa renunciar a los ideales, por transigir frente a las aparentes imposiciones que plantea ese recorrido en el que la prebenda, la discrecionalidad, el clientelismo, la corrupción y los privilegios parecen demasiado habituales.

Algunos suponen que ese sendero hacia la deseada construcción debe hacerse sobre la base de permanentes concesiones, de la entrega de los principios y de pisotear las más férreas creencias. Habrá que decir que nada bueno puede provenir de ese proceso en el que se manipulan las convicciones propias. Nada positivo saldrá de aquel esquema en el que la moneda de cambio pasa a ser la honestidad, la franqueza y la transparencia.

Si en el intento de lograr mejoras para la sociedad, el precio a pagar es traspasar ciertos umbrales de la moral, para caer en la corrupción, la hipocresía y los ocultamientos de la cosa pública, habrá que decir que es un importe excesivamente elevado, que ninguna persona de bien debería abonar. Aceptar esta transacción con tanta docilidad, es solo validar un excelente argumento para formar parte de lo que tantas veces se ha criticado.

Estamos agotados de esta dinámica en la que los “honestos” se van desnaturalizando con el paso del tiempo, una vez que se sienten parte del sistema, con las comodidades que les propone el régimen. El recorrido incluye el entusiasmo original, ese que luego da paso a la frustración eterna ante la imposibilidad de concretar las expectativas.

Es que justamente, “el sistema” está preparado para impedir los embates de los románticos, de los idealistas y soñadores. Tiene anticuerpos que lo protegen de los honestos sin voluntad, de los tibios sin convicciones profundas y les propone que como “peaje” entreguen esas banderas, para lograr cualquier insignificante avance.

Si para lograr esos pretendidos cambios a los que aspira la sociedad, se tendrá que hacer la vista gorda, dejar pasar arbitrariedades, callar ilícitos, ser funcionales a la corrupción estructural y cómplices imprescindibles para que otros sigan haciendo de las suyas y convenciendo a tantos mas de que estas reglas son las correctas y que esto es lo que se puede hacer y no mas que esto, pues en ese caso, este es un camino a descartar.

Los perversos de siempre han desarrollado un conjunto de creencias que alimentan esta fábula y pretenden hacerla verosímil. Los incautos, los ingenuos, los cándidos que abundan entre los ciudadanos de bien, aceptarán estos preceptos, sin más, solo para jugar ese partido.

Los que abusan del sistema necesitan que el resto crea que esto “es así”, que no se puede cambiar, que estas son las pautas y hay que adherir a ellas. El favoritismo, la discrecionalidad, la malversación, las cajas ocultas, y la nómina inmensa de cuestiones que cualquier ciudadano medio aborrecería y criticaría con despiadada virulencia, se atenúan cuando el protagonista invitado pasa a formar parte del equipo reclutado.

Ellos intentarán convencer a todos que esos códigos son inmodificables, que la burocracia tiene sentido, que las leyes se hicieron para sostener el andamiaje que soporta su indemostrable financiamiento político y que las trampas forman parte imprescindible de su paisaje cotidiano. También dirán que pese a todo lo criticable, es mejor estar adentro que afuera, que los cambios se logran siendo parte del sistema y no estando fuera de él.

Resulta interesante ver  como consiguen someter a los soñadores. Los quebrantan e intimidan, los oprimen y amedrentan hasta ponerlos de rodillas. Logran derribar sus voluntades, quebrarles el espíritu, doblegarlos y hacerlos capitular para que crean que son insignificantes frente a la potencia de los hechos consumados. Es parte de la estrategia y vaya si logran ser convincentes.

Todos sus argumentos, sin excepción alguna, son extremadamente benevolentes con ellos mismos y altamente tolerantes con sus atropellos. Esa línea de aseveraciones los exime de dar explicaciones, los justifica, los mantiene como protagonistas secundarios que solo acatan reglas no escritas, que no son de su autoría intelectual.

Que todos entremos por esa variante es lo que pretenden. Habrá que recordar que el mundo solo cambió cuando los pioneros tomaron la iniciativa, esos que se animaron a decir “se puede”  para desafiar lo evidente, sin aceptar mansamente la interminable lista de razones que demuestran porque “no se puede”.

Dejemos de aceptar tan apaciblemente aquello de que solo ingresando a los partidos se modifica el presente. Es una verdad a medias y, como tal, vale la pena cuestionarla. Definitivamente el sistema NO se cambia desde adentro, al menos no, respetando sus normas. Se modifica desde afuera estableciendo la agenda. La otra alternativa, mas osada por cierto, es ingresar al sistema y ser parte de él, pero para pulverizar, sin contemplaciones, sus reglas una por una.

Es bueno recordar aquel refrán que dice que solo los peces muertos nadan con la corriente. A cuidarse de esas falacias perversamente instaladas. Se han constituido en la mayor trampa para cooptar a los más crédulos y hacerlos recorrer el itinerario de la claudicación.


De la obstinación a la conversión

En el debate ciudadano y no solo en la tribuna política, se presentan a diario discusiones que muestran dos visiones sobre la misma temática. Los circunstanciales protagonistas del debate se esmeran en aportar argumentos que mejoren su posición relativa con el objetivo de reforzar su propia mirada. También los mueve el desafiante estímulo de obtener del otro lado una claudicación, un reconocimiento de la razón ajena, un signo de debilidad que muestre como se derrumba el andamiaje original.

En ese encuentro de ideas, en esa confrontación, algunos recurrirán al mas bajo de los recursos, la descalificación, la ironía, la chicana, el golpe bajo en lo dialéctico y hasta la ofensa como metodología sistemática. Todos esos  mecanismos apuntan a sacar de foco al contrincante, llevarlo a perder los estribos, alejarlo de la racionalidad para que termine devolviendo con idéntica moneda cada exabrupto recibido.

Otros recorrerán el camino, aparentemente interminable, de alargar la discusión hasta el cansancio, presentando una premisa diferente por cada explicación ofrecida por el interlocutor de turno. Por momentos, esa dinámica parecerá inagotable y hasta es probable que alguno decida abandonar la controversia afirmando que no vale la pena, que nada cambiará su visión o simplemente se rendirá bajo los influjos del agotador esfuerzo intelectual de pensar una razón diferente para cada mirada opuesta.

Algunos mostrarán su más obcecada postura, esa que da vueltas y vueltas sobre lo mismo, sin dar el brazo a torcer. Se trata de la terquedad propia del orgullo de quien intentará ofrecer fundamentos hasta que estos se agoten y entonces apelará al artilugio de patear la pelota afuera, cambiar el eje de la polémica o solo recurrir a retorcidas comparaciones que hagan de su tesis solo la menos mala y no la mejor.

Para lo funesto buscará atenuantes, justificaciones y afirmará que otros también lo hicieron, que muchos lo siguen haciendo y hasta dirá que en otras sociedades ejemplares esa dinámica sigue vigente y nadie las cuestiona. Cualquier testimonio servirá para ese instante tenso de la apasionada discusión. Casi cualquier subterfugio será de utilidad para superar la incomoda situación. Pero en el fondo de todo intercambio subyace lo que ese individuo ha recogido íntimamente, eso que no aceptará en público, pero que empieza a hacerle ruido, a generarle un fastidio que aun no puede explicar en palabras.

No lo puede explicitar tan claramente. Hacerlo implicaría admitir que su circunstancial dialoguista tenía razón, o incluso aceptar cierta duda acerca de que eventualmente podría tenerla. Su amor propio no le permitirá ese reconocimiento público, pero en su fuero más íntimo, algunas cosas empiezan a no convencerlo del todo.

Esa sucesión de dudas, de razonable vacilación, de titubeo en el análisis, producto de la honestidad intelectual de este protagonista de la historia, empieza a socavar las profundas raíces que sostenían todo su armazón argumental. Es justamente ese proceso el que lo llevará, desde su aparente fanatismo actual a enrolarse en las filas opuestas. Y habrá que decir que nada existe de malo en cambiar de opinión. Muy por el contrario, muestra la capacidad de evolucionar del ser humano, su increíble habilidad para asumir el error y superarse a si mismo, encontrando nuevas respuestas a viejos dilemas.

La mutación en las ideas es saludable y no debería ser criticada, pues muestra una faceta muy humana. Ninguno de nosotros puede afirmar que siempre ha pensado lo mismo acerca de todos los temas. La incorporación de información, los nuevos elementos, la profundización en el análisis, la curiosidad investigativa y sobre todo la capacidad para discernir entre una cosa y la otra, sumada a la duda que genera cualquier buen aporte, permiten que los individuos intentemos mejorar, progresar y permitirnos esos cambios de visión que tan mala prensa tienen y que tanto ayudan a que la especie evolucione.

Seguramente estarán los más tozudos, los hay más tercos y obcecados. Los procesos en ellos no llegarán nunca, o simplemente serán más lentos. El debate sirve, la discusión ayuda y hay que animarse, por estéril que parezca a veces el esfuerzo. En cada intercambio todos se enriquecen, se alimentan, se estimulan, confirmando visiones, revisando las propias, aunque sea parcialmente.

No hay que temerle a la discusión, tampoco a la posibilidad de pensar distinto respecto de nosotros mismos. Nuestra percepción actual no es la misma que la de ayer. Seguramente la del futuro, también se modificará respecto de la de hoy.

Por impermeable que parezcamos, todo lo que nos llega se suma a nuestro bagaje de conocimientos. Algunas ideas fortalecerán las propias, aportarán motivos adicionales para sostener lo que afirmamos, servirán como demostración práctica de que teníamos razón. Las piezas del rompecabezas que no encastran quedarán dando vueltas, justamente porque no encajan y porque su existencia pretende relativizar nuestras consistentes afirmaciones cotidianas. Por mucho que deseemos ignorarlos, esos ingredientes, deberán finalmente encontrar su espacio. Podrán ser desoídos por un tiempo, pero en algún momento, tendremos que asignarle un lugar y allí estarán esperando su turno para darnos la completitud pendiente.

Esto explica porque quienes hasta hace algunos años eran defensores acérrimos de ciertos personajes, están hoy en la vereda de enfrente sin que hayamos percibido el momento exacto en el que cruzaron la calle. Frente al planteo concreto, ellos no contemplan la posibilidad de admitir que antes decían esto y ahora dicen lo contrario. Tal vez, aceptarlo hiera su orgullo. Pocos son los que tienen la valentía, la honestidad intelectual, de decir ME EQUIVOQUE Y MUCHO. Probablemente lo importante no sea reconocerlo en forma pública, sino aceptarlo íntimamente en ese prolongado proceso que recorre el converso y que luego lo hace un amplio conocedor de su nueva posición a partir de sus visiones del pasado.

Ha llegado allí después de un prolongado peregrinar, plagado de frustraciones, repleto de desilusiones, teorías derrumbadas, refutaciones permanentes y fundamentalmente de interminables confusiones que fueron minando su viejo sistema de ideas.

Importa no perder el norte cuando discutimos lo cotidiano. A mucha gente le resulta incomodo observar como su construcción intelectual empieza a erosionarse. Resulta molesto visualizar que, aquellos a los que se defendió, no son lo que parecían y que una nueva decepción se avecina, como tantas otras, abriéndose pasos a regañadientes.

Ese empecinamiento inquebrantable, esa terquedad inexpugnable, es solo un síntoma, solo una parte, la más visible de un proceso que va por dentro, que es lento, evolutivo, progresivo. Algunos jamás cerrarán el círculo y sus inconsistencias permanecerán por siempre. Otros, los más valientes, los que realmente son capaces de intentar la búsqueda de la verdad con una apertura mental ejercida y no recitada, los que se animen a ensamblar las piezas sueltas sin cegarse, aceptando nuevas ideas y asumiendo con hidalguía los errores del pasado, recorrerán ese camino de la obstinación a la conversión.


La quimera de la igualdad

En el discurso político y ciudadano se ha instalado una certeza que pretende ser irrefutable. Se ha constituido en, algo así como, un monumento a la verdad inmaculada. Es la obsesión de un fundamentalista objetivo ya no solo retórico, sino de orden práctico, que se plasma a diario en implementaciones concretas en todo el globo.

Muchos, casi todos, dicen luchar por la igualdad y se ufanan de ello como si el término en si mismo representara un valor indiscutible. Se lo menciona como si el vocablo tuviera un aura especial, una bendición superior, como si se tratara de una virtud superlativa, de una utopía por la que valiera la pena trabajar incansablemente.

        

Habrá que decir, sin vueltas ni tapujos, sin rodeos ni eufemismos, que la igualdad, esa de la que tanto hablan, es el atributo que menos describe a la especie humana. Los individuos no somos iguales en casi nada. Si algo nos distingue, son nuestras diferencias, aquello que nos hace naturalmente distintos.

No nos parecemos ni físicamente, ni en nuestra personalidad, mucho menos en las intransferibles vivencias que nos tocan en suerte. Todo, absolutamente todo, nos hace seres infinitamente distintos, y esa desigualdad, si que es un cualidad, una característica única e irrepetible.

Son nuestras diferencias, las que nos hicieron progresar y sobrevivir como especie. Es justamente eso lo que nos ha permitido evolucionar. Esas disparidades, nos hace creativos, competitivos y se convierte en el principal motor que nos moviliza lo suficiente como para esmerarnos y superarnos a nosotros mismos.

No es la igualdad, sino justamente su opuesto, la desigualdad, lo que mejor describe nuestros talentos y mayores virtudes. También es ella la que identifica claramente nuestros peores defectos, y nos posibilita la chance de ocuparnos de ellos.

No somos iguales, no deberíamos querer serlo. Sin embargo, una corriente cada vez mayor, casi unánime, parece ser el discurso esperado, el políticamente correcto, ese que dice pretender ajustar lo que presenta como desvíos. La sociedad parece aplaudir, algunos porque suponen que alguien tiene el poder de otorgarles lo que no tienen, y otros porque no se animan siquiera a decir lo que piensan y defender lo propio.

Resulta deseable que todos juguemos bajo las mismas reglas. Se puede pretender cierta igualdad ante la ley, frente a los objetivos criterios que rigen la convivencia humana, pero solo eso, solo esa cuestión de rutina, que es casi una cuestión de sentido común.

En el resto, habrá que comprender que las diferencias, la desigualdad y nuestras propias particularidades, deben ser bienvenidas. Por eso, resulta difícil entender como esa palabra, igualdad, ha pasado a ocupar un lugar de privilegio en los discursos, y como su implementación efectiva ha significado despojarnos de nuestra propia singularidad.

Y es que la política ha convertido ese culto a la igualdad en una práctica cotidiana que consiste en quitar talentos a los mejores, poner límites al progreso, establecer pisos artificiales intentando brindar coercitivamente a unos lo que naturalmente no tienen, sin dejar previamente de despojar a otros para que lo anterior suceda.

La redistribución tan mentada sigue haciendo estragos. Bajo esa muletilla que se ha puesto de moda, el paradigma de la justicia humana, hace eso, quita a unos y otorga a otros, discrecional, arbitraria, selectiva y coactivamente.

La sociedad parece aclamar la destrucción de su mayor virtud. Supone que se puede igualar a una comunidad, por medio de leyes, decretos y normas. Que sacando a unos y entregando a otros, se nos ayuda a evolucionar. Nada más alejado de la realidad. Esos mecanismos, solo consiguen desestimular a los talentosos y paradójicamente también a los menos hábiles, ya que así, tampoco precisan de incentivos para progresar, para superarse. Después de todo, algún Mesías, se ocupará de darles lo que no son capaces de conseguir por si mismos. Pero en este caso, con el agravante de tratarlos indignamente como verdaderos incompetentes e inútiles, rebajándolos a la deshonrosa categoría de mendicantes de favores. Debilitan así su desgastada autoestima para condenarlos eternamente a la frágil e indecorosa posición de parásitos sociales, esos que a partir de ahora dependerán exclusivamente de la dádiva clientelista del mandamás de turno. Eso ocurrirá, claro está, cuando el poderoso decida otorgarle esa limosna. Antes se ocupará de esquilmar a algunos, esos que producen y generan riqueza a su alrededor, para poder concretar su generosa acción popular.

Ese mecanismo, que aparentemente goza de una impunidad sin igual en el planeta, parece haber venido para quedarse. Se trata de prácticas que celebran políticos y votantes al unísono. Diera la sensación, que cierto sector de la humanidad está dispuesto a bajar los brazos definitivamente, para vivir de lo que otros generen, para dejarse humillar por los que se han empeñado en demostrarle su demostrada incapacidad, como una fotografía estática de ese presente inmutable e inmodificable.

Ellos, no parecen estar listos para dar la batalla, ese difícil pero imprescindible desafío para recuperar la fe, de iniciar la búsqueda de su propia felicidad e intentarlo en la satisfacción de identificar sus arraigadas y desconocidas fortalezas, esas que todo ser humano tiene, ese don preciado que hemos recibido cada uno de nosotros en forma particular, individual e indelegable, ese atributo magnífico que nos hace esencialmente diferentes y por ello únicos e inimitables. Extraordinariamente distintos. Fantásticamente desiguales.

Ninguna ley funcionará como los políticos y muchos ingenuos ciudadanos suponen. Las normas podrán saquear a unos para regalar a otros, pero no crearán talento allí donde este está ausente o simplemente dormido. Tampoco generarán creatividad, en ese espacio en el que  ellos mismos se ocuparon de apagar la voluntad.

Esos atributos, la creatividad, el talento, la perseverancia, el esfuerzo, la capacidad, el esmero, no son solo cuestiones innatas, las más de ellas se desarrollan y se logran solo cuando se atraviesan momentos difíciles, verdaderas crisis, situaciones que requieren de retos frente a los escollos que nos propone siempre el presente.

La innumerable lista de invenciones de la historia humana, esa nómina inagotable que nos hace la especie que mas se ha desarrollado como tal, proviene de los mejores. Son ellos y no otros, los que sentaron las bases del progreso.

Si eliminamos las diferencias, si seguimos venerando la homogeneidad, estaremos condenándonos a pedirle a los que se destacan, a que ya no lo hagan y a los peores, a despreocuparse por la ausencia de habilidades, pues algún político, apoyado por la inmensa mayoría de ciudadanos, pondrá las cosas en su lugar.

Evidentemente, la humanidad ha comprado esta falsa ilusión de que la igualdad es un objetivo en si mismo. La fantasía de la igualdad parece estar apoderándose de nosotros sin resistencia alguna y con una tácita aprobación cívica que explica el discurso de los políticos, que es solo una mera consecuencia y no su verdadera causa.


La maldición del microclima

Algunos lo consideran ineludible. Todos somos, de una u otra manera, victimas de este efecto que nos invade a diario. Es que el ámbito en el que nos movemos, aquellos con los que charlamos, el círculo en el que nos desarrollamos en lo profesional, nos invita permanentemente a compartir ideas, impresiones, sensaciones con gente parecida a nosotros. Eso hace que creamos que la realidad es solo esa fotografía. Pero sucede que los que están a nuestro alrededor razonan como nosotros, forman parte de ese entorno mas próximo, poseen idéntica formación, pertenecen a un mismo contexto y hasta probablemente viven en áreas geográficas cercanas a las nuestras.

Ellos son, efectivamente, una muestra de la sociedad. Pero son una mala muestra cuando suponemos que lo que ellos piensan, podemos trasladar linealmente al resto de la comunidad como si fuera la totalidad de ella. Este influjo, aparentemente inevitable, hace que hasta los más sagaces se equivoquen y crean que sus apreciaciones son compartidas por el resto de la comunidad.

        

Lo concreto es que, muchos en ese esquema, engañados por su percepción y también por los propios rasgos de su personalidad, confunden lo que querrían con lo que es. Solo con ese dato asumen que la sociedad está conforme o disconforme según sus propios pareceres. Mucho de eso tiene que ver con el terreno de las suposiciones y visiones siempre subjetivas, en las que los más cercanos, influyen de modo determinante.

Lo que ningún astuto puede ignorar, es que ese mirada contaminada, a la que ninguno de nosotros puede abstraerse, es solo eso, un espacio reservado para lo que piensa un sector de la sociedad, pero de modo alguno lo que concibe la comunidad en su conjunto.

La Real Academia Española define al microclima como ese clima local de características distintas a las de la zona en la que se encuentra. Y vaya si el término explica la sesgada forma en la que muchos analizan lo que nos sucede a diario.

Cuando escuchamos hablar a políticos, oficialistas y opositores, a periodistas de diferentes medios, analistas de distintas miradas ideológicas, dirigentes de cualquier sector o hasta líderes sindicales o académicos, vemos el aplastante efecto de estos reduccionismos que imposibilitan ver lo evidente al caer en la generalización lineal de lo que escuchan a su alrededor.

La realidad es compleja, vaya si lo es. Influyen en ella múltiples procesos simultáneos que operan entrelazándose entre si. Es preocupante, que gente preparada, con formación sobrada en variadas disciplinas, haya tropezado ante la tentación de arrogarse el pensamiento ajeno, en función de una simplificada proyección, en base a lo que algunos pocos expresan.

Cuando esas observaciones inocentes son solo parte del debate de la reunión de café o la ronda de amigos, no tiene mayor impacto, y todo queda en la anécdota. Ahora, cuando ese modo de reflexionar, deja su huella en la toma de decisiones de la alta política, de la economía a gran escala o de las estrategias partidarias, el tema toma otra dimensión.

Es que el mundo se mueve, también por expectativas. Cada uno de nosotros proyecta su futuro, avanzando o retrocediendo en función de lo que creemos que sucederá. La continuidad de una política o la modificación de ella, influye categóricamente en lo que haremos o dejaremos de hacer marcando el rumbo de todos los proyectos personales, políticos o empresariales.

La venda que nos impone esa acotada visión que nos rodea, hace que creamos que afuera está soleado cuando en realidad llueve torrencialmente, o a la inversa. En ambos casos, esa tendenciosa mirada de lo que suponemos es la verdad, está distorsionada y nos aleja del mundo real, con el que nos toparemos irremediablemente en algún momento.

Ya no alcanza ni la perspicacia, ni el instinto, ni siquiera la información. Se trata en todo caso de tener la agudeza perceptiva de entender como funcionan las sociedades y a que estímulos responden, cuanto de ingenuas tienen y cuanto de lúcidas las explica.

Los demagogos de siempre, especulan hasta el cansancio con sus repetidas fórmulas. Sus propios entornos los convencen de que las perversas prácticas del pasado darán resultado nuevamente y que la sociedad les comprara “espejitos de colores”, otra vez.

Es lo que, entienden, les dice la experiencia y apuestan a ello alimentados por los aduladores que nunca faltan y los embaucadores profesionales, que le dicen lo que quieren escuchar, es decir que todo lo que hacen es correcto.

Por eso insisten con su modelo populista. Esperan nuevos aplausos. Por ello preparan una renovada batería de medidas para cada momento, esas que aportaron éxitos y que proyectan hasta el infinito.

Los opositores hacen lo propio. Creen que cualquier actitud oficialista caerá en desgracia. Sus seguidores los seducen con la idea que el oficialismo está en caída libre y que nada detendrá ese proceso. Esa mirada, los hace confiados, y entonces se vuelven vulnerables e ineficaces, porque suponen algo que no ocurrirá de modo alguno.

Para los que apuestan sus fichas a una sociedad ignorante y que siguen insistiendo, de un lado y otro, con el despreciativo argumento de que no estamos preparados para vivir en democracia, y que solo la educación nos liberará, habrá que decir que hay que dejar de subestimar a la gente, y trabajar mucho mas sobre si mismos si quieren interpretarla. Incontables fracasos de inteligentes estrategas respaldan esta afirmación. Abundan ejemplos de estruendosas derrotas de los soberbios analistas que minimizan la intuitiva percepción de la sociedad para identificar a los rapaces de siempre.

Los microclimas condicionan la forma de tomar decisiones. Lo cierto es que, cuando llega la hora de que el pueblo tome la palabra, siempre lo hace en el sentido de sus sensaciones. No seleccionan a nadie por error. En todo caso esos se han tomado la tarea de interpretar mejor, lo que la gente cree. Si alguien quiere recibir los favores de la sociedad en una elección, mas vale que se ponga a trabajar en serio y a hacer lo esperado. Las especulaciones que movilizan el patético y servil entorno de las dirigencias que solo hace negocios para sí, solo lleva a los lideres a recorrer los caminos mas torpes y menos conducentes de la política doméstica.

El mundillo en el que todos estamos inmersos, es una constante amenaza que nos lleva a perder contacto con la realidad. Entender a la sociedad, interpretarla acabadamente, descifrar sus reales intereses y percibirlos con claridad no es tarea para cualquiera. Hasta el más instruido puede ser engañado por las fantasías de su propia mente, y sobre todo por ese séquito que lo rodea y contribuye a su confusión cotidiana, orientando sus decisiones en el sentido inadecuado. Mientras tanto todos corremos el riesgo de ser las nuevas victimas de la maldición del microclima.


La dialéctica del cheque en blanco

Convivimos a diario con personajes que razonan de un modo muy especial. Adhieren a ciertos liderazgos mesiánicos y una vez que el caudillo los ha cautivado, empiezan un interminable recorrido, que se inicia con el tibio elogio, para pasar luego a la defensa irracional, culminando con la más patética justificación ciega a cualquier decisión o acontecimiento que involucra al cabecilla de turno.

Es notable como gente que dice defender valores como transparencia, democracia, república, derechos humanos, propiedad, vida o libertad, termina avalando las más temerarias y disparatadas decisiones de su circunstancial “jefe”.

        

Las más de las veces, se trata, de gente inteligente, con profunda formación, con amplia cultura general, que goza de cierto prestigio que lo vincula con la intelectualidad. Algunos, en ese proceso pierden el sentido de lo correcto frente a lo incorrecto, del bien, respecto del mal, de lo aceptable y lo reprochable.

Idénticos actos o discrecionales determinaciones, serian rechazados de plano si fuera otro el ocasional implementador. Es que sus simpatías le juegan una mala pasada y le hacen descuidar el deseable sano equilibrio, imprescindible para juzgar los sucesos.

Hechos de corrupción, silenciamiento a los que piensan diferente, abusos de autoridad, prepotencia, abandono institucional, persecución ideológica, desbordada agresión, son solo lugares comunes de la larga lista de esa secuencia que forma parte de la nómina de actos que merecen ser repudiados, y sin embargo se respaldan de la mano de retorcidos argumentos que le den soporte al desatinado aval.

Tal vez sea un mero reflejo de la clásica estrategia de confrontación de los demagogos populistas. Aprueban todo, porque en realidad tienen claridad respecto de lo que no quieren, más que sobre lo que realmente desean. Tienen enemigos comunes, y eso hace que pierdan de vista lo éticamente adecuado. Lo importante es oponerse al contrincante elegido. Será una nación extranjera o una religión, algún sector social o tal vez ciertos intereses económicos. No es relevante, solo se trata de buscar un motivo para sumar odios que ayuden a cohesionar fuerzas para una batalla específica.

El líder populista lo sabe, conoce las reglas sociológicas con las que se mueven ciertos individuos. Ellos no precisan consentir una idea necesariamente, les alcanza con identificar enemigos y obtener adhesiones por contraposición, por contraste. La individualización de un rival común simplifica los razonamientos y coloca en fila a todos los que combaten a ese enemigo.

Existe un peligroso reduccionismo casi deportivo, que tiene que ver con cierta necesidad de sentirse identificado plenamente con alguien, con sus ideas y visión. Se asemeja y mucho a la pasional actitud de quien ha decidido hacerse fanático de un equipo, funcionando entonces esa lógica de idéntico modo. Arengar al equipo propio implica eso, alentarlo, festejarle los éxitos y rivalizar con el clásico oponente de siempre. No importa quien juega mejor, ni quien merece ganar las competencias. Lo importante es derrotar al adversario, de cualquier modo, apelando a argucias y hasta celebrar cuando es sometido por otro rival. Esa dinámica tan propia de la disputa deportiva, se termina trasladando, casi absurdamente y en forma lineal, a la política.

Es que un ciudadano con sentido de la libertad, puede adherir a una idea, comulgar con alguna decisión y al mismo tiempo rechazar otras hasta aborrecerlas. De eso se trata, de mantener la imparcialidad, la reflexiva actitud respecto de los hechos, esa que nos otorga racionalidad, sentido común y nos evita el improductivo involucramiento que hace perder el contacto con el mundo real y obnubila la perspectiva.

A estas alturas, es inadmisible que un mortal, en sus cabales, inteligente, con la preparación que le brindan los años de estudio transcurridos o el acceso a la educación que le fue posible, admita con naturalidad que es razonable firmar cheques en blanco a su líder. No parece lógico, ni atendible de modo alguno hacerlo con nadie.

Los seres humanos somos esencialmente imperfectos, y por tanto acertamos y nos equivocamos. Hacemos lo correcto y también lo incorrecto, pero perder la dimensión de lo que está bien o lo que está mal, nos aleja de nuestro mayor rasgo. Equivocarnos, implica una posibilidad concreta en lo cotidiano, pero la capacidad de visualizar el error, para luego corregirlo, es parte también central de nuestra naturaleza.

Es allí donde nos cuesta entender como tantos han cedido a las luces del poder. Se puede entender, aun sin justificar, cuando esa pérdida de noción de lo incorrecto proviene de las prebendas recibidas, los honorarios cobrados o la pertenencia al núcleo de mando. Pero cuesta mucho comprender similar empecinada exaltación, cuando solo median, el disparatado entusiasmo sin compensación alguna.

No debemos temer a la libertad. Se podrá acordar con el líder en ciertos temas, tal vez los mas importantes incluso, pero debemos permitirnos disentir en todo aquello que no nos parezca adecuado, que no encuadre en nuestra escala de valores. Flaco favor se les hace, a esos caudillos, cuando se los endiosa convenciéndolos de su supuesta superioridad. Brutales historias en el planeta empezaron de esta manera, colocando en un pedestal inalcanzable a hombres, que en definitiva, son solo de carne y hueso.

El bueno y el malo de las historietas son solo eso, una caricatura de la realidad. En el mundo terrenal, nadie es absolutamente bueno, ni nadie totalmente malo. Los que somos parte de la especie humana, sabemos que nuestras vidas se construyen con éxitos y fracasos, con aciertos y errores. Presumir de la perfección de nuestras decisiones es desconocer el atributo principal que nos distingue en el universo.

Asusta este modo de ver las cosas que algunos han elegido. Cierta ingenuidad no puede menos que llamarnos la atención, ya no por el coyuntural presente, sino por las consecuencias esperables de la proliferación de fanáticos incapaces de aceptar la irrefutable presencia de reiterados equívocos, autoritarias actitudes estimuladas por cierta postura servil y aduladora que potencia a los que detentan el poder.

El líder redentor sabe como funcionan las mentes de los desprevenidos y juega ese peligroso juego, que lo fortalece y le quita límites a la hora de ejercer la autoridad posibilitándole la pretendida concentración del poder.

No inquieta por las cuestiones electorales o la mezquina ingeniería política, preocupa porque en el medio estamos nosotros, los ciudadanos, esos que no debemos nunca perder la mesura, la ecuanimidad, el equilibrio y todo lo que nos mantiene a una distancia prudente de los acontecimientos, impidiendo que nos pongamos las anteojeras con las que algunos pretenderían que observáramos el presente.

No es la primera vez que presenciamos esta manera de leer la realidad. Por eso preocupa, porque los antecedentes hablan por si mismos, y esta dinámica tan particular, puede ser el preámbulo de los excesos que la humanidad ya conoce y aún lamenta. Habrá que cuidarse y no perderle pisada a esta dialéctica del cheque en blanco.


Periodismo. Una mirada sobre nosotros mismos

Más allá de no coincidir con la fecha elegida para la celebración del día del periodista en Argentina, por no representar de modo alguno los paradigmas de la libertad de expresión y el espíritu de contrapoder intrínseco del periodismo, esta oportunidad parece más que pertinente para recorrer algunos aspectos poco abordados en relación al vulgar discurso que aparece año a año, como inercia demagógica de estos tiempos.

Las adulaciones, palmadas y obsecuente actitud de muchos para con el periodismo, contrastan con las otras, también importantes en número, que se ocupan de responsabilizar a los que ejercen la actividad, de todos los males que padece la sociedad.

Siendo un poco más cautos, tal vez se deba decir que, en realidad, ni una cosa, ni la otra. Muchas mentiras y falsas creencias rodean a este oficio. Pero, las más de ellas, de tanto repetirlas terminan pareciendo ciertas, aunque sin elementos concretos que la sostengan.

Habrá que decir, a favor de los fabuladores, que sus argumentos, además de lineales, parecen verosímiles, y es tal vez este último dato, el que culmina dándole cierto sustento. Una añeja presunción pretende poner en un pedestal a quienes ejercen la tarea de informar. Suponen que la labor de los comunicadores, está rodeada de un aura especial, algo que la hace intocable, superlativa, sublime y superior.

Condescendiente y conveniente argumento que solo eleva el insustancial ego de una profesión que, por si misma, ya atrapa a ególatras personajes y mediocres con baja autoestima, de esos que necesitan ser alabados cada tanto para no deprimirse. Muchos halagadores consuetudinarios, apelan a esta herramienta para mendigar un poco de protagonismo en los medios, invitaciones, invocaciones, o inclusive, cuando no, para evitar críticas. La vanidosa actitud tan propia del rubro, hacen de este tipo de posibilidades, moneda corriente y campo propicio para el superficial elogio fácil.

Muchos siguen sosteniendo que los periodistas como formadores de opinión, consiguen que cualquier cosa que digan se convierta en verdad. Quienes eso afirman, sobreestiman al periodismo y a los medios y subestiman profundamente a la sociedad manifestándole su marcado desprecio. No se debe caer en la trampa de sobredimensionar el alcance de los medios, la perversidad de sus actos y la penetración de su discurso. En un mundo capaz de fabricar fantasmas, que sigue creyendo en paranoicas conspiraciones y en las corporaciones que todo lo pueden, ese pensamiento mágico, se hace funcional.

Sobradas pruebas tenemos, a estas alturas, de que las mentiras tienen patas cortas y que el poder de los medios no es tal. Si así fuera, algunos nunca habrían caído en desgracia y muchos poderosos soportados por la prensa aun perdurarían. No es lo que ocurrió.

Es que solo cabe recordar una de las tantas versiones de aquella frase que se le atribuye a Abraham Lincoln, que decía que se puede engañar a algunos durante mucho tiempo, a muchos durante algún tiempo, pero no a todos durante mucho tiempo.

Por retorcidas que sean las elucubraciones, la prensa, es eso, un poder mas, el cuarto o el que sea, pero solo una parte más del delicado y necesario equilibrio de fuerzas que hacen caminar mejor o peor al mundo.

Entre las históricas demandas, están esas que dicen que es necesario un periodismo “independiente”, Ya lo afirmaba un viejo maestro, que nos enseñaba sobre el periodismo independiente, lugar común, reiterado como verdad a los cuatro vientos. La calidad de independiente es respecto de algo, del poder, del Estado, de los partidos políticos, de los clientes, de los sectores económicos, políticos o religiosos, de las ideas. Por lo tanto, no existe tal cosa como el periodismo independiente, pues invariablemente se depende, de uno u otro modo, de las propias creencias y prejuicios, de los conocimientos y experiencias, de la base cultural, del entramado ideológico y de las convicciones religiosas que llevamos con nosotros a cuestas de modo permanente.

Tal vez la referencia a independiente, tenga que ver expresamente con el poder en sentido genérico, y en ese aspecto seguramente no solo es deseable, sino que además es requisito para ejercer la profesión, por su esencial característica de contrapeso.

También se espera cierta objetividad periodística. Sin explicar la idea, solo se recita y se repite hasta el cansancio. Ese argumento pretende sostenerse en que la verdad es única y ser objetivo asume decirla y conservarla como valor. Es probablemente cierto eso de que la verdad pueda ser una sola, lo que no es cierto es que debe ser observada desde un solo lugar. La verdad tiene muchas aristas, y se pueden llegar a múltiples, casi infinitas conclusiones, sobre un mismo hecho, priorizando algunos aspectos por sobre otros, sin escapar a la verdad. Por eso, cuando se habla de objetividad, tal vez muchos deban revisar ideas para ser más realistas, porque cada uno de nosotros lo hacemos, opinamos, desde nuestro lugar, desde nosotros mismos, con criterio propio, lo que nos hace formidablemente subjetivos, al analizar los acontecimientos desde una perspectiva particular, que puede ser singular o coincidente con el resto.

Un párrafo aparte habrá que dedicarle a la perseverante actitud de colocarse en el rol de víctima. La posición débil, de sojuzgamiento y sometimiento es típica de los mediocres de la casta. El periodismo, como cualquier otro tipo de labor, requiere de una dosis de talento y mucho de convicciones. Si no se tienen ambas, al menos en las proporciones mínimas, se termina haciendo lo que otros quieren, y no lo que uno pretende.

No cualquiera que está frente a un micrófono o a las cámaras de televisión, en una redacción de un periódico o de un portal digital, es periodista. Una cuota de talento, y otro tanto de esfuerzo, principios, sacrificio e inteligencia pueden hacer la diferencia. Como en toda ocupación, no triunfan todos, no llega cualquiera, solo los que han logrado combinar sus habilidades con algún criterio. Y no es cuestión de caer en la demagógica postura de justificar a los anodinos para seguir alimentando la hipócrita tendencia  aduladora de estos tiempos.

El periodismo debe hacer una profunda autocrítica, ya no por lo dicho, ni por lo hecho, por lo escrito y mostrado, sino por las permanentes omisiones, por lo ocultado premeditadamente, por lo callado y no mostrado, por la complicidad de sus silencios.

La falta de coraje profesional, los temores, el miedo a la libertad y la larga historia de voluntades quebrantadas son el costado más frágil de esta vocación. Privar a la sociedad de algo, por la falta de valor, por los excesos de prudencia y las protecciones implícitas, hablan bastante mal de esta noble actividad. Y hay que hacerse cargo, habrá que asumirlo primero, si queremos corregirlo. Al periodismo no lo dignifica su tarea cotidiana, sino la forma de ejercerlo.

Intentemos ser serios, hagamos al menos el esfuerzo, vale la pena hacer un ejercicio de revisión profunda para que la crónica compartida no sea una ingenua caricatura de lo que queremos ser y no somos. Ejercemos una profesión plagada de leyendas, que poco tienen que ver con la realidad, y aun tenemos mucho por ajustar, si pretendemos obtener la legitimidad que no otorga el esfuerzo, sino el deseable resultado de nuestro sacrificio.

Para lograrlo, tal vez debamos abandonar el testimonio cándido que pretende ocultar nuestras, cada vez, más evidentes falencias. Sería un buen comienzo y un excelente homenaje a la profesión. Pero el ingrediente principal, no puede faltar a la cita. Sin libertad, el ejercicio periodístico no tiene valor alguno. Bien lo decía Albert Camus “una prensa libre puede ser buena o mala, pero sin libertad, la prensa nunca será otra cosa que mala”.


Confusión Monárquica

Mayoritariamente, la humanidad ha elegido como sistema imperante a la democracia, que con sus matices y tradiciones locales, ha tomado diversas formas, pero intentando conservar su esencia. Los partidos políticos parecen ser el instrumento más apto para ese despliegue electoral con la que se alimenta este estilo de vida.

El sistema representativo agrega esa posibilidad de tomar decisiones a través de personas a las que delegamos ciertos derechos, por algún tiempo, para que ejerzan nuestro poder ciudadano bajo determinados parámetros. En este esquema, los ciudadanos somos convocados, cada tanto, para indicar en elecciones populares, a quienes nos suplantarán a la hora de resolver sobre la administración del Estado.

No existe dirigente político alguno, que se precie de tal, que no reitere hasta el cansancio, en cada ocasión, frente a diferentes tribunas, su profunda vocación democrática y su irrevocable respeto por las instituciones republicanas. Eso no debería extrañar demasiado. Es el discurso políticamente correcto, lo que todos esperan que se diga, y por lo tanto lo que hace cualquier candidato para tener mayores oportunidades y atraer los votos que precisa para acceder al poder.

Hasta aquí todo parece lógico y normal. Sin embargo, a poco que el político asume la función para la cual se postuló, parece tirar por tierra todo lo recitado y empezar a recorrer el camino de desconocer, de modo concreto, en cada acto, la esencia misma del sistema democrático. Existe un proceso casi automático, por el cual el “elegido” se apropia de lo público, asume que fue ungido como un monarca y que, por lo tanto, es propietario de la vida y el patrimonio de sus mandantes.

Inicia, de ese modo, una espiral en la que se establece a si mismo ciertos privilegios personales que, por otro lado, los replica entre sus colaboradores como si fueran parte de una misma casta. Se trata de un fenómeno reiterado, cíclico y casi universal, que no reconoce fronteras étnicas, ideológicas, ni de niveles de educación o desarrollo. Con más o menos obscenidad, se presenta a diario de un modo ostentoso y procaz.

Es que tal vez el caudillo “ocasional” no entendió que fue elegido como mandatario, como representante, para actuar por los ciudadanos y bajo determinadas consignas que no dependen de la ley, sino de la formación moral del que le toca en suerte ejercer la labor. Fue seleccionado entre tantos otros, por sus propuestas, por sus ideas, por su visión. Está para eso, para llevar adelante la misión que le fue encomendada y no otra.

Muchos no entienden que ese dirigente, desde el momento mismo en que obtuvo la preferencia de su sociedad, dejó de representar a un partido político, a una facción, a una parte de su comunidad. Ahora se ha integrado a la estructura estatal por el periodo que le toca, pero para trabajar por el conjunto y no por su sector ideológico.

El electorado optó por sus ideas frente a otras, pero debe hacer esa tarea con la mayor austeridad posible, sin lujos, ni privilegios, con el sentido común y el respeto de quien, está “de paso”, circunstancialmente ocupando una función para la que ha sido elegido por un tiempo establecido, y no más que eso.

Está de paso, a préstamo, provisoriamente, por lo tanto no puede comportarse como dueño de casa, debería hacerlo, a lo sumo, como inquilino, como mero visitante, a la que se le han asignado determinadas responsabilidades durante su estadía. Vale esto para él y para cada uno de sus colaboradores, sin distinción de rango.

Sin embargo, resulta recurrente ver, como el sufragio parece convertir a mansas versiones sonrientes y celebridades amigables, en autoritarios y discrecionales personajes que se apropian del poder como si fuera eterno, con la soberbia, la impunidad y el desparpajo de quien ha venido para quedarse.

En su despliegue cotidiano, el funcionario opera casi como por cuenta propia, hace la suya, decide a su arbitrio, y asume que el poder delegado por los ciudadanos fue, en realidad, transferido. Habrá que decir que la democracia representativa supone una delegación transitoria y no definitiva de atribuciones, que la sociedad puede reclamar, y hasta retirar, en ese ejercicio ciudadano.

Esta confusión que aparece como denominador común en tantos, al punto de marearlos y aturdirlos, y hasta hacerles meter en una coctelera a conceptos tales como Gobierno, E Estado, Partido y hasta a ellos mismos, tiene el resultado que ya conocemos. Un conjunto de hombres y mujeres, probablemente decentes los mas de ellos, que no sabe bien cuando habla por si, cuando lo hace en representación del partido, en qué momento defendiendo los intereses del Estado y cuando en función de gobierno.

Ante semejante alboroto que tanto agobia, aparece el funcionario utilizando recursos públicos, de todos los ciudadanos, para actividades partidarias, políticas y personales, sin entender donde está la verdadera línea divisoria que separa esto de aquello.

Tal vez muchos, deban repasar lo que significa una democracia representativa. Tanta naturalización de lo incorrecto, tanta prerrogativa convertida en tradición cultural, y tantos “pícaros” personajes de la política, han logrado hacer una gran ensalada para que muchos ciudadanos no podamos visualizar a diario las cosas con claridad frente a este conveniente y funcional desorden que se ha instalado entre nosotros.

La próxima vez que veamos en escena a un funcionario público, no importa el rango ni la jurisdicción, no resulta relevante su carisma o su preferencia partidaria, prestemos suficiente atención. Cuando los ciudadanos aprendamos a diferenciar que no es lo mismo actuar para sí, que para el partido en el que se milita, para la función institucional que se ejerce, que para la tarea de empleado estatal que implican los cargos públicos, podremos estar en condiciones de poner las cosas en su lugar.

Cuando se actúa dentro del marco democrático, en los ámbitos públicos, resulta prudente recordar que se está haciendo uso de recursos públicos, de dinero de todos, ese que se origina en el cobro de los impuestos, en el endeudamiento irresponsable de los gobiernos de turno y en la inconveniente emisión de moneda.

En sociedades como las nuestras, la inmensa mayoría de las democracias del planeta, se convive con perversos regímenes impositivos que hacen que sean los más pobres quienes terminen siendo los principales financiadores de la creciente voracidad estatal de la partidocracia reinante.

Vivimos tiempos de un oportuno aturdimiento, ese que posibilita a los ciudadanos ser protagonistas estelares de esta apropiación de lo público por parte de quienes se sirven de los más nobles atributos de la democracia para complacer sus propios objetivos.

Lo peor de la política pretende adueñarse de todo, aprovechando el enredo conceptual del que somos cómplices, abonando, como siempre, a esta funcional “confusión monárquica”.


Política a demanda

Que la política ha caído en desgracia y su popularidad está en su punto mas bajo, no es noticia. La actividad sufre, hace tiempo, de este desprestigio. Ya no se trata de un hecho local. Claramente, se ha constituido en un fenómeno global, solo con pocos matices.

Ha pasado mucho para que este sea el presente. Lo que la sociedad piensa de la política se corrobora a diario. Es que tanta discrecionalidad, abuso de poder, clientelismo, demagogia y hechos de corrupción, solo han abonado linealmente a una misma visión. La política es despreciable para casi todos y su deterioro parece interminable.

Sin embargo, algunos se empeñan en reivindicarla como vocación. Dicen, con razón, que la política es el medio más efectivo para modificar la realidad. Y no mienten en ello. Vaya si tienen razón. La política debe ser el vehículo mas eficaz para esa mejora.

Lo que no dicen es que la mala imagen que la gente le atribuye, se sustenta en realidades y no en suposiciones. Se apoya sobre la base de hechos reiterados y de una experiencia confirmatoria que se prolonga en el tiempo. Ya no son incidentes aislados, sino sucesos repetidos incansablemente, solo reediciones de situaciones parecidas.

El abuso de poder, se origina en la brutal concentración de recursos y atribuciones, que hacen del poderoso, alguien con demasiada supremacía, y que ostenta un arsenal de inexplicables privilegios personales. Un desproporcionado costo operativo, sin correlato razonable con sus ingresos aparentes y sus funciones publicas. Nada mas despreciable, que quien aprovecha las prerrogativas que otorga el cargo. Sobre todo cuando quien financia ese despropósito es un ciudadano, sin privilegios, ni prioridades especiales. Soportar el desagradable espectáculo de pagarle lujos al funcionario, que no se pueden dar quienes pagan sus obligaciones, es una muestra mas del desparpajo con el que algunos se mueven.

La discrecionalidad genera igual sentimiento negativo. El funcionario, aparentemente tocado por una varita, parece convertirse por arte de magia, en el único iluminado capaz de saber a quienes beneficiar con ciertas medidas y a quienes no. Su arbitrariedad no tiene demasiados límites y las explicaciones brillan por su ausencia. Ejemplos abundan. Recibe a quien quiere, cuando quiere y si quiere. Su despliegue esta plagado de caprichos y eso lo hace absolutamente cuestionable.

La corrupción, tal vez sea el punto máximo de toda esta descripción, pero solo la esperable consecuencia de un sinnúmero de atrocidades aceptadas con naturalidad. Es que a las patéticas actitudes propias de la función, se suman ahora cuestiones morales que solo esperaron la oportunidad para rapiñar todo lo que se encuentre a su paso.

La escala de valores de estos personajes se ha malogrado porque han consentido situaciones en ese recorrido, donde el umbral de la moralidad, se corre permanentemente aceptando hechos que de estar en posición ciudadana no se tolerarían.

Le toca en suerte aprovechar esas posibilidades y allí su deshonestidad aflora. Esa que estuvo latente durante mucho tiempo y que las mismas reglas de la política fueron limando en permanentes concesiones, aprobando ciertas pautas inaceptables éticamente.

La política aporta pruebas aplastantes a diario, con múltiples y cada vez más creativas formas de asistencialismo, clientelismo, corrupción, discrecionalidad, demagogia y populismo. Estos atributos solo se sostienen cuando el que paga es otro. Se trata de esa masa impersonal al que llamamos ampulosamente “ciudadanos”, cuando en realidad debiéramos llamarlos “contribuyentes”, porque si algo hacen es financiar a otros.

Por eso, cualquier cosa que se diga de un dirigente político, o más aun de un funcionario, resulta creíble. No importa cuan retorcido sea el planteo o la historieta. Poco importa saber si es total o parcialmente cierto. Es más, hasta puede ser una absoluta calumnia, pero ese no es el problema. El asunto es que resulta verosímil y con ello todo intento por encauzar la cuestión resulta insuficiente. Entonces devolverle valor positivo a la actividad política se convierte en un esfuerzo discursivo y voluntarista.

Parece imposible salir de este círculo vicioso. La naturalización de algunos hechos, nos llevan por el sendero de la resignación y de la aceptación mansa de que “todo es así” y “nada se puede hacer”. Vaya funcional filosofía para los que quieren seguir haciendo uso indiscriminado de las “bondades” del sistema para provecho propio.

Esa acumulación de poder precisa de esa interminable transferencia de recursos económicos que el sector privado drena hacia el sector público. Sin ella no hay concentración de decisiones ni de dinero. Esta habitual manera de ver el presente, es la fuente inagotable de tantas desventuras. Cuando esta dinámica se modifique, y los recursos económicos que sector público obtiene, no se tornen tan tentadores, ni sus privilegios y prebendas surgidas de la discrecionalidad, puede que los operadores del poder, no se muestren tan entusiasmados con la idea de acceder a él. Es que en ese caso, el botín de siempre, no será la motivación central que inunde a la política de parásitos, temerarios personajes oportunistas, e improvisados arribistas.

La ideología reinante, esa que dice que el Estado debe ser grande y ocuparse de múltiples tareas, abarrota al mismo de recursos eternos. Sus funciones son casi todas, y por lo tanto debe seguir acumulando financiamiento, con impuestos, emisión monetaria o endeudamiento. No importa como, interesa sostener el andamiaje del sistema.

Esta forma de ver el mundo solo conseguirá atraer a multitudinarios ejércitos de partidarios que quieren acceder al reparto de la torta. La lista de abusos estará a la orden del día, y no faltaran voluntarios a la cita. La misma política se ocupará de convocarlos.

Mientras los ciudadanos razonemos de este modo, mientras defendamos ideologías que concentran recursos en el Gobierno, bajo la simpática leyenda de la justa redistribución de la riqueza que quita a unos para dar a otros, la ficción del Estado eficiente y la falaz utopía controladora, seguiremos abonando al conveniente escenario que una casta eterna alimenta para que nunca le falten los recursos para asignar a sus seguidores. Ellos continuarán con esta tradición, como siempre, con discrecionalidad y excesos, con privilegios y asistencialismo, con clientelismo y demagogia.

Todos los calificativos despectivos que podamos atribuirle a la clase dirigente parecen tener asidero, se hacen verosímiles, pero a no equivocarse, los ciudadanos hemos fomentado y legitimado durante décadas a este linaje con doctrinas plagadas de falsos argumentos, pero que han sido altamente convenientes para ese despliegue.

Si aún creemos en la idea de que podemos intentar salir de este laberinto, tal vez debamos mirarnos un poco para buscar en nuestros reclamos la explicación a tanto desatino. Solo estamos recibiendo a cambio, las predecibles consecuencias de lo que nuestro desaprensivo discurso ciudadano, clama en público y detesta en privado.

Despreciamos a la política, la aborrecemos, pero solo hemos construido una caricatura de ella misma. La noble herramienta del cambio es solo un espejo de nosotros mismos, tal vez su costado menos agradable, pero sigue siendo una “política a demanda”.


El precio del miedo

Mucho de lo que nos pasa tiene que ver con lo que hacemos, o dejamos de hacer. La clásica explicación del destino o de la mala fortuna ya no resulta suficiente. Los regímenes que padecemos, los sistemas que parecen aplastarnos, en realidad solo son la predecible consecuencia que surge de nuestras propias acciones y omisiones.

Los que pretenden decidir por nosotros no son ni mejores, ni peores. Solo se trata de gente común, pero  que ha entendido la dinámica sociológica mucho mejor que el resto. Ellos saben que frente a su determinación y osadía, esta la apatía de los más y el temor del resto de la sociedad. Siguen avanzando sin miramientos, porque saben que del otro lado, los espera la abulia, la pereza y la queja inconducente de la retórica descartable.

Mientras muchos cacarean, los detentadores del poder acometen sin vacilar, con los objetivos claros y un plan que se cumple paso a paso. Y no es que tengan razón, ni siquiera que sus fines sean los adecuados. Solo se trata de personajes que han entendido mejor los sucesos de estos tiempos y que hacen uso (y abuso) de ese esquema que les resulta funcionalmente conveniente. El comportamiento del resto de la comunidad, no hace más que abonar a sus propósitos y facilitarles el logro de lo que se han planteado.

Muchos individuos dicen no interesarse por la política, ni por nada que tenga que ver con ello. Tal vez creen que no les impactará de modo alguno, y hasta se enorgullecen de su indiferencia como si esta fuera una virtud de la cual ufanarse. Algunos dicen que les preocupa, pero que sus múltiples actividades les impiden asignarle tiempo, mientras que otros aducen que se animarían, pero que tienen temor a las represalias del poder.

Los más, solo acumulan excusas para justificarse y mantenerse allí en el cálido ámbito de sus propias comodidades. El rol de víctimas de los políticos, de la cultura, de las corporaciones y de nuestra propia sociedad, no nos queda nada bien. Es en definitiva una muy simplista interpretación de la realidad, plagada de una excesiva benevolencia para con nosotros mismos. Se trata de una mirada poco autocrítica, sobre la parte que nos toca en suerte y las responsabilidades que se derivan de ella.

Y no es que todos debieran dedicarse a la política, tal cual la concibe la mayoría. Porque no solo es política esa actividad que tiene que ver con los partidos, las elecciones y el sistema democrático tradicional. Es mucho más simple y cotidiano al mismo tiempo.

Cada uno de nosotros participa de algún modo en diversos ámbitos. En el trabajo, como parte de una actividad empresarial, profesional, o esa que proviene del ejercicio de un oficio o empleo. Todas ellas suponen algún grado de interrelación que nos vincula con colegas, clientes o proveedores. De uno u otro modo, estamos conectados y eso en si mismo genera un compromiso, al menos sectorial. La vida en comunidad, la del barrio, la del club, la del credo religioso o cualquier otro espacio donde compartimos con otros ciudadanos algo en común, es solo otra muestra más de lo tanto que nos necesitamos.

Nuestra falta de involucramiento en entornos hasta domésticos, nos ha colocado en la situación presente. Tenemos lo que tenemos, porque hacemos lo que hacemos. Las justificaciones están a la orden del día. Seguramente abundarán las explicaciones más o menos convincentes que respaldan nuestro propio letargo e inacción.

Ellos, los que entienden la partitura, la música de este concierto, quienes asumen el poder como parte inseparable de sus vidas cotidianas, siguen ejerciendo el mando como si nada hubiera cambiado, ante nuestra timorata complacencia ciudadana.

Los que se escudan en el miedo, siguen construyendo un fantasma que funciona casi como un espejo. Es que el temor paraliza y vuelve a los humanos las más dóciles criaturas del Universo. Los pueblos que ejercen estas prácticas, han logrado altísimos niveles de sumisión popular. Ese recorrido, en estos tiempos, ya no viene de la mano de las revoluciones violentas, sino de las consecutivas batallas perdidas por la libertad.

El “supra argumento” del bien común, se ha constituido en la herramienta más efectiva para anular las libertades individuales una a una. Viene siendo el camino elegido por los perversos de siempre que pretenden conducirnos plácidamente hacia el totalitarismo.

Nuestro continente recorre lenta pero decididamente ese sendero, el de suprimir las libertades progresivamente. Ese proceso está orientado por inescrupulosos, pero inteligentes lideres que interpretan acabadamente la mecánica con la que funciona una sociedad rodeada de prejuicios, falsas creencias y viejos paradigmas. El mayor de ellos, el temor al poder, el miedo a la represalia, la cobardía frente a la venganza.

Ellos lo saben y juegan con atemorizar, con asustar, con confrontar hasta el punto de disponer de sus propios escuadrones de milicias civiles violentas, capaces de intimidar con la fuerza física y sus modernas técnicas disuasivas, a los más audaces.

De ese modo, pretenden mantener disciplinada a una sociedad  que no debe dar pasos para quedarse allí, siempre a mitad de camino, masticando bronca y destilando impotencia, pero jamás dispuesta a dar el imprescindible paso siguiente, ese que produce el cambio tan ansiado.

Ellos saben que el temor está presente y trabajan en esa línea para fortalecer esa sensación, alardeando de los recursos disponibles. Pero la realidad es que ellos también tienen miedo. Algún día, cuando se hayan desnudado muchas de sus mentiras, los ciudadanos nos despabilaremos de este largo sueño, para tomar ese coraje hoy ausente y animarnos a más. Ese día, sus ardides y hasta su supuesto poder, ya no serán suficiente.

Mientras, seguirán haciendo de las suyas. Hasta tanto no despertemos y sigamos fabricando leyendas alrededor de las temibles consecuencias que pagaremos por asumir responsabilidades cívicas, no podremos convertirnos en ciudadanos con mayúsculas. Pero todo esto no será gratis, porque seguiremos pagando el “precio del miedo”.


El primer paso

Nos sentimos inseguros a diario. Ya no es solo una sensación, y mas allá de los excesos mediáticos, sigue siendo la asignatura pendiente más significativa que persiste en la agenda política de todos los niveles de gobierno. Para la inmensa mayoría de la sociedad es un tema de plena responsabilidad estatal, por expresa delegación ciudadana.

Sin embargo, cada vez que el asunto ocupa el centro del debate, se recorren invariablemente simplificaciones que no nos conducen a la solución y nos dejan siempre a mitad de camino. Es que la cuestión de la inseguridad tiene demasiadas aristas. Algunos osados que intentan arriesgar diagnósticos lineales para aproximar conclusiones, olvidan la multicausalidad que explica buena parte de la situación actual.

El debate entre los partidarios de la “mano dura” y los “garantistas” es, como mínimo, incompleto. Excesivamente concentrado en las consecuencias y dejando de lado las verdaderas causas originarias, mal puede resolver con eficiencia el núcleo del dilema.

Lamentablemente, el país no encuentra rumbos en esta materia y pese a la importancia que revelan las encuestas, se sigue deambulando en la persistente estrategia de desprenderse de incumbencias propias para endilgárselas al que esté mas a mano. La búsqueda de un único responsable, evita ver la película completa, perdiendo lo  contextual en cada afirmación liviana que se esboza.

El problema de la inseguridad es de vieja data y tiene una progresiva historia que se ha ido construyendo por décadas. No es un fenómeno repentino. Se han generado evolutivamente condiciones favorables para su desarrollo, con responsabilidades compartidas por la sociedad y el poder en todos sus estamentos. Nadie puede hacerse el distraído. En este reino del “vale todo”, del desprecio a la vida, a la palabra y a la propiedad, no puede extrañarnos el actual estado de cosas.

Sin embargo, y pese al creciente reclamo de una sociedad hastiada de los abusos, superada por la bronca e impotencia, en la que abundan los repudiables intentos de justicia por “mano propia”, la política no parece tener ninguna respuesta.

Ni la sociedad, ni la dirigencia, parecen encontrar la ruta que nos conduzca por el sendero pretendido. Dejando de lado las paranoicas teorías conspirativas en las que los poderosos hacen negocio con la inseguridad, habrá que decir que tal vez, simplemente, la mayoría de nosotros, incluidos los políticos, no sabemos por donde empezar.

El problema es mayúsculo y la pluralidad de causas que lo originan ha instalado cierta sensación de agotamiento en una clase política que solo se anima a declamar un diagnostico aproximado, y proponer tímidamente alguna acción aislada, que de modo alguno resuelve, ni minimiza siquiera, la situación.

Los mas improvisados prefieren el discurso demagógico de recitar slogans que sugieren emprender el camino de la “mano dura” de la ley, el brazo fuerte, decidido y ejecutor de un Estado inflexible. En la vereda aparentemente opuesta está el otro discurso laxo, el del los garantistas que por diferentes motivos, creen relevante privilegiar la plena vigencia de los derechos de algunos.

Ni unos, ni otros, pueden enfocarse apropiadamente en la tarea de resolver la problemática, en la medida que no se aborden cuestiones previas, que precisan de cierta cooperación mutua, impropia de nuestra tradicional conducción política.

El discurso imperante nos lleva por un círculo vicioso. Los que piden severidad descubren una normativa débil, excesivamente permisiva, y entonces bregan por reglas más contundentes y menos zigzagueantes. Los legisladores, dicen que las normas abundan y que solo resta cumplirlas. Las fuerzas de seguridad, insisten en la ausencia de adecuadas retribuciones, escasa preparación profesional y recursos insuficientes para darle cumplimiento a tantas disposiciones.

El sistema penitenciario está en crisis, frágilmente remunerado, deficientemente entrenado y sin infraestructura para albergar a más detenidos. Involuntariamente, parece haberse convertido en un centro de especialización, que no solo no rehabilita, ni reinserta a los que cumplen condenas, sino que los perfecciona en las artes del delito.

La justicia como poder del Estado ha colapsado y se ha tornado lenta, ineficiente e incapaz de contener tanta demanda real. Superadas sus estructuras, muchas de ellas antiguas e inadecuadas, batalla permanentemente por más recursos para administrar justicia y compensar de mejor modo a su personal. Es que ya no se trata solo de los jueces, sino de la imprescindible dotación de expertos que el perfeccionado mundo del crimen precisa para ser contrarrestado con éxito.

Los jueces afirman que solo pueden aplicar las leyes que existen, y que si estas son relajadas, pues poco pueden hacer por endurecerlas. El poder político, se debate entre los riesgos de caer en los excesos de la fuerza y la distendida actitud de pasar por alto cualquier ilícito. En ese juego perdemos todos, por no abordar el tema de fondo. Este perverso laberinto termina socavando los principios morales de una sociedad que cree recibir como mensaje, que da lo mismo cualquier cosa, que la propiedad y la vida no tienen valor alguno para esta comunidad.

Este deplorable enredo en el que estamos metidos, precisa ser encarado con inteligencia, sin mezquindades y con una profunda visión republicana. Independientemente de la estructura de la división de poderes y de las responsabilidades claras que cada esfera tiene en este esquema, la sociedad merece la posibilidad de sentarse a la misma mesa, para discutir sin ambigüedades la razón principal de sus desvelos.

Despojados de prejuicios, con la precisión que implica saber que “no hacer nada” no está en el menú de opciones, frente a la ola, aparentemente irreversible, de hechos de distinta gravedad que nos acosan a diario, necesitamos enviar una señal concluyente como sociedad civilizada a los que prefieren el caos como medio de vida.

Para ello, ALGUIEN debe dar el primer paso. Un acto de heroísmo, ese que implica asumir con humildad la imposibilidad de resolver las cosas por si solos. La sociedad merece la oportunidad de sentarse a discutir el problema y llegar a lo más profundo de la cuestión asumiendo que no se trata de encarar medidas aisladas, sino de una batería de estrategias conjuntas que deben ser enfocadas con creatividad para resolver los múltiples problemas uno a uno.

Una mesa en la que participen los legisladores y sus equipos técnicos, los miembros de todas las fuerzas de seguridad, con los especialistas y los que tienen las voces de mando, con jueces, fiscales y personal de apoyo del sistema judicial, con quienes son parte del sistema penitenciario en todas sus líneas, con educadores y representantes de la educación, con quienes se encargan de proveer salud y conocen otras aristas de la compleja problemática. No deberán faltar a la cita los gobernantes, los que detentan el poder formal y tienen capacidad de decisión para volcar la balanza. Nación, provincia, municipios, no hay excepción a la regla, Completan el escenario las fuerzas vivas de la sociedad, esa que demanda, que con independencia de criterio puede establecer su propia visión del problema evitando los reduccionismos que la lucha presupuestaria siempre parece proponer en los estamentos públicos.

No será una tarea fácil, ni breve, ni sin escollos. Pero alguna vez debemos empezarla. Solo hace falta una cuota de determinación política, de patriotismo, de conciencia ciudadana, y fundamentalmente de sentido común y amor a la vida. ALGUIEN, cualquiera, debe actuar de anfitrión y tener el coraje cívico de convocar a esta mesa amplia, diversa, generosa y plural. Allí, todos dirán lo que deban decir y, tal vez así,  encontremos los puntos en común que nos lleven a una solución integral, posible, sustentable en el mediano plazo, con compromisos firmes para abandonar definitivamente la reiterada receta de los paliativos insuficientes para enfrentar a la avalancha delictual y violenta de estos tiempos. Hace falta dar el primer paso.


Alberto Medina Méndez, desde Argentina
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