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............................................Alberto Medina Méndez, desde Argentina La hora de las convicciones El debate parlamentario de las retenciones ha puesto en el tapete la lucha por defender las convicciones. Los románticos debates de la política hacen que muchos puedan decir en las tribunas casi cualquier cosa. Es que en la política, como en la vida, uno puede manifestar libremente su visión sobre el asunto que fuera. Lo hacemos a diario, en el café, en el trabajo, en ronda de amigos. Los políticos y dirigentes, agregan a esa nómina la oportunidad que les ofrecen los medios de comunicación y la trinchera partidaria o sectorial. Pero el problema no es lo que se dice. La prueba de fuego se presenta cuando hay que sostener con hechos concretos aquello que se ha dicho con apasionada espontaneidad en cada oportunidad que se presentó. Una cosa es discursear, y otra distinta es demostrar que somos capaces de sostener esas ideas. Muchos políticos prometen en campaña en base a sus convicciones. No es que mientan. Realmente lo piensan así. Creen firmemente en lo que dicen. Les pasa lo mismo a los dirigentes sectoriales. Buscan representar a los intereses de muchos cuando declaman sus ideales. Y obviamente consiguen adhesiones por ello. Pero la oportunidad de ponerlos a prueba, no siempre se presenta con tanta claridad. Así, muchos, logran pasar desapercibidos sin poseer verdaderas convicciones, sino solo diciendo lo que quieren los demás. Se trata de este juego de representar a las mayorías, de ser aceptado, elogiado, admirado por decir lo que todos pretenden escuchar, de la mejor manera posible. La ajustada votación en el Congreso Nacional sobre el tema de las retenciones ha enfrentado a muchos legisladores con esta situación. Se han encontrado en el dilema de elegir entre sus convicciones y una tormenta de presiones de distinto tenor. La opinión pública, o la percepción que se tenga de ella, hicieron lo suyo. También jugaron su parte, las lealtades partidarias, los favores recibidos y porque no los privilegios que se pudieran obtener en el futuro en esa carrera política que subyace en situaciones como estas. Se juegan muchos intereses, incluidos los económicos. Algunos de los protagonistas apuestan su porvenir político. Es de imaginar que las presiones estuvieron a la orden del día. Tanto de un lado, como del otro. Se ha conversado mucho. Se han intercambiado llamados telefónicos, algunos de ellos, rozando la intromisión de otros poderes de la República. Algunos manifestaron desde el principio su posición y fueron consistentes a la hora de la votación. Se puede acordar o no con ellos, pero fueron leales a lo que manifestaron públicamente desde los inicios del conflicto. Otros fueron, premeditadamente, más imprecisos. Dejaron algunas puertas abiertas para lo que llamarían luego "deliberar a libro abierto". Se trata de una importante cantidad de legisladores, que escudaron sus indefiniciones en frases ambiguas como "lograr lo mejor para nuestra Nación", "buscar consensos", y "abrir el debate". En realidad, fue el escenario ideal para esa negociación donde se combinaron cuestiones patrióticas con asuntos más banales, como lo han sido determinadas ventajas personales y promesas de oportunidades políticas futuras. Con una votación tan ajustada en números, no es difícil imaginar la magnitud de las presiones que unos y otros intentaron ejercer. Es bastante probable que las convicciones hayan quedado, en muchos casos, en el camino. Para lavar sus propias culpas, mas de uno de ellos, habrá encontrando argumentos tan contundentes como seductores para convencerse, a si mismo y a otros, de haber hecho lo correcto. No importa si esa posición fue la que se sostuvo siempre. En todo caso, la política es el arte de lo posible. Con esa frase se suele justificar, con bastante eficiencia, la forma en la que ciertos políticos resignan sus ideales a manos de los manipuladores profesionales que deciden ponerlos entre la espada y la pared. De esta manera, los verdaderos titiriteros del poder, establecen falsas opciones, para quebrar la dignidad de los que llegan a sus bancas con convicciones, pero en el camino deciden abandonarlas. Hemos escuchado muchas claudicaciones en los últimos días. No solo en el oficialismo, sino también desde la gente del campo. El tan mentado pragmatismo ha ganado el lugar de los principios. En el camino quedaron las creencias mas profundas, los ideales tantas veces recitados y defendidos hasta el cansancio. Los favores recibidos seguramente intentarán compensar la indigna actitud de dejar atrás los valores por los que durante mucho tiempo se ha luchado. La votación tuvo un resultado en los números y una consecuencia en lo político. Pero más allá de eso, cada legislador ha pasado por la prueba de las convicciones. Algunos seguramente han superado con creces esa situación. No importa que posición hubieran defendido. Finalmente hicieron lo que tantas veces pregonaron. Lo hicieron de acuerdo a sus principios, siendo leales a ellos. Otros, deben estar aún hurgando entre sus históricos discursos, para ver cuando defendieron estas posiciones que finalmente pusieron sello a su voto. El examen de conciencia es un territorio privativo de cada legislador. Cada uno de ellos sabrá cuanto debió resignar de sus ideales para ceder a las presiones, cualesquiera sean ellas. La votación tuvo un resultado. Una vez más se pusieron a prueba los principios. Fue la hora de las convicciones. El pecado de ser grande El gobierno nacional consiguió dar otro paso con la aprobación en la Cámara de Diputados de su norma defendida con fundamentalismo inusual. Si bien ese proyecto de ley logro avanzar resignando buena parte de sus aspiraciones, pudo sortear la vergonzante situación de debilidad política que hubiera implicado una derrota numérica. En esto de las retenciones hemos asistido a largos debates, no solo parlamentarios sino también mediáticos, donde voces altisonantes se alzaron para defender con mucha pasión cada posición. Entre los cambios que surgieron respecto del proyecto original apareció algo predecible, no desde lo técnico, pero si desde lo ideológico. Tiene que ver con el "políticamente correcto" discurso de favorecer a los pequeños y medianos productores en detrimento de los más grandes De la nueva versión aprobada surge que quienes produzcan hasta 300 toneladas pagarán una retención efectiva del 30%, mientras que los que cosechen entre 300 y 750 toneladas pagarán el 35% del tributo. En los productores de hasta 1.500 toneladas pagarán las primeras 750 toneladas al 35%, mientras que el segundo tramo de esa producción se tributará con las actuales retenciones móviles. Esta diferenciación entre pequeños, medianos y grandes productores subyace en la mente de muchos. No solo en la de los políticos y dirigentes en general. La sociedad, en buena medida, lo acepta con inusitada adhesión. El significativo tamaño de un emprendimiento parece implicar, en si mismo, cierta cuota de culpabilidad. No debiera extrañarnos más de la cuenta. Vivimos en sociedades donde el éxito esta mal visto, tiene mala prensa. En estas latitudes el triunfo, la capacidad de progreso, conlleva una dosis de sospecha. Reina así, la ideología que dice que para crecer es imperioso hacerlo a expensas de otros. Si se ha logrado ser exitoso, es porque otros han sido derrotados. Surge así una lógica casi deportiva donde para que uno gane, otros, forzosamente, deben perder. Se olvidan que la riqueza se genera, y que los que lo consiguen son los emprendedores, esos que aspiran a ser mas, esos que naciendo pequeños pretenden ser cada vez más grandes. Lo hacen con convicción y también con esa imprescindible ambición que los caracteriza. Buscan la riqueza. Los mueve el afán de lucro. Saben que es el motor natural de la humanidad. No hay que avergonzarse de ello. Solo es preciso asumirlo, entenderlo y no tratar de negar su existencia por algún capricho ideológico, que no resiste prueba concreta alguna. Los recitados discursos en contra del lucro suenan simpáticos, pero sus expositores luego piden a cambio retribuciones dinerarias para defender esas ideas que dicen apoyar tan desinteresadamente. No existen productores pequeños, medianos y grandes. Si se pueden encontrar a diario, hombres y mujeres dispuestos a arriesgar lo poco o mucho que tienen, lo que han conseguido por sus propios méritos, para seguir creciendo. Ellos no viven del erario público. No tienen sueldo fijo. Nadie los designó "en planta" con la inherente estabilidad que impide que los despidan, sin importar sus habilidades, eficiencia o productividad. Todos, pequeños y grandes construyen la riqueza. Diferenciarlos, dividirlos, mas allá de las perversas pretensiones de la política mezquina de estos días, es caer en la trampa de la culpa, el odio y el resentimiento. Es cierto que algunos ricos han obtenido sus bienes gracias a cuestionables privilegios. Muchos de ellos se han visto favorecidos por el favor estatal. Pero la generalización castiga, en este caso, a los más dignos, y no a los otros. Con acumulación de capital llegan las transformaciones. Solo pueden producir, ofrecer empleo genuino y obtener crecimiento real, quienes logran generar, previamente, recursos para ello. Cuando el Estado se queda con la renta, la capacidad de acumulación se agota y entonces se hipoteca no solo el presente, sino también el futuro. El simpático argumento de la redistribución apela a lo más profundo de nuestra sensibilidad. Se ampara en ello para ofrecernos a cambio solo románticas promesas que luego se ven opacadas por una siempre discrecional, arbitraria y poco transparente forma de asignar recursos. Ser grande no es un pecado. El pecado es haber logrado una posición económica, cualquiera sea su tamaño, en base a negociados, estafando a otros, estableciendo dudosas alianzas con el poder público, para lograr la protección de los privilegios que solo el poder ofrece. El pecado está en las formas, no en la magnitud. La corrupción, la inmoralidad y la indignidad no son patrimonio de los más grandes. Se trata de una condición humana que, poco y nada, tiene que ver con el tamaño. Muchos han intentado este camino de lograr posiciones abandonando sus convicciones y el resto de dignidad que les quedaba, para ofrecerle a sus hijos, incluso a si mismos, un porvenir mejor. A esos no los amedrentarán con retenciones móviles. Tampoco quitándoles la renta. Ellos son lo suficientemente inmorales para ir en busca de un nuevo negocio que les permita seguir en su cuestionable senda, aplicando sus repudiables métodos. No es pecado ser grande. Si, lo es, dejar de lado las convicciones. Para eso no es necesario ser enorme. A los que no pueden defender sus ideales, les cabe la hora del análisis. La moralidad culposa de estos tiempos sigue rondando. Mientras no podamos decir lo que pensamos sin el temor a ser juzgados por ello, seguiremos dando lugar a esta manera de ver las cosas, que solo nos garantiza más pobreza no solo económica, sino de espíritu. Saqueadores y abusadores El debate legislativo ya tuvo su espacio. En definitiva, solo fue una continuidad del que presenciamos durante meses por los medios de comunicación. Por momentos lograron convencernos, que estaban unos defendiendo a los sectores productivos y otros tratando de esquilmarlos, quedándose con parte de la renta. En realidad, este debate nunca fue así. La discusión ha girado, desde el comienzo, entre los que pretendieron agudizar el saqueo hasta el infinito con las resistidas retenciones móviles y los otros, que dijeron que "con esto es suficiente". Nunca existieron "lados". Solo se trató de una cuestión de matices entre los saqueadores tradicionales y esta nueva casta de abusadores. Ambos, oficialistas y opositores, coinciden en buena parte de la ideología de base de este proceso. Todos acuerdan en la presencia de una renta excepcional. Comparten esa visión de que el campo gana demasiado dinero en circunstancias internacionales favorables como las actuales. Dicen, casi por unanimidad, que ese excedente debe ser distribuido a toda la sociedad. También comparten esa mirada de que el instrumento para esa redistribución es el Estado. No coinciden en cuestiones de forma, y por allí ha pasado, en realidad, buena parte de la discusión. Unos estuvieron a favor de un esquema de retenciones móviles, otros las pretendían fijas, pero TODOS acordaban respecto de las retenciones. Es mas, hasta lograron afinidad en que los pisos fueran tan altos como hasta principios de año. Cuesta entender, en este contexto, que los supuestos "defensores de la producción" hablen de 30 por ciento como si fuera un éxito. Unos pretendieron imponerlo vía resolución ministerial, otros aspiraban a la imprescindible participación del Poder Legislativo. Una cuestión de formas, importante sin dudas. Nada menor. Pero hay que decirlo, la ideología reinante es absolutamente coincidente. Unos y otros comparten la mirada de fondo. Solo difieren en el tamaño del saqueo. Termina siendo una cuestión cuántica, numérica. Lamentablemente, la dirigencia rural, con resignación, tal vez con cierto temor de no caer en discursos "políticamente incorrectos", acepta esta teoría ciertamente culposa de que los que ganan deben contribuir. Así, seguimos recorriendo este camino donde discutimos, como sociedad, el tamaño del saqueo y no la cuestión que explica la necesidad de semejante expoliación. Nuestra mirada estatista, esa que le atribuye al Estado TODAS las responsabilidades, les ha permitido a estos políticos modernos convertirse en los creadores de diversas formas de apropiación de la riqueza generada por otros. Así podrán solventar los cuantiosos gastos que demanda el tamaño del Estado que ellos mismos engendraron con la anuencia social. Es que aspirar a un Estado que se ocupe de casi todo, implica solventarlo de alguna manera. Para ello resulta inevitable recurrir a los fondos que solo puede generar el que produce. Asumido lo previo, la discusión termina circunscripta a quien, como y cuando quitarle recursos a los emprendedores, a los que son capaces de multiplicar los bienes, a los únicos que saben hacerlo. Nuestros políticos, amantes del Estado del Bienestar, serán luego los encargados de ofrecerse generosamente para ser electos, y de esa manera administrar los cuantiosos recursos que otros generan y aplicarlos a las múltiples necesidades que la sociedad les reclama. Así se ha construido esta casta de dirigentes que saben mucho sobre inventar ingeniosos mecanismos impositivos que logran quedarse con lo ajeno, para luego ser ellos quienes emprendan la actividad solidaria de defender a los desposeídos y lograr la igualdad tantas veces recitada. En estas cuestiones los partidos políticos de estas latitudes se parecen demasiado. Sus diferencias se establecen en término de nombres, hombres y formas, cuestiones tan sutiles como muchas veces imperceptibles. Todos coinciden en la necesidad de saquear a los que generan esos recursos, y hacer lo preciso para convencernos como sociedad, de aquella frase que dice "donde hay una necesidad existe un derecho". Esa filosofía ha permitido construir un MEGA ESTADO, que más allá de su ineficiencia intrínseca para resolver los problemas que se le ha encomendado, reproduce una ideología capaz de descubrir nuevas necesidades que justifiquen nuevos derechos. Eso es lo que posibilita seguir apropiándose de los ingresos de otros para sostener estructuras cada vez más poderosas y propietarias de la voluntad de la gente que dicen gobernar. El círculo vicioso es conocido. Nadie que pertenezca al sistema esta dispuesto a retroceder en ello confirmando esa visión que dice que el "Estado cuando avanza difícilmente retrocede". En este debate, como en tantos otros, no tuvimos quien defienda el derecho a generar más riqueza para provecho de todos. Esa visión no sería funcional a los intereses de quienes pretenden erigirse como eternos administradores de los bienes de otros. Solo puede detenerlos una sociedad que advierta la avanzada de esta casta de políticos que supimos engendrar y que nos han engañado, con conocimiento de causa, con seductores discursos que nos hablan del pueblo, de la solidaridad y de valores tan loables como inexactos. Mientras no podamos asumir el problema como sociedad, seguiremos asistiendo a este falso debate entre saqueadores tradicionales, y esta nueva versión perfeccionada de abusadores. Una flotación "demasiado" sucia Los economistas dieron en llamar "flotación sucia" a ese recurso por el cual el Estado mediante políticas monetarias dirigistas, interviene en el mercado de divisas para establecer el precio de las monedas. El término, tal vez surge como contraposición al de la flotación limpia en el que el valor de las monedas se determina como consecuencia del libre juego de la oferta y demanda. En nuestro país las políticas intervencionistas gozan de gran apoyo popular no solo en la sociedad sino también en los ámbitos académicos, como así también en la base ideológica de la partidocracia local. El afán por controlarlo todo, fundamentalmente las variables económicas, también ha triunfado en esto del mercado de divisas. Nuestro país regresó a esto de la flotación sucia desde que se retiro abruptamente del nefasto régimen de convertibilidad con el que convivimos por años. Ese sistema proponía otra forma de dirigismo estatal estableciendo un tipo de cambio fijo. Nuestros economistas, siempre han tenido especial devoción por esta forma de controlar la economía. Son patológicamente desconfiados del mercado. Pretenden manejar esta variable, que entienden, estratégica. Incluso, ampulosamente, llaman "política cambiaria", y hasta "política económica" a esto de determinar el valor de las divisas. Es que manipular el valor de la moneda propia y por lo tanto su valor relativo expresado en otras monedas extranjeras siempre ha sido el recurso más fácil para intentar resolver cuestiones de fondo. Es el camino mas corto. No precisamente el adecuado. Muchos argentinos compraron la idea de que un "dólar alto" nos hace competitivos, convirtiéndonos rápidamente en exportadores, con una balanza comercial favorable que permite ingresar divisas. Suena mágico. Es como ponerse tacos para poder mirar desde un lugar mas elevado. Dólar alto y de pronto somos eficientes, competitivos. Vaya falacia. No lo somos, solo hemos creado escenarios artificiales que consiguen efectos tan inexistentes como efímeros en base a una deformación de la realidad. Uno de los mayores daños que genera, es que ni bien creemos que somos competitivos, asumimos que ese "dólar alto" es derecho adquirido, que no debemos mejorar nada de nuestras estructuras de costos, que tenemos una productividad extraordinaria, cuando en realidad no solo no lo es, sino que descansa en esta artificial herramienta. La intervención estatal en el mercado cambiario, como en cualquier otro, no hace más que distorsionar el sistema de precios y quitarnos la brújula, los parámetros de una mejor asignación de recursos. Los supuestos efectos bondadosos parecen evidentes, pero es el mismo gobierno quien se ocupa de minimizar la inmensa cantidad de efectos negativos que en forma más que proporcional debe pagar la sociedad como precio para lograr tener en pie esa mentira. El final es predecible. Ningún artificio económico se puede sostener indefinidamente. Cae por su propio peso. Además el resto de las variables se ocupan de encontrar mecanismos de sinceramiento automático, que lamentablemente, y aunque no se deseen sus efectos, hacen daño a su paso. El gobierno, apelando a su originalidad, poniendo el sello propio de nuestra ya prestigiosa capacidad creativa, ha encontrado nuevas formas de explotar al máximo esta maquina de destrucción que ha sido y es la política cambiaria. En estas semanas, se ha convertido en la nueva herramienta de sometimiento a los que piensan diferente. El campo asiste hoy a la caída libre del precio de la divisa norteamericana expresada en pesos. Nueva forma de amedrentar y mostrar quien tiene la manija. Otra muestra más de la provocadora e impune detentación de poder. En alguna oficina publica se esta decidiendo hasta cuando se dejara caer el dólar y cuando se retomara la senda del precio que precisan para que sus números mágicos cierren y la caja oficial este suficientemente satisfecha. Han "hecho caja" durante algún tiempo, han ahorrado artificialmente y se pueden tomar un respiro. Entienden que algo de manipulación cambiaria es la medicina que le falta al campo para terminar de arrodillarse, aceptando su derrota en esta confrontación. Hay que decirlo con todas las letras. Esta forma de manejar la economía conlleva una cuota de inmoralidad superlativa. No ahora, sino siempre. El fantasma de la corrupción merodea toda la escena. Alguien decide el precio de una mercadería, en este caso el dólar. Esa persona, o conjunto de ellas, sentados en algún despacho, atribuyéndose un poder que la Constitución no les confiere en párrafo alguno, deciden no solo sobre el destino de cada uno de nosotros, sino también, sobre las fortunas de muchos individuos. Es que aquel que sabe cuando va a bajar y cuando va a subir, el que decide el valor de la divisa, es como el que sabe el número del billete ganador de la lotería. Solo debe saber cuando comprarlo y ese dato lo tiene al alcance de la mano, porque el mismo lo define. Demasiado poder concentrado en pocas manos. Mas de lo que los constituyentes previeron para nuestros gobernantes. Creemos ingenuamente que detrás de las famosas políticas activas, de los "siempre dispuestos" defensores del rol del Estado, existen solo bien intencionados hombres. El poder no debe estar concentrado en pocas manos. Decía Lord Acton "El poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente" El Estado no solo no puede intervenir en la economía porque genera inevitablemente un daño superior al que pretende evitar. Su participación como presunto mejor administrador de los recursos solo muestra más ineficiencia que la que supone corregir. No solo no puede, sino que no debe intervenir. Su participación es espuria. Solo logra corrupción, esa que no existiría de no mediar su arbitraria intervención. La historia argentina esta plagada de este recurso técnico de la flotación sucia. Esta vez no solo se la ha utilizado como tal, sino además como moderna herramienta para amedrentar. Encima sigue merodeando el fantasma de la corrupción, sospecha que se sustenta en que alguien ya sabe hasta cuando va a bajar y sabe cuando y hasta cuanto volverá a subir. Después de todo el nombre de flotación sucia le queda bastante bien. Solo se puede decir que esta vez es "demasiado" sucia. A estas alturas cuesta entender la posición del gobierno. Sobre todo comprender esa visión, desde la lista de declamados motivos expuestos. Es posible que quienes defienden esas posturas tengan sus razones. Las deben tener. No han tenido, al menos hasta ahora, la honestidad intelectual de manifestarlas claramente. Hemos escuchado si, muchas menciones panfletarias y demasiados discursos de barricada. Las razones reales, seguramente, son múltiples y evidentemente muchas de ellas imposibles de mencionarlas abiertamente. Pero como no las han expresado con suficiente sinceridad, solo resta la alternativa de especular con ciertas hipótesis al respecto. Aún asumiendo esas mentiras y omisiones oficiales como verdades, preocupa mucho mas las postura de la dirigencia rural, quienes intentando oponerse a la decisión oficial, recurren a argumentos mal seleccionados y demasiado fáciles de rebatir. Hemos escuchado y leído, hasta el cansancio, a demasiada gente inteligente, utilizando en el debate, argumentos tan débiles como insuficientes. Intentar desacreditar la decisión gubernamental apelando a su inconstitucionalidad o al supuesto alcance confiscatorio, es jugar el juego ajeno, cayendo así en la perversa trampa del poder. La inconstitucionalidad de la decisión es evidente, pero ser ingenuos es un pecado en este caso. Ese sospechoso "olvido" del poder de turno, que cuenta con mayorías automáticas, y de ser necesario con mayorías especiales que adquiere con inusitada simplicidad, no ha hecho más que dejar espacio para que algunos planteen cuestiones formales y no se enfoquen en el nudo de la problemática. A estas alturas nadie puede poner en dudas que este gobierno tiene sobrados números para lograr que todo esto sea parte de un prolijo proceso legislativo nacido en el Congreso, como en realidad hubiera correspondido. Y si alguna eventualidad circunstancial pusiera escollos en esa posibilidad, seguramente la ausencia de escrúpulos conseguiría lo que fuera necesario para cerrar el asunto. Es cierto que este tema de la constitucionalidad no es un tema menor. Nadie puede pretender quitarle relevancia. Las formas, siempre importan. Pero en este caso, se trata de una "extraña" omisión oficial, demasiado evidente, que solo ha provocado que los intelectuales se enfoquen en exceso en esa cuestión que impide ver el fondo del asunto. El abordaje, respecto de la confiscación, es muy delicado. Es más que subjetivo y opinable. Por ello se convierte en otro argumento débil para la confrontación política. Es difícil sostener, con cierta convicción, que 44 puntos es confiscatorio, pero 33 no. Encontrar el límite con precisión, es trabajo de expertos. Se abre entonces un espacio demasiado ambiguo para la discusión. Ambos argumentos, la inconstitucionalidad y lo confiscatorio de las retenciones son, probablemente reales, pero insuficientes. Uno es solo una formalidad para quienes detentan mayorías matemáticas y pocos escrúpulos. El otro, queda navegando en un mar de ambigüedades subjetivas. Para colmo de males, en ambos casos dependemos de una justicia, que pretendemos independiente, para que finalmente actúe de contrapeso. Por eso, enredarse en argumentos tan fáciles de destruir, es decididamente perder el tiempo, y además regalar el territorio más importante, el que tiene que ver con la ética y la moralidad de la decisión. Las retenciones, así como las ha planteado este gobierno, son inmorales. Graba la comercialización de algunos productos con alícuotas diferentes. No es universal, es selectivo. Se queda con lo que genera un sector de la sociedad y, justificándose en el perverso argumento de la renta extraordinaria, establece un concepto de "culpa" por acceder a mejores precios, mercados en un entorno de condiciones favorables. Vale la pena decirlo, el "hecho imponible" es exportar. Pensar que se puede discrecionalmente grabar algunas exportaciones y otras dejarlas de lado, es justamente romper con un derecho constitucional superior. "La igualdad ante la ley", de eso se trata, siempre es anterior a cualquier otro criterio. Seguir apelando a la utilización de argumentos jurídicos que pueden ser sorteados con la dialéctica que mejor manejan quienes viven de esta forma de hacer las cosas, es hipotecar a generaciones por una torpeza evitable. Es tiempo de actuar con mucha inteligencia y sentido común. La tarea de confrontar con profesionales de la política, amerita no solo tener la razón, sino estar dispuestos a exponerla sin atenuantes, ni minimizar lo que se piensa, para lograr lo que suponen un discurso políticamente correcto. El tema de las retenciones es más simple de lo que parece. Pero no se puede subestimar al oficialismo, cayendo en la trampa de utilizar argumentos secundarios, que pueden volverse en su propia contra, para dejar el principal de lado. Las retenciones propuestas, por ahora, son inconstitucionales y confiscatorias, pero eso no es suficiente para convencer casi a nadie. El problema es que se trata de una decisión inmoral. Es tiempo de no equivocar el argumento. Educar. Una estrategia posible El conflicto del campo sigue escribiendo su historia. Tiene, por ahora, un final abierto. No obstante ello, su prolongación en el tiempo, trae consigo profundas consecuencias. Los expertos en negociación dicen, que uno de los últimos recursos a aplicar cuando no se consigue un acuerdo, consiste en "educar". Esto implica explicar al otro, cuales son las consecuencias que conlleva no alcanzar un acuerdo. Existe un mito que dice que los poderosos negocian en mejores condiciones porque terminan imponiendo su decisión ante el temor de su poder. El clásico ejemplo, es aquel por el cual el empleador consigue que su empleado haga lo que el desea por el mero hecho de ser su patrón. Lo logra por jerarquía. En realidad se trata de una gran falacia que solo justifica la propia incapacidad para ver las cosas de una forma diferente. Siempre hay opciones. Pero hay que saber verlas. Luego enseñarlas, explicando al otro lo que implicará no encontrar un acuerdo razonable. Aun así, no consiguiendo esto, siempre tendremos alternativas. Solo hay que tener el coraje, estar dispuesto a tomar esas variantes. Y eso ya no depende de los otros. De eso se trata la libertad. Aun en casos donde unos parecen estar en mejores condiciones que otros, porque están en posiciones superiores, existen caminos para alcanzar una negociación. Negociar supone que AMBAS partes salgan satisfechas consiguiendo sus objetivos de forma razonable. Un acuerdo donde unos ganan y otros pierden solo es el primer paso de una larga sucesión de revanchas para vengarse de los triunfos ajenos. No hace falta buscar demasiado a nuestro alrededor para ver múltiples ejemplos de esta descripción. Pero hasta ahora, el denominado conflicto del campo, no ha hecho más que mostrarnos una combinación de hipócritas argumentos que no se ajustan a la cuestión de fondo, con poco creativas medidas de uno y otro lado. El trillado recurso nacionalista de la bandera, el himno y la escarapela, plagado de discursos que apelan a la patria, los héroes y nuestros fundadores, no es más que eso, un recurso. Sirve, ayuda, hasta orienta, pero no va al fondo del asunto. Este tema, enfrenta a muchos argentinos y proviene de una decisión estrictamente económica. Es racional, por lo tanto, hay que debatirla en el campo de las ideas y no en el de las emociones. Desde lo táctico puede valer casi cualquier cosa, pero para lograr acuerdos es necesario recurrir a argumentos tangibles que sostengan la posibilidad de un acuerdo. La posición del gobierno ya la conocemos. Inflexible, recaudatoria, tal vez hasta ideológica. Gente entrenada, preparada y con gimnasia en esto de buscar rivales. Están en su salsa. Hacen lo que mas saben, confrontar. Además conocen el juego y sus reglas. El campo, por el contrario menos experimentado en esto, aprende sobre la marcha, asesorándose, rodeada de consultores que le dicen que ofrecer a cambio. Buscando aliados en la política, en la religión, en las organizaciones civiles y la sociedad, tratando de sumar voluntades, como si la matemática otorgara razones adicionales. Han hecho un gran esfuerzo, sin dudas. No es tiempo de criticar. Probablemente sea el costo del aprendizaje de enfrentar a especialistas. Sin embargo, es necesario detenerse unos segundos a reflexionar sobre el escenario actual. Tenemos un gobierno inflexible, dispuesto a dar batalla con sus mejores jugadores, parado sobre su posición original y argumentando acerca de las bondades de no claudicar, tirando toda la basura y la voluntad popular sobre los poco carismáticos dirigentes del campo. La ventaja de superioridad inicial a lo que se agrega una sociedad impaciente, confluyen en una fórmula que parece predecir el resultado. La sociedad siente ahora las consecuencias de las cada vez menos creativas medidas que el sector rural propone. Este recorrido lleva invariablemente a una derrota que mas tarde o mas temprano implicará una revancha, del gobierno, del campo o incluso de la sociedad. Uno de los sectores no siente que debe negociar. Cree que le han conferido en las urnas el poder suficiente para imponer criterios y tomar decisiones por los demás. Si no siente que debe negociar, pues no negociara. Es lo que ya ha demostrado sobradamente. El campo esta entonces, entre la espada y la pared. Este camino lo conduce a un seguro fracaso, y ese resultado no le conviene a nadie. Es preciso retomar la cordura y sentarse a conversar soluciones que nos lleven por el rumbo adecuado. Existe, tal vez, una manera de "educar" a los que no quieren negociar, mostrándole la razón por la que si deben hacerlo. El meollo de la cuestión parece pasar por las retenciones. Al menos ha sido ese el detonador. Un razonamiento lineal propondría ir al hueso del asunto. Este es un impuesto a las exportaciones, pues la medida educativa adecuada es NO EXPORTAR. Ya no porque ellos regulen el mercado, fijen cuotas o decidan cuando si y cuando no. Sino por la propia decisión de los exportadores. Alguien diría "eso no le conviene al campo". Es cierto. Tampoco al gobierno. Alguien diría "el campo perderá mucho dinero". Es cierto. También, si este conflicto no se resuelve, el campo colapsará. Así se educa. Con cuestiones prácticas, osadas pero pragmáticas, valientes, costosas, esforzadas pero consistentes. El porcentaje de retenciones que quieran aplicar sobre NADA es NADA. El de antes o el de ahora. Tendrán así las manos vacías. Esta decisión, extrema por cierto, valiente y hasta coherente, vendrá acompañada de consecuencias favorables adicionales. La primera de ellas, es que podrían INUNDAR el mercado interno de mercaderías, provocando una considerable disminución del desabastecimiento evitando así que los ciudadanos sigan siendo los rehenes de esta historia, retirando también argumentos que hoy son esgrimidos desde el sector gubernamental. La segunda, seria demostrar que esto se trata de convicciones y no de dinero. Cosa que hasta ahora, genera dudas en muchos de los que acompañan, instintiva y moralmente al campo cuando se adhieren en cuanta manifestación popular se convoca. Con las convicciones no se tranza. Los principios no son materia de negociación. Se pueden acordar sobre intereses y satisfacerlos aceptablemente. En definitiva, para negociar, resulta importante educar y así restablecer el dialogo perdido. Para ello es imprescindible coraje, creatividad, pero sobre todo, convicciones. La opción de los pobres Nuestra Presidente finalmente dijo la frase que todo populista bien nacido aspira a decir en algún momento de su trayectoria política, "la opción siempre serán los pobres." La frase pasará, indudablemente, a formar parte de las mas celebres que haya pronunciado un mandatario latinoamericano, engrosando el manual del buen demagogo. Suena romántica, fuerte, comprometida. Después de todo, que mas importante y noble causa que la de luchar contra la pobreza. Hace poco tiempo le escuche decir al Profesor Armando de la Torre, algunas reflexiones que orientan mucho al respecto. Decía este académico cubano que "la pobreza es el estado natural del hombre". Plantea así la idea es que todos nacemos pobres. Incluso va mas lejos, invitando a recordar que provenimos invariablemente de un ser tremendamente mas pobre. Algún antepasado nuestro fue pobre en su sentido más absoluto. Al punto de no poder siquiera obtener el sustento mas elemental, su alimentación. La pobreza es así parte de la naturalidad. De la Torre nos dice que "La pobreza no tiene causas, la riqueza si." Por eso el debate no debe tener como eje a la pobreza sino a la riqueza. Lo mágico, lo especial, lo trascendente es generar riqueza. Eso permite salir de este estado de pauperización con el que venimos al mundo. El descubrir como se hace para generar la riqueza, como se multiplican los bienes y lo que permite al hombre progresar abandonando ese estado, es lo realmente relevante. Esos mecanismos existen y ya fueron descubiertos. Solo hay que dejarlos fluir para que el ser humano se ocupe responsablemente de no ser pobre, de sentirse útil para su sociedad y vivir en mejores condiciones como consecuencia de su talento. En realidad, pese a esa obstinación por ocuparse de la pobreza y no de la riqueza, lo importante es dar la batalla adecuada, obtener los diagnósticos precisos para luego encarar las políticas que ayudan a encontrar el camino. Muchas sociedades ya conocen esas recetas. Algunas han sido más efectivas que otras en este recorrido. Si la Presidente quiere cumplir con su palabra de que los más pobres sean la prioridad, puede empezar por algunas medidas que caen de maduro. La primera de ellas, consiste en terminar con el más demoledor y perverso fenómeno que la economía moderna nos legó. La referencia tiene que ver con la inflación. Esta en sus manos resolverlo. Ella puede decidir, mañana mismo, concluir con esta farsa. La orden de que "la maquinita" deje de funcionar a todo marcha, pondría fin a la mayor hipocresía de estos tiempos. La inflación destruye los ingresos de los que menos tienen. Si su prioridad sigue ahí con los desposeídos, pues esta medida debería estar en el primer lugar de su agenda. El siguiente paso, también casi obligado tiene que ver con reducir la carga tributaria. Las cifras oficiales hablan de presiones impositivas que hacen que un individuo resigne casi la mitad de sus ingresos para cedérselo, sin más, al fisco. Algunos hablan de números que superan largamente ese cálculo. Liberar de impuestos a los ciudadanos, quitarles la presión desmedida de estos tiempos, para que puedan utilizar el máximo que sea posible de los ingresos que ellos mismos generan, no es un recurso al que no podamos apelar. Sin dudarlo, aceleraríamos el progreso y la salida de la pobreza. Como financiar el gasto estatal sin esos impuestos sería la pregunta ineludible. De eso se trata, de un Estado austero y una Presidente concentrada en poner su ingenio al servicio de como reducir el tan abrumador gasto público que encuentra en cada resquicio, una excusa para seguir creciendo a expensas de los que dice defender. La tercera reforma para ayudar a los más pobres consiste en dejar que el capital se desarrolle generando riqueza. Traerá consigo, más y mejor empleo, permitiendo que, los buscadores de ganancias hagan crecer a la economía. Casi involuntariamente, detrás de sus intereses personales, inexorablemente llegará el progreso. Esta medida tiene un problema para la ideología reinante. El progreso vendría de la mano del individuo y no del Estado benefactor, lo cual contradice sus creencias. Eso es realmente un problema. El mérito se lo llevarían los individuos y no los iluminados gobernantes de turno. En los discursos la prioridad la tienen los pobres. Solo resta ver como se plasma esta consigna en la agenda oficial. Falta bastante más que altisonantes frases sin contenido. La redistribución de lo que otros generan no solo no resuelve el problema sino que lo agrava. No aporta la dignidad que demanda quien es capaz de generar sus genuinos ingresos. Los que menos tienen, pretenden salir de esa inadmisible situación con su propio esfuerzo. Una generación de dirigentes, militantes del populismo y la demagogia se interponen para alcanzar esta meta. Pretenden convertirse en una moderna versión de la leyenda de "Robin Hood". Sueñan con entregar a los pobres lo que le han quitado a los ricos. La opción por los pobres, por ahora, es solo retórica. La perversidad de los impuestos A diario se nos intenta convencer, acerca de la "bondad" de los impuestos. Hasta el punto de hacernos creer que quienes lo pagan tienen mayor autoridad moral. Estar al día con el fisco, parece otorgar un status en el que se pueden presumir mayores derechos que los que incumplen. El hecho de sufrirlos brinda un aura moral que el resto no tiene. Tan hondo ha calado esta idea, que hasta parece bueno erogarlos. Así es que permitimos que el Estado lleve adelante su "acción solidaria". Escuelas, hospitales, obra pública, apoyo a los productores y seguridad social, suelen ser las excelentes justificaciones que no solo ofrece "el sistema", sino que algunos de los que "contribuyen" suponen con cierta resignación, alimentar para calmar su ambigua sensación. Debemos asumir que los impuestos no son mas que "un mal necesario" Desde la creación del Estado, frente a la necesidad de que ALGO pudiera resolver aquello que individualmente no se podía solucionar, se asumió que para que esto sea posible, los particulares deberían solventar los gastos que ello involucraba. Primero fue la necesidad de que se pudieran dirimir civilizadamente las diferencias entre los individuos y que alguien, imparcial ( ? ), garantizara el pleno ejercicio de los derechos, en esta suerte de JUSTICIA. Luego fue la necesidad de negociar entre naciones, y allí precisaríamos alguien nos representara formalmente, entonces la CANCILLERIA fue justificada. Después fue la prioridad de que cierta fuerza que emanara de alguna parte, nos brindara SEGURIDAD para evitar los abusos y el imperio de la ley del más fuerte. Finalmente surgieron necesidades "modernas", la educación, la salud y hasta las tan mentadas políticas activas en materia económica. Probablemente este no haya sido el orden…..o si, pero esto es, en definitiva, anecdótico. Para sostener este CRECIENTE andamiaje, el recurso ineludible debieron ser los impuestos, léase la apropiación compulsiva por parte del Estado de una parte de los ingresos generados por un individuo a través de su esfuerzo personal. El complejo moral de no "contribuir" se ha hecho carne y nos hace sentir culpables cuando no aportamos a la GRAN CAUSA. Vivimos en un país donde el "progresismo" se puso de moda. Gordon Liddy, periodista norteamericano decía que "Ahora resulta que "progresistas" son aquellos que se sienten enormemente solidarios con el prójimo y entonces pretenden ayudarle no con su propio dinero, sino con el tuyo." Tiempo atrás tuve la oportunidad de visitar una exposición. Era un día algo nublado. Clima y horario, cercano al mediodía, generaron condiciones ideales para buscar algo para el almuerzo. Así, me aproxime a un improvisado puesto donde un hombre preparaba comida autóctona tradicional. Lo ayudaban un par de personas que preparaban la materia prima para su posterior cocción. También colaboraba alguien más que se responsabilizaba de la caja y entregaba la mercadería lista para consumirla. El hombre, propietario y cocinero a la vez, hacia su tarea frente a una especie de parrilla que denotaba cierta artesanal construcción. Difícilmente esa herramienta podría haber sido adquirida. Debió haber sido fabricada por alguien manualmente. Dialogue con el propietario del puesto mientras el trabajaba. Primero fueron preguntas generales, consultándolo acerca de la marcha del negocio a lo que respondió con singular entusiasmo y visión positiva. Al profundizar la charla, me contó con orgullo mas detalles de cómo empezó, de su "secreta" receta, y de cómo ideó, imaginó y construyó esa extraña parrilla. Compartió con humildad y al mismo tiempo satisfacción, sus aciertos y errores. También, de como esa parrilla funcionaba primero con un motor de lavarropas lo que dinamizaba el mecanismo que permitía girar a esos improvisados rodillos. Luego le coloco un motor de mayor fuerza, pero resultó ser excesivamente potente. Precisó entonces del asesoramiento de un amigo, ingeniero él, para lograr regular la fuerza del motor al punto justo, lo que finalmente consiguió. Además construyó con idéntico entusiasmo ese "carrito" que servía de puesto y que ruedas mediante, trasladado por un remolque, permitía ser transportado a cada evento que congregara gente en el lugar de la ciudad y la provincia al cual fuera interesante ir a ofrecer sus deliciosos productos. Lo comprado resulto exquisito, pero mucho más sabrosa fue la experiencia de charlar con este "emprendedor". Todo esto ocurrió un día domingo, de esos que se dedica al descanso reparador. Este hombre es, sin dudas, un ejemplo de esfuerzo, de trabajo de sacrificio, un auténtico emprendedor con mayúsculas. No parece un empresario, para la concepción tradicional, sin embargo ESTE sí lo es. A estas alturas se podría pensar que tendrá que ver este emprendedor con los impuestos y con la perversidad que intentamos retratar. Mucho más de lo que podamos imaginar. Este emprendedor, no entregaba ni facturas ni ticket a sus clientes. Sería una sorpresa que estuviera registrado como contribuyente en AFIP. Difícilmente haga declaraciones de IVA. Es bastante improbable que este pagando impuesto a las ganancias. Ni siquiera, tal vez, esté inscripto como monotributista. Tampoco resulta probable que aporte a Rentas Provinciales. Si así fuera, no precisaría contador que lo ayude con esto de cumplir con el fisco. Sus "colaboradores" no deben contar con recibo de sueldo en blanco, o sea que seguramente carecen de aportes previsionales. En materia de permisos municipales, tal vez no cuente con la habilitación respectiva, ni mucho menos haya pasado por controles de bromatología y autorizaciones de esa índole. La tradición culposa e hipócrita de una sociedad que sigue recitando que pagar impuestos otorga jerarquía moral juzgaría a este hombre como un vivillo, un pícaro, un delincuente, un evasor y hasta un criminal, según la dureza con la que se quisiera expresar el interlocutor de turno. No sabemos si todas estas presunciones acerca de la conducta impositiva de este personaje son solo eso, presunciones, o finalmente confirmadas certezas. Dado el perverso, voraz y alevoso mecanismo impositivo que el Estado ejerce sobre los ciudadanos de este país, es bastante razonable pensar que si este hombre pagara la totalidad de los impuestos que el Estado Nacional, Provincial y Municipal le requieren su negocio seria INVIABLE, es decir no lo podría desarrollar, mucho menos aun, dándole trabajo a esos colaboradores que lo ayudaban con similar entusiasmo. Si el Estado se hubiera percatado de su presencia, este negocio seguramente no existiría. En lo personal me hubiera privado de conocer a este soñador, disfrutando de su historia y manjares. Pero la humanidad se hubiera privado del aporte creativo, de su dignidad y de ese orgullo que le permitió salir de la pobreza, sentirse útil para con la comunidad, seguir soñando con crecer y mostrar a su sociedad que, con inteligencia, puede aportarle mucho, sin la necesidad de presumir títulos universitarios. Son estas experiencias concretas las que confirman la visión de que los impuestos son perversos mecanismos de confiscación legalizada. La historia de nuestro personaje nos plantea un dilema moral complejo. Seguir los patrones sociales siendo un fiel y cumplidor contribuyente para no quebrantar la ley haciendo inviable miles de brillantes ideas creadoras, productivas y generadoras de riqueza. O traspasar esa línea, esquivando con mayor o menor inteligencia las perversas normas que se nos imponen a diario para dar paso a la oportunidad de nuestras energías Decía ese escritor estadounidense, Henry David Thoreau un par de siglos atrás " Si el Estado me dice "la bolsa o la vida", ¿por qué debo obedecer y darle el producto de mi esfuerzo? Me sentiría indigno si lo hiciera." Por otro lado, aparecen los líderes definidos como más modernos. Esos que los mismos autores precitados denominaron representantes del "socialismo vegetariano". Se trata de los casos de Bachelet en Chile, Lula en Brasil y Vazquez en Uruguay. Tienen un discurso socialista, incluso sus partidos son abiertamente de izquierda, sin embargo, respetan las más elementales reglas de juego de las democracias. Aceptan la división de poderes, apoyan al mercado, desisten de la intervención gubernamental en la economía y aspiran a que sus países sean vistos como una oportunidad para los inversores. Queda finalmente ese otro grupo de Jefes de Estado que aun deambulan por un sendero más ambiguo y sin destino evidente. Tal vez en este lote, más difícil de precisar, se encuentren casos como el de los Kirchner en Argentina. Contradictorios discursos y confusas posturas internacionales impiden brindar detalles del rumbo definitivo. Lo que queda en claro en buena parte de los casos, es que nuestros líderes latinoamericanos viven a los procesos electorales como si, gracias a ellos, estuvieran ungiéndolos en reyes, en monarcas que todo lo deciden, que todo lo pueden. Evidentemente se equivocaron de siglo, también de continente. En América Latina NO rigen las monarquías, al menos no desde lo formal, aunque muchos de nuestros mesiánicos y carismáticos gobernantes así lo desearían. Vivimos en sistemas democráticos que se sostienen en textos constitucionales nacionales que le han dado un marco adecuado a la posibilidad que desarrollemos conceptos republicanos. Las bases de la democracia suponen justamente el límite al poder, la necesidad del juego de los contrapesos, donde prima el consenso, el acuerdo, el diálogo y por sobre todo, el respeto a las libertades individuales. Nuestros gobernantes siguen confundidos en tiempo y espacio. Perpetuarse en el poder, sucederse como dinastías, es propio de los regímenes monárquicos. Imponer sus criterios recurriendo a ardides que permitan aplastar numéricamente a la oposición en los cuerpos legislativos no ayuda a fortalecer la ansiada República y las instituciones democráticas. Habrá que recordarles que en América son solo eso, gobernantes, descartables por cierto, que vinieron a cumplir una misión y que la misma supone justamente eso, que la cumplan y se vayan, no para hacerse suceder por amigos, parientes o alcahuetes de turno. En el campo de lo económico, América siempre esta debatiéndose en torno a la pobreza, rara vez discute acerca de cómo generar riquezas. En términos institucionales nos pasa algo parecido. Estamos siempre mas cerca de discutir sobre dictaduras, despotismo, abusos de poder, nepotismo, corrupción y cuanta deformación institucional se nos ocurra. No hemos entendido aún, lo que significa una republica, mucho meno el federalismo, la autonomía, la libertad y la democracia más plena. Esa intolerancia compulsiva que hace que nuestros gobernantes USEN las elecciones que ofrece la democracia mas precaria, para luego ocuparse de destrozarla para provecho propio. Nada nuevo bajo el sol. La democracia les sirve, no la sienten. Mucho menos la defienden. Es un medio para alcanzar solo algunas pocas metas personales. Solo pretenden servirse de la gente para desarrollar este perverso juego de apoderarse de sus vidas. Ellos no pretenden pasar a la historia por lo hecho, por lo que ayudaron a sus sociedades a obtener. Sus objetivos son mucho más básicos y mezquinos. Se trata solo de aprovecharse de esa mesiánica visión latina que busca carismáticos conductores que todo lo saben, para solucionarnos todo cuanto deseamos. Ojala fuera tan simple. Debemos trabajar fuerte en ello. Aprender a otorgar poderes limitados, con las riendas en manos de los ciudadanos. De eso se trata. Nadie que no seamos nosotros mismos resolverá nuestros problemas más profundos. En todo caso, una buena elección nos permitirá desarrollar nuestras mayores habilidades sin estorbos. Por eso precisamos hombres que entiendan como funciona esto de pensar diferente, de consensuar, de acordar, de ganar y perder, ya no como una simple competencia deportiva, sino como ese mecanismo tan humano que nos permite algunas veces tener razón y otras no, a veces lograr lo pretendido y otras simplemente no conseguirlo. La democracia es la mejor manera que hemos encontrado los seres humanos para organizarnos civilizadamente. Nunca fue su espíritu imponer conductas. La idea de un sistema de estas características no implica despojar a algunos para el disfrute de otros. La democracia supone una actitud compartida, tolerancia, respeto, en definitiva un marco para la convivencia en sociedad donde se respeten los derechos de cada uno de nosotros. Estamos bastante lejos de esto. Habrá que avisarles. Habrá que informarles. Habrá que marcarles los limites allí donde se pongan déspotas, autoritarios, intolerantes y soberbios. Para que simplemente se acuerden que solo gobiernan, no son monarcas. |
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