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El vaciamiento en las ideas, la debilidad argumental, la justificación simplista, todo ello, forma parte de esa larga lista de recursos que solo se enfocan en salir del paso, como si fuera una conversación de café, de esas absolutamente intrascendentes. Si eso sucediera en lo cotidiano, en la charla de amigos, tal vez no sería tan grave. Después de todo, los ciudadanos no estamos obligados a saberlo todo, y mucho menos aún, tenemos el deber de acceder al conocimiento especializado, técnico, de fondo. Pero los dirigentes, y ya no solo los que militan en los partidos políticos ocupando posiciones relevantes en la conducción de los poderes del Estado, sino en todos los niveles de responsabilidad, en las organizaciones empresarias, sindicales, profesionales, de la sociedad civil en general, han caído también en el juego de vulgarizar sus alegatos y de quitarles contenido para apoyarse en la dialéctica del mensaje de barricada. Esa dinámica hace del discurso emitido, de la opinión expresada, un recorrido plagado de una notable pobreza intelectual, cargado de rimbombantes afirmaciones, colmado de prejuicios, y hasta de terminología obsoleta que roza lo nostálgico. Ese proceso de degradación en los argumentos, que prioriza la utilización de palabras fuertes y términos audaces, descartando la posibilidad de explicar lo que se piensa, ha tomado la posta para apropiarse de los diálogos, y fundamentalmente de los monólogos. Así, se recurre insistentemente a las “frases hechas” a los “lugares comunes” y los slogans lineales, como si se tratara de un anuncio publicitario, de un lema comercial, de una consigna de campaña. En este mundo tan complejo, repleto de dificultades tan sofisticadas, donde abundan los problemas con claros rasgos de multicausalidad, lamentablemente gana lugar la ambigüedad y la retórica panfletaria. Ante la primera objeción, frente al más elemental cuestionamiento, se derriban las supuestas murallas. Los mediocres del presente no resisten ningún intercambio, sucumben frente a cualquier interlocutor mínimamente informado. Y como todo discurso superficial, impreciso y falaz, cada vez que se ve acorralado, apela a los más básicos recursos; tirar la pelota afuera, cambiar el eje de la discusión, descalificar al interlocutor, endilgarle errores conceptuales que poco tienen que ver con lo que se discute y hasta responsabilizarlo del pasado y el presente. Cualquier ardid le sirve. Entiende que todo le ayuda a disimular su inconsistencia. Sus talentos tienen que ver con escabullirse sin argumentar, pero nunca con fortalecer los motivos que sostienen la visión que exterioriza, y en la que aparentemente cree. Lo trágico de todo esto no es quien tiene razón, tampoco quien triunfa en la pulseada intelectual. Lo patético, lo lamentable, es que las comunidades que han ingresado a este esquema, al parecer sin retorno, se privan de la oportunidad de entender lo que les pasa, de profundizar en la multiplicidad de explicaciones que cada fenómeno social supone. Esa linealidad del panfleto, esa trivialidad que propone el debate anodino, nos aleja de la chance de comprender porque estamos como estamos. Si pudiéramos entender lo que nos pasa, intentaríamos investigar alternativas que nos ayuden a superar los problemas que hoy nos preocupan. Lamentablemente, hoy todo se reduce a infantiles disputas y a la compulsión de imponerse por la fuerza bruta o por la más moderna herramienta institucional, la del respaldo de las mayorías circunstanciales. Los desafíos del mundo contemporáneo son abundantes, y merecen ser abordados con inteligencia. Eso implica derribar paradigmas, abandonar viejos prejuicios, superar la tentación del autoritarismo y trabajar los consensos, esos que surgen de discutir argumentos, exponer razones y sostenerlo todo, con los pilares que aporta el estudio, la lectura, la experiencia y la sabiduría que brinda la exacta combinación entre el sentido común, el conocimiento técnico y un pormenorizado estudio de la situación. Esta inercia que nos propone el presente, es tremendamente peligrosa. Nos aleja de la posibilidad de resolver profundos problemas que no son precisamente los que asoman a la superficie mas como consecuencia que como causas. No se trata de analizar la mejor o peor gestión gubernamental, mucho menos aun de observar los temas económicos, esos que impactan en casi todo. También merece ser atendida la discusión filosófica, la de los valores, la del orden moral, condicionante de todo lo anterior. Resulta imprescindible un gran repaso, para encontrar los acuerdos que precisamos recuperar como sociedad. La política necesita convertirse en ese instrumento que fue, ese que nos posibilite aceptar nuestras diferencias, convivir con ellas y al mismo tiempo diseñar los caminos allí donde encontremos los trazos gruesos sobre los cuales podamos transitar. Precisamos retomar la sana discusión, el debate inteligente, aprender a escuchar y no solo a monologar, asimilar lo que dicen los demás y no solo aspirar a dar cátedra, sino a enriquecer nuestra visión y tener la hidalguía de reconocer cuando algo de lo que dice el otro, nos ayuda a entender mejor nuestro presente. Necesitamos asumir que no sabemos de todo, que algunos temas nos exceden, que ciertas circunstancias nos quedan grandes y que no tenemos la obligación de disponer de respuestas para cada interrogante. Siempre tendremos más por aprender que por enseñar. Los humanos somos seres imperfectos en búsqueda de la felicidad. Eso que nos hace falibles, nos debería enseñar que es improbable que alguno de nosotros tenga todas las soluciones a mano, y que debemos aprender de propios y extraños, de los que creemos que piensan parecido, e inclusive de los que están en las antípodas. Desde este lugar en el que nos encontramos, desde el espejo en el que nos estamos mirando, habrá que decir que tal vez sea tiempo de abandonar la trivialidad del panfleto.
Es que muchos siguen entendiendo que el que reúne más voluntades tiene razón. Y creen que cada elección, cada convocatoria electoral, supone una pulseada en la que quien obtiene más votos no solo impone su criterio, sino que además se hace merecedor de cierta superioridad intelectual avalada por esos números. Esta deformación del concepto democrático les ha hecho pensar a demasiados, que algunas cuestiones elementales están en juego en cada compulsa, y esto no debiera estar en discusión. Básicamente porque la democracia solo pretende constituirse en un engranaje, ni siquiera el óptimo siempre, que posibilita la resolución de conflictos a través de un mecanismo relativamente amigable. No se puede perder de vista que cada votación, cada desafío electoral, es solo un recurso y no el fin en si mismo. Se trata solo de esa mecánica que posibilita que la decisión sea menos violenta sin dejar de serlo, porque en ese contexto siempre estarán los que acuerden y quienes no lo hagan. Por lo tanto un sector, por pequeño que sea, se verá obligado, sin mediar su voluntad, a obedecer las instrucciones impuestas por el resto. En ese esquema, es siempre importante entender que esa votación, esa elección, es una fotografía instantánea, que solo refleja un momento, ese momento, una decisión circunstancial y una mirada coyuntural que solo se corresponde con ese preciso instante. Es por eso, que ciertos derechos inalienables, no están sujetos a esa voluntad difusa que proponen ciertas reglas democráticas. La convivencia humana es un arte. Las normas que la rigen mucho más aun, al estar plagadas de subjetividad. Pero resulta imprescindible que ciertos valores no estén en revisión permanente, porque se pone en riesgo a la sociedad toda, haciéndola presa de los impulsos, de la espasmódica reacción que proponen las decisiones sin mesura, sin serenidad, empujadas por la pasión. Ninguna decisión plagada de odio y rencor, o de amor instintivo, goza de la racionalidad que precisan las determinaciones importantes. Hay que recordarlo y repetirlo, la democracia es solo un medio y no un fin en si mismo. Sus formas suponen un acuerdo, más o menos, amistoso entre las partes, pero no por ello voluntario. Solo se trata de acordar del mejor modo posible cuando ya no funcionó ningún otro método de diálogo y negociación. A veces, quienes hacen un culto de esta herramienta, caen en la trampa de su exacerbación, sublimación y endiosamiento. Idealizan en exceso el instrumento solo para simular lo políticamente correcto. Solo defienden esta institución democrática, en tanto y en cuanto, les sirve para imponer su voluntad por vías legales, de difícil cuestionamiento popular, bajo el paraguas de una supuesta legitimidad. Pero habrá que entender que cada sociedad que se somete a una elección, que cada votación de los cuerpos deliberativos que tienen la responsabilidad de legislar, solo recurren a estos instrumentos como él, hasta hoy, mejor recurso disponible y no porque el hacerlo los convierta mágicamente en decisiones acertadas. Muchas atrocidades ha sufrido el mundo de la mano de las mayorías circunstanciales. Genocidios, interrupciones institucionales, pérdida de libertades y casi todas las atrocidades imaginables, han provenido de mayorías, más o menos, explicitadas. Se han apropiado discrecionalmente, de la vida, la libertad y la propiedad de muchos, sin medias tintas, aduciendo siempre razones superiores que lo justificaban con creces. Habrá que cuidarse de aquellos que hacen de la democracia un ABSOLUTO. Son solo déspotas oportunistas que no creen en las bondades de la humanidad, y mucho menos en la libertad de los individuos. Utilizan la democracia como el dispositivo que les permite sojuzgar a muchos, humillarlos hasta volverlos indignos y aplastarlos como enemigos. Muchos de los acólitos y de los entornos fanatizados de esos líderes, proponen democratizar más a la sociedad, no porque crean en ella, sino porque la herramienta les viene como anillo al dedo, para seguir avanzando con prepotencia, bajo el cálido refugio de los números favorables, de las voluntades acumuladas. En los próximos comicios electorales, no nos sigamos engañando. Solo definiremos quienes conducirán la administración del Estado, pero para nada vamos a dirimir quien tiene razón o no, quien acierta en sus decisiones o yerra el camino. Solo es un mecanismo, el mejor que ha encontrado hasta ahora la humanidad, para resolver sus conflictos, en un mundo que privilegia la armonía. No se trata de la panacea absoluta. Muchas veces se ha utilizado el sistema para subyugar a los que piensan diferente. Habrá que seguir reflexionando sobre esta democracia, que bien entendida, debe velar, justamente por las minorías. Ayn Rand decía que la menor minoría es el individuo y que aquellos que niegan los derechos individuales no pueden llamarse defensores de las minorías. Los derechos individuales no están sujetos al voto público. Una mayoría no tiene derecho a votar la derogación de derechos de una minoría. La función política de los derechos es precisamente la de proteger a la minoría de la opresión de la mayoría. Las libertades, el derecho a la vida y a la propiedad, parecen ser el blanco elegido de las democracias modernas para imponer las voluntades de algunos por sobre la de otros. En ese caso estamos en manos de los caprichos despóticos de una sociedad que supone equivocadamente que los más pueden obligar a los menos. La garantía para evitar que esa lógica cuántica, no nos conduzca hacia las tiranías, prolongando liderazgos hasta el infinito, linchamientos ante hechos abominables que hagan del ojo por ojo la regla de la convivencia, o del despojo sistemático de los bienes una mecánica de rutina amparada en las necesidades ajenas, es justamente una democracia bien entendida, bien comprendida, con límites y contrapesos. El antojo de las mayorías es solo un juego, muy peligroso, por el que se han cometido las más despreciables aberraciones de la historia humana. Ampararse en las mayorías y caer en la petulancia de explicitar reiterados gestos de soberbia, nos llevará por un camino que ya conocemos y del que no hemos obtenido las mejores experiencias. Las sociedades, sobre todo las ocasionales mayorías, deben tener en claro el límite de su poder. Una inmensa cantidad de voluntades no otorga la razón. La jactancia de esas mayorías que pretenden arrogarse el monopolio de la verdad, constituye la amenaza más potente de las democracias contemporáneas.
Muchos insisten que para lograr las transformaciones, hay que embarrarse, meterse en el fango. La idea de “ensuciarse” aparece así como el marco ideal que genera un ámbito justificatorio habilitante de ciertas cuestiones inadmisibles que se asumen como necesarias, como derecho de piso, como parte indivisible de la verdad. Ese es el artilugio al que recurren muchos para admitirse a si mismos, determinadas liviandades. Pero los que lo afirman, parecen querer sugerir que involucrarse, implica invariablemente, prestarse al juego del sistema. Recitan con ferviente pasión, esa nómina de valores con las que la sociedad se identifica plenamente, esa escala de principios que todos pretendemos en nuestros lideres. Sin embargo, cuando se incorporan a la dirigencia partidaria, abandonan esa retórica, para darle paso al endiosado pragmatismo vacío de contenidos, ese que les posibilitará la chance de hacer lo que sea, pero siempre cediendo, dejando en el camino mucho de lo antes declamado. Se permiten esa mutación, porque aún no lograron comprender que la política está desprestigiada justamente por lo que sus prácticas funestas transmiten, por lo que significa renunciar a los ideales, por transigir frente a las aparentes imposiciones que plantea ese recorrido en el que la prebenda, la discrecionalidad, el clientelismo, la corrupción y los privilegios parecen demasiado habituales. Algunos suponen que ese sendero hacia la deseada construcción debe hacerse sobre la base de permanentes concesiones, de la entrega de los principios y de pisotear las más férreas creencias. Habrá que decir que nada bueno puede provenir de ese proceso en el que se manipulan las convicciones propias. Nada positivo saldrá de aquel esquema en el que la moneda de cambio pasa a ser la honestidad, la franqueza y la transparencia. Si en el intento de lograr mejoras para la sociedad, el precio a pagar es traspasar ciertos umbrales de la moral, para caer en la corrupción, la hipocresía y los ocultamientos de la cosa pública, habrá que decir que es un importe excesivamente elevado, que ninguna persona de bien debería abonar. Aceptar esta transacción con tanta docilidad, es solo validar un excelente argumento para formar parte de lo que tantas veces se ha criticado. Estamos agotados de esta dinámica en la que los “honestos” se van desnaturalizando con el paso del tiempo, una vez que se sienten parte del sistema, con las comodidades que les propone el régimen. El recorrido incluye el entusiasmo original, ese que luego da paso a la frustración eterna ante la imposibilidad de concretar las expectativas. Es que justamente, “el sistema” está preparado para impedir los embates de los románticos, de los idealistas y soñadores. Tiene anticuerpos que lo protegen de los honestos sin voluntad, de los tibios sin convicciones profundas y les propone que como “peaje” entreguen esas banderas, para lograr cualquier insignificante avance. Si para lograr esos pretendidos cambios a los que aspira la sociedad, se tendrá que hacer la vista gorda, dejar pasar arbitrariedades, callar ilícitos, ser funcionales a la corrupción estructural y cómplices imprescindibles para que otros sigan haciendo de las suyas y convenciendo a tantos mas de que estas reglas son las correctas y que esto es lo que se puede hacer y no mas que esto, pues en ese caso, este es un camino a descartar. Los perversos de siempre han desarrollado un conjunto de creencias que alimentan esta fábula y pretenden hacerla verosímil. Los incautos, los ingenuos, los cándidos que abundan entre los ciudadanos de bien, aceptarán estos preceptos, sin más, solo para jugar ese partido. Los que abusan del sistema necesitan que el resto crea que esto “es así”, que no se puede cambiar, que estas son las pautas y hay que adherir a ellas. El favoritismo, la discrecionalidad, la malversación, las cajas ocultas, y la nómina inmensa de cuestiones que cualquier ciudadano medio aborrecería y criticaría con despiadada virulencia, se atenúan cuando el protagonista invitado pasa a formar parte del equipo reclutado. Ellos intentarán convencer a todos que esos códigos son inmodificables, que la burocracia tiene sentido, que las leyes se hicieron para sostener el andamiaje que soporta su indemostrable financiamiento político y que las trampas forman parte imprescindible de su paisaje cotidiano. También dirán que pese a todo lo criticable, es mejor estar adentro que afuera, que los cambios se logran siendo parte del sistema y no estando fuera de él. Resulta interesante ver como consiguen someter a los soñadores. Los quebrantan e intimidan, los oprimen y amedrentan hasta ponerlos de rodillas. Logran derribar sus voluntades, quebrarles el espíritu, doblegarlos y hacerlos capitular para que crean que son insignificantes frente a la potencia de los hechos consumados. Es parte de la estrategia y vaya si logran ser convincentes. Todos sus argumentos, sin excepción alguna, son extremadamente benevolentes con ellos mismos y altamente tolerantes con sus atropellos. Esa línea de aseveraciones los exime de dar explicaciones, los justifica, los mantiene como protagonistas secundarios que solo acatan reglas no escritas, que no son de su autoría intelectual. Que todos entremos por esa variante es lo que pretenden. Habrá que recordar que el mundo solo cambió cuando los pioneros tomaron la iniciativa, esos que se animaron a decir “se puede” para desafiar lo evidente, sin aceptar mansamente la interminable lista de razones que demuestran porque “no se puede”. Dejemos de aceptar tan apaciblemente aquello de que solo ingresando a los partidos se modifica el presente. Es una verdad a medias y, como tal, vale la pena cuestionarla. Definitivamente el sistema NO se cambia desde adentro, al menos no, respetando sus normas. Se modifica desde afuera estableciendo la agenda. La otra alternativa, mas osada por cierto, es ingresar al sistema y ser parte de él, pero para pulverizar, sin contemplaciones, sus reglas una por una. Es bueno recordar aquel refrán que dice que solo los peces muertos nadan con la corriente. A cuidarse de esas falacias perversamente instaladas. Se han constituido en la mayor trampa para cooptar a los más crédulos y hacerlos recorrer el itinerario de la claudicación.
En ese encuentro de ideas, en esa confrontación, algunos recurrirán al mas bajo de los recursos, la descalificación, la ironía, la chicana, el golpe bajo en lo dialéctico y hasta la ofensa como metodología sistemática. Todos esos mecanismos apuntan a sacar de foco al contrincante, llevarlo a perder los estribos, alejarlo de la racionalidad para que termine devolviendo con idéntica moneda cada exabrupto recibido. Otros recorrerán el camino, aparentemente interminable, de alargar la discusión hasta el cansancio, presentando una premisa diferente por cada explicación ofrecida por el interlocutor de turno. Por momentos, esa dinámica parecerá inagotable y hasta es probable que alguno decida abandonar la controversia afirmando que no vale la pena, que nada cambiará su visión o simplemente se rendirá bajo los influjos del agotador esfuerzo intelectual de pensar una razón diferente para cada mirada opuesta. Algunos mostrarán su más obcecada postura, esa que da vueltas y vueltas sobre lo mismo, sin dar el brazo a torcer. Se trata de la terquedad propia del orgullo de quien intentará ofrecer fundamentos hasta que estos se agoten y entonces apelará al artilugio de patear la pelota afuera, cambiar el eje de la polémica o solo recurrir a retorcidas comparaciones que hagan de su tesis solo la menos mala y no la mejor. Para lo funesto buscará atenuantes, justificaciones y afirmará que otros también lo hicieron, que muchos lo siguen haciendo y hasta dirá que en otras sociedades ejemplares esa dinámica sigue vigente y nadie las cuestiona. Cualquier testimonio servirá para ese instante tenso de la apasionada discusión. Casi cualquier subterfugio será de utilidad para superar la incomoda situación. Pero en el fondo de todo intercambio subyace lo que ese individuo ha recogido íntimamente, eso que no aceptará en público, pero que empieza a hacerle ruido, a generarle un fastidio que aun no puede explicar en palabras. No lo puede explicitar tan claramente. Hacerlo implicaría admitir que su circunstancial dialoguista tenía razón, o incluso aceptar cierta duda acerca de que eventualmente podría tenerla. Su amor propio no le permitirá ese reconocimiento público, pero en su fuero más íntimo, algunas cosas empiezan a no convencerlo del todo. Esa sucesión de dudas, de razonable vacilación, de titubeo en el análisis, producto de la honestidad intelectual de este protagonista de la historia, empieza a socavar las profundas raíces que sostenían todo su armazón argumental. Es justamente ese proceso el que lo llevará, desde su aparente fanatismo actual a enrolarse en las filas opuestas. Y habrá que decir que nada existe de malo en cambiar de opinión. Muy por el contrario, muestra la capacidad de evolucionar del ser humano, su increíble habilidad para asumir el error y superarse a si mismo, encontrando nuevas respuestas a viejos dilemas. La mutación en las ideas es saludable y no debería ser criticada, pues muestra una faceta muy humana. Ninguno de nosotros puede afirmar que siempre ha pensado lo mismo acerca de todos los temas. La incorporación de información, los nuevos elementos, la profundización en el análisis, la curiosidad investigativa y sobre todo la capacidad para discernir entre una cosa y la otra, sumada a la duda que genera cualquier buen aporte, permiten que los individuos intentemos mejorar, progresar y permitirnos esos cambios de visión que tan mala prensa tienen y que tanto ayudan a que la especie evolucione. Seguramente estarán los más tozudos, los hay más tercos y obcecados. Los procesos en ellos no llegarán nunca, o simplemente serán más lentos. El debate sirve, la discusión ayuda y hay que animarse, por estéril que parezca a veces el esfuerzo. En cada intercambio todos se enriquecen, se alimentan, se estimulan, confirmando visiones, revisando las propias, aunque sea parcialmente. No hay que temerle a la discusión, tampoco a la posibilidad de pensar distinto respecto de nosotros mismos. Nuestra percepción actual no es la misma que la de ayer. Seguramente la del futuro, también se modificará respecto de la de hoy. Por impermeable que parezcamos, todo lo que nos llega se suma a nuestro bagaje de conocimientos. Algunas ideas fortalecerán las propias, aportarán motivos adicionales para sostener lo que afirmamos, servirán como demostración práctica de que teníamos razón. Las piezas del rompecabezas que no encastran quedarán dando vueltas, justamente porque no encajan y porque su existencia pretende relativizar nuestras consistentes afirmaciones cotidianas. Por mucho que deseemos ignorarlos, esos ingredientes, deberán finalmente encontrar su espacio. Podrán ser desoídos por un tiempo, pero en algún momento, tendremos que asignarle un lugar y allí estarán esperando su turno para darnos la completitud pendiente. Esto explica porque quienes hasta hace algunos años eran defensores acérrimos de ciertos personajes, están hoy en la vereda de enfrente sin que hayamos percibido el momento exacto en el que cruzaron la calle. Frente al planteo concreto, ellos no contemplan la posibilidad de admitir que antes decían esto y ahora dicen lo contrario. Tal vez, aceptarlo hiera su orgullo. Pocos son los que tienen la valentía, la honestidad intelectual, de decir ME EQUIVOQUE Y MUCHO. Probablemente lo importante no sea reconocerlo en forma pública, sino aceptarlo íntimamente en ese prolongado proceso que recorre el converso y que luego lo hace un amplio conocedor de su nueva posición a partir de sus visiones del pasado. Ha llegado allí después de un prolongado peregrinar, plagado de frustraciones, repleto de desilusiones, teorías derrumbadas, refutaciones permanentes y fundamentalmente de interminables confusiones que fueron minando su viejo sistema de ideas. Importa no perder el norte cuando discutimos lo cotidiano. A mucha gente le resulta incomodo observar como su construcción intelectual empieza a erosionarse. Resulta molesto visualizar que, aquellos a los que se defendió, no son lo que parecían y que una nueva decepción se avecina, como tantas otras, abriéndose pasos a regañadientes. Ese empecinamiento inquebrantable, esa terquedad inexpugnable, es solo un síntoma, solo una parte, la más visible de un proceso que va por dentro, que es lento, evolutivo, progresivo. Algunos jamás cerrarán el círculo y sus inconsistencias permanecerán por siempre. Otros, los más valientes, los que realmente son capaces de intentar la búsqueda de la verdad con una apertura mental ejercida y no recitada, los que se animen a ensamblar las piezas sueltas sin cegarse, aceptando nuevas ideas y asumiendo con hidalguía los errores del pasado, recorrerán ese camino de la obstinación a la conversión.
Muchos, casi todos, dicen luchar por la igualdad y se ufanan de ello como si el término en si mismo representara un valor indiscutible. Se lo menciona como si el vocablo tuviera un aura especial, una bendición superior, como si se tratara de una virtud superlativa, de una utopía por la que valiera la pena trabajar incansablemente. Habrá que decir, sin vueltas ni tapujos, sin rodeos ni eufemismos, que la igualdad, esa de la que tanto hablan, es el atributo que menos describe a la especie humana. Los individuos no somos iguales en casi nada. Si algo nos distingue, son nuestras diferencias, aquello que nos hace naturalmente distintos. No nos parecemos ni físicamente, ni en nuestra personalidad, mucho menos en las intransferibles vivencias que nos tocan en suerte. Todo, absolutamente todo, nos hace seres infinitamente distintos, y esa desigualdad, si que es un cualidad, una característica única e irrepetible. Son nuestras diferencias, las que nos hicieron progresar y sobrevivir como especie. Es justamente eso lo que nos ha permitido evolucionar. Esas disparidades, nos hace creativos, competitivos y se convierte en el principal motor que nos moviliza lo suficiente como para esmerarnos y superarnos a nosotros mismos. No es la igualdad, sino justamente su opuesto, la desigualdad, lo que mejor describe nuestros talentos y mayores virtudes. También es ella la que identifica claramente nuestros peores defectos, y nos posibilita la chance de ocuparnos de ellos. No somos iguales, no deberíamos querer serlo. Sin embargo, una corriente cada vez mayor, casi unánime, parece ser el discurso esperado, el políticamente correcto, ese que dice pretender ajustar lo que presenta como desvíos. La sociedad parece aplaudir, algunos porque suponen que alguien tiene el poder de otorgarles lo que no tienen, y otros porque no se animan siquiera a decir lo que piensan y defender lo propio. Resulta deseable que todos juguemos bajo las mismas reglas. Se puede pretender cierta igualdad ante la ley, frente a los objetivos criterios que rigen la convivencia humana, pero solo eso, solo esa cuestión de rutina, que es casi una cuestión de sentido común. En el resto, habrá que comprender que las diferencias, la desigualdad y nuestras propias particularidades, deben ser bienvenidas. Por eso, resulta difícil entender como esa palabra, igualdad, ha pasado a ocupar un lugar de privilegio en los discursos, y como su implementación efectiva ha significado despojarnos de nuestra propia singularidad. Y es que la política ha convertido ese culto a la igualdad en una práctica cotidiana que consiste en quitar talentos a los mejores, poner límites al progreso, establecer pisos artificiales intentando brindar coercitivamente a unos lo que naturalmente no tienen, sin dejar previamente de despojar a otros para que lo anterior suceda. La redistribución tan mentada sigue haciendo estragos. Bajo esa muletilla que se ha puesto de moda, el paradigma de la justicia humana, hace eso, quita a unos y otorga a otros, discrecional, arbitraria, selectiva y coactivamente. La sociedad parece aclamar la destrucción de su mayor virtud. Supone que se puede igualar a una comunidad, por medio de leyes, decretos y normas. Que sacando a unos y entregando a otros, se nos ayuda a evolucionar. Nada más alejado de la realidad. Esos mecanismos, solo consiguen desestimular a los talentosos y paradójicamente también a los menos hábiles, ya que así, tampoco precisan de incentivos para progresar, para superarse. Después de todo, algún Mesías, se ocupará de darles lo que no son capaces de conseguir por si mismos. Pero en este caso, con el agravante de tratarlos indignamente como verdaderos incompetentes e inútiles, rebajándolos a la deshonrosa categoría de mendicantes de favores. Debilitan así su desgastada autoestima para condenarlos eternamente a la frágil e indecorosa posición de parásitos sociales, esos que a partir de ahora dependerán exclusivamente de la dádiva clientelista del mandamás de turno. Eso ocurrirá, claro está, cuando el poderoso decida otorgarle esa limosna. Antes se ocupará de esquilmar a algunos, esos que producen y generan riqueza a su alrededor, para poder concretar su generosa acción popular. Ese mecanismo, que aparentemente goza de una impunidad sin igual en el planeta, parece haber venido para quedarse. Se trata de prácticas que celebran políticos y votantes al unísono. Diera la sensación, que cierto sector de la humanidad está dispuesto a bajar los brazos definitivamente, para vivir de lo que otros generen, para dejarse humillar por los que se han empeñado en demostrarle su demostrada incapacidad, como una fotografía estática de ese presente inmutable e inmodificable. Ellos, no parecen estar listos para dar la batalla, ese difícil pero imprescindible desafío para recuperar la fe, de iniciar la búsqueda de su propia felicidad e intentarlo en la satisfacción de identificar sus arraigadas y desconocidas fortalezas, esas que todo ser humano tiene, ese don preciado que hemos recibido cada uno de nosotros en forma particular, individual e indelegable, ese atributo magnífico que nos hace esencialmente diferentes y por ello únicos e inimitables. Extraordinariamente distintos. Fantásticamente desiguales. Ninguna ley funcionará como los políticos y muchos ingenuos ciudadanos suponen. Las normas podrán saquear a unos para regalar a otros, pero no crearán talento allí donde este está ausente o simplemente dormido. Tampoco generarán creatividad, en ese espacio en el que ellos mismos se ocuparon de apagar la voluntad. Esos atributos, la creatividad, el talento, la perseverancia, el esfuerzo, la capacidad, el esmero, no son solo cuestiones innatas, las más de ellas se desarrollan y se logran solo cuando se atraviesan momentos difíciles, verdaderas crisis, situaciones que requieren de retos frente a los escollos que nos propone siempre el presente. La innumerable lista de invenciones de la historia humana, esa nómina inagotable que nos hace la especie que mas se ha desarrollado como tal, proviene de los mejores. Son ellos y no otros, los que sentaron las bases del progreso. Si eliminamos las diferencias, si seguimos venerando la homogeneidad, estaremos condenándonos a pedirle a los que se destacan, a que ya no lo hagan y a los peores, a despreocuparse por la ausencia de habilidades, pues algún político, apoyado por la inmensa mayoría de ciudadanos, pondrá las cosas en su lugar. Evidentemente, la humanidad ha comprado esta falsa ilusión de que la igualdad es un objetivo en si mismo. La fantasía de la igualdad parece estar apoderándose de nosotros sin resistencia alguna y con una tácita aprobación cívica que explica el discurso de los políticos, que es solo una mera consecuencia y no su verdadera causa.
Ellos son, efectivamente, una muestra de la sociedad. Pero son una mala muestra cuando suponemos que lo que ellos piensan, podemos trasladar linealmente al resto de la comunidad como si fuera la totalidad de ella. Este influjo, aparentemente inevitable, hace que hasta los más sagaces se equivoquen y crean que sus apreciaciones son compartidas por el resto de la comunidad. Lo concreto es que, muchos en ese esquema, engañados por su percepción y también por los propios rasgos de su personalidad, confunden lo que querrían con lo que es. Solo con ese dato asumen que la sociedad está conforme o disconforme según sus propios pareceres. Mucho de eso tiene que ver con el terreno de las suposiciones y visiones siempre subjetivas, en las que los más cercanos, influyen de modo determinante. Lo que ningún astuto puede ignorar, es que ese mirada contaminada, a la que ninguno de nosotros puede abstraerse, es solo eso, un espacio reservado para lo que piensa un sector de la sociedad, pero de modo alguno lo que concibe la comunidad en su conjunto. La Real Academia Española define al microclima como ese clima local de características distintas a las de la zona en la que se encuentra. Y vaya si el término explica la sesgada forma en la que muchos analizan lo que nos sucede a diario. Cuando escuchamos hablar a políticos, oficialistas y opositores, a periodistas de diferentes medios, analistas de distintas miradas ideológicas, dirigentes de cualquier sector o hasta líderes sindicales o académicos, vemos el aplastante efecto de estos reduccionismos que imposibilitan ver lo evidente al caer en la generalización lineal de lo que escuchan a su alrededor. La realidad es compleja, vaya si lo es. Influyen en ella múltiples procesos simultáneos que operan entrelazándose entre si. Es preocupante, que gente preparada, con formación sobrada en variadas disciplinas, haya tropezado ante la tentación de arrogarse el pensamiento ajeno, en función de una simplificada proyección, en base a lo que algunos pocos expresan. Cuando esas observaciones inocentes son solo parte del debate de la reunión de café o la ronda de amigos, no tiene mayor impacto, y todo queda en la anécdota. Ahora, cuando ese modo de reflexionar, deja su huella en la toma de decisiones de la alta política, de la economía a gran escala o de las estrategias partidarias, el tema toma otra dimensión. Es que el mundo se mueve, también por expectativas. Cada uno de nosotros proyecta su futuro, avanzando o retrocediendo en función de lo que creemos que sucederá. La continuidad de una política o la modificación de ella, influye categóricamente en lo que haremos o dejaremos de hacer marcando el rumbo de todos los proyectos personales, políticos o empresariales. La venda que nos impone esa acotada visión que nos rodea, hace que creamos que afuera está soleado cuando en realidad llueve torrencialmente, o a la inversa. En ambos casos, esa tendenciosa mirada de lo que suponemos es la verdad, está distorsionada y nos aleja del mundo real, con el que nos toparemos irremediablemente en algún momento. Ya no alcanza ni la perspicacia, ni el instinto, ni siquiera la información. Se trata en todo caso de tener la agudeza perceptiva de entender como funcionan las sociedades y a que estímulos responden, cuanto de ingenuas tienen y cuanto de lúcidas las explica. Los demagogos de siempre, especulan hasta el cansancio con sus repetidas fórmulas. Sus propios entornos los convencen de que las perversas prácticas del pasado darán resultado nuevamente y que la sociedad les comprara “espejitos de colores”, otra vez. Es lo que, entienden, les dice la experiencia y apuestan a ello alimentados por los aduladores que nunca faltan y los embaucadores profesionales, que le dicen lo que quieren escuchar, es decir que todo lo que hacen es correcto. Por eso insisten con su modelo populista. Esperan nuevos aplausos. Por ello preparan una renovada batería de medidas para cada momento, esas que aportaron éxitos y que proyectan hasta el infinito. Los opositores hacen lo propio. Creen que cualquier actitud oficialista caerá en desgracia. Sus seguidores los seducen con la idea que el oficialismo está en caída libre y que nada detendrá ese proceso. Esa mirada, los hace confiados, y entonces se vuelven vulnerables e ineficaces, porque suponen algo que no ocurrirá de modo alguno. Para los que apuestan sus fichas a una sociedad ignorante y que siguen insistiendo, de un lado y otro, con el despreciativo argumento de que no estamos preparados para vivir en democracia, y que solo la educación nos liberará, habrá que decir que hay que dejar de subestimar a la gente, y trabajar mucho mas sobre si mismos si quieren interpretarla. Incontables fracasos de inteligentes estrategas respaldan esta afirmación. Abundan ejemplos de estruendosas derrotas de los soberbios analistas que minimizan la intuitiva percepción de la sociedad para identificar a los rapaces de siempre. Los microclimas condicionan la forma de tomar decisiones. Lo cierto es que, cuando llega la hora de que el pueblo tome la palabra, siempre lo hace en el sentido de sus sensaciones. No seleccionan a nadie por error. En todo caso esos se han tomado la tarea de interpretar mejor, lo que la gente cree. Si alguien quiere recibir los favores de la sociedad en una elección, mas vale que se ponga a trabajar en serio y a hacer lo esperado. Las especulaciones que movilizan el patético y servil entorno de las dirigencias que solo hace negocios para sí, solo lleva a los lideres a recorrer los caminos mas torpes y menos conducentes de la política doméstica. El mundillo en el que todos estamos inmersos, es una constante amenaza que nos lleva a perder contacto con la realidad. Entender a la sociedad, interpretarla acabadamente, descifrar sus reales intereses y percibirlos con claridad no es tarea para cualquiera. Hasta el más instruido puede ser engañado por las fantasías de su propia mente, y sobre todo por ese séquito que lo rodea y contribuye a su confusión cotidiana, orientando sus decisiones en el sentido inadecuado. Mientras tanto todos corremos el riesgo de ser las nuevas victimas de la maldición del microclima.
Es notable como gente que dice defender valores como transparencia, democracia, república, derechos humanos, propiedad, vida o libertad, termina avalando las más temerarias y disparatadas decisiones de su circunstancial “jefe”. Las más de las veces, se trata, de gente inteligente, con profunda formación, con amplia cultura general, que goza de cierto prestigio que lo vincula con la intelectualidad. Algunos, en ese proceso pierden el sentido de lo correcto frente a lo incorrecto, del bien, respecto del mal, de lo aceptable y lo reprochable. Idénticos actos o discrecionales determinaciones, serian rechazados de plano si fuera otro el ocasional implementador. Es que sus simpatías le juegan una mala pasada y le hacen descuidar el deseable sano equilibrio, imprescindible para juzgar los sucesos. Hechos de corrupción, silenciamiento a los que piensan diferente, abusos de autoridad, prepotencia, abandono institucional, persecución ideológica, desbordada agresión, son solo lugares comunes de la larga lista de esa secuencia que forma parte de la nómina de actos que merecen ser repudiados, y sin embargo se respaldan de la mano de retorcidos argumentos que le den soporte al desatinado aval. Tal vez sea un mero reflejo de la clásica estrategia de confrontación de los demagogos populistas. Aprueban todo, porque en realidad tienen claridad respecto de lo que no quieren, más que sobre lo que realmente desean. Tienen enemigos comunes, y eso hace que pierdan de vista lo éticamente adecuado. Lo importante es oponerse al contrincante elegido. Será una nación extranjera o una religión, algún sector social o tal vez ciertos intereses económicos. No es relevante, solo se trata de buscar un motivo para sumar odios que ayuden a cohesionar fuerzas para una batalla específica. El líder populista lo sabe, conoce las reglas sociológicas con las que se mueven ciertos individuos. Ellos no precisan consentir una idea necesariamente, les alcanza con identificar enemigos y obtener adhesiones por contraposición, por contraste. La individualización de un rival común simplifica los razonamientos y coloca en fila a todos los que combaten a ese enemigo. Existe un peligroso reduccionismo casi deportivo, que tiene que ver con cierta necesidad de sentirse identificado plenamente con alguien, con sus ideas y visión. Se asemeja y mucho a la pasional actitud de quien ha decidido hacerse fanático de un equipo, funcionando entonces esa lógica de idéntico modo. Arengar al equipo propio implica eso, alentarlo, festejarle los éxitos y rivalizar con el clásico oponente de siempre. No importa quien juega mejor, ni quien merece ganar las competencias. Lo importante es derrotar al adversario, de cualquier modo, apelando a argucias y hasta celebrar cuando es sometido por otro rival. Esa dinámica tan propia de la disputa deportiva, se termina trasladando, casi absurdamente y en forma lineal, a la política. Es que un ciudadano con sentido de la libertad, puede adherir a una idea, comulgar con alguna decisión y al mismo tiempo rechazar otras hasta aborrecerlas. De eso se trata, de mantener la imparcialidad, la reflexiva actitud respecto de los hechos, esa que nos otorga racionalidad, sentido común y nos evita el improductivo involucramiento que hace perder el contacto con el mundo real y obnubila la perspectiva. A estas alturas, es inadmisible que un mortal, en sus cabales, inteligente, con la preparación que le brindan los años de estudio transcurridos o el acceso a la educación que le fue posible, admita con naturalidad que es razonable firmar cheques en blanco a su líder. No parece lógico, ni atendible de modo alguno hacerlo con nadie. Los seres humanos somos esencialmente imperfectos, y por tanto acertamos y nos equivocamos. Hacemos lo correcto y también lo incorrecto, pero perder la dimensión de lo que está bien o lo que está mal, nos aleja de nuestro mayor rasgo. Equivocarnos, implica una posibilidad concreta en lo cotidiano, pero la capacidad de visualizar el error, para luego corregirlo, es parte también central de nuestra naturaleza. Es allí donde nos cuesta entender como tantos han cedido a las luces del poder. Se puede entender, aun sin justificar, cuando esa pérdida de noción de lo incorrecto proviene de las prebendas recibidas, los honorarios cobrados o la pertenencia al núcleo de mando. Pero cuesta mucho comprender similar empecinada exaltación, cuando solo median, el disparatado entusiasmo sin compensación alguna. No debemos temer a la libertad. Se podrá acordar con el líder en ciertos temas, tal vez los mas importantes incluso, pero debemos permitirnos disentir en todo aquello que no nos parezca adecuado, que no encuadre en nuestra escala de valores. Flaco favor se les hace, a esos caudillos, cuando se los endiosa convenciéndolos de su supuesta superioridad. Brutales historias en el planeta empezaron de esta manera, colocando en un pedestal inalcanzable a hombres, que en definitiva, son solo de carne y hueso. El bueno y el malo de las historietas son solo eso, una caricatura de la realidad. En el mundo terrenal, nadie es absolutamente bueno, ni nadie totalmente malo. Los que somos parte de la especie humana, sabemos que nuestras vidas se construyen con éxitos y fracasos, con aciertos y errores. Presumir de la perfección de nuestras decisiones es desconocer el atributo principal que nos distingue en el universo. Asusta este modo de ver las cosas que algunos han elegido. Cierta ingenuidad no puede menos que llamarnos la atención, ya no por el coyuntural presente, sino por las consecuencias esperables de la proliferación de fanáticos incapaces de aceptar la irrefutable presencia de reiterados equívocos, autoritarias actitudes estimuladas por cierta postura servil y aduladora que potencia a los que detentan el poder. El líder redentor sabe como funcionan las mentes de los desprevenidos y juega ese peligroso juego, que lo fortalece y le quita límites a la hora de ejercer la autoridad posibilitándole la pretendida concentración del poder. No inquieta por las cuestiones electorales o la mezquina ingeniería política, preocupa porque en el medio estamos nosotros, los ciudadanos, esos que no debemos nunca perder la mesura, la ecuanimidad, el equilibrio y todo lo que nos mantiene a una distancia prudente de los acontecimientos, impidiendo que nos pongamos las anteojeras con las que algunos pretenderían que observáramos el presente. No es la primera vez que presenciamos esta manera de leer la realidad. Por eso preocupa, porque los antecedentes hablan por si mismos, y esta dinámica tan particular, puede ser el preámbulo de los excesos que la humanidad ya conoce y aún lamenta. Habrá que cuidarse y no perderle pisada a esta dialéctica del cheque en blanco.
Las adulaciones, palmadas y obsecuente actitud de muchos para con el periodismo, contrastan con las otras, también importantes en número, que se ocupan de responsabilizar a los que ejercen la actividad, de todos los males que padece la sociedad. Siendo un poco más cautos, tal vez se deba decir que, en realidad, ni una cosa, ni la otra. Muchas mentiras y falsas creencias rodean a este oficio. Pero, las más de ellas, de tanto repetirlas terminan pareciendo ciertas, aunque sin elementos concretos que la sostengan. Habrá que decir, a favor de los fabuladores, que sus argumentos, además de lineales, parecen verosímiles, y es tal vez este último dato, el que culmina dándole cierto sustento. Una añeja presunción pretende poner en un pedestal a quienes ejercen la tarea de informar. Suponen que la labor de los comunicadores, está rodeada de un aura especial, algo que la hace intocable, superlativa, sublime y superior. Condescendiente y conveniente argumento que solo eleva el insustancial ego de una profesión que, por si misma, ya atrapa a ególatras personajes y mediocres con baja autoestima, de esos que necesitan ser alabados cada tanto para no deprimirse. Muchos halagadores consuetudinarios, apelan a esta herramienta para mendigar un poco de protagonismo en los medios, invitaciones, invocaciones, o inclusive, cuando no, para evitar críticas. La vanidosa actitud tan propia del rubro, hacen de este tipo de posibilidades, moneda corriente y campo propicio para el superficial elogio fácil. Muchos siguen sosteniendo que los periodistas como formadores de opinión, consiguen que cualquier cosa que digan se convierta en verdad. Quienes eso afirman, sobreestiman al periodismo y a los medios y subestiman profundamente a la sociedad manifestándole su marcado desprecio. No se debe caer en la trampa de sobredimensionar el alcance de los medios, la perversidad de sus actos y la penetración de su discurso. En un mundo capaz de fabricar fantasmas, que sigue creyendo en paranoicas conspiraciones y en las corporaciones que todo lo pueden, ese pensamiento mágico, se hace funcional. Sobradas pruebas tenemos, a estas alturas, de que las mentiras tienen patas cortas y que el poder de los medios no es tal. Si así fuera, algunos nunca habrían caído en desgracia y muchos poderosos soportados por la prensa aun perdurarían. No es lo que ocurrió. Es que solo cabe recordar una de las tantas versiones de aquella frase que se le atribuye a Abraham Lincoln, que decía que se puede engañar a algunos durante mucho tiempo, a muchos durante algún tiempo, pero no a todos durante mucho tiempo. Por retorcidas que sean las elucubraciones, la prensa, es eso, un poder mas, el cuarto o el que sea, pero solo una parte más del delicado y necesario equilibrio de fuerzas que hacen caminar mejor o peor al mundo. Entre las históricas demandas, están esas que dicen que es necesario un periodismo “independiente”, Ya lo afirmaba un viejo maestro, que nos enseñaba sobre el periodismo independiente, lugar común, reiterado como verdad a los cuatro vientos. La calidad de independiente es respecto de algo, del poder, del Estado, de los partidos políticos, de los clientes, de los sectores económicos, políticos o religiosos, de las ideas. Por lo tanto, no existe tal cosa como el periodismo independiente, pues invariablemente se depende, de uno u otro modo, de las propias creencias y prejuicios, de los conocimientos y experiencias, de la base cultural, del entramado ideológico y de las convicciones religiosas que llevamos con nosotros a cuestas de modo permanente. Tal vez la referencia a independiente, tenga que ver expresamente con el poder en sentido genérico, y en ese aspecto seguramente no solo es deseable, sino que además es requisito para ejercer la profesión, por su esencial característica de contrapeso. También se espera cierta objetividad periodística. Sin explicar la idea, solo se recita y se repite hasta el cansancio. Ese argumento pretende sostenerse en que la verdad es única y ser objetivo asume decirla y conservarla como valor. Es probablemente cierto eso de que la verdad pueda ser una sola, lo que no es cierto es que debe ser observada desde un solo lugar. La verdad tiene muchas aristas, y se pueden llegar a múltiples, casi infinitas conclusiones, sobre un mismo hecho, priorizando algunos aspectos por sobre otros, sin escapar a la verdad. Por eso, cuando se habla de objetividad, tal vez muchos deban revisar ideas para ser más realistas, porque cada uno de nosotros lo hacemos, opinamos, desde nuestro lugar, desde nosotros mismos, con criterio propio, lo que nos hace formidablemente subjetivos, al analizar los acontecimientos desde una perspectiva particular, que puede ser singular o coincidente con el resto. Un párrafo aparte habrá que dedicarle a la perseverante actitud de colocarse en el rol de víctima. La posición débil, de sojuzgamiento y sometimiento es típica de los mediocres de la casta. El periodismo, como cualquier otro tipo de labor, requiere de una dosis de talento y mucho de convicciones. Si no se tienen ambas, al menos en las proporciones mínimas, se termina haciendo lo que otros quieren, y no lo que uno pretende. No cualquiera que está frente a un micrófono o a las cámaras de televisión, en una redacción de un periódico o de un portal digital, es periodista. Una cuota de talento, y otro tanto de esfuerzo, principios, sacrificio e inteligencia pueden hacer la diferencia. Como en toda ocupación, no triunfan todos, no llega cualquiera, solo los que han logrado combinar sus habilidades con algún criterio. Y no es cuestión de caer en la demagógica postura de justificar a los anodinos para seguir alimentando la hipócrita tendencia aduladora de estos tiempos. El periodismo debe hacer una profunda autocrítica, ya no por lo dicho, ni por lo hecho, por lo escrito y mostrado, sino por las permanentes omisiones, por lo ocultado premeditadamente, por lo callado y no mostrado, por la complicidad de sus silencios. La falta de coraje profesional, los temores, el miedo a la libertad y la larga historia de voluntades quebrantadas son el costado más frágil de esta vocación. Privar a la sociedad de algo, por la falta de valor, por los excesos de prudencia y las protecciones implícitas, hablan bastante mal de esta noble actividad. Y hay que hacerse cargo, habrá que asumirlo primero, si queremos corregirlo. Al periodismo no lo dignifica su tarea cotidiana, sino la forma de ejercerlo. Intentemos ser serios, hagamos al menos el esfuerzo, vale la pena hacer un ejercicio de revisión profunda para que la crónica compartida no sea una ingenua caricatura de lo que queremos ser y no somos. Ejercemos una profesión plagada de leyendas, que poco tienen que ver con la realidad, y aun tenemos mucho por ajustar, si pretendemos obtener la legitimidad que no otorga el esfuerzo, sino el deseable resultado de nuestro sacrificio. Para lograrlo, tal vez debamos abandonar el testimonio cándido que pretende ocultar nuestras, cada vez, más evidentes falencias. Sería un buen comienzo y un excelente homenaje a la profesión. Pero el ingrediente principal, no puede faltar a la cita. Sin libertad, el ejercicio periodístico no tiene valor alguno. Bien lo decía Albert Camus “una prensa libre puede ser buena o mala, pero sin libertad, la prensa nunca será otra cosa que mala”.
El sistema representativo agrega esa posibilidad de tomar decisiones a través de personas a las que delegamos ciertos derechos, por algún tiempo, para que ejerzan nuestro poder ciudadano bajo determinados parámetros. En este esquema, los ciudadanos somos convocados, cada tanto, para indicar en elecciones populares, a quienes nos suplantarán a la hora de resolver sobre la administración del Estado. No existe dirigente político alguno, que se precie de tal, que no reitere hasta el cansancio, en cada ocasión, frente a diferentes tribunas, su profunda vocación democrática y su irrevocable respeto por las instituciones republicanas. Eso no debería extrañar demasiado. Es el discurso políticamente correcto, lo que todos esperan que se diga, y por lo tanto lo que hace cualquier candidato para tener mayores oportunidades y atraer los votos que precisa para acceder al poder. Hasta aquí todo parece lógico y normal. Sin embargo, a poco que el político asume la función para la cual se postuló, parece tirar por tierra todo lo recitado y empezar a recorrer el camino de desconocer, de modo concreto, en cada acto, la esencia misma del sistema democrático. Existe un proceso casi automático, por el cual el “elegido” se apropia de lo público, asume que fue ungido como un monarca y que, por lo tanto, es propietario de la vida y el patrimonio de sus mandantes. Inicia, de ese modo, una espiral en la que se establece a si mismo ciertos privilegios personales que, por otro lado, los replica entre sus colaboradores como si fueran parte de una misma casta. Se trata de un fenómeno reiterado, cíclico y casi universal, que no reconoce fronteras étnicas, ideológicas, ni de niveles de educación o desarrollo. Con más o menos obscenidad, se presenta a diario de un modo ostentoso y procaz. Es que tal vez el caudillo “ocasional” no entendió que fue elegido como mandatario, como representante, para actuar por los ciudadanos y bajo determinadas consignas que no dependen de la ley, sino de la formación moral del que le toca en suerte ejercer la labor. Fue seleccionado entre tantos otros, por sus propuestas, por sus ideas, por su visión. Está para eso, para llevar adelante la misión que le fue encomendada y no otra. Muchos no entienden que ese dirigente, desde el momento mismo en que obtuvo la preferencia de su sociedad, dejó de representar a un partido político, a una facción, a una parte de su comunidad. Ahora se ha integrado a la estructura estatal por el periodo que le toca, pero para trabajar por el conjunto y no por su sector ideológico. El electorado optó por sus ideas frente a otras, pero debe hacer esa tarea con la mayor austeridad posible, sin lujos, ni privilegios, con el sentido común y el respeto de quien, está “de paso”, circunstancialmente ocupando una función para la que ha sido elegido por un tiempo establecido, y no más que eso. Está de paso, a préstamo, provisoriamente, por lo tanto no puede comportarse como dueño de casa, debería hacerlo, a lo sumo, como inquilino, como mero visitante, a la que se le han asignado determinadas responsabilidades durante su estadía. Vale esto para él y para cada uno de sus colaboradores, sin distinción de rango. Sin embargo, resulta recurrente ver, como el sufragio parece convertir a mansas versiones sonrientes y celebridades amigables, en autoritarios y discrecionales personajes que se apropian del poder como si fuera eterno, con la soberbia, la impunidad y el desparpajo de quien ha venido para quedarse. En su despliegue cotidiano, el funcionario opera casi como por cuenta propia, hace la suya, decide a su arbitrio, y asume que el poder delegado por los ciudadanos fue, en realidad, transferido. Habrá que decir que la democracia representativa supone una delegación transitoria y no definitiva de atribuciones, que la sociedad puede reclamar, y hasta retirar, en ese ejercicio ciudadano. Esta confusión que aparece como denominador común en tantos, al punto de marearlos y aturdirlos, y hasta hacerles meter en una coctelera a conceptos tales como Gobierno, E Estado, Partido y hasta a ellos mismos, tiene el resultado que ya conocemos. Un conjunto de hombres y mujeres, probablemente decentes los mas de ellos, que no sabe bien cuando habla por si, cuando lo hace en representación del partido, en qué momento defendiendo los intereses del Estado y cuando en función de gobierno. Ante semejante alboroto que tanto agobia, aparece el funcionario utilizando recursos públicos, de todos los ciudadanos, para actividades partidarias, políticas y personales, sin entender donde está la verdadera línea divisoria que separa esto de aquello. Tal vez muchos, deban repasar lo que significa una democracia representativa. Tanta naturalización de lo incorrecto, tanta prerrogativa convertida en tradición cultural, y tantos “pícaros” personajes de la política, han logrado hacer una gran ensalada para que muchos ciudadanos no podamos visualizar a diario las cosas con claridad frente a este conveniente y funcional desorden que se ha instalado entre nosotros. La próxima vez que veamos en escena a un funcionario público, no importa el rango ni la jurisdicción, no resulta relevante su carisma o su preferencia partidaria, prestemos suficiente atención. Cuando los ciudadanos aprendamos a diferenciar que no es lo mismo actuar para sí, que para el partido en el que se milita, para la función institucional que se ejerce, que para la tarea de empleado estatal que implican los cargos públicos, podremos estar en condiciones de poner las cosas en su lugar. Cuando se actúa dentro del marco democrático, en los ámbitos públicos, resulta prudente recordar que se está haciendo uso de recursos públicos, de dinero de todos, ese que se origina en el cobro de los impuestos, en el endeudamiento irresponsable de los gobiernos de turno y en la inconveniente emisión de moneda. En sociedades como las nuestras, la inmensa mayoría de las democracias del planeta, se convive con perversos regímenes impositivos que hacen que sean los más pobres quienes terminen siendo los principales financiadores de la creciente voracidad estatal de la partidocracia reinante. Vivimos tiempos de un oportuno aturdimiento, ese que posibilita a los ciudadanos ser protagonistas estelares de esta apropiación de lo público por parte de quienes se sirven de los más nobles atributos de la democracia para complacer sus propios objetivos. Lo peor de la política pretende adueñarse de todo, aprovechando el enredo conceptual del que somos cómplices, abonando, como siempre, a esta funcional “confusión monárquica”.
Ha pasado mucho para que este sea el presente. Lo que la sociedad piensa de la política se corrobora a diario. Es que tanta discrecionalidad, abuso de poder, clientelismo, demagogia y hechos de corrupción, solo han abonado linealmente a una misma visión. La política es despreciable para casi todos y su deterioro parece interminable. Sin embargo, algunos se empeñan en reivindicarla como vocación. Dicen, con razón, que la política es el medio más efectivo para modificar la realidad. Y no mienten en ello. Vaya si tienen razón. La política debe ser el vehículo mas eficaz para esa mejora. Lo que no dicen es que la mala imagen que la gente le atribuye, se sustenta en realidades y no en suposiciones. Se apoya sobre la base de hechos reiterados y de una experiencia confirmatoria que se prolonga en el tiempo. Ya no son incidentes aislados, sino sucesos repetidos incansablemente, solo reediciones de situaciones parecidas. El abuso de poder, se origina en la brutal concentración de recursos y atribuciones, que hacen del poderoso, alguien con demasiada supremacía, y que ostenta un arsenal de inexplicables privilegios personales. Un desproporcionado costo operativo, sin correlato razonable con sus ingresos aparentes y sus funciones publicas. Nada mas despreciable, que quien aprovecha las prerrogativas que otorga el cargo. Sobre todo cuando quien financia ese despropósito es un ciudadano, sin privilegios, ni prioridades especiales. Soportar el desagradable espectáculo de pagarle lujos al funcionario, que no se pueden dar quienes pagan sus obligaciones, es una muestra mas del desparpajo con el que algunos se mueven. La discrecionalidad genera igual sentimiento negativo. El funcionario, aparentemente tocado por una varita, parece convertirse por arte de magia, en el único iluminado capaz de saber a quienes beneficiar con ciertas medidas y a quienes no. Su arbitrariedad no tiene demasiados límites y las explicaciones brillan por su ausencia. Ejemplos abundan. Recibe a quien quiere, cuando quiere y si quiere. Su despliegue esta plagado de caprichos y eso lo hace absolutamente cuestionable. La corrupción, tal vez sea el punto máximo de toda esta descripción, pero solo la esperable consecuencia de un sinnúmero de atrocidades aceptadas con naturalidad. Es que a las patéticas actitudes propias de la función, se suman ahora cuestiones morales que solo esperaron la oportunidad para rapiñar todo lo que se encuentre a su paso. La escala de valores de estos personajes se ha malogrado porque han consentido situaciones en ese recorrido, donde el umbral de la moralidad, se corre permanentemente aceptando hechos que de estar en posición ciudadana no se tolerarían. Le toca en suerte aprovechar esas posibilidades y allí su deshonestidad aflora. Esa que estuvo latente durante mucho tiempo y que las mismas reglas de la política fueron limando en permanentes concesiones, aprobando ciertas pautas inaceptables éticamente. La política aporta pruebas aplastantes a diario, con múltiples y cada vez más creativas formas de asistencialismo, clientelismo, corrupción, discrecionalidad, demagogia y populismo. Estos atributos solo se sostienen cuando el que paga es otro. Se trata de esa masa impersonal al que llamamos ampulosamente “ciudadanos”, cuando en realidad debiéramos llamarlos “contribuyentes”, porque si algo hacen es financiar a otros. Por eso, cualquier cosa que se diga de un dirigente político, o más aun de un funcionario, resulta creíble. No importa cuan retorcido sea el planteo o la historieta. Poco importa saber si es total o parcialmente cierto. Es más, hasta puede ser una absoluta calumnia, pero ese no es el problema. El asunto es que resulta verosímil y con ello todo intento por encauzar la cuestión resulta insuficiente. Entonces devolverle valor positivo a la actividad política se convierte en un esfuerzo discursivo y voluntarista. Parece imposible salir de este círculo vicioso. La naturalización de algunos hechos, nos llevan por el sendero de la resignación y de la aceptación mansa de que “todo es así” y “nada se puede hacer”. Vaya funcional filosofía para los que quieren seguir haciendo uso indiscriminado de las “bondades” del sistema para provecho propio. Esa acumulación de poder precisa de esa interminable transferencia de recursos económicos que el sector privado drena hacia el sector público. Sin ella no hay concentración de decisiones ni de dinero. Esta habitual manera de ver el presente, es la fuente inagotable de tantas desventuras. Cuando esta dinámica se modifique, y los recursos económicos que sector público obtiene, no se tornen tan tentadores, ni sus privilegios y prebendas surgidas de la discrecionalidad, puede que los operadores del poder, no se muestren tan entusiasmados con la idea de acceder a él. Es que en ese caso, el botín de siempre, no será la motivación central que inunde a la política de parásitos, temerarios personajes oportunistas, e improvisados arribistas. La ideología reinante, esa que dice que el Estado debe ser grande y ocuparse de múltiples tareas, abarrota al mismo de recursos eternos. Sus funciones son casi todas, y por lo tanto debe seguir acumulando financiamiento, con impuestos, emisión monetaria o endeudamiento. No importa como, interesa sostener el andamiaje del sistema. Esta forma de ver el mundo solo conseguirá atraer a multitudinarios ejércitos de partidarios que quieren acceder al reparto de la torta. La lista de abusos estará a la orden del día, y no faltaran voluntarios a la cita. La misma política se ocupará de convocarlos. Mientras los ciudadanos razonemos de este modo, mientras defendamos ideologías que concentran recursos en el Gobierno, bajo la simpática leyenda de la justa redistribución de la riqueza que quita a unos para dar a otros, la ficción del Estado eficiente y la falaz utopía controladora, seguiremos abonando al conveniente escenario que una casta eterna alimenta para que nunca le falten los recursos para asignar a sus seguidores. Ellos continuarán con esta tradición, como siempre, con discrecionalidad y excesos, con privilegios y asistencialismo, con clientelismo y demagogia. Todos los calificativos despectivos que podamos atribuirle a la clase dirigente parecen tener asidero, se hacen verosímiles, pero a no equivocarse, los ciudadanos hemos fomentado y legitimado durante décadas a este linaje con doctrinas plagadas de falsos argumentos, pero que han sido altamente convenientes para ese despliegue. Alberto Medina Méndez, desde Argentina |
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