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achipiélago gulag
..........................................................por
Lorenzo de Ara
Viuda llena de vida

Esa viuda, en negro, con el corazón destrozado pero mirando hacia el futuro. Esa viuda, que lo sepan los etarras y los que buscaron una hedionda paz para pasar a la historia, está llena de vida. La viuda española es la personificación de la democracia. Pero no es la democracia que quiere ZP, ni la que ahora, al parecer, también anhela Mariano y sus centrados niñatos. La viuda habló con claridad, sin miedo, sin buscar la mejor foto. Habló para que ETA la escuchara, para que Ibarreche la escuchara, para que Zapatero tomase nota.
La bomba estalló para alegría de los asesinos. Los etarras bebieron y comieron. La muerte sin avisar se metió en el cuerpo de un hombre que soñaba con vivir y trabajar en Málaga. La muerte entró atropelladamente por su cuerpo.
ETA busca la independencia de una parte irrenunciable de España. Y esa independencia también es buscada por los otros nacionalistas. Todos están en el mismo saco. Todos quieren lo mismo.
¿Cuándo terminará la hipocresía? El nacionalismo vasco es enemigo de España. Lo es. Lo fue también en el proceso de transición que, hay que decirlo, no fue del todo bueno para España. La cesión ante las minorías y la debilidad del sistema para acabar con ETA son errores que hoy se pagan con sangre.
ETA ha matado cobardemente. Los asesinos en nombre de esa idea entran y salen de las cárceles como héroes. Esa realidad pone de manifiesto que la democracia está debilitada. Un asesino debe, sí, debe, pudrirse entre rejas.
¿Tanto cuesta asentar a un etarra a pasar toda su puerca vida en una cárcel de la que ya nunca saldría? ¿Qué hay que hacer para conseguir ese anhelo de los hombres de bien en una patria confusa y atropellada por 17 falsas realidades?
La viuda se atrevió a decir lo que asustadizamente los políticos que se llaman españoles callan. Esa viuda y María San Gil representan un contexto democrático del que se alejó el PSOE en 2004 y del que ahora quiere deshacerse el nuevo PP que se abre camino en la cabeza de Mariano. Don Mariano.
Otra bomba, otro muerto

Los etarras se han hecho muy fuertes. Gigantes. Ahora tienen más hambre que antes. Quieren comer y no se cansan de matar a sus víctimas. Cuantas más, mejor. Tienen hambre como las hienas de los documentales de la 2 de ZP.
Los etarras, o sea, los soldaditos de la jodida patria vasca han vuelto a matar porque, claro, es lo único que saben hacer. Pero un día, no hace mucho tiempo, el hombre más “bueno” de la todavía España creyó que podía convencer a las hienas para que dejaran de comer carne. Y no. No lo consiguió y, como no lo consiguió, hizo lo imposible para que esas hienas se arrimaran a su vera. La paz más hedionda se extendía sobre el manto de la ya árida España.
Los etarras querían una matanza. Y para provocar una matanza hay que estar muy bien armados. Hasta los dientes. Eso se consigue después de una tregua-trampa que bendijo ZP y los suyos.
Gracias a aquella mentira, los soldados de la jodida patria vasca recuperaron las ganas. Ya se mueven poniendo coches-bomba, causando dolor y sufrimiento.
Se pide la unidad política. Y el que la rompió la pide. ZP pide por esa boquita que Dios le ha dado, y a través de la cual mintió a todos los españoles. En el proceso de paz (maldito) la eta de la jodida patria vasca se hizo grande, inmensamente grande: más inhumana.
María San Gil no tiene otro camino. Rajoy la ha dejado sola. Como al resto de los hombres y mujeres que no han engañado nunca y nunca han tenido que enseñar otra cara.
El PP quiere que olvidemos el engaño más terrorífico de la historia democrática de España. Quiere que olvidemos los errores, las culpas y las mentiras de ZP. El PP pide demasiado.
Sigo diciendo que San Gil es más importante que el PP. San Gil es España. O sea, San Gil es, para que se entere Mariano, un pedazo de esa Casa Cuartel. Y si Mariano no lo ve, es que está ciego, o sea, que ha sido infectado por Zapatero, por el PSOE, por la Nada.
Miseria humana

La miseria humana. La hay. En gran cantidad. ¿Quiere usted un poco de miseria humana? No busque muy lejos. La encontrará en sí mismo, pero sobre todo en esa hedionda, pestilente y enfermiza envidia que anida en el alma de los españolitos mediocres y de segunda fila que no pueden soportar la sana escalda de los verdaderos profesionales. Si usted, por designios del Señor, aspira a conquistar una parte digna de valoración profesional, sepa que a su alrededor crecerán los más virulentos envidiosos, esos que, en un principio enseñan buena cara pero que, por detrás, son cancerígenos y se prodigan con los insultos hacia su persona. Nada ha cambiado desde el principio de los tiempos. Caín y Abel.
Yo huelo a los envidiosos. Y también veo en sus ojos el resquemor y el odio. Envidian y odian. ¡Que se jodan! Hay que pasar de ellos. No hay que perder un minuto del tiempo real en averiguar por qué son así. Ellos no tienen conciencia, son impuros, apestan y se arrastran por el fango. Son como son porque en realidad nunca han podido ser otra cosa. Han nacido impedidos.
La envidia de los mediocres llega a cansar, es cierto. Pero yo les aconsejo que utilicen el mejor de los remedios para combatirla. Cuando se encuentren con un envidioso, o con una envidiosa, hagan lo que yo hago: insúltenlos, desprécienlos, mancillen sus nombres y hagan que se avergüencen de sí mismos. Es divertido.
María es España, o sea, más importante que el PP

Ah no, eso sí que no. Sin María no, Mariano. Sin María no podemos ir a ningún sitio. Ella hace falta, mucha falta. Es España. ¿Me entiendes? Es la honestidad de una mujer española en tierra sin libertades y siempre amenazada por los asesinos nacionalistas de las Vascongadas. Sin ella el PP deja de ser el representante de más de diez millones de españoles. ¿Lo sabes, Mariano? Ten mucho cuidado, porque ahora sí que es cierto que puedes empezar a quedarte solo, muy solo; en la puta calle, sin apoyo, sin el verdadero apoyo que necesita un líder para capitanear al principal partido de la oposición.
María me importa más que el PP. Mucho más. Todas esas gentes que arriesgan la vida por una idea de libertad y de justicia merecen más respeto y más admiración que las sorayas de turno y los otros pretorianos.
Ojito, que la derecha puede estar a un paso del precipicio. Y del precipicio no se sale, Mariano. De ese precipicio no salen las almas recuperadas para la vida. Si cae, acabas en el olvido infinito. Así que María es, no lo dudes, más importante que tú. Mucho más importante.
Ella, como otras muchas personas, representa la idea de España por la que acuden a votar más de diez millones de ciudadanos. Esta vez sí; o se está con ella, o se está contra ella.
Sin María San Gil el PP no tiene sentido. Es un partido más que camina sin rumbo y, al igual que las insaciables minorías, se está arrimando cobardemente al PSOE de ZP para chupar de la teta o de lo que se le ponga por delante.
Sin María, Mariano, España, o sea, algo que es más importante que el PP, infinitamente más importante, queda herida. Y como podrás comprender, si España está herida, lo que le suceda al PP me importa un pito. O dos. Lo que te suceda, marianito, me tiene sin cuidado.
Tarde con amigos

Pasé una tarde, otra vez urbana, en compañía de la familia y de unos amigos. Buen vino. El vino nos acerca a la mesa y, junto a él, y con él (a lo mejor imbuidos por él), charlamos largo tiempo mientras los niños, poseídos por los refrescos y la comida basura, se entretienen corriendo por la terraza. La casa del amigo se convierte en un balcón estupendo para admirar La Corona y recordar exhibiciones de parapentistas que son, ellos sí, verdaderos conquistadores del cielo.
Entonces acierto a pensar que el cielo, esa cosa azul o de otro color, nunca me ha llamado la atención en exceso. Sé que está ahí. Hay estrellas, planetas, asteroides, satélites artificiales y los otros que sobrecogen, y también agujeros negros que es lo que más me angustia de todo ese páramo de oscuridad con rara vida y diáfana divinidad.
El cielo, ya que no me gusta volar, o que me vuelen, es una parte de la bóveda que miro y admiro muy sujeto a la tierra. Y de esa manera no se puede, no se debe, apreciar toda su realidad. El cielo de día casi no existe. El cielo por la noche, cuando hay luna (siempre hay luna), mejor cuando se la puede ver, me gusta para que me haga compañía en torticeras meditaciones que no conducen a nada.
La amistad es grata si de verdad se habla de cositas irrisorias y, aún así, el vino sigue gustando y la compañía no se agrieta. Cuando la amistad necesita de la pedantería del alma no es amistad sino un potaje elaborado con falacias y fuegos de artificio. La amistad, en una tarde de domingo, sin fútbol en la tele, es sobre todo una cancelación de lo que creemos que es importante porque la masa, jodida masa, sentencia que eso o aquello es trascendente. Comulgar con ruedas de molino no está en la esencia de la amistad.
Cuando los amigos se reúnen, y callan y hablan, y beben y comen; cuando la vida se presenta sencilla, desvestida y, sin embargo decente, es así cuando la vida, (unas escasas dos horas) tiene sentido y bulle con libertad. ¿Para qué más?
Huelo a asfalto

El ofrecimiento era tentador. Pasear. Caminar dentro de la naturaleza. A lo mejor, durante un breve momento, sentirme libre de verdad. Pero con el paso inapelable del tiempo me he vuelto un sedentario aburrido, perezoso, gordo, arisco. Dije que no porque el aire libre me asfixia. No estoy acostumbrado a los paseítos por el monte, ni a las idas y venidas por la playa en horario de mañana o de tarde. La naturaleza acaba conmigo. Hoy si. Pero les juro que antes no era así.
Si me alejan del asfalto me matan. Si al cabo de unas horas no recupero la locura del vértigo de una ciudad del siglo XXI, siento cómo comienza a faltarme el aire. Con decirles que me deprime el senderismo y las mochilas de esos alemanes con un plátano y una botella de agua mineral.
Mis amigos hacen lo posible para mantener una vida sana. En todo. Hacen deporte, comen en salud y hasta hacen el amor las veces que la medicina oriental considera que es aconsejable practicar el sexo en pareja. Yo ni siquiera creo que la naturaleza beneficie a mi alma.
Aunque, ahora que lo pienso; también sé que no estoy solo. Soy uno de tantos que se enganchan a los documentales de NG, Discovery, Canal Historia, Odisea, Canal Viajar y de vez en cuando, a la 2 de ZP. Disfruto adentrándome en la naturaleza que me ofrece la televisión de pantalla de plasma, y, claro, todo ello antes de que comience en directo alguna retransmisión deportiva de mi interés.
Cuando a la una de la madrugada (no de la jodida mañana, como dicen algunos) el sueño me arrastra hacia la cama, he dejado atrás otra oportunidad para cambiar de hábito de vida. Al cerrar los ojos recuerdo que, hace ya muchos años, el hombre amueblado que soy no quería otra cosa que pisar el monte, que recoger piedras en las playas del norte de Tenerife. Llegaba a casa para dormir, porque en realidad mi vida estaba fuera de aquellas cuatro paredes. Estaba sano.
No es que quiera volver al pasado. Pero sé que es muy duro ser lo que un día no quise ser y comprobar que si me alejo de lo que soy ahora me volvería loco, porque la naturaleza tiene eso: quien la prueba, ya está sanamente perdido.
El ordenador y yo

Me sacan de la lectura y de la sencilla literatura, y me pierdo. Me ahogo, sí, mejor así; me ahogo de verdad. Todo el artificioso mundo de las nuevas tecnologías me queda muy lejos. Ni siquiera quiero acercarme a él. ¿Para qué? El uso del ordenador se ha vuelto rutinario, un manejo simplista del sinfín de artilugios que hoy hacen más “fácil” la vida de las personas. Escribo en el ordenador, leo los periódicos, las revistas, los libros y cosas por estilo a través de la pantallita de este ordenador pequeño y simple, eso dicen. Pero no, para mí no es un aparato simple. Si me aventuro un poco, sólo un poco más allá del proceso de escritura y navegación por Internet, no es que me pierda, es que dejo de ser yo. De repente descubro que soy un inepto. Descubro, atolondrado por la veracidad del hallazgo, que no sirvo, que voy lento, que ando perdido, y que dudo.
Ah, desgraciado hombre de letras ubicado en la reconfortante penumbra de un despachito que huele a madera.
La vida de este comienzo de siglo es maravillosa. Hay problemas, claro, angustiosos dolores, realidades que van más allá de la percepción de un hombre mediocre que lee igual que respira, que lee igual que come, que lee igual que cree en Dios. La vida es así de maravillosa, de cómoda, a veces.
En el trabajo disfruto haciendo lo que quiero: informar. O sea, que llego todas las mañanas y me siento útil. Me desplazo, me muevo por calles, plazas, centros oficiales y entidades privadas que me abren sus piernas (puertas) para que escuche y tome nota de lo que quieren contarme. Escribir y leer. Todo fácil.
Pero el ordenador, de inesperado, se torna enemigo, y el reloj corre más deprisa que antes cuando hay cosas, cositas, que se tienen que hacer a través del uso de otros vericuetos informáticos que están alejados del texto rutinario, de la impresión de ese texto, etcétera. Envidio a los compañeros que se apasionan por el ordenador y por los nuevos aparatos que hacen, repito, la vida más “fácil”. Pero yo no puedo, me confieso ciego, manco, sordo. Inútil.
El ordenador y yo nos conocemos, nos tratamos de usted y nos respetamos, pero él va por su acera, esa acera, y yo por la mía. A menudo ni siquiera nos miramos. Pasa el tiempo y, respetuosamente nos ignoramos.
Estoy en una encrucijada. Si me acerco a su acera y le estrecho la mano seguro que dará comienzo una peligrosa amistad de la que yo no sacaré nada en claro, y él seguirá agrandando la lista de los nuevo amigos cercanos a la cincuentena.
Ah, desgraciado hombre de letras ubicado en la reconfortante penumbra de un despachito que huele a madera.
Un pedazo de generosa Transición

Adiós.
Atrás quedan las imágenes, las palabras, los elocuentes silencios y, sobre todo, el trabajo de un hombre de estado. Se ha ido como se van los grandes; en silencio, tranquilo, sigiloso, prudente.
Leopoldo Calvo Sotelo era un hombre que personificó a la perfección lo que fue la Transición. Laborioso en su prudencia gestora y gris, generosamente gris.
Primero fue Suárez. Luego González. Arribó Aznar y, por último, apareció Z en escena. Leopoldo quedaba ahí, como en tierra de nadie, pero eso era mentira.
Sotelo fue muchas veces ministro y durante casi dos años presidente de una nación que todavía sufría pero que se mantenía unida; ah, unida.
Le dejó a Felipe las cosas más tranquilas y dentro ya de la OTAN, a la que luego se adhirió el brazo armado de un socialismo pacifista (de entrada no), para luego bombardear la antigua Yugoslavia.
Es el primero de los que antaño se sentían de verdad presidentes de España. Pero de una España sin discusión, en la que todo cabía, menos poner en duda la existencia del alma española.
Es el primero en decirnos adiós.
Gracias por todo, presidente.
Ni fiesta, ni orgullo; nada

Es poco. Siempre es poco lo que se hace para recordar a aquellos hombres que desde la miseria, sin nada que echarse a la boca, pelearon y mataron por la independencia de España.
Nunca es mucho. Siempre tienen, tenemos, que hacer las cosas para no llamar la atención, temeremos de poder soliviantar a los minoritarios que, sin embargo, tienen la sartén cogida por el mango.
España celebra el 2 de mayo igual que los muertos el solsticio de verano.
Dentro de poco tiempo no tendremos nada que celebrar. Si acaso un recuerdo, un vago batiburrillo de ideas medio borrosas que hablarán de una hogar casi milenario hecho añicos, desvencijada el alma.
Es en un día como el 2 de mayo cuando todo el país debería salir a la calle para celebrar, sin caretas, sin pedir perdón, una fecha que sirvió para mucho.
El presente es por el contrario enemigo de aquella fecha. España está dejando de ser España para ser; no sé, algo así como un experimento alambicado, peligroso.
Las palabras del Rey suenan a discurso protocolario. Son palabras escritas para ser abrasadas por el olvido.
En las calles no hay conciencia de la importancia de la fecha. El pueblo que echó al invasor francés no es el pueblo que ahora sale despavorido de las ciudades en busca del solito y las gambas frescas en las playas del levante patrio.
Benidorm no es Móstoles. Canarias no es Madrid.
2008 no es 1808.
Aun así, somos, como dice Z, la octava economía del mundo y tenemos un gobierno que va más allá de la paridad. Incluso tenemos ministra de Defensa y una fragata moderna que vigila, al parecer, el pago a los piratas.
¡Somos la leche!
Unos y otros

¿Sabían quienes ahora son detractores de Rajoy que el gallego era un mediocre y también un redomado mentiroso? ¿Lo sabían? ¿Puede un político perder dos veces unas elecciones generales ante otro maquiavélico mentiroso y seguir engañando a los hombres, prohombres, más inteligentes de la derecha nacional? ¿Puede hacerlo? ¿Y si pudo hacerlo durante ocho años, cabe pensar que esos otros, hoy angustiados por el terrible engaño recibido, también son mediocres y perdedores?
¿Lo son?
La derecha paradisíaca nunca ha existido en España. Ni siquiera con la mayoría absoluta de Aznar. Aquella mayoría absoluta estaba condenada a fracasar porque Aznar había anunciado su retirada.
En la derecha se sabía, ya por aquel entonces, que nadie había con méritos para sustituir al cabezudo que mantuvo su idea hasta propiciar un daño histórico al partido y al país.
La alegría de Aznar fue el origen de la tragedia de España.
Rajoy nunca le ganará las elecciones a Zapatero. Vale.
Aguirre, Esperanza, tan válida como él, es otra víctima, futura, del poder del rojerío patrio.
Ese poder consiste en hacer de la derecha una máquina atrofiada, rocosa, antigua e insípida, porque la derecha que representa el PP no sabe a nada.
Esos diez millones de españoles, y un poco más, han votado a un partido condenado a no gustarse a sí mismo. Nada peor que esa realidad en un estado democrático.
El principal partido de la oposición es incapaz de mirarse al espejo.
Unos y otros, el mentiroso y los bobos que han sido mentidos, son culpables de un derrumbe ideológico que llena de hastío a los españoles que sufren el “mandar” de ZP y, sin embargo, aferrados a la tierra, saben que el Psoe es una máquina perfecta, y el PP, una metamorfoseada argucia que ya no da más de sí.
España es roja, porque rojo es ZP, según él. El PP ya forma parte del pasado. Más de diez millones de españoles deambulan, trabajan, conviven, y, pobrecitos, han sido engañados por el líder.
La inteligencia en la derecha es como el No-Do. Cuando terminaba, la sala de cine se llenaba de público.
Callarse

Callarse para dejar de hacer el payaso es una solución.
Hacer el payaso es a veces un error en el que caen muchas personas, sobre todo las poderosas. Hombres y mujeres. Payasos y payasas que no se cansan de hacer el ganso y luego cansan, aturden, mortifican. Es un mal terrible en la política española.
Don Manuel, el de la calle es mía, ha mandado callar a Espe. Coño, es un hombre que a pesar de su edad dice las cosas como de verdad se tienen que decir. Si quiere mandar a callar no dice guardar silencio; no. El viejo lobo, el hombre que supo modernizar la derecha española, todavía se siente con ganas para dar un puñetazo en la mesa.
Y que se callen es lo que millones de españoles están pidiendo a Espe, a Rajoy, a Federico, a Pedro J. Un silencio oportuno, sanador, reflexivo, alejado de la ruindad y de la opacidad. ¿Es mucho pedir?
La derecha ha sido condenada por el pueblo español ha permanecer otros cuatro años en la oposición. Son muchos años. Rajoy llevará pues doce añitos haciendo oposición a ZP en 2012. Cualquier otra persona, inteligente o no, habría decidido retirarse por la puerta grande. “¡Basta ya de humillaciones!”, hubiese proclamado el líder. Pero en el PP no hay puerta grande por la que salir a la calle en estos momentos.
2004 trajo consigo el estrechamiento de la libertad en muchos lugares de nuestro país, y también en el PP. Digo que es así porque si Rajoy no se va es porque a lo mejor no ve el sitio por donde poder salir, y si Espe sigue mareando la perdiz es que a lo mejor tampoco encuentra el intersticio por donde entrar.
El PP es pues una caja sin respiradero.
El PSOE una máquina bien engrasada que gana elecciones.
¿Es la democracia lo que representa el PP y el PSOE?
Guerra en el PP: todos muertos

Guerra. Sin contemplaciones. Guerra a tumba abierta. Infantería, caballería y, sobre todo, guerra bacteriológica. Las armas nucleares no se emplean porque se sabe que entonces todo quedaría en empate. ¡Lástima!
La guerra en el Partido Popular ha comenzado con una virulencia extrema. No hay ceremonias para antes del bombardeo. El enemigo debe morir enseñando las tripas, retorciéndose de dolor, implorando el perdón y, aún así, deberá morir.
¡Cuánto gozo para la progresía más radical de Europa! El placer es enorme. El PSOE ganó las elecciones con sobrada amplitud y ahora contempla, cómodo y henchido de soberbia, el descuartizamiento de su adversario político. La derecha española vuelve a sorprender a sus votantes. Ante una derrota, toca comerse a sí misma. Toca el abismo.
Todos, -Rajoy el primero-, son culpables de una tragedia que pone en peligro muchas cosas. Ya pueden decir los chisgarabises de Aguirre que se trata en realidad de un saludable intercambio de ideas; no, nada de eso. Lo que hay es una estruendosa pelea entre mediocres, -unos y otros-
No le falta razón al todavía líder popular cuando afirma que él no está diciendo lo que le mandan algunos periódicos y algunas emisoras de radio. Ahora. Antes sí que lo hacía. ¿O no?
Y que quede muy claro que si un político en la situación española actual tenía que acogerse a algunas opiniones mediáticas, bien hizo Rajoy en apoderarse de algunas de aquellas que se escribieron y se oyeron antes y en el transcurso de la contienda electoral.
Rajoy es torpe, sumamente torpe cuando apela a la independencia. A su independencia. Rajoy nunca ha sido independiente. Ningún político en España es independiente. Ni los secesionistas lo son. Tenemos políticos de medio pelo. Rajoy también.
Aguirre y sus pretorianos no son mejores ni peores que Rajoy. Son, los dos, algo mejores que Gallardón. ¿Bastará con eso?
La guerra es real. Y los muertos también. Se sucederá la tragedia en cuanto corra el tiempo y los árbitros del enfrentamiento decidan que la hora del holocausto ha llegado.
¡AR!

-General, le ordeno que haga usted el payaso en esa montaña de allá a lo lejos, la que se ve perfectamente sin utilizar los prismáticos. Verá usted, tiene que mandar a sus hombres a que canten una cancioncilla muy pacifista, y también otra canción cubana, venezolana, boliviana, coreana o china. Si pudiera ser una canción iraní le estaría agradecida eternamente.
-Pero…
-Cumpla la orden, general. Soy la nueva ministra de Defensa y como tal también le ordeno que quite esa bandera y esos símbolos que son cutres, casposos y ordinarios. ¡A la de tres!
-Pero…
-Ah, ¿tengo que repetírselo otra vez? A que mando a uno de esos soldados profesionales a que ocupe su despacho y a usted lo rebajo a soldado raso y a pelar patatas para la próxima cena con los otros ministros de la OTAN (de entrada no)?
-Yo…
-Su discurso me hace perder mucho tiempo, General. Le voy a decir lo que quiero para estos cuatro años. Mucha paz. Paz por encima de todo. Paz en este acuartelamiento, en las academias militares, en Ferraz, en Génova 13, en la Moncloa y sobre todo en los Balcanes. También quiero que me explique por qué no ve factible la retira de nuestro ejército de Cataluña, el País Vasco y Galicia. Considero que esa retirada sería muy necesaria para la unidad verdadera de esta España plural, laica y mansa, sobre todo mansa. También le adelanto que realizaremos maniobras conjuntas con Costa Rica. Cada semana haremos esas maniobras con Costa Rica en la Manga del Mar Menor. Al mismo tiempo, esta nueva ministra promete que cuando salga del embarazo correrá con usted por la pista americana a primera hora de la mañana, antes de que me entrevisten en la SER, en TVE, en la Cuatro, en la Sexta o en Radio Olé. Y, por último, le informo que voy a proponer que la sede de la OTAN cambie de lugar. Entiendo, bueno, en realidad lo entendemos Zapatero, Bono y yo, que la nueva sede debe estar localizada, focalizada, neutralizada en Toledo, ciudad imperial por excelencia, pero eso sí, sin referencia alguna a lo ocurrido en el Alcázar o a los desayunos en la Academia de Infantería. ¿Qué le parece?
-Señora ministra…
-Nos vamos a llevar muy bien, general. Creo que este es el comienzo de una hermosa amistad. Antes lo veía en blanco y negro, pero ahora observo en usted un gesto cariñoso y muy humano. Me agrada.
-¿Le puedo hacer una pregunta?
-Pues claro, sin miedo, adelante.
-¿Quién ganó las elecciones del domingo 9 de marzo?
-España, mi general. España.
Rosa Díez y trescientos mil votos

¿Será posible que el discurso de Rosa Díez en el Congreso de los Diputados acabe en el olvidado y, lo más grave, ignorado por el pueblo español? ¿Es qué lo único que vamos a hacer es discernir sobre los nuevos ministros y asombrarnos por los que todavía ocupan un cargo relevante en la España política mandada (no gobernada) por Zapatero? ¿Seguiremos machaconamente elucubrando sobre la duración de la guerra civil que se ha declarado en el Partido Popular?
Me temo que el sí, es la repuesta a esas preguntas. Las palabras de la mujer vasca, de la mujer española, de la mujer universal que representa Rosa Díaz, ya están inmersas en el abismo del olvido, y el proceso de putrefacción hará que de ellas no quede ni el más mínimo resquicio de recuerdo alguno. ¡Nunca existieron!
La España que se desmorona entre la crisis económica y la desmembración territorial, tuvo el otro día la posibilidad de escuchar a una mujer que, cree en ella, y en lo que significa la Constitución de 1978.
Esa mujer, sola, pero no resignada en un Congreso de mediocres y titiriteros, habló de España sin complejos. Tuvo tiempo también de mirar a los ojos del hombre que, mintiendo y acobardado, muy acobardado, humilló a millones de españoles.
Las palabras de Díez son las palabras que le faltaron a Mariano Rajoy, pero también son las palabras con las que nunca ha soñado Zapatero. Esas palabras enfermarían el alma del inquilino de la Moncloa.
Trescientos mil votos la llevaron a ocupar un rinconcito en ese lugar hoy vituperado y desprestigiado por culpa de una ideología que, llevada al extremo, erosiona las instituciones.
Ella supo salir a tiempo de una casa, la del PSOE, en donde hace tiempo que se perdió la idea de España, y en donde, también hace mucho tiempo, Neptuno devora a sus mejores hijos.
Mientras tanto, los medios de comunicación realizan sesudos análisis ante la configuración de un nuevo gobierno presidido por José Luis Rodríguez Zapatero. Y, mientras tanto, esos mismos periódicos, emplean la lupa para mirar las entrañas del Partido Popular. Sin embargo, esos periódicos no se interesan por las palabras de Rosa Díaz. No le otorgan el protagonismo que merece una mujer que, apoyada por trescientos mil españoles, fue capaz de mirar a los ojos de Zapatero y, con la tranquilidad de la persona sabedora de su victoria utilizó la verdad, no la absoluta, sino la que, humilde y calmada, desmorona al soberbio y saca de quicio a los poderosos.
Zapatero a la segunda, y Mariano igual

Tendrá que ser en la segunda vuelta. Pobre hombre. Otra vez pasará a la historia. Ya lo ha hecho, pero en esta ocasión lo hace porque los otros demócratas en el Congreso de los Diputados no se fían un pelo del mandamás socialista y, por añadidura, el mandamás de más de once millones de españolitos. Digo bien, españolitos.
Zapatero hace tiempo que dejó de estar en la realidad. Ocupa un espacio en la historia absurda, quijotesca y sucia de una política que se arrastra por el suelo de la mentira.
Zapatero gana elecciones porque la cultura democrática en España es pobre y, sus votantes, más o menos once millones, se entretienen con otras cosas, o sea; que las mentiras y las barbaridades del candidato socialista a ellos ni les va ni les viene.
En el Congreso tendrá que esperar al viernes. Ni los nacionalistas caprichosos han sido capaces de votar afirmativamente. Ni los rojos más rojos de un hemiciclo inútilmente bipartidista han sido atrevidos cuando llegó la hora de apostar por el sí.
Mientras tanto, Mariano volvió a repetir un discurso brillante, apabullante y rebosante de verdad. Pero la verdad en política no siempre va unida al éxito.
La mentira es lista, muy lista, y esa condición, en política, es clave.
Las palabras de Rajoy ya no motivan. Triste. Su brillantez en la oratoria ya no sirve para calentar los motores de la derecha. Triste. La sinceridad y el nerviosismo que provoca en el socialista ya no son valores suficientes para seguir peleando por una España mejor. Triste.
¿Qué nos queda? Nada. Únicamente esperar que el PP de una lección de democracia y consiga salir de un atolladero que puede provocar su hundimiento y, con ese derrumbe, el terremoto con más graves consecuencias de la democracia. No quiero imaginar una España sin el PP. Por eso espero que las buenas formas imperen y que los guerracivilistas dentro del PP y en otros púlpitos se mantengan alejados de una formación que requiere solidez.
La democracia española está muy mal. Un aspirante a presidir el Gobierno de la Nación (jajaja) tiene que acudir a la segunda vuelta, y el líder de la oposición, que otra vez se lo come y lo tambalea, ni siquiera es capaz de desperezar al bravucón pueblo español. Malo.
Lorenzo de Ara
redacción@diarioliberal.com |
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