Editado por Eduardo de Lácara
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...........................................Enrique Arias Vega




Ediles, funcionarios y asesores

Un concejal de Izquierda Unida me dice impertérrito que, por supuesto, él necesita un asesor de pago para poder realizar su gestión municipal. ¿Cómo hacerla, si no?

¿Y los funcionarios, para que están? “Para resolver otras cosas— arguye—, pero no para aconsejarme políticamente”.

O sea, que hemos convertido la perversión administrativa en norma política: a los miles de funcionarios que en este país han superado unas oposiciones como Dios manda se les ignora y sólo sirven para que les rebajen el sueldo a cuenta de la crisis. En cambio, los concejales, que dicen presentarse al cargo como acto de servicio a sus conciudadanos, cobran por una tarea que no saben hacer y para la que necesitan asesores que no han pasado por ninguna oposición.

¿Cuántos miles de millones nos cuesta todo este tinglado?

“No lo sé —me cuenta un amigo—, pero en mi pueblo de 37.000 habitantes cobran todos los concejales que hay, 21, tengan o no dedicación exclusiva”.

Pero, ¿a qué se dedican, si todo el trabajo lo hacen, al parecer, entre los funcionarios y los asesores?

En primer lugar, es discutible que los ediles de la mayoría de nuestras poblaciones deban cobrar un duro. Menos aún sus presuntos asesores, muchos de los cuales no saben hacer la o con un canuto y sólo son paniaguados y políticos reciclados que han fracasado en anteriores encomiendas.Lo paradójico, insisto, es que mientras no se eliminan asesores ni se reduce el número de concejales de pago, a los únicos de verdad imprescindibles, que son los funcionarios, se les putea un día sí y otro también. ¿Es ésa nuestra manera de resolver la crisis?



La perdida reputación de España

Hasta los Juegos Olímpicos de Barcelona, en 1992, muchos norteamericanos se preguntaban qué país de Sudamérica era España.

Tras el espectacular éxito de los Juegos, el rápido crecimiento económico de aquella época y la agresiva política internacional de José María Aznar, España se afianzó como un importante país emergente con personalidad propia.

Luego, claro, han venido los años del errático rumbo exterior de Rodríguez Zapatero que nos han resituado en el territorio diplomático de Evo Morales, Hugo Chávez y otros políticos de dudoso prestigio. Si a eso se añade el desplome de nuestra economía y su récord mundial de parados, el peso político de España ha caído en picado.

Sólo el éxito de los deportistas de este país —Nadal, Gasol, Alonso, Iniesta y compañía— y la masiva presencia de jubilados europeos en nuestras costas han evitado una mayor caída de la notoriedad de España.

Eso es lo que hay que remontar. Y hay que hacerlo, además, a pesar de la confusión generada por tantas embajadas regionales y tanta propaganda autonómica que, en competencia con la debilitada marca España, han liado a turistas y a posibles clientes de nuestros productos. De ahí la propuesta del ministro García Margallo de aunar legaciones y remar todos en la misma dirección.

Pero no resulta fácil, ya que hacerse una reputación cuesta toda una vida mientras que para perderla basta un minuto.Hay que volver, pues, a ser los socios privilegiados de Merkel y Sarkozy, a potenciar nuestras empresas multinacionales, a no ocultar el nombre de España y, sobre todo, a generar noticias económicas positivas, que buena falta nos hace.



¿Un/a catalán/a en La Moncloa?

La aspiración de Carmen Chacón a dirigir el PSOE vuelve a plantear una cuestión aparentemente obvia: ¿puede un catalán presidir el Gobierno español?

En algún momento, esa idea la tuvo Felipe González, al querer que le sucediera su entonces vicepresidente Narcís Serra. Por desgracia, éste se vio obligado a dimitir en 1995, tras las escuchas ilegales del Cesid a varios personajes públicos.

Nueve años antes, Miquel Roca ya había lanzado su candidatura a la Presidencia mediante la llamada operación reformista. El batacazo electoral fue estrepitoso: no obtuvo ni un solo escaño. La conclusión desde el nacionalismo de CiU fue rotunda: “A los catalanes no nos quieren en España”. La razón del descalabro, sin embargo, fue otra mucho más lógica: ¿cómo es que pretendía gobernar España alguien perteneciente a un partido nacionalista, fuese éste catalán o de cualquier otro sitio?

Ese problema le afecta ahora, en parte, a Carme/n Chacón.

Resulta que su partido, el PSC, es una formación distinta del PSOE, aunque asociada a él, y con deseo de tener grupo propio en Las Cortes. El PSC también reclama un voto diferenciado del socialismo español en asuntos catalanes, mientras que ya ha gobernado Cataluña en coalición con los independentistas de Esquerra Republicana.

Con semejantes precedentes, no son de extrañar las suspicacias que levanta la candidatura de Chacón, lo que limita sus posibilidades no ya de llegar a La Moncloa sino de dirigir el PSOE.Pienso que, pese a todo, sería una lástima ya que, dada la deriva secesionista del Principado, un catalán al frente de España o, al menos, de un partido nacional, facilitaría su difícil pero imprescindible integración.



Urdangarín y los demás

Si usted y yo tuviésemos una tienda en la que entrase Iñaki Urdangarín queriéndose llevar un producto por la cara, seguramente se lo regalaríamos. ¿Quién osaría enemistarse con alguien de la Casa Real? ¿Y quién sabe, si además, eso no nos traería consecuencias algún día?

 Por eso, entiendo bien a aquellos empresarios esquilmados por el Duque de Palma. A diferencia de los casos de soborno, en que tan responsable es el sobornador como el sobornado, aquí el único culpable sería el aristócrata llegado a tal por su casorio con la infanta Cristina.

También comprendo el lógico cabreo de alguno de los afectados por haberle estafado más dinero que a otros con más recursos que él: es el caso del presidente del club de fútbol Villarreal, Fernando Roig, frente a su homólogo del Valencia, Juan Bautista Soler.

Por lo demás, el truco de hacer facturas falsas por trabajos no realizados es casi tan viejo como andar a pie. Recuerden, si no, el asunto de Filesa y la financiación ilegal del PSOE en tiempos de Felipe González.

Lo que sucede ahora es que, con Internet, fusilar estudios hechos por otros está al alcance de cualquiera. Es una tentación a la que no han podido sustraerse ni personas tan relevantes como el ex ministro alemán K.T. Guttenberg, quien hubo de dimitir tras saberse que había copiado su tesis doctoral.La madre del cordero del caso Urdangarín no está, por consiguiente, en aquellos individuos particulares sableados por el duque, sino en que administradores públicos, como Jaume Matas o Francisco Camps, le han regalado alegremente al saqueador un dinero que no les pertenecía a ellos sino al conjunto de los ciudadanos.


Cuba, un inmenso penal


Más que alborozarme, me inquieta el anuncio hecho por Raúl Castro de indultar a 2.900 presos por delitos menores ante la visita de Benedicto XVI. ¿Cuántos miles más, incluidos  presos políticos y de conciencia, debe haber en la isla?

Para hacernos una idea, semejante cifra de indultados equivaldría, en proporción a sus poblaciones respectivas, a que en España se liberase de golpe a unos 12.000 reclusos, uno de cada seis confinados en la actualidad.

Eso evidencia el carácter punitivo de un régimen que, no sólo no creó aquel utópico hombre nuevo que preconizaba el Ché Guevara, sino que ha ideado nuevos tipos de delitos con los que someter a sus súbditos.

Este 1 de enero se cumplen 53 años desde el triunfo de aquella revolución armada que llevó a Fidel Castro al poder. Y durante este tiempo su mayor éxito ha sido convertir Cuba en un inmenso penal.
Cuando episódicamente ha abierto sus puertas, como en el embarque por el puerto de Mariel en 1980, cientos de miles de ciudadanos han huido del presunto paraíso castrista hasta totalizar tres millones de exiliados frente a los once millones de residentes en la isla.

 Precisamente es el carácter insular del país el que ha permitido la pervivencia de la dictadura. No deja de ser sintomático que las cárceles de máxima seguridad se hayan situado siempre en islas, como las ya clausuradas de El Frontón, en Perú, o Alcatraz, en Estados Unidos.

Cabe desear que, al igual que ha sucedido con esta última, los penales de Cuba se conviertan en pocos años en una simple atracción turística que recuerde el fracaso de un régimen que empobreció al país y privó a todos sus ciudadanos del mínimo derecho a la libertad.



¿Delenda est Monarchia?

La Corona ha pasado en poco tiempo, de ser la institución más valorada por los españoles, a resultar una de las más cuestionadas.

Hace cuatro años, la monarquía parlamentaria era preferida por el 69% de los ciudadanos frente al 22% que optaban por la república. Esa tremenda diferencia ha quedado reducida hoy día a sólo 22 puntos. Y la tendencia continúa a la baja.

Es que el sentimiento monárquico, como el del amor, tiene que ejercitarse día a día; si no, obviamente, desaparece. En consonancia con ello, se atribuye a Don Juan Carlos esta frase dirigida al príncipe Felipe en 1981: “Yo ya he justificado mi puesto; tú aún deberás ganarte el tuyo”.

Se refería al decisivo papel del monarca en defensa de la democracia cuando el golpe de Tejero, Armada y Milans del Bosch. La actitud y el talante del rey en aquel y en otros trances explica lo que de él dijo el entonces presidente de Italia Sandro Pertini, socialista y antiguo resistente antifascista: “Es el monarca más parecido a un presidente de república que conozco”.

Al margen de otras consideraciones y de las preferencias políticas de cada cual, es innegable el papel moderador ejercido por la Corona en estos años y que ha servido para limar, en el interior y en el exterior, no pocas asperezas, incluida la deriva secesionista de algunas regiones.Por eso, los enemigos de la institución no saben cómo agradecer a Iñaki Urdangarín el daño que la ha causado con sus trapisondas. Sólo un esclarecimiento total de su conducta, con posibles responsabilidades penales añadidas, puede frenar el que, si no, parece ya un irreversible deterioro de la Corona.



¿Pero hay justicia?


No sé la millonada que habrá costado el proceso de todos estos años contra Alfredo Sáenz para que al final lo indulte el Gobierno. Tampoco sé la millonada que nos va a costar a los contribuyentes el juicio de Francisco Camps para acabar, todo lo más, con una multa de 41.250 euros.

Mientras tanto, en los juzgados se demoran durante años cientos de miles de expedientes. Además, los incipientes sistemas informáticos de los distintos tribunales son diferentes e incompatibles entre sí, los procedimientos judiciales resultan lentos y farragosos y apenas se acude a la mediación y al arbitraje para agilizar los procesos.

Una ruina, vamos. Pensemos que el coste medio de un proceso es de 1.300 euros, entre atestado policial, trámites judiciales, acusación de la fiscalía, secretario del juzgado, abogado defensor, juez, ejecución de sentencia, posible trámite de embargo… Todo ello, muchas veces, por una simple pelea de vecinos o por una presunta difamación.

Si multiplicamos el coste unitario por los casi 10 millones de asuntos que llegan cada año a los juzgados, nos hacemos una idea de la magnitud del problema.

Para mayor inri, esa cantidad de trabajo recae en 4.500 jueces y magistrados. La imposible cifra de 200 casos anuales por barba explica la sima en la que ha caído la administración de la justicia.

No es de extrañar que los decanos de la judicatura pidiesen hace un mes la simplificación y agilización de los procesos, la limitación del recurso de casación y hasta el establecimiento de tasas disuasorias.

Si no, la justicia en España seguirá siendo una entelequia y los juzgados continuarán llenos de asuntos que no llegarán a ninguna parte.



Sin Merkel y Sarkozy no hay futuro

No me perturba, a diferencia de otros, la visión de Angela Merkel y Nicolas Sarkozy hablando con una sola voz. Por el contrario, me parece el mayor logro de la Unión Europea.

Precisamente, su tratado fundacional tuvo como objeto acabar con las periódicas guerras entre Francia y Alemania que asolaban a Europa. Más allá de este objetivo conseguido, todo lo demás es discutible, hasta la existencia misma del euro.

En un reciente viaje a Estocolmo, pude comprobar la satisfacción de los suecos con su vieja corona, la cual les ha permitido un crecimiento económico desconocido en gran parte de Europa. Poco antes, en Lituania, vi cómo el país remolonea para cambiar su moneda por el euro, operación que debía haber realizado hace dos años.

Y es que no todo han sido días de vino y rosas en la UE. Escribo este artículo en Portugal, donde la crisis ha abocado al copago en la sanidad y a nuevos peajes en las autovías, para desconcierto de viajeros y retracción de turistas. Pues bien: desde hace años, anticipándose a los problemas monetarios, muchas empresas lusas vienen colocando sus beneficios en Polonia y otros países fuera de la zona euro.

Portugal, por cierto, ejemplifica algunos de los problemas de la Europa periférica. Gastó ayudas comunitarias en un consumo desaforado, en vez de invertirlas en infraestructuras necesarias. Ahora, no le queda otra que apretarse el cinturón y no tiene ni para hacer el imprescindible trazado del AVE con España.Por eso, insisto, el acuerdo polifónico Merkel-Sarkozy, en vez de una ominosa imposición, me parece el único camino posible para mantener todo lo logrado hasta la fecha.


Sobornos y otras conductas


Me deja perplejo que haya que recordar cosas de lo más obvias. El Parlamento Europeo, por ejemplo, va a prohibir a sus diputados “aceptar sobornos o regalos valorados en más de 150 euros”.

¿Quiere decirse que hasta ahora estaba bien vista la golfería de sus señorías?

Algo parecido ha pasado en la empresa depuradora de aguas de Valencia, saqueada por sus directivos con comilonas, viajes fastuosos, joyas, pagos a presuntas traductoras rumanas,… por más de 20 millones.

¿Nadie se daba cuenta de lo que sucedía con el dinero que pagaban los pobres usuarios en su factura de agua?

Me temo que no es cuestión de códigos éticos ni otras prédicas morales por lo demás evidentes. Una estricta aplicación del sentido común y del código penal basta para poner a cada uno en su sitio.

Veamos: ¿cómo ha sido posible que un alcalde onubense gastara en putas 4.000 euros del presupuesto municipal? ¿Quién le concedió una VISA oro para semejante dispendio?
Por eso, me parece ingenua y hasta redundante la nueva norma del Parlamento Europeo.

Es lo mismo que aquella bienintencionada asignatura de La moral en la vida de los negocios, que impartía el benemérito padre Uriarte en la Universidad de Deusto. Toda la ética allí explicada no ha impedido que uno de sus mejores alumnos, Alfredo Sáenz, consejero delegado del Banco de Santander, fuera condenado por un delito de acusación falsa contra unos inocentes proveedores.

Por eso, en lo que respecta a nuestros políticos, démosles, pues, menos inoperantes códigos de buena conducta y, en cambio, más palo y tentetieso cuando pretendan levantarnos la cartera con alevosa reiteración.



El estilo Ryanair

Las compañías aéreas low cost seguramente cuestan menos a sus usuarios que las otras, pero en cambio nos salen más caras al conjunto de los ciudadanos, tanto si volamos en ellas como si no.

El truco es que ingresan en concepto de subvenciones públicas y otros apaños fiscales cantidades que financiamos todos los contribuyentes con nuestros impuestos.

Es el caso de Ryanair, pionera en estos enjuagues, que coacciona permanentemente a las autoridades autonómicas con la amenaza de no operar en su territorio si no percibe de ellas una pasta gansa.

Uno de los elementos de chantaje es la existencia en España de la friolera de 50 aeropuertos, la mayor parte de ellos claramente deficitarios y que necesitan imperiosamente vuelos para no evidenciar su fracaso.

Así, la citada Ryanair va a recibir 40 millones durante los próximos cinco años por continuar operando en Reus y Gerona, aunque no es la única compañía, claro, en buscar este tipo de prebendas. Por ejemplo, la valenciana Air Nostrum sopesa trasladar su sede social de esa Comunidad al País Vasco, a cambio de sustanciosas ventajas fiscales.

La financiación institucional del sector aéreo otras veces resulta más sutil, como sucede con Spanair, que en menos de tres años ha aumentado su capital en 422 millones provenientes de empresas públicas.La razón de este estado de cosas radica en el nefasto hábito de las subvenciones oficiales, consideradas como una generosa aportación por parte de la Administración y como un derecho de quienes las reciben, cuando en realidad se trata solo de una práctica arbitraria y abusiva que, eso sí, nos cuesta un riñón a los ciudadanos.


Derechos,… ¿qué derechos?

Hemos perdido el oremus.

Un joven de 27 años arguye “objeción de conciencia” para no actuar como vocal en una mesa electoral.

Argumento tan peregrino podría aplicarse, por extensión, a no querer circular por la derecha en automóvil, no pagar impuestos y otras ocurrencias a cuál más extravagante.

Al parecer, hemos olvidado las limitaciones de vivir en sociedad, es decir, el tácito contrato social que explicaba el viejo Rousseau.

Eso se debe, seguramente, a una hipertrofiada ampliación de derechos sin ninguna contrapartida de correspondientes deberes.

En la formulación clásica, los derechos inherentes al ser humano son los de la vida, la libertad, la igualdad,… O sea, justo los que permitimos que se conculquen diariamente, sin pestañear, en muchísimas partes del mundo.

Sin embargo, han bastado dos décadas de aparente bienestar económico para que nos creamos con derecho propio a polideportivos con piscinas olímpicas en cada pueblo, AVE a la puerta de casa, aeropuertos en cada esquina, universidades sin rigor académico pero, eso sí, con botellón, etcétera, etcétera.

Todo esto, a nivel colectivo. A nivel personal aun es peor: que nos paguen indefinidamente sin trabajar, que nos hagan un TAC si nos duele el dedo pulgar, que nos subvencionen el transporte, los espectáculos, los masters en business administration…Ya sé que estoy haciendo una caricatura. No lo es tanto, en cambio, el que nadie hable de deberes. Como si no existieran. Por eso ponemos el grito en el cielo al hablar de “recortes sociales”, como si tantas cosas que tenemos no sean solo privilegios que disfrutamos sin habernos esforzado en merecerlos.


El legado de Miguel Hernández

Un efecto colateral de la crisis económica es la supresión de muchas subvenciones culturales perfectamente prescindibles.

Claro que los afectados pueden coger un rebote considerable. Es el caso de la nuera de Miguel Hernández, que se ha llevado los recuerdos del apasionado poeta oriolano a la caja fuerte de un banco. Todo, porque la alcaldesa de Elche ha dejado de pagarle 3 millones de euros.
Esta pelea pecuniaria supongo que le resultaría incomprensible al trágico autor de Nanas de la cebolla y otros de los versos más emotivos de nuestro reciente pasado.

Y es que el legado de los artistas es algo de lo que debe beneficiarse el público en general y no constituir el modus vivendi de familiares políticos que ni conocieron al poeta fallecido hace 70 años.

Uno, que ha estado en docenas de casas-museos de escritores, desde la de la Premio Nobel Grazia Deledda en Cerdeña hasta la de Miguel de Unamuno en Salamanca, no ha visto nunca este fúnebre tráfico mercantil. Es más, cuando un editor pretendió lucrarse con unas cartas de don Miguel, en seguida se armó la marimorena.

Bien distinta es la caridad disimulada con artistas económicamente venidos a menos, como le ocurrió al eximio Rafael Alberti, a quien se le compró más que generosamente su biblioteca, la cual pudo conservar hasta su muerte.

Lo otro, en cambio, no tiene pase.Sin embargo, han sido demasiados años de financiar con dinero público exposiciones absurdas y libros mediocres, películas inéditas y montajes grotescos. Y así se ha creado el triste hábito de que gente sin mérito propio quiera beneficiarse del talento ajeno.


De vacaciones al Senado


De todas las instituciones inútiles que tenemos —empresas públicas, consejos consultivos, defensores del pueblo, tribunales de cuentas,…— quizá la más prescindible, y por fortuna también la más inocua, sea el Senado.

Su papel de Cámara de segunda lectura sin competencias específicas lo único que le permite es demorar la aprobación de algunas leyes. Ya ven qué tarea más excusable y hasta innecesaria. Por eso, circula últimamente por Internet un correo proponiendo el voto en blanco en las elecciones al Senado del 20-N.

Los defensores de la institución —entre ellos, varios senadores que conozco— arguyen que, a diferencia de la elección de diputados, donde sólo hay listas cerradas y que, como las lentejas, si quieres las tomas y si no las dejas, para el Senado se elige a personas concretas con nombre y apellido.

A mí, como a muchos ciudadanos, me da absolutamente igual, pues me consta que bastantes candidatos a senador acceden al apetecible cargo para sestear, tras haber perdido sus anteriores puestos públicos.

¿Queremos ejemplos? Los hay para dar y regalar.

Al Senado llegaron en su día el ex presidente valenciano Joan Lerma y el de Castilla y León Juan José Lucas, al igual que lo van a hacer ahora sus homólogos Francesc Antich, Álvarez Areces y Marcelino Iglesias.

Existen muchos más casos y más hirientes todavía de prejubilados con sueldo público, pero tampoco es cosa de señalarlos a todos con el dedo. Lo único que cabe, a dos semanas de las elecciones, es preguntarse: ¿para qué tanta pamema cuando en el fondo solo se trata de mantener el salario de unos señores a costa de los contribuyentes?


¡Jobar con Halloween!


Cada día que pasa hay menos trabajo pero más fiesta.

Ahora le toca el turno a Halloween, festejo que no tiene nada que ver con nuestra tradición, que muchos ignoran de qué va y que hasta hace pocos años ni siquiera sabían que existía.

Eso no obsta para que ahora los colegios interrumpan su jornada lectiva y que niños y no tan niños compitan con disfraces a cuál más extravagante.

Es que no dejamos pasar ni una sola fiesta. Y, por si no hubiera bastantes, seguimos inventándolas. Ya ven: la Tomatina de Buñol es un jolgorio colectivo que apenas si cuenta con 50 años de historia y ya se ha convertido en todo un clásico, con más tradición que muchas de las antañonas romerías populares.

Puestos a inventar, la localidad alpujarreña de Bérchules celebra el fin de año en pleno mes de agosto y concita a juerguistas de todas partes que están a la que salta, sea donde fuere.
Hay quien piensa que esta propensión española a la fiesta está impresa en nuestro ADN, como ahora se dice. Así se explicaría que, pese a tantas hipócritas normas contra el maltrato de los animales, continúen los toros embolados y demás festejos bárbaros y primitivos que jalonan nuestro país.

Lo peor de todo es que no hay quien le ponga el cascabel a ese gato, ni siquiera en estos tiempos de crisis económica. Porque mucho quejarnos de los posibles recortes sociales, sí, pero si se redujese drásticamente el presupuesto de las fiestas patronales es cuando la gente se lanzaría a la calle en una estruendosa protesta.

Al menos, en favor de Halloween, hay que decir que no le cuesta un duro a las arcas públicas. Algo es algo.

 

El padre de Steve Jobs

Se han publicado estos días varios reportajes sobre el desconocido padre biológico de Steve Jobs, tras el fallecimiento del fundador de Apple.

Más allá de la rocambolesca peripecia vital de John Jandali, que así se llama el aludido, lo que me ha llamado la atención es que el hombre sigue en activo a los 80 años: es director general de un casino en Reno y ¡con 78 años! fue ascendido a ese puesto desde el de jefe de recepción.

¿Alguien se imagina algo semejante en España? Imposible. Aquí se considera amortizable al personal de poco más de 50 años y, hasta hace dos días, como quien dice, nuestras autoridades han estado propiciando su prejubilación, eso sí, con el dinero de todos los españoles.

Sin llegar, por supuesto, a las indecentes retribuciones de López Abad, José Luis Pego y demás caraduras que han malversado los fondos de nuestras cajas de ahorros, el estar manteniendo ociosas a personas con plena capacidad productiva supone un brutal despilfarro que así nos ha llevado al precipicio.

Eso no sucede en Estados Unidos, como hemos visto, por lo que su productividad es más alta que la nuestra, su mercado de trabajo resulta más adaptable y la salida de la crisis económica se produce con más rapidez.

Aquí, en cambio, nos hemos instalado en un lamentable “estado de derroche”, como decía el empresario Juan Roig esta misma semana. Según el dinámico presidente de Mercadona, es preciso que pasemos inmediatamente de la “cultura del maná a la del esfuerzo y del trabajo”. Si no lo hacemos, nos quedaremos en el hoyo cuando otros países remonten el vuelo.



Salteadores de bancos (y de sus clientes)

Escandalizada por los sueldos estratosféricos de nuestros financieros, me pregunta una amiga: “¿Por qué los pequeños accionistas les damos cada año el voto a los consejeros de los bancos a cambio de un paraguas o de una toalla de mal gusto?”.

No se refiere solo a los millones que se han llevado Modesto Crespo, José Luis Pego, López Abad y otros saqueadores de las cajas de ahorro. Su protesta incluye también las cuantiosas retribuciones de nuestros principales banqueros: Emilio Botín, Alfredo Sáez, Paco González y compañía.

Todos esos sueldos son legales, por supuesto, y los pequeños accionistas, como mi amiga, ni pinchan ni cortan porque esas corporaciones financieras las controla un puñado de individuos que funcionan como un sindicato de intereses.

Lo peor es que sus indecentes emolumentos no salen ya de un tradicional beneficio financiero venido a menos por la concentración de riesgos, la falta de liquidez, la dificultad del crédito, el límite a los intereses de los depósitos y la competencia de las instituciones públicas (con sus bonos patrióticos) a la hora de captar dinero.

Así que ya lo vemos: para que ese puñado de individuos puedan llevárselo crudo, nos suben el coste de las tarjetas de crédito, se inventan comisiones por operaciones de chichinabo y hasta nos cobran por transferir dinero entre cuentas de la propia entidad bancaria.De seguir así, acabaremos pagando por el mero hecho de entrar en un banco y tendremos que hacer las operaciones nosotros mismos por falta de personal mientras que consejeros y ex consejeros vivirán como marajás en la más absoluta impunidad.



¿Por qué nadie se fía de España?

Con este provocador título, los periodistas Gilles Tremlett (The Economist) y Raphael Minder (The New York Times) iniciaron este fin de semana en Salamanca unas jornadas internacionales sobre la crisis económica.

La conclusión es que España ofrece muchas estadísticas, pero contradictorias, según cuál sea la fuente, y sobre todo, opacas, en cuanto a sus conceptos y a su metodología. “Lo peor es la falta de transparencia”, dijo Tremlett, quien recordó la doble promesa incumplida de Rodríguez Zapatero de aprobar una ley que la garantizase: “España es uno de los tres o cuatro países europeos que carecen de esa ley”.

A partir de ahí, las autoridades —y las empresas y todo quisque— consideran la información como un patrimonio propio, que no deben compartir con el común de los ciudadanos. Doy fe personal de esa contradicción con la mayoría de países democráticos porque siendo corresponsal en Nueva York obtuve allí facilísimamente informaciones que en España no habría conseguido ni con fórceps.

Pero no nos creen solo los de fuera, sino que nosotros mismos consideramos viciada cualquier información según cuál sea su procedencia. Minder aludió a que aquí no se valora una opinión por sí misma, sino por el medio de comunicación que la recoge: “Ésa es la ventaja de los corresponsales extranjeros —dijo—, que todo el mundo puede citarnos sin que resultemos sospechosos”.

Habrá que concluir, pues, que, si ni siquiera nos fiamos de nosotros mismos, ¿cómo van a hacerlo los demás? Como dijo Luis Garicano, moderador del debate: “Ni hay conjura contra España, ni leyenda negra ni otras envidias”.



¿Por qué han de cobrar los políticos?

No creo que los políticos cobren demasiado. Lo que sí creo que hay demasiados políticos que cobran. Por ejemplo, ¿por qué han de tener dedicación exclusiva alcaldes de municipios que no llegan a 5.000 habitantes?

En nuestro país existe demasiada gente que se dedica a la política. Y no como acto de servicio, que sería lo loable, sino como oficio y beneficio con exclusión de cualquier otro.

Veamos. Desde eurodiputados a concejales, pasando por senadores, parlamentarios nacionales y autonómicos, diputados y otros cargos en entes menores son varios miles los ciudadanos que han hecho de la política una profesión retribuida, y a veces única, con derecho incluso a la jubilación. ¿Hay razón alguna para ello?

No lo parece, ya que ¿para qué están los miles de funcionarios y empleados públicos que hacen marchar la Administración? ¿Y para qué, amén de ellos, se contrata como asesores a familiares y paniaguados? ¿Tan malos son los políticos que necesitan toda esa parafernalia?

En Gran Bretaña o Francia, hay muchísimos menos políticos que cobran del Presupuesto, ya que los altos cargos de la Administración son funcionarios que no cambian según cuál sea el partido en el Gobierno.

Aquí no solo sucede al contrario, sino que los políticos excedentes encuentran acomodo en mil inútiles consejos de empresas públicas, órganos consultivos y de defensa de las causas más peregrinas. ¿Cómo se explica, por ejemplo, que el dimitido presidente valenciano Camps sea ahora miembro del Consejo Jurídico Consultivo de esa Comunidad? Y es que en este país sí que hay un oficio vitalicio, sin riesgo alguno de desempleo, que es el de político.



Grecia, España y Portugal

En una reunión de antiguos economistas no hemos encontrado ningún motivo para el optimismo. “Lo más insólito de esta crisis”, reconoció uno de nosotros, “es que nunca tantos países han debido a la vez tanto dinero”. “Y que los acreedores sean los países llamados emergentes”, apostilló otro.

Sobre la actuación de la UE y la situación de Grecia ha habido menos unanimidad, aunque no han faltado posturas apocalípticas: “El dinero prestado es dinero tirado”, dijo alguien: “El BCE está convirtiendo los euros de los países ricos en confeti, ya que los griegos nunca los devolverán”. “Y también cuando revenda la deuda de Italia, España y Portugal perderá una pasta gansa”, volvió a apostillar el más agorero.

Al salir el tema de los PIGS se añadieron algunos matices. El primero, el de la ineptitud de sus Gobiernos: “Solo saben ahorrar quitándole el dinero a los funcionarios y pensionistas”, en alusión a las medidas de Grecia. “Y, claro, la gente se cabrea, hace huelgas y deja de trabajar, con lo que la crisis empeora”.

“Es que nadie quiere vivir peor que antes, aunque lo hayamos hecho con un dinero que no teníamos”.

Gran parte de los contertulios atribuimos el negro futuro colectivo a esta frustración producida por una clase política incompetente. “Quien mejor lo tiene es Portugal”, opinó uno, “ya que su Gobierno lleva tiempo haciendo los deberes y los portugueses, por su parte, son más trabajadores y más sufridos que nosotros”.Puede ser. En cualquier caso, al terminar la reunión, alguien recordó la frase de Juan Roig, el presidente de Mercadona, a comienzos de este año: “Lo mejor de 2011 es que 2012 será peor”.



El coste del bienestar

Recorría ayer las salas del inacabable y grandioso museo ruso de El Ermitage, subyugado ante tanta belleza artística. En cierto momento, al pasar junto a objetos embalados sin aparente protección, alguien comentó a mi lado: “Parece que se los llevan para venderlos”. Se suscitó entonces la discusión de si la hipotética liquidación de su patrimonio artístico podría salvar de la quiebra a algún país; más en concreto a Grecia.

El debate no fue baladí. “¿Por qué no podrían vender los griegos El Partenón, por ejemplo, para pagar su deuda?”, preguntó una amiga.

“Eso sería como perder la dignidad colectiva”, replicó otro. “Pues la Junta de Andalucía tuvo muchos años en prenda La Casa de las Conchas, de Salamanca, y nadie se rasgó las vestiduras”, apostilló un tercero.

La discusión se generalizó y hubo quien recordó la novela Las sandalias del pescador, de Morris West, donde un Papa de ficción, Cirilo I, se desprendía de los tesoros del Vaticano para paliar la hambruna del mundo.

No hubo acuerdo entre mis interlocutores, por supuesto, pero sí que quedó planteada la gran cuestión: ¿qué vale más, la dignidad nacional o el bienestar material?

 De eso se trata, en el fondo, en el drama de Grecia y en los que le pueden seguir. Los ciudadanos de aquel país se niegan a vivir peor que hasta ahora, aunque lo hayan estado haciendo tramposamente, por encima de sus posibilidades. Pero, ¿qué sacrificio están dispuestos a hacer, no ya para mantener su nivel de vida, que es imposible, sino para recuperarlo en un futuro?Por lo visto en manifestaciones callejeras, bien poco. Y es que, allí como aquí, nos hemos habituado a creer que solo tenemos derechos sin contrapartida alguna.



¿Quién cumple la ley?


Hay que agradecer al portavoz del Gobierno catalán, Francesc Homs, su sinceridad al decir que no piensa acatar el auto judicial sobre la equiparación vehicular de los dos idiomas oficiales de aquella comunidad.
                  
Normalmente, los políticos presumen de cumplir las leyes y luego las vulneran todos los días. Incumplen sistemáticamente sus promesas electorales, sortean las licitaciones públicas troceando el importe de las adjudicaciones, pagan sin chistar unos sobrecostes la mayoría de las veces dolosos, nombran para cargos oficiales a amigos no cualificados, subvencionan a asociaciones claramente espúreas,...
                  
Ni siquiera son ciertos los patrimonios personales que ahora declaran por la moda o por la presión social de hacer más transparente su gestión: desvían fondos a cuentas de familiares, infravaloran activos inmobiliarios, disfrazan la titularidad de ciertas acciones,... Muchos de ellos presentan, al final, unos resultados negativos que demostrarían, en el mejor de los casos, que son unos inútiles o unos dispendiosos.
                  
Para remate, políticos y demás fauna del gold gotha gozan de una absoluta impunidad, disfrutan de periódicas amnistías fiscales, sus delitos prescriben o, simplemente, no se toman en cuenta. ¿Qué ha pasado, si no, con los consejeros que han llevado a la quiebra a Caja Castilla-La Mancha, CajaSur o la CAM y nos han costado un riñón a los contribuyentes? ¿Y no han gestionado esas entidades en estrecha connivencia con los políticos de turno?Ya dijo el jurista Francisco Silvela hace siglo y medio que España tenía un ordenamiento jurídico muy duro, "solo atemperado por su inobservancia”. Le faltó añadir, claro, que eso se aplica a los de arriba y que si uno roba un jamón o no paga una hipoteca se le cae el pelo.
                  


Los economistas no se aclaran


Leía el otro día las recetas de una docena de premios Nobel de Economía para salir de la crisis actual. Todas eran contradictorias y hasta antagónicas la mayoría de ellas. Si los economistas más prestigiosos no se aclaran de qué hay que hacer para arreglar las cosas, ¿por qué demonios lo han de saber esos políticos a quienes criticamos con todo merecimiento?

Resumiendo las posturas, de un lado están los que dicen que hay que gastar menos, aunque se frene así el crecimiento económico, porque si no nos damos el batacazo. De otro, quienes dicen que hay que seguir inyectando gasolina en el motor de la economía, porque si no la crisis será peor.

En cualquier caso, nos hallamos ante la clásica disyuntiva entre Guatemala y Guatepeor, pasada ya la reciente euforia de un crecimiento continuado y permanente. Y lo paradójico del caso es que ninguno de esos reputados economistas previno entonces que el dichoso ciclo iba a cambiar y que estaríamos debatiendo ahora qué es lo menos malo para un futuro que se vaticina sombrío.

Tantas vacilaciones, dudas y contradicciones de los sabios oficiales han alimentado, además, las criticas de quienes indefectiblemente hemos empezado ya a vivir peor que antes. Pero, ¿ante quién tenemos que protestar?: ¿ante el Gobierno?, ¿la oposición?, ¿los bancos?, ¿Obama?, ¿Merkel?, ¿el destino?, ¿los ciclos económicos…?

Me temo que nadie, empezando por tanto economista indocumentado, nos ha explicado que también debemos protestar ante nosotros mismos por haber sido manirrotos e insensatos y haber creído que nuestra vida era un chollo continuo que tenían que financiarnos los demás.


Para que cobren los futbolistas


En el fútbol, como en las finanzas y en otros órdenes de la vida, hay quienes están arriba y quienes los sostienen desde abajo. En la Banca, por ejemplo, frente a los sueldos millonarios de los Botín, Paco González y otros pocos, se suceden despidos masivos de empleados para ajustar plantillas.

También, en contraste con los sueldos espectaculares de Ronaldo, Messi y compañía, la mayoría de futbolistas son jornaleros de un oficio que los dejará en la calle con solo treinta y tantos años. Eso, en el supuesto de que cobren todos los meses, algo que no sucede con demasiada frecuencia.

Esto último se debe a que los clubs de fútbol son unos manirrotos —como los entes públicos y otras instituciones— que, si funcionasen de verdad como empresas privadas, deberían haber echado el cierre hace tiempo.

Antes de que estalle la burbuja deportiva —que estallará, no les quepa duda—, propongo una modesta medida con la que todos los futbolistas puedan cobrar en un futuro.

Habría que hacer como en el deporte profesional de EEUU, donde los deportistas que se pierden algún partido por sanción dejan de percibir la correspondiente parte proporcional de su salario, ya que la ausencia del terreno de juego se debe a su comportamiento.

Pues bien: propongo, pues, ante tantas tarjetas amarillas, que los emolumentos de los futbolistas suspendidos vayan a un fondo para pagar a sus compañeros sin recursos.

Claro que, de adoptarse esta medida, a lo mejor baja el nivel de tarjetas, con lo que seguiríamos sin ingresos para los impagados. Pero, por lo menos, habría más deportividad en los estadios, algo que sí habríamos salido ganando.


Orgullo gay y orgullo católico


Algunos medios de comunicación han calificado de “orgullo católico” los actos de estos días en Madrid con Benedicto XVI.

Es una manera de trivializar una visita que deploran en el fondo de su alma y de escarnecer a los participantes en ella, al equipararla a los desfiles del movimiento gay. Claro que a este último lo respetan y a las manfestacionres religiosas, en cambio, las desprecian.

Tampoco esto es del todo exacto. Si el acto confesional multitudinario hubiese sido islámico, por ejemplo, se habrían cuidado muy mucho de oponerse a él. Tampoco nuestro Gobierno, tan respetuoso con la marcha anti-Papa, habría permitido algo similar para protestar ante el rezo colectivo del Ramadán, pongo por caso.

Por eso, todas las razones esgrimidas contra la presencia del Pontífice tienen el común denominador de la hipocresía: seguro que sus autores no se manifestarán cuando el sucesor del Dalai Lama venga a España. Tampoco lo hicieron cuando Gadafi y otros sátrapas sanguinarios visitaron nuestro país.

Y es que su odio no es ni siquiera a los enemigos de los derechos humanos, sino a la fe católica.
En vez de reconocerlo directamente, que sería lo honesto, usan argumentos banales, como el presunto coste del viaje y su repercusión en el bolsillo de los contribuyentes. Además de no ser cierto, ¿protestaron en su día por los gastos de encuentros internacionales, como la Conferencia de Oriente Medio? ¿O por el corte de tráfico en eventos deportivos, como la Champions? ¿Y qué decir de otros costres discutibles, como los Juegos Olímpicos?

Es que, no nos engañemos, una cosa son los gastos y los fastos y otra muy distinta, aunque legítima, el odio, sí, a una religión determinada.


El malestar del bienestar

Antes del tripe asesinato de Birmingham, ya me lo había advertido una hija mía que trabaja en Londres: “Los más perjudicados por estas algaradas son los pobres paquistaníes que han invertido el trabajo de toda su vida en los comercios saqueados”.

Los motines de estos días no son, pues, consecuencia de revueltas raciales o sociales, sino el desahogo de gentes marginales que ni tienen empleo ni lo buscan, ya que prefieren vivir parasitariamente de la asistencia social sin contraprestación alguna. Son, como dice David Cameron, el síntoma de una grave enfermedad colectiva.

Hace veinte años, cuando los disturbios raciales de Los Angeles, ya lo señaló el líder demócrata afroamericano Jesse Jackson: “No hay que acostumbrarse a vivir al margen del sistema, sino a integrarse y a progresar en él”.

Lo cierto es que en Gran Bretaña y otros países europeos la independencia de sus colonias produjo hace medio siglo las primeras avalanchas de inmigrantes con derecho a la ciudadanía. Desde entonces, el fenómeno no ha hecho más que aumentar, a la par que la mala conciencia occidental por las tropelías cometidas con los “condenados de la tierra”, que decía el argelino Frantz Fanon.La ayuda económica a individuos y a grupos que perpetúan así su marginalidad ni les sirve a ellos ni le protege a la sociedad de sus episódicos desmanes. En cambio, les perjudica, al acostumbrarles a vivir sin estímulos y, sobre, todo daña a los auténticos necesitados —pensionistas, parados, discapacitados...— que ven cómo disminuyen sus prestaciones a medida que crece la voracidad de quienes insolidariamente se aprovechan del sistema.



¡Qué ahorren otros...!

María Dolores de Cospedal, tras haber criticado los derroches de su predecesor, José María Barreda, ficha nuevos asesores y sube el sueldo a los altos cargos de su Gobierno.

Es que a una mujer capaz de presidir Castilla-La Mancha desde Madrid y de controlar simultáneamente el PP nacional desde Toledo no se le deben aplicar las recetas que ella da para los demás. Tampoco en el ámbito televisivo, donde, en vez de privatizar el oneroso canal público regional, ficha a un reconocido guardián de las esencias informativas, como Nacho Villa, para dirigirlo.

Ese pantanoso terreno de las televisiones públicas es el que mejor muestra la total incoherencia de unos políticos y unas instituciones que, puestos a hacer recortes, prefieren que sean otros los que apechuguen con ellos.

Se ha visto en Baleares, con la decisión del presidente, José Ramón Bauzá, de cerrar la deficitaria y prescindible radiotelevisión de Mallorca. La oposición, en lugar de felicitarle por la medida, la critica con argumentos que van desde la libertad de expresión hasta los puestos de trabajo perdidos.

A nivel más modesto, otro tanto ha ocurrido con la clausura de las televisiones locales de Gandía, donde trabajaban 26 empleados públicos, y de Onteniente, con un presupuesto anual de 150.000 euros. ¿No hay nada mejor en qué emplear ese esfuerzo y ese dinero que en televisiones municipales? ¿Y de qué demonios nos tienen que informar?Lo paradójico del caso es que en Gandía ha echado el cierre el PP, con la protesta del PSOE, y en Onteniente lo ha hecho el alcalde socialista, para cabreo del PP. O sea, que todos son igual de impresentables.



Cuando gane las elecciones el PP...

Al margen de su credibilidad, la última encuesta del CIS evidencia dos cosas: 1) la alta probabilidad de que el PP gane las elecciones del 20 de noviembre y 2) la escasa confianza que inspira Mariano Rajoy a los electores.

Por eso, también tiene su oportunidad Pérez Rubalcaba: cosas más raras se han visto en la política. Además, resulta el hombre ideal para el cabildeo con los partidos nacionalistas si depende de ellos quién sea el próximo inquilino de La Moncloa.

De ganar el PP sin mayoría absoluta, esos mismos nacionalistas le pondrían más caro su apoyo a Rajoy para ser presidente, con lo que éste llegaría al poder con un Gobierno hipotecado, en un país en el que si sobra algo son precisamente las hipotecas.

Incluso si el PP gana con mayoría absoluta, no va a tener un Gobierno fuerte ni le van a dejar hacerlo. Toda la rabia social embalsada en este último período de crisis, recortes y frustración corre el riesgo de desbordarse: aquí estamos a favor de cualquier cosa menos apretarnos el cinturón, así que los indignados serán más violentos; los sindicatos, más reivindicativos, y la izquierda radical menos dialogante y democrática.

¿No llamaba esta última asesino a José María Aznar, achacándole desde los muertos del Yak-42 a los de la masacre islamista del 11-M? Si todo eso sucedía cuando éramos ricos —o, al menos gastábamos el dinero como si lo fuéramos—, ¿que no ocurrirá ahora que en vez trabajar estamos en el paro y en lugar de créditos nos quedan las deudas?

No le arriendo, pues, ganancia alguna al PP aunque triunfe en las elecciones: si hace reformas, mal, porque los alaridos se oirán hasta en Nepal; y si no las hace, peor, porque nos quedaremos hasta sin voz.

   

Valencia después de Camps

Por fin, se van a poder abordar en la Comunidad Valenciana graves cuestiones veladas hasta ahora por el omnipresente caso Gürtel.

Lo cierto es que la inacción política de un Paco Camps lógicamente preocupado por su defensa judicial ha dejado en estos dos últimos años la comunidad autónoma al borde del colapso financiero.
Si un día se destapa lo que puede haber bajo las alfombras de la Generalitat, quizás se queden cortos a su lado los excesos denunciados por De Cospedal y por Monago al llegar a las presidencias respectivas de Castilla-La Mancha y de Extremadura. En Valencia, por ahora, al haberse sucedido el PP a sí mismo, con Alberto Fabra en lugar de Camps, el silencio parece garantizado.

Mucho va a tener que trabajar, no obstante, el nuevo presidente para arreglar tanto desaguisado de déficit público, sobrecostes injustificados, impago a proveedores —con retrasos de hasta año y medio—, estructuras mastodónticas como el ruinoso Canal Nou y una deuda autonómica del 17% del PIB, la más alta de España por habitante.

Todo esto, además, en un ambiente de opacidad informativa recogido en varias sentencias del Tribunal Constitucional.

Para mayor inri, Alberto Fabra va a tener que afrontar esta ingente tarea sin la colaboración de un partido socialista empequeñecido por sus  fútiles y habituales rencillas internas.

Menos mal que la valenciana es una sociedad de probada vitalidad y que ha remozado unas instituciones empresariales tradicionalmente dóciles al poder con dirigentes como Boluda, Morata o José Vicente González, más dados a buscar soluciones que a practicar el halago sumiso de sus predecesores.



La fórmula de Rubalcaba

El entusiasmo inicial de los dirigentes del PSOE ante la candidatura de Pérez Rubalcaba a la presidencia del Gobierno se difumina a medida que transcurren los días. Incluso, su valedor de antaño, Felipe González, acaba de declararse cada vez “menos simpatizante” de su propio partido.

Nada de esto es de extrañar dadas las tesis reformadoras del ex presidente sobre presupuestos, mercado laboral, seguridad social,... muchas de las cuales están implícitas en el informe sobre el futuro de la UE elaborado por el grupo internacional de expertos que él preside.

O sea, que Rodríguez Zapatero y su centurión Rubalcaba transitan por un camino de utopías trasnochadas, mientras González aboga por otro mucho menos sectario, pero capaz de salvar los muebles de una Europa a la deriva.

¿Por qué, entonces, la candidatura izquierdista —llamémosla así— del ex ministro y no otra más realista y más centrada?: probablemente porque no está hecha para ganar, sino para convertirse en un incordio permanente a Mariano Rajoy desde la oposición.

Según esta hipótesis, la evolución de la economía empeorará en los próximos años y se evidenciará entonces que el PP no posee mejores recetas que el fracasado Zapatero. Se trataría, pues, de evitar inicialmente la mayoría absoluta de Rajoy y, una vez logrado ese objetivo, fustigarle desde el Congreso. Y nadie mejor que Alfredo P. para ello.

En ese empeño quemaría sus naves el hoy candidato socialista, pero acabaría también con la credibilidad del PP a fin de que un próximo dirigente del PSOE, aún desconocido, pudiese hacerse dentro de cuatro con las riendas del poder.Ésa es la verdadera fórmula de Rubalcaba y ésa sería, también, su última contribución a la causa de su partido.



Conducir o morir

Los contertulios televisivos, me consta, suelen tener coches de alta gama y, claro, les gusta correr en la carretera. Por ello, le han zurrado la badana al Gobierno hasta que ha eliminado el límite de velocidad a 110 kilómetros por hora.

Pues ya ven: el primer fin de semana sin esa limitación nos ha traído un notable aumento del número de víctimas de circulación.

Mi observación personal, probablemente equivocada, es la siguiente: al reducirse el tope de velocidad a 110, una gran parte de conductores, temerosos de la pertinente sanción, no pasaron de 100 kilómetros por hora; al elevarse ahora a 120, automática e inconscientemente se han puesto a conducir a 130. Conclusión: más muertos.

Eso, digo, es solo una impresión personal. Lo que resulta objetivo, en cambio, es que tenemos un Gobierno sin criterio, que elabora normas y las cambia a golpe de oportunismo y de conveniencia electoral. Ya me dirán. Si las razones de ahorro y seguridad esgrimidas para limitar la velocidad eran correctas, ¿para qué volver a cambiarlas? Y si no lo eran, ¿por qué se nos hizo comulgar entonces con ruedas de molino?

Es pronto aún, no obstante, para sacar conclusiones de la nueva zarabanda legislativa. Lo único cierto es que gobernar a ojo y sin convicciones de ningún tipo suele conllevar contradicciones, errores y confusión normativa, trátese del consumo energético, de la legislación bancaria o de las normas de tráfico.¡Ah!, por cierto: yo pienso seguir conduciendo por debajo de 110. Tal como está el patio, no saben el ahorro que me supone. Además, he descubierto que no tengo ninguna prisa: total, para llegar a donde estamos llegando...



El repliegue de EEUU

Los Estados Unidos de Barack Obama han comenzado el repliegue de sus tropas y de su política geoestratégica coincidiendo, no por casualidad, con una etapa de crisis económica.

Ahora es la oportunidad de Europa de demostrar su supuesta talla militar y diplomática en un mundo en el que China aspira a ocupar el vacío que deja Estados Unidos.

Durante un siglo, los norteamericanos se han dedicado a solucionar problemas ajenos en todo el mundo, pero sobre todo en el viejo continente, al que salvaron en dos guerras mundiales y al que le resolvieron el peliagudo conflicto de los Balcanes.

El precio del desproporcionado esfuerzo bélico de EEUU ha sido un menor bienestar social interior del que merecían unos ciudadanos con el mayor PIB del mundo, para reproche condescendiente de los europeos, que han vivido espléndidamente a costa del sacrificio ajeno.

Mientras tanto, la ufana Europa ha sido incapaz de mostrar una estrategia militar común, con sus mandos más preocupados en cuestiones de competencia nacional y de destinos mejores que sus vecinos antes que en acciones bélicas mancomunadas y eficaces.

Pero si falla la política común sobre la inmigración, la bacteria e.coli, el conflicto palestino o el rescate económico de Grecia, ¿por qué iba a funcionar mejor la coordinación militar cuando eran otros los que nos sacaban las castañas del fuego?Ese escenario parece haber cambiado. Ahora que EEUU se repliega para solucionar mejor sus propios problemas económicos y sociales, veremos qué podrá hacer sola una Europa cuyo bienestar se acaba y a la que no le sobrará dinero ni para poder defenderse.



Vivir mal o vivir peor

Hace unos veinte años, cuando aún no había crisis económica ni se la esperaba, algunos sociólogos norteamericanos anticiparon ya que los hijos de aquella generación iban a vivir peor que sus padres. Razones: pérdida de los valores de esfuerzo, mérito, competitividad y sacrificio.

Lo que no imaginaban ni de lejos es que, para más coña, los padres se iban a gastar los futuros ingresos de sus hijos, dejándoles hipotecados hasta las cachas.

Por eso, tanto las manifestaciones griegas como las protestas de los indignados españoles contra los recortes del estado de bienestar del que disfrutan resultan inútiles, por desgracia, ya que dicho estado ha dejado de existir.

¿Cómo se justifica, si no, la reciente bonanza de Islandia, un gélido país del tamaño de Andalucía y con los mismos habitantes que Badalona? ¿O que los irlandeses, históricamente pobres de solemnidad, dispusiesen de la renta per capita más alta de Europa? ¿O que en España todo el mundo tuviese una segunda residencia, dos coches y el AVE a la puerta de su casa?

Simplemente, porque todo ha sido ficticio, porque ese bienestar se logró gastando lo que sus beneficiarios no habían producido.

Lo dramático, pues, es que nadie pretende reducir los derechos de nadie. Lo que discuten la UE, el FMI, las agencias de rating… es cómo conseguir que solo se viva mal durante una temporada, mientras se sale lo antes posible de la crisis.La alternativa, lo siento, no es seguir viviendo bien, sino hacerlo incluso peor (¿o es que nadie se acuerda del crack del 29?). Y eso no lo quieren ni los denostados mercados financieros, tan perjudicados como el que más ante tal hipótesis.


Todo está permitido

Nuestros políticos llevan demasiado tiempo injuriándose unos a otros, colapsando los juzgados con inútiles querellas intestinas y manipulando las instituciones —desde el Tribunal Constitucional hasta la Academia de la Historia— según sus intereses partidistas.

Al final, todo esto se les ha ido de las manos, propiciando con su mal ejemplo que gentes incontroladas copien lo peor de sus modales y los superen con creces mediante la bajeza moral y la acción directa.

Además, ocupados sobre todo en mantener sus cargos y prebendas, buscan la impunidad siendo permisivos y tolerantes con muchos desmanes callejeros.

Se entiende así el que la abundancia de leyes en este país quede compensada con su sistemático incumplimiento. Porque, ¿qué repercusión penal tiene el que se destroce mobiliario urbano, se amedrente a pacíficos ciudadanos y se agreda a agentes de la autoridad? Ninguna.

Resulta sintomático que mientras presuntos indignados asediaban el Parlamento catalán, Rodríguez Zapatero reprochase en Madrid a Rajoy que con sus opiniones económicas esté minando la confianza internacional en España. ¿No lo hacen muchísimo más las imágenes de energúmenos increpando y acosando a nuestros legítimos representantes?

Pues no debe parecérselo así a nuestros gobernantes, que se desentienden siempre de lo que ocurre en la calle, desde la actuación de simples gorrillas o la venta ambulante ilegal hasta la ocupación violenta del espacio público o el acoso a Ruiz-Gallardón al sacar de paseo a su perro.Y es que en este país cualquier tropelía está permitida mientras no le perjudique al que manda.



Enloquecidos por las hijas


El desprestigio de José María Aznar y de su partido se iniciaron no cuando el 11-M, y mucho menos por la guerra de Irak o el Prestige, sino por la fastuosa boda de su hija con Alejandro Agag. Aquel día se hundió para siempre su trabajada imagen de político sobrio y austero.

Curiosamente, la fotografía más reproducida de aquel evento ha acabado siendo, años después, la de un peripuesto Francisco Correa, urdidor de la corrupta trama del caso Gürtel, cruzando con arrogancia la explanada del Monasterio de El Escorial. Visto ahora con perspectiva, aquello debió ser toda una premonición.

Y es que el ostentoso derroche de muchos hombres públicos en las celebraciones de sus hijas no conoce la mesura. No se trata, en estos casos, de una cuestión de ideología sino de carácter, pues le ha sucedido también a hombres de izquierda, como José Bono, cuando el matrimonio de su hija Amelia con el vástago de Natalia Figueroa y Raphael.

Otro que parece haber enloquecido con la dispendiosa puesta de largo de su hija —¿no se trataba de obsoletos ceremoniales de la derecha más rancia y trasnochada?— es el otrora secretario general de las Juventudes Socialistas Javier de Paz. Solo el ágape celebrado en el palacio de los Duques de Pastrana para 150 invitados le ha costado al hombre, según las crónicas de sociedad, unos 25.000 euros.Claro que eso, para el asesor y amigo de Rodríguez Zapatero, que gana 1,4 millones al año en Telefónica, debe ser pecata minuta. Pero también, y aunque no lo crea, supone una colosal afrenta a millones de ciudadanos que hoy día no tienen trabajo ni expectativas de lograrlo.



Los deshonestos (por fin) pagan

La dimisión de Strauss-Kahn de su puesto en el FMI tras la presunta violación de una muchacha es el síntoma de que algo muy importante está cambiando. Hasta ahora, los acusados de cualquier delito se aferraban a sus cargos como posesos.

Tampoco la corrupción política pasaba factura. El Parlamento francés de la época de Mitterrand dictó dos amnistías generales a la financiación ilícita de los partidos. Recientemente, en cambio, la ministra Alliot-Marie hubo de dimitir por haber recibido agasajos del sátrapa tunecino Ben Alí. Hasta al italiano Berlusconi sus variados y repetidos desmanes acaban de costarle un varapalo en las urnas.

En España todo esto aún no sucede: el ex jefe de personal de Canal Nou, Vicente Sanz, denunciado por acoso sexual, ha conseguido jubilarse como si nada. Tampoco el caso Gürtel ha conmocionado a los electores, aunque Camps y Esperanza Aguirre se hayan dejado unos cuantos votos en la gatera.

Cada día que pasa, sin embargo, los partidos políticos se desprenden un poco más de dirigentes pringados por acusaciones delictivas: el senador cacereño González Melitón, por ejemplo, dimite “para poder defenderse” del delito de abuso de menores, y el concejal linense Antonio Torres, del de fraude.

Se trata de un proceso incipiente, claro, pero constante. Si a iniciativa del movimiento de Indignados se logra que las listas electorales no puedan llevar personas imputadas, nos libraremos de un montón de gente dudosa que, si demuestra luego su inocencia, puede volver a la vida política tan ricamente. Si no, a ganarse la vida como cualquier hijo de vecino.


Los niños saharahuis


Nunca he entendido la estancia fugaz de niños saharahuis durante unos veranos placenteros en España para regresar luego a la miseria de los campamentos de refugiados en Tinduf. ¿Qué ventajas les reporta?

Por eso, comprendo a la señora Rosa María Sánchez, quien ha prolongado indefinidamente la estadía con ella de Saltana el Bardi, su hija de acogida, aun al coste de ser condenada por el Tribunal de Estrasburgo.

Por supuesto que es punible privar de su retoño a una madre biológica. ¿Pero no lo es también impedir el bienestar, la formación y el desarrollo de miles de niños abocados al hambre, al sufrimiento y a una vejez prematura en Darfur, Haití, Sierra Leona y tantos sitios más?

No se trata del ominoso y retorcido argumento con el que se han robado muchos niños a sus padres legítimos, afirmando que tendrían un futuro más digno con sus secuestradores. En absoluto. Pienso, tan solo, si no sería mejor para muchos niños saharahuis estudiar en España y pasar los veranos con sus padres en Tinduf, y no al revés. Lo de ahora es como mostrarles un caramelo para arrebatárselo casi de inmediato.

Sé que con ello tranquilizamos nuestras conciencias, lo que resulta a todas luces legítimo. No sé, en cambio, si es tan loable la actitud de los dirigentes del Sahara al mantener a sus niños en campamentos insalubres como rehenes de su causa independentista. Y lo mismo podría decirse de los sátrapas árabes que derrochan petrodólares en fastos suntuosos en vez de dar educación a los niños de los refugios de Gaza y Cisjordania.

Y es que muchas veces los culpables de la indigencia no son aquellos que lo parecen a simple vista.


De Mayo del 68 a Mayo del 11

Las revueltas en los países árabes por un mínimo de democracia no tienen nada que ver con los espontáneos movimientos juveniles en España. Allá sólo pretenden respirar un poco de aire mientras los sátrapas locales nadan en la riqueza más ostentosa. Aquí se conforman con no ir a menos en su desahogado tren de vida tradicional.

En eso, al menos, existen cuarenta años de diferencia entre unos y otros.

Los jóvenes del mundo desarrollado ya exigieron “todo y ahora”, como decía algún eslogan, en Mayo de 1968. Las revueltas de la Sorbona parisina, el campus norteamericano de Berkley o el Berlín de Rudi Dutschke pretendían que los beneficios del capitalismo llegasen a los jóvenes en forma de más participación política, permisividad de costumbres y mayor consumismo. Y a fe que lo consiguieron.

Cuarenta años después, aquellos jóvenes han gastado más de lo que podían y a sus hijos y nietos sólo les quedan las migajas: paro, precariedad laboral, mileurismo y falta de expectativas. De ahí su legítimo cabreo.

Por fortuna, aquí el malestar no se ha encauzado hacia partidos radicales, populistas o xenófobos, del signo que fuere, como en gran parte de Europa. Aquí, el apoyo familiar, el pasotismo, el botellón o las fiestas rave han servido de válvulas de escape. Hasta ahora.

Si a nuestra clase política este movimiento le ha cogido a contrapié es porque no se entera de nada, confortablemente situada en su Olimpo con todos los gastos pagados. Pero ya se le ha acabado el momio, porque estas revueltas nunca se sabe cómo empiezan pero menos aun cómo acaban.

Y esto no ha hecho más que comenzar.


Europa pierde, América gana


Siendo la de Estados Unidos la primera economía del mundo, sus ciudadanos viven peor que los europeos. Entre otras razones, por el inmenso esfuerzo militar de ayuda a Europa en dos guerras mundiales y en protegerla de la amenaza soviética, incluyendo su reconstrucción con el Plan Marshall.

La Europa así beneficiada lleva 50 años viviendo por encima de sus posibilidades, sobre todo los países de su periferia —Grecia, Irlanda, Portugal—, que se acaban de dar de bruces con la realidad.
En su egoísmo, Europa subsidia sus producciones menos rentables —agricultura y minería— en perjuicio de las naciones del Tercer Mundo y es incapaz de integrar a millones de inmigrantes. En los Estados Unidos, en cambio, los recién llegados se sienten tan norteamericanos como el que más.
Un país tan pragmático como aquél ha sabido hacer sus deberes frente a la crisis económica, permitiendo quiebras financieras necesarias, metiendo en la cárcel a sus responsables y pinchando la burbuja inmobiliaria para que el dinero fluyese en la sociedad. En España, por el contrario, no hemos querido afrontar el problema de la vivienda, el cual nos lastrará durante toda esta década.
Ahora, cuando se mitigan ya las amenazas globales sobre el mundo, los Estados Unidos parecen dispuestos a replegar sus tropas y a que sus ciudadanos vivan mejor. Europa tendrá, por consiguiente, que asumir su papel en la seguridad mundial mientras sus miembros están en desacuerdo sobre casi todas las cuestiones: desde la respuesta a la crisis, hasta la inmigración, pasando por la política exterior.

Apañados vamos, pues, ante el problemático futuro que nos viene encima.


Miente, que algo queda

El personal ni se inmuta ya por lo que dicen los políticos, por lo que éstos mienten con total impunidad, sabedores de la falta de consecuencias de sus actos.

Por ejemplo, Rodríguez Zapatero negó repetida y públicamente la existencia de una crisis económica y ahora le atribuye al PP, sin ningún rubor, la autoría de semejante negación.
Lo mismo sucede con la ministra Trinidad Jiménez, al mantener que no se pagó rescate alguno a los secuestradores del Alakrana y hacerlo el mismo día en que la Audiencia Nacional así lo asegura mediante sentencia firme.

El valenciano Paco Camps, por su parte, presumía hace cuatro años de ir hacia “el pleno empleo”, para achacar luego el galopante paro en su Comunidad al Gobierno de España. Ahora, en que las cifras del desempleo le dan un modesto respiro mensual, presume de ello y de “liderar la salida de la crisis” aunque el paro en la Comunidad Valenciana supere a la media nacional. Veremos lo que le toca decir mañana.

Y es que a nuestros políticos les da lo mismo afirmar una cosa que su contraria. Tampoco les importa hacerlo aunque los hechos les desmientan al instante. Eso le ha pasado al comunista Cayo Lara, quien el mismo día en que presenta un Código Ético contra la corrupción se entera de la imputación por corrupto de su candidato a la alcaldía de Sevilla, Antonio Rodrigo. Aun así, ni se da por aludido ni le aplica el dichoso código de marras.Lo peor de los políticos no es que nos mientan —eso parece algo inherente a su actividad—, sino su desvergüenza al hacerlo. Y algunos aún se sorprenden de haberse convertido en el tercer problema del país a ojos de los ciudadanos.



Mou y otras desgracias

Para José Mourinho, parafraseando a Clausewitz, “la guerra es la continuación del fútbol por otros medios”. Así, pues, lo que no consigue por méritos deportivos intenta lograrlo mediante la tensión, la confrontación y el conflicto, aunque sea enfrentando a entidades, aficiones y hasta regiones.

También es mala suerte. Ahora que los directivos del fútbol habían recuperado cierta cordura y que los hinchas de los clubes estaban apaciguados, vienen personajes extemporáneos a excitar las más bajas pasiones del personal.

En esto gozan de la colaboración inestimable de unos profesionales del balón que, para mantener su estatus de millonarios privilegiados, igual recurren a la patada al rival que a la simulación de faltas achacables al adversario. En el deporte, como en la guerra, parecen decir, todo vale.

Pues no. En esta sociedad mediática, los héroes deportivos marcan pautas de conducta a seguir por los jóvenes, quienes aprenden que la violencia y la trampa son tan legítimas como la habilidad y la destreza con tal de ganar y que el oponente, llegado el caso, no es más que un simple enemigo a abatir.

Además, en nuestro mundo globalizado, ésa es la lección que un Madrid-Barça puede llevar a millones de adolescentes, desde Darfur hasta Gaza y desde Kabul a Guayaquil, absortos todos ellos ante el televisor.

A esos menores, y también a sus padres, les llega el mensaje añadido de que España, aparte de ser un país solidario y cooperante con el desarrollo, se enreda asimismo en pasiones tribales que pueden afectar a su propia cohesión y no sólo desde el punto de vista deportivo.

Semejante asunto no es, pues, para tomárselo a la ligera.



Por qué ganará Paco Camps

Francisco Camps ganará de calle las elecciones del 22-M pese al caso Gürtel, aunque cueste entenderlo fuera de su feudo territorial.

En él ha germinado la percepción de que existe una corrupción política generalizada, desde Andalucía hasta Cataluña, pasando por Galicia o Madrid. “Total, ¿qué serían tres trajes frente a todo eso?” es la idea inoculada en la opinión pública valenciana, alimentada por los agravios reales o ficticios de Rodríguez Zapatero a esa Comunidad.

De ello se beneficia un PP que presume de todos los logros habidos en la región durante los últimos años, mientras que los males de la crisis económica se le imputan a un PSOE desnortado, contradictorio y vacilante.

Además, y sobre todo, el partido socialista valenciano ha quedado anclado en los años 70, incapaz hasta de adecuar su denominación a la realidad, y en vez de una ilusión de mejora social y económica ofrece la incertidumbre de un regreso al pasado. Frente a él, si el PP fuese encabezado por el caballo de Calígula obtendría el mismo éxito electoral.

De ello se beneficia Paco Camps, quien ha convertido su partido casi en una secta de estricta obediencia al líder, laminando los últimos vestigios zaplanistas y cualquier otra disidencia.
Sus problemas solo comenzarán con el calvario procesal posterior al 22-M, el cual también puede convertirse en un vía crucis para Mariano Rajoy en su camino hacia La Moncloa. Entonces los electores descubrirán atónitos que las arcas públicas no tienen un duro ni visos de lograrlo. Y Camps, a diferencia de Artur Mas, no podrá escudarse en la herencia recibida, porque toda la basura que se encuentre bajo la alfombra la habrá dejado él.



¿Adiós a Cataluña?

No entiendo a esos comentaristas madrileños que se congratulan de que solo votase un 20% de barceloneses en el referéndum por la independencia de Cataluña. A mí me parece un porcentaje apabullante que hace pocos años habría resultado impensable. A este ritmo, en esta misma década la opción independentista sería mayoritaria.

Lo explicaba muy bien el otro día un articulista del diario digital catalán El Singular: estas consultas solo pretenden, por ahora, crear un estado de opinión favorable a la escisión. Es lo mismo que admitió el portavoz de CiU al abstenerse su grupo en la subsiguiente moción independentista del Parlament: se trata de algo “inoportuno”, dijo, “en este momento”.

Y es que Artur Mas no es Francesc Macià, quien en 1934 proclamó el Estat Català y acabó en la cárcel. Como Macià, Mas ha votado “sí” a la independencia, aunque para él ésta llegaría tras un proceso que debe ser prudente, aunque a ritmo acelerado y de un final ineluctable.

Como argumentan algunos separatistas: si Dinamarca, con menos habitantes que nosotros, es un Estado dentro de la UE, ¿por qué no Cataluña, que es autosuficiente, con un sector agropecuario moderno, una industria desarrollada, un sector de servicios diversificado e intercambios internacionales crecientes?

No sé si tienen razón, aunque lo cierto es que, hoy día, de llegar a aprobarse dicha tesis en una consulta popular, por fortuna ya no habría tanques que tratasen de impedirlo. En cualquier caso, ignorar la posibilidad de esa ruptura, como hacen muchos comentaristas recalcitrantes y miopes, no sólo me parece imbécil sino, sobre todo, suicida.



Irresponsables de la crisis


Nadie, en el fondo, se muestra culpable de la crisis económica actual. Ni siquiera el presidente de Lehman Brothers, Richard Fuld, quien el año de la quiebra origen de todo el lío ganó 45 millones de dólares. Tampoco Bernard Madoff, cuya avaricia delictiva arruinó a miles de ciudadanos.

Y es que nadie se siente responsable de su comportamiento durante este período, como les ocurre los directivos de nuestras cajas de ahorro quienes, mientras dejaban en la calle sin pestañear a miles de empleados, sólo se preocupaban de mantener sus bien remunerados puestos e incluso de incrementar sus sueldos.

De momento, presidentes de cajas fallidas, como Hernández Moltó, Julio Fermoso o Modesto Crespo, entre otros, se han salido de rositas, con cuantiosos préstamos por la cara y con el riñón forrado.

Los mayores paganos de la crisis hasta ahora han sido los millones de ciudadanos obligados al paro y los pequeños emprendedores abocados a cerrar sus empresas por falta de crédito. Sin embargo, directivos de grandes firmas en bancarrota, desde Wall Street hasta Singapur y desde Kuala Lumpur hasta Madrid, han visto aumentar sus bonus y prebendas sufragadas por otros con su pérdida del puesto de trabajo.

Aun así no nos escandalizamos. Se habla de una nueva gobernanza económica y de reglas de juego más estrictas, pero lo cierto es que miles de directivos de empresas españolas continúan pagándose a sí mismos varios millones de euros al año como si tal cosa.

Ninguno de ellos es responsable directo de la crisis, por supuesto. Pero lo que también es cierto es que todos ellos son unos irresponsables de tomo y lomo.



Aprendiendo a delinquir


La vida real no tiene nada que ver con las series de C.S.I. ni con esas otras películas tan de moda sobre medicina legal. Por fas o por nefas, una gran parte de los delitos cometidos queda impune, sin que haya medios materiales y humanos suficientes para investigarlos; y eso, en el supuesto de que muchas veces llegue a descubrirse la mera comisión del crimen.

El penúltimo caso: la inconclusa investigación del asesinato de Marta del Castillo. La única persona juzgada hasta la fecha, El Cuco, lo ha sido sólo por encubrimiento, sembrando dudas sobre cómo poder imputar luego a los demás participantes en el abominable crimen.

Las contradictorias declaraciones de los implicados, sus falsas pistas sobre dónde hallar el cadáver y la habilidad con que han toreado a policías, jueces y fiscales ha sido como haber realizado un master acelerado en delincuencia.

Por desgracia, tanto las series de ficción como los reality shows y demás panoplia televisiva de hoy día enseñan más a los criminales a borrar sus trazos que a los agentes de la ley a descubrirlos.

Luego, la lenidad de algunas condenas parece que incitase a la reincidencia. Es lo sucedido con Ramón Laso, quien sólo pasó nueve años en la cárcel por los homicidios de su mujer y de su hijo. Precio tan bajo le ha llevado, 18 años más tarde, a asesinar a su nueva cónyuge y a su cuñado.

Y es que en esta sociedad de una banalidad hipertrofiada, donde se confunden la realidad con el espectáculo, resulta mucho más fácil aprender a delinquir que a impedir la comisión de crímenes.


¡Qué lo arregle el Gobierno!

Ante cualquier problema social, personal o institucional, lo primero que hace un norteamericano es ver cómo puede solucionarlo por sí mismo. A un español, en cambio, lo primero que se le ocurre es que se lo resuelva el Gobierno. O la Comunidad. O el Ayuntamiento.

“¡Para eso pago mis impuestos!”, suele ser su argumento definitivo. Y eso que, a diferencia de otros países, aquí se produce una importante evasión fiscal, existe un 20% de economía sumergida y lo habitual en cualquier chapuza es que te pregunten. “¿Con IVA o sin IVA?”.

La última evidencia de la habitual transferencia de responsabilidad hacia el Gobierno nos la ofrece el reciente terremoto de Japón.

Los ciudadanos de ese país han asumido con estoica resignación las devastadoras consecuencias de la catástrofe sin exigir nada a nadie. En contraste, lo primero que hicieron nuestros compatriotas allí residentes fue quejarse de la Embajada española, como si sus escasos funcionarios sólo tuviesen que estar pendientes de ellos día y noche.

Es que, como recordaba un diplomático sobre otro suceso, “cuando un accidentado de automóvil se despertó en un remoto hospital, lo primero que hizo fue reprochar que el cónsul español no estuviera al lado de su cama”. Por si acaso, esta vez, nuestro Gobierno envió un costoso avión que, para más inri, regresó medio vacío. Por esta peculiar idiosincrasia nacional, pasa lo que pasa: “¿Cómo es que con un paro del 20% no sale la gente a la calle en España para pedir trabajo?”, me preguntaba el otro día un amigo extranjero. “Pues porque aquí no queremos trabajo sino subvenciones, subsidios y otras gabelas”, fue mi avergonzada respuesta.



Volver al Siglo XIX

Como la mayoría de la gente, ignoro todo sobre las centrales nucleares, así que no sé si nos hallamos o no ante el fin de esa fuente de energía.

Entiendo que, tras la catástrofe de Japón, a lo mejor su riesgo no compensa los innegables beneficios que aporta. Pero tampoco me consta que seamos conscientes de ello.

De momento, la parálisis de la central de Fukushima ha dejado temporalmente a oscuras a parte del país, con el subsiguiente colapso de transportes y abastecimientos.

¿Se imaginan la generalización del apagón energético nuclear en todo el mundo, como parecen pedir algunos políticos? A falta de otras alternativas, ésa sí que sería una auténtica crisis económica, con un retroceso de décadas en el bienestar colectivo alcanzado por la humanidad.
Por eso se entiende que los países emergentes, que apenas si empiezan a salir de un subdesarrollo endémico, como China e India —y, en menor medida, Brasil, Sudáfrica y otros—, sean los más renuentes a cuestionar este tipo de energía.

Claro que, si al final no nos queda otra, habremos de adaptarnos al lúgubre escenario de reflujo económico que hasta ahora ningún grupo ecologista o antinuclear se ha atrevido a explicar.

Sí que hay, de momento, beneficiarios de semejante catástrofe: productores de petróleo como Gadafi, bailando aún sobre los cadáveres de sus enemigos recién masacrados, y las ostentosas satrapías del Golfo Pérsico.Claro que los súbditos de estos regímenes, anclados desde hace siglos en una ominosa Edad Media, no habrían de notar diferencia alguna en su situación personal bajo las tiranías que ya padecen.



Portugal, peor que nosotros


No recuerdo, en ningún viaje anterior, a los portugueses tan deprimidos como ahora. Este fin de semana, en varias ciudades del país, comienzan las protestas juveniles de la autodenominada generación basura. Y seguirán.

El desánimo en la calle es tal que se magnifican los casos de corrupción política, no tan abundantes como en España, y se piensa que ambos países, junto a Grecia e Irlanda, estarían mejor fuera de la zona euro que dentro de ella.

Todo eso a pesar de que el paro sólo es del 11,2%, la mitad que el nuestro, y que entre los jóvenes asciende al 21,2%, también la mitad del de sus homólogos españoles.

Aun así, la percepción es que la última ha sido “una década perdida”, en palabras de Cavaco Silva al jurar este miércoles un nuevo mandato presidencial. La sensación generalizada es que las ayudas de la UE han servido para “grandes inversiones que no podemos financiar” y para un exacerbado consumo privado a costa de la productividad, de la regeneración industrial y del empleo.

Un desastre, vamos, con una ingente deuda exterior que el país no puede afrontar, un recorte drástico de ingresos y de prestaciones sociales e incipientes actos de protesta ,como la interrupción en Viseu del discurso del primer ministro, José Sócrates,  por una decena de jóvenes airados.

Ese creciente cabreo generalizado es lo que pretende evitar entre nosotros, a golpe de improvisadas subvenciones, Rodríguez Zapatero. Claro que, como decía un sociólogo portugués esta misma semana, “con excepción de ciertos privilegiados, en la basura ya estamos todos”.Mientras tanto, nuestros políticos siguen sin inmutarse.



Los árabes ya creen a EEUU


Julian Assange no ha sido el inspirador de las revueltas en los países árabes, por supuesto, pero su portal Wikileaks sí ha tenido que ver, y mucho, con el tiempo y con las formas de ese movimiento revolucionario.

Hasta hace unas semanas, como quien dice, cualquier crítica hacia las satrapías que mal gobiernan aquellos países sólo era interpretada como una falsa y odiosa propaganda imperialista. Lo bueno de Wikileaks ha sido desvelar algo que la diplomacia norteamericana mantenía para exclusivo uso interno, lo que le ha dotado de absoluta credibilidad.

Gracias a la filtración de esas informaciones, los súbditos de los regímenes corruptos desde el Magreb hasta el Golfo Pérsico se han enterado del expolio sistemático realizado por la esposa de Ben Alí en Túnez, la fortuna en el extranjero del egipcio Mubarak o el delirante despilfarro de los hijos de Gadafi.

Y no sólo lo han creído sino que ya no lo quieren aguantar más.

Muchos jóvenes árabes —como los de otros países también sumidos en la pobreza y la represión—, pese a la generalizada propaganda anti USA calzan los mismos sneakers que sus colegas del Bronx, imitan sus comportamientos, ven idénticos clips musicales y al igual que ellos utilizan Facebook y otras redes sociales.

Esa socialización del mundo global, ese peligro de contagio de la libertad, es lo que perturba a todas las dictaduras, desde la cubana hasta la de Pekín, pasando por histriónicos personajes como Hugo Chávez.

Y es que una vez que la gente ha descubierto la democracia, con todas sus dificultades e imperfecciones, ya nunca más quiere vivir sin ella.


Zapatero is over


Supongo que el Departamento de Estado yanqui continúa elaborando esos informes que luego filtra al ancho mundo Julian Assange por medio de Wikileaks. De ser así, la embajada estadounidense en Madrid habrá mandado ya un telegrama a Washington: “Zapatero is over”, o sea, está acabado.
Solo así se explica el cachondeo de Pérez Rubalcaba el pasado fin se semana, verbalizando un hipotético diálogo futuro con su líder en el que le reprocharía: “En todos estos mítines estuve yo; a ver tú qué tienes”.

A esa sutil postulación para sustituir al secretario general del PSOE se ha sumado en seguida Carmen Chacón, no fuera a perder comba: ya ha dejado claro que ve a España lista para tener una presidenta catalana.

También José Bono, poniéndose de perfil, como es su estilo, no ha abandonado la idea de un segundo intento para dirigir al partido.

Como esto siga así, a medida que las encuestas y la aceptación popular sigan dándole la espalda, más socialistas pueden aspirar al relevo del inquilino de La Moncloa, para regocijo de éste, sabedor de que irían derechos al batacazo electoral.

Pero no importa. La debilidad del líder del PSOE no procede sólo de su cansancio político y del revés en los sondeos. El día en que un oscuro Tomás Gómez le ganó el pulso, negándose a la imposición de Trinidad Jiménez como cabeza electoral por Madrid, se evidenció que cualquiera podía batir a  Rodríguez Zapatero.

De ahí su frustración. De eso y de su convencimiento de que la posible recuperación económica no llegará a tiempo para salvarle. Así que el que venga detrás que arree. O sea, “Zapatero is over”.



De Camps a Berlusconi


En lo personal se hallan en las antípodas. Silvio Berlusconi es de una ostentosa y obscena voluptuosidad. Paco Camps, en cambio, muestra un conservadurismo austero, rayano en lo ascético.

A ambos personajes los une, en cambio, su absoluto apego al poder y la convicción de que las urnas los exculparán de cualquier imputación de tipo penal, confundiendo así la política con la justicia.

Siendo tan distintos, y hasta opuestos, entre el italiano y el valenciano habría otros paralelismos.

Uno, el más frívolo, es la existencia de terceros causantes de sus pesares. El de Berlusconi, enredado en asuntos de amor y sexo, ha sido la joven Ruby, presuntamente metida en sus orgías. Para Camps, liado solo con grandes eventos ciudadanos, lo fue El Bigotes, quien lo utilizó para hacerse rico.

Pero lo más significativo de ambos casos es la obsecuente actitud de los miembros de sus partidos, refractarios a cualquier crítica o imputación, ataque o descalificación, y que se apiñan en torno al líder, sabedores de que su futuro político va indefectiblemente unido al de él.

En eso, los países mediterráneos, con partidos de obediencia casi militar, no se parecen a los anglosajones, donde cualquier diputado puede votar contra su jefe y hasta obligarle a dimitir, como le ocurrió a Margaret Thatcher. En ellos se puede ir a la cárcel, como el alcalde de Washington Marion Barry, y volver como si nada a la política. En los otros, en cambio, una condena, aunque sea simbólica, arruina para siempre la reputación personal y la carrera pública.

De ahí, pues, que Berlusconi, Camps y bastantes más se aferren a su cargo como a un clavo ardiendo.



Gracias a ETA

Si yo fuese un tipo inmoral como Rufino Echevarría, Diez Usabiaga y otros de su calaña, estaría eternamente agradecido a ETA y besaría allá por donde pisan los terroristas.

Estos siniestros personajes permanecen visiblemente detrás de esos otros que, como Iñaki Zabaleta, ofrecen la nueva cara —democrática y pacífica, dicen— de la izquierda radical abertzale.

Gracias a ETA, la sedicente izquierda a la que representan tiene una presencia desproporcionada e impone un temor totalitario que no habría logrado por la simple fuerza de los votos. Lo mismo, vamos, que Adolf Hitler, quien llegó al poder gracias a las urnas, pero habiendo zurrando la badana a sus adversarios mediante sus fuerzas de choque.

ETA también ha allanado el camino para que las sucesivas versiones de Batasuna —su instrumento electoral— pudieran acceder a ayuntamientos y cajas de ahorro, parlamentos y diputaciones y se beneficiaran de ellos con total impunidad.

ETA ha practicado no sólo el asesinato, la mutilación, la extorsión y el sometimiento moral de dos generaciones, sino que también ha conseguido la limpieza étnica —otra analogía con el nazismo— al haber forzado a exiliarse a más de 200.000 vascos.

¿Cómo no van a estarle, pues, agradecidos sus beneficiarios?

Por eso, aunque Sortu rechace ahora la violencia futura, dado que ya no la precisa para recoger sus frutos, sigue sin condenar el terrorismo pasado, del que es legítimo heredero.Así, pues, mientras la izquierda abertzale siga agradecida a ETA y no exija ya su rendición incondicional —sin mediadores ajenos que equiparen víctimas y verdugos—, no puedo creer en sus buenas y nuevas intenciones.



Cuando el paro sea del 7%

Estamos tan acostumbrados ya a altísimas tasas de paro que la falta de trabajo solo parece preocuparles a quienes lo padecen.

Por eso, un Gobierno impávido se congratula aquellos meses en que no se destruye empleo, como si con un 20% de parados aún quedasen muchos puestos de trabajo por destruir.

Nos hemos resignado, pues, a la fatalidad, ya que nuestra reforma laboral sirve para facilitar el despido en vez de incentivar el empleo. El paro se ha convertido en una alternativa de vida y los subsidios en una forma de ingresos, como si ambas situaciones fuesen normales y no una aberración.

¿Cuántos años serán precisos, en estas condiciones, para que el paro sea solo del 7%? ¿Diez años, veinte? ¿O tal eventualidad no es ni siquiera posible dado nuestro anquilosado sistema de relaciones laborales?

Si no conseguimos incorporar al mercado de trabajo a ese 40% de jóvenes en paro endémico, si no frenamos la sangría del fracaso escolar, si no aumentamos la productividad de unos trabajadores faltos de motivación, si no reorganizamos las empresas en vez de propiciar tontas regulaciones de empleo y jubilaciones anticipadas, vamos directamente a la catástrofe.

Lo más importante para salir de ese vórtice, para evitar una sociedad de castas con trabajo o sin él, con esperanza o con resignación, es repartir los sacrificios entre todos y no endosarlos a los más débiles: pensionistas y funcionarios. Eso ya sucede en otros países donde no hay especies laborales protegidas y en los que un empleo y unos salarios equitativamente repartidos permiten atender a ese mínimo 7% de parados en vez de despilfarrar en un terrible 20% de desempleo.



¿Para qué sirve el Senado?

El Senado sirve para colocar a políticos en vías de amortización y agradecerles con un sueldo los servicios prestados.

Si alguien cree que esta definición de nuestra cámara alta es injustamente cruel, le transmito lo me que dijo hace poco un ex senador del PNV: “Si los ciudadanos españoles supiesen cómo se sestea y se pierde el tiempo en esa institución, montarían en cólera”.

Ya ven si la cosa tiene su gravedad. En otros países con Parlamento bicameral, el Senado alberga la representación territorial del Estado. Eso sucede, por ejemplo, en Alemania y en Estados Unidos. En este último país, el cargo de senador es el más importante tras el de Presidente. Una cámara adversa bloquea de hecho cualquier iniciativa presidencial y obliga al poder ejecutivo a laboriosas componendas.

Aquí, en cambio, pese a la existencia de comunidades autónomas, sólo sirve para posponer leyes que más tarde aprueba el Congreso de los Diputados en una segunda lectura. Por esa limitación legislativa, en el Senado hay pocos nombres de relumbrón. Algunos llegan como premio por haber deshecho algún partido menor que incordiaba al que luego, en agradecimiento, los nombra. Otros, por haberse quitado ellos mismos del medio: “Me dieron a elegir entre ser senador o eurodiputado; dije que si me compensaban la diferencia económica me quedaba en Madrid”, me confiesa sin rubor otro miembro de la cámara.

Últimamente, sin embargo, el Senado no sólo sirve para reciclar a políticos en desguace sino también para dar trabajo a intérpretes de las diferentes lenguas hispanas. No parece gran cosa, no, pero con el enorme paro que hay, algo es algo.



Una sociedad en pedazos

¿Qué pasará al final de esta década cuando un montón de jóvenes cercanos a los 40 años sigan sin haber trabajado nunca y sin posibilidad de conseguir un empleo?

Nadie habla de esto cuando se discute cómo, cuándo y a qué precio saldremos de una crisis económica que a mucha gente no le ha afectado ni de refilón. Tras cuatro décadas de progreso y de estado de bienestar, nos hallamos ante una fractura social sin precedentes.

España, con una prolongada tasa del 20% de paro, es el paradigma máximo de lo que algunos teóricos denominan sociedad de los tres tercios.

El primero de ellos, el de los más afortunados, lo componen, grosso modo, no sólo esos ejecutivos que siguen adjudicándose bonus como si tal cosa. En él están también los trabajadores con empleo fijo y actualizaciones salariales y los beneficiados de prejubilaciones a precio de oro. Son, en definitiva, aquellos felices mortales que siguen llenando bares y restaurantes a pesar de la ley antitabaco y provocando largas colas de tráfico los fines de semana.

El segundo tercio, el de angustias y equilibrios a fin de mes, lo integran los funcionarios con salarios reducidos, los pensionistas con haberes congelados y los empleados bajo amenaza de despido.

Y al tercer y último bloque pertenecen los parados irredentos, los trabajadores en precario y de mísero salario y los jóvenes sin empleo.Lo peor de todo es que antes estas situaciones eran temporales y reversibles. Ahora son endémicas y perdurables. La crisis, pues, no resulta igual para todos. Y la hipotética salida de ella seguirá dejando a un tercio de personas en la estacada y a otro en la incertidumbre de una recaída.



Me largo de Facebook


Estoy hasta las narices de Facebook. Así que lo dejo.

No lo hago como esos adolescentes que lo ven ya como un sitio lleno de vejestorios y por eso se pasan a otras redes sociales más cool. Es verdad que quienes más se entretienen hoy día contando todo el rato patochadas y revelando aspectos insólitos de su intimidad son los mayores de 50 años. Allá ellos.

En mi caso, me he sentido agobiado con peticiones de amistad de gente que desconozco; correspondencia indeseada y muchas veces indeseable; recomendaciones de terceras personas que, al no aceptarlas como amigas, me hacían quedar mal ante sus valedores... Han sido adosadas a mi perfil fotos de gentes con las que no comulgo; me han invitado a eventos que no me interesan; se ha pedido mi adhesión a páginas y a campañas cuyos objetivos no comparto; se han introducido en mi intimidad personas que aborrezco; me han hecho regalos virtuales que me sonrojan y, para colmo, he visto falsas encuestas presentadas por sedicentes amigos míos a otros opinando sobre presuntos hábitos de mi modesta persona... La repera.

Y todo eso con lo tranquilo que estaba yo sin meterme con nadie.Ya sé que lo que me ha ocurrido a mí le sucede a todo el mundo. Peor para ellos. También hay quien publica en Facebook lo que piensa sobre su jefe, el nombre de la persona con la que ha engañado a su cónyuge o si planea atracar un banco. Yo, más modesto o más prudente que ellos, no he hecho nada de eso; pero saber que todo lo que se ha escrito en la red queda allí para siempre, sin que uno pueda nunca arrepentirse de ello, me parece tan monstruoso que no quiero seguir colaborando con semejante iniquidad.



Aquellos chinitos de antaño…

Ahora resulta que la economía española, nuestro futuro y el bienestar de nuestros hijos están en manos de China. Alabado sea Dios. El viceprimer ministro de ese país, Li Kejiang, ha firmado contratos por 5.600 millones y prometido comprarnos 6.000 millones de deuda pública y lo que haga falta. No son de extrañar, en consecuencia, los orgiásticos rendibúes ofrecidos desde el Rey hasta el ministro Miguel Sebastián, pasando por Zapatero y el presidente de Repsol, Antoni Brufau.

Hace sólo unas décadas, las Misiones católicas aún recolectaban entre nosotros fondos para “los pobres chinitos”, en cuestaciones con huchas que imitaban cabezas con coleta y tocadas con gorro mandarín. ¡Menudo rendimiento que han sabido sacarle aquellos chinitos de antaño que nos lo devuelven ahora multiplicado por mil!

Ironías al margen, al hablar del vertiginoso y constante desarrollo económico del país asiático —olvidando la sistemática vulneración de los derechos humanos— no se suele destacar un elemento primordial: la laboriosidad de sus gentes. De ello dan fe los millones de emigrantes orientales que pueblan la costa Este norteamericana. Trabajando ellos día y noche, todos los días del año, sus hijos consiguen entrar en la universidad y convertirse en profesionales de prestigio.Aquí, más tímidamente, comienza a haber barrios chinos en nuestras poblaciones principales, accediendo sus ciudadanos incluso a negocios tradicionales españoles. Haríamos bien, pues, en imitar su esfuerzo y su espíritu de sacrificio, en vez de lamentarnos por los recortes de un estado de bienestar al que muellemente nos habíamos acostumbrado.



El mundo después de WikiLeaks


Algunos progres ya pregonan que Julian Assange merece el Nobel de la Paz mucho más que su icono mediático Barak Obama, lo que ya es decir.

Harían bien los Estados Unidos en sumarse a dicha actitud, ya que la develación de los papeles secretos de su diplomacia deja mejor a ese país que a aquellos otros sobre los que chismorrean sus embajadores. Una cosa es detener al soldado Bradley Manning, quien filtró los documentos que debía proteger, y otra muy distinta querer matar al mensajero, es decir, al creador de WikiLeaks.

Quienes antes de las filtraciones creían en un mundo maniqueo, en el que los países pobres eran sojuzgados por el imperialismo yanqui, han descubierto ahora la doblez de regímenes como el paquistaní, que juega indistintamente a favor de los norteamericanos y de los talibanes, o de aquellos dirigentes árabes, como el rey saudí, Abdalá, partidarios en secreto de que se ataque a Irán en vez de a Israel. En no pocas ocasiones, son los propios diplomáticos estadounidenses quienes se escandalizan, por ejemplo, de que el sátrapa de Sudán, Omar Al Bashir, atesore en bancos británicos 6.800 millones de euros mientras que sus súbditos mueren de hambre, o de cientos de violaciones perpetradas por los cascos azules de la ONU en África.

Y es que, al igual que un gigantesco patio de Monipodio a escala global, el mundo que nos desvelan los papeles de WikiLeaks está lleno de truhanes y canallas, cínicos y corruptos, sinvergüenzas y ladrones que, lamentablemente, son quienes están gobernando a millones de ciudadanos.



¿A quién representa la CEOE?


Nuestros representantes políticos, sindicales, empresariales... cada vez están más alejados de sus bases sociales. En ese contexto, ¿la CEOE representa de verdad a los empresarios españoles?
La organización patronal, subsidiada por los presupuestos del Estado al igual que partidos y sindicatos, suele comer en la mano de quien le paga. Unas veces pone a su frente a algún funcionario sin empresa, como José María Cuevas; otras, a un empresario con problemas económicos y judiciales, como Díaz Ferrán. Y, siempre, en pugna con unas Cámaras de Comercio politizadas, con las que ha venido compitiendo en actividades y duplicando funciones. ¡Menudo panorama!

Por si ello no bastara, las grandes empresas del país suelen estar condicionadas por los contratos y por las actuaciones del Gobierno de turno —véanse, si no, las filtraciones de Wikileaks, para salir de dudas—, mientras que a las pequeñas todo son dificultades para ponerse a andar y facilidades para que echen el cierre.

Así no hay sociedad civil que valga, a diferencia de la Europa más desarrollada, donde la opinión de los emprendedores tiene más peso que la de la mayoría de los ministros.

Sería un milagro deseable que las cosas cambiasen ahora con Juan Rosell —autor, en su juventud, de un impertinente librito sobre el capitalismo anarquista o algo así—, pero su actividad oficialista al frente del Foment catalán no induce al optimismo. Habrá que aguardar, pues, a una auténtica revolución moral, social y cívica frente a las instituciones aparentemente representativas para tener así una auténtica esperanza de mejora.


Los planes (probables) de Zapatero


Rodríguez Zapatero negaba la crisis no hace mucho. Entonces las encuestas le eran favorables, nuestro hombre estaba en plena faena de transformar el país de arriba abajo, en un demoledor ejercicio de adanismo político, y probablemente pensaba eternizarse en el poder a falta de ninguna limitación constitucional al respecto.

Ése era el idílico escenario hasta que un día del mes de mayo vio abrirse el abismo económico bajo sus pies.

Ahora, curiosamente, acaba de suscitar la cuestión sucesoria la víspera misma, como quien dice, de reconocer que “necesitaremos cinco años para corregir los desequilibrios estructurales de esta economía”. Y él, claro, no está para esa ingrata labor.

Para ella, y dado que los sondeos electorales le son adversos, ya está Mariano Rajoy, quien arrostraría ese quinquenio —cuatrienio, más bien— de impopularidad ganada merced a las brutales reformas que se avecinan. Tampoco, por supueso, sería él quien se quemase perdiendo ante el PP unas elecciones que truncarían su carrera política. Eso que lo hagan Chacón, Blanco, Pérez Rubalcaba o quien sea. Él se retira a tiempo, con el haber de la Memoria Histórica, la Alianza de Civilizaciones y otras zarandajas por el estilo, y a ver los toros desde la barrera.

Luego, cuando la realidad empitone a diestra y a siniestra, tanto a los políticos del PP como los del PSOE, emergerá él de nuevo, como renovado Mesías salvador que administría los subsiguientes años de bonanza, una vez haya pasado el tsunami económico.

Ésta, claro, sólo es una hipótesis. Pero, conociendo el sutil maquiavelismo de nuestro presidente, resulta una hipótesis inquietante, sí, pero también más que verosímil.


Hechos que nunca sucedieron

Hay gente que, al parecer, no ha existido nunca. Al menos, en la memoria colectiva. Sucede, por ejemplo, con los 250 portugueses desaparecidos cuando la independencia de Angola y que ahora documenta Leonor Figueiredo, hija de uno de ellos. Asesinados en campos de reeducación, prisiones clandestinas o no se sabe dónde, han sido deliberadamente ignorados por los sucesivos Gobiernos de Lisboa, incómodos ante aquella negra página de su historia.

Aquí sucedió algo peor en la última posguerra, en que  los muertos en las filas de Franco eran mártires, con placas conmemorativas, mientras que los cadáveres de los derrotados se confundían en fosas comunes o en las cunetas de carreteras. Hasta a los heridos del bando vencedor se los denominaba “caballeros mutilados”, mientras que los perdedores eran, a lo más, unos “jodidos mancos”.

Ahora, en un revanchismo a posteriori, olvidamos las funestas sacas de la FAI, no menos sangrientas que los paseíllos perpetrados por falangistas, y las torturas a gentes de derechas narradas por Agustín de Foxá en Madrid, de corte a Checa o los interrogatorios a puñetazos por el púgil catalán Grifol en Casa Tapias.

Es que la historia la escriben siempre los que mandan. Por eso han permanecido en oculta ignominia los 200.000 franceses engendrados por los ocupantes del III Reich o se ha silenciado la posterior deportación de 16 millones de alemanes por las tropas aliadas en la posguerra.

Ese perverso enmascaramiento de la historia lo desvela de vez en cuando alguna denuncia, algún libro o alguna tímida revelación que sólo son gotas de sinceridad en un inmenso océano de hipocresía.



Enrique Arias Vega
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