Editado por Eduardo de Lácara
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...........................................Enrique Arias Vega





Los entrenadores españoles

Antes se consideraba que los futbolistas españoles sólo podían poner el patadón, o sea, el músculo, pero que la cabeza, es decir, la dirección técnica, era cosa de extranjeros.

Eso se creía hasta en el Athletic de Bilbao, donde sólo se permite jugar a futbolistas vascos o similares. Pero, en cambio, desde el famoso mister Pentland y su bombín (1920-27) a hoy, por el banquillo de San Mamés han pasado casi tantos técnicos foráneos como españoles.
Tanto caló ese prejuicio sobre la sabiduría futbolística ajena y la ignorancia propia que en la década de los 80 prácticamente todos los equipos tenían entrenadores británicos, argentinos, holandeses... Hoy día sucede justo todo lo contrario e incluso se llega a despedir a personajes ilustres, como Javier Aguirre o Pellegrini.

Los entrenadores españoles son los que cortan, pues, el bacalao y no sólo dirigen ahora a los clubes de nuestra Liga, sino que, con mayor o menor fortuna, hacen incursiones en el fútbol extranjero: Rafa Benítez, Aragonés, Del Bosque, Juande Ramos, Ernesto Valverde, Camacho, Quique Sánchez Flores,…

Es cuestión de éxito, claro, pero también de autoestima. Ahí está, si no, el caso de Xabier Azkargorta, pionero en la salida al exterior en 1993 y que ha entrenado a equipos de tres continentes. El pasado día 13 estuvo una hora con Evo Morales presentando al presidente de Bolivia el plan para una escuela de fútbol que lance ese país al estrellato deportivo.

Ya ven si resultan convincentes los entrenadores españoles. El día en que los presidentes extranjeros hiciesen el mismo caso a nuestros políticos que a nuestros entrenadores otro gallo nos cantaría.


El enemigo interior

Ninguna de las celebraciones tras la victoria del fútbol español fue perturbada por energúmeno alguno en el ancho mundo. Eso nada más sucedió, aunque episódicamente, en la propia España. No sólo en Euskadi y Cataluña, donde era previsible, sino que incidentes violentos ocurrieron también en Andalucía y otros lugares. Y es que aquí no necesitamos enemigos exteriores, que para eso nos bastamos nosotros mismos.

Hace años, un norteamericano nada ducho en historia, me preguntó si nuestro país estaba muy unido a Francia debido a haber sido aliados ambos países en la Segunda Guerra Mundial. “Se equivoca usted —le contesté—, nosotros no participamos en ésa ni en otras guerras exteriores; a nosotros lo que de verdad nos gusta es matarnos unos a otros”.

Ahí está la historia para corroborar esta truculenta afición. En los últimos 300 años hemos tenido cinco guerras civiles y otras dos que, bien mirado, podrían considerarse como tales.

No quiero decir con esto que nos hallemos ante el embrión de un nuevo conflicto, válgame Dios. Y lo explicito de inmediato porque siempre hay quien pretende sacarle tres pies al gato y nos atribuye a los demás lo que no hemos dicho. Pero sí se practica una política de amedrentar al rival ideológico, que va desde tachar a los futbolistas Puyol y Xavi de botiflers (traidores) en blogs independentistas catalanes hasta rajar a un fulano por vestir la camiseta de la selección.

Se trata de hechos aislados, sí, pero valdría la pena ir aprendiendo a ser separatistas, centralistas o mediopensionistas sin necesidad por ello de romperle la crisma a nuestro vecino.


El éxito del deporte español

Ya habría querido el general Franco los éxitos deportivos de ahora para anestesiar políticamente con ellos a los súbditos de su dictadura. Pero en sus casi 40 años de régimen de penuria apenas si se dieron las hazañas de Bahamontes, Santana y pocos más.

Sólo el fútbol dispuso de suficiente dinero con el que contratar (y naturalizar) a profesionales foráneos como Di Stéfano o Kubala. Ese dispendio futbolístico continuó en la era democrática atrayendo jugadores de todas partes que han hecho de la española la mejor (y la más cara) Liga del mundo.

Hubo que esperar a 1986, cuando Samaranch otorgó los Juegos Olímpicos a Barcelona, para que cambiasen las cosas. Se inventaron entonces las becas ADO, las empresas incluyeron el deporte en su política de marketing y el Estado gastó dinero a espuertas para así conseguir medallas.

Con esa generosa política económica hemos llegado a ser una potencia mundial en fútbol y en baloncesto, en tenis y en ciclismo, y hasta en deportes de motor. Todo el mundo conoce ahora los nombres de Torres y Gasol, Nadal y Contador, Sete Gibernau y Fernando Alonso. Menos gente, en cambio, sabe que nuestro gasto en deporte es desproporcionado al PIB nacional. Y no me refiero, que conste, a la abrumadora prima a nuestros futbolistas por ganar el mundial.

Ésa, y no otra, es la explicación del éxito del deporte español. Si semejante inversión la hubiésemos dedicado al I+D+i, por ejemplo, hoy día la competitividad de nuestra maltrecha economía sería muy otra y nos hallaríamos en cabeza de la tecnología mundial. Pero, claro, entonces nuestra vida cotidiana resultaría más aburrida que ahora.



Por qué soy euroescéptico

Cada vez que voy a Bruselas vuelvo más euroescéptico. Lo malo, con todo, no es lo que me ocurre a mí, sino que desde el día 1 preside la Unión Europea Bélgica, un país fracturado que ni siquiera cree en sí mismo. Así que ya me dirán.

Los años de bonanza económica consiguieron camuflar la división de una UE que no logró aprobar una modesta Constitución y cuyos miembros discrepan sobre políticas fiscales y laborales, migratorias y energéticas, sobre el intercambio de información financiera y la protección a paraísos fiscales de su propio ámbito y hasta sobre las normas de tráfico.

Ahora, con la crisis, se evidencian todos los descosidos aunque los 34.000 funcionarios de Bruselas continúan viviendo al margen de los problemas y los parlamentarios europeos no ceden uno solo de sus 8.000 euros de sueldo mensual ni renuncian a sus cientos de asesores.

 La UE seguirá legislando, pues, sobre el tamaño de los tetrabricks o el número de viñedos, pero no tiene una política común sobre Kosovo o Turquía, Cuba o Afganistán, lo que convierte en irrelevante su papel internacional. A cualquier militar holandés le molesta ser mandado por un italiano o a un polaco por un español. Berlusconi impidió al BBVA hacerse con la Banca Nazionale del Lavoro, Zapatero que E.ON entrase en Endesa y ahora Sócrates que Telefónica compre Vivo.

¡Si hasta los franceses andan cabreados porque pretenden jubilarles a los 62 años cuando aquí se hace a los 65! ¿Es esto unidad o un patético sarcasmo? Por eso, muchos que presumen de europeístas sólo encubren con ello, en el fondo, el mantenimiento de una hipócrita y flagrante desigualdad.


Cómo se consigue un empleo

La reforma laboral abaratará el despido. Seguro. No es tan evidente, en cambio, que sirva para reducir el paro, entre otras razones, por la anquilosada estructura del Inem, convertido en mero dispensador de subsidios de desempleo.

En más de cuarenta años de vida laboral, me he visto abocado al paro en tres ocasiones. Pues bien: en todas ellas logré un nuevo empleo por mí mismo; el Inem ni me hizo ofertas, ni evaluó mi competencia profesional, ni me ofreció cursos, ni intentó reciclarme ni nada de nada. Supongo que mi caso no es la excepción, sino la norma.

Pero es que en este país las cosas siempre han funcionado así. Y así nos va.

Lo importante no es la capacitación laboral o el mérito profesional, sino el amiguismo: tener una buena recomendación sale más a cuenta que estudiar una carrera o presentarse a una oposición.
Me lo hizo ver una pareja de emigrantes asturianos que regentaba un modestísimo bar en República Dominicana cuando yo me iniciaba en esto del periodismo: “Sólo tenemos una hija —me dijo la mujer—, pero está estudiando en Suiza”. Ante mi perplejidad, añadió: “A nosotros no nos queda dinero ni para comer, pero queremos que nuestra niña se relacione en un colegio caro y que tenga así compañeros que le den un buen trabajo el día de mañana”.

A eso se le llama visión de futuro.

Lo peor es que ese sistema se ha generalizado y ya causa estragos hasta en nuestra clase política. Como decía un personaje público catalán esta misma semana: “Ahora la gente obtiene los cargos políticos por enchufe, no hay más que ver el nivel de estudios de los consellers y de los ministros”.

Pues eso.



Pluralismo informativo


Nunca como ahora, desde que uno tiene memoria, los medios de comunicación han sido tan partidistas. Visto desde el lado positivo, se puede presumir de pluralidad informativa. Desde un punto de vista opuesto, es que en vez de información hoy recibimos adoctrinamiento.

El creciente fenómeno se produce en todos los soportes mediáticos. Los últimos canales televisivos, por ejemplo, ocupan los extremos del arco ideológico: por un lado, La Sexta y Canal Cuatro; por otro, Intereconomía y Libertad Digital. Eso, en principio, no es ni bueno ni malo; simplemente es.

Y no digamos de la prensa escrita, con los dos diarios más jóvenes también los más escorados en el espectro doctrinal: Público y La Gaceta. El mayor inconveniente de esta realidad es que los lectores exclusivos de un medio —u oyentes de una única emisora o espectadores de una sola cadena de televisión— tienen la percepción de vivir en un país distinto del de su vecino, lo cual, si no se corrige a tiempo mediante una mayor diversificación de fuentes informativas, puede llevarles desde la paranoia hasta la confrontación vecinal.

Esa situación esquizofrénica la acrecienta la proliferación de medios digitales, unos de su padre y otros de su madre, como es legítimo. Y no hablemos de las televisiones públicas, más pendientes en general de la consignas del Gobierno autonómico de turno que de las noticias en sí mismas: si alguien quiere enterarse de lo que sucede en su Comunidad, la que fuere, más le vale conectar un canal geográficamente bien distante.

Lo más curioso es que estos hechos están ahí, ante nuestros ojos, pero los periodistas jamás nos atrevemos a reflexionar públicamente sobre ellos.


Asesores, liberados y otros derroches

No aprendemos.
En plena fusión para mejorar su eficacia financiera, Caja Duero pasa de los 120 consejeros generales en la actualidad a 160, para equipararse así a su partenaire, Caja España. O sea, que durante los dos próximos años 320 consejeros de la entidad resultante cobrarán dietas como si nada.

Es un ejemplo más del derroche que no cesa.
¿Y qué decir de los 8.115 municipios españoles que tienen 74.211 cargos públicos y 655.000 empleados? Eso, hasta sería legítimo. Pero es que luego los políticos electos designan a dedo a un número indeterminado de amigos, colegas y paniaguados con el pomposo nombre de asesores y sueldos sin control público.

En la Comunidad Valenciana, por ejemplo, las diputaciones provinciales y los ayuntamientos de las tres capitales provinciales dan ocupación, además de a 178 cargos electos, a otros 294 asesores que no han pasado prueba de selección alguna y que cuestan 12,2 millones anuales a las arcas públicas.

Otra de las singularidades de nuestro sistema institucional es el de los liberados sindicales, es decir, de aquellos empleados que dedican su tiempo no a trabajar, sino a velar por los derechos de sus compañeros, cobrando, eso sí, de la empresa en que están contratados. Las opacas cifras de esa actividad alcanzarían a 57.000 profesionales sindicales con un coste anual de 1.600 millones.

Ya ven que así no hay manera de aumentar la productividad dichosa. Es lo mismo que la vigente subvención a la minería del carbón: nos saldría más barato cerrar las minas y mantener a los mineros mano sobre mano a mesa y mantel.

Lo dicho: mucha crisis, pero seguimos sin aprender nada de nada.


Los mejores emigran

En estos dos últimos años de crisis económica han emigrado 120.000 españoles. Hasta esa fecha, el fenómeno había sido el contrario: la recepción de una avalancha de inmigrantes, poco o nada capacitados, merced a una miope política de papeles para todos. Ahora, en cambio, el perfil de nuestros emigrantes es el de jóvenes entre 25 y 35 años, profesionales con estudios y altamente cualificados.

O sea, que la productividad resultante de nuestra fuerza de trabajo desciende necesariamente.
Además, ya no sucede como antaño, en que sólo abandonaban el país los jóvenes investigadores carentes de medios en España. Es más, para impedirlo, José María Aznar propició hace quince años una efímera operación retorno de cerebros fugados y que nos permitió recuperar, por ejemplo, y sólo en el ámbito de la oncología, a Mariano Barbacid, Eugenio Santos o Joan Massagué.

Pero ahora no es que huyan solamente los científicos, atraídos por las altas posibilidades de I+D+i en el Reino Unido, Alemania o Estados Unidos, sino que la diáspora se ha extendido a otros profesionales, como economistas, ingenieros o sociólogos. Muchos de ellos aprovechan becas para estudios de postgrado en el extranjero y, mediante la formación y los contactos adquiridos, acaban fichando por empresas multinacionales.
Se trata, pues, de un empobrecimiento nacional colectivo cuyas consecuencias se verán en el próximo futuro. A escala europea ya lo ha advertido el grupo de sabios que preside Felipe González: tenemos que competir por captar inmigrantes cualificados, como hacen Canadá, Australia y Estados Unidos, o simplemente nos quedaremos para vestir santos.
        
   


El uso de las lenguas

Mi primo norteamericano Michael ha perdido su lengua castellana materna y no se siente por ello más incomunicado con su entorno ni con el mundo en general.

Por eso, creo modestísimamente que la desaparición de remotos idiomas en la Polinesia o en el Asia central no supone una mutilación irreversible de la cultura universal, como pregonan algunos, sino solamente una modificación de los instrumentos de comunicación humana. Nada más. Lo mismo opina Rick, mi profesor de inglés, nada apenado el hombre por ignorar la lengua noruega de sus ancestros que emigraron a Estados Unidos.

 Es que los idiomas evolucionan y las personas también. No olvidemos que algunos de los mejores escritores en lengua inglesa nacieron en Irlanda: James Joyce, Oscar Wilde, Bernard Shaw,… sin que eso desdiga de su exquisita escritura. Por otra parte, dos de los más excelsos poetas franceses de finales del siglo pasado han sido el martiniqués Aimé Césaire y el senegalés Léopold Sédar Senghor.

El idioma, en realidad, cualquier idioma, es la patria que acaba escogiendo el ser humano para realizarse en plenitud. Lo han hecho escritores de todos los tiempos y lugares. Samuel Beckett abandonó el inglés por el francés, lo mismo que hicieron con sus lenguas respectivas el dramaturgo rumano Eugène Ionesco o el español Agustín Gómez Arcos, pongo por caso. Otros rumanos, en cambio, como Vintilia Horia o Valentín Popescu, se pasaron al castellano.

Ninguno de esos autores, ni muchos otros, hicieron de la lengua un casus belli sino que creyeron que los idiomas son un territorio universal y libre al alcance de cualquiera que los ame.
        

América Latina no existe

La ignorancia de Europa, España incluida, sobre América Latina lleva a considerarla un subcontinente homogéneo. Y, claro, así nos va luego en nuestra errática política exterior.

La verdad es que nada tienen que ver cultos países europeizados, como Argentina, Chile y Uruguay, con sus indigenistas vecinos de Bolivia, Paraguay y Ecuador. Más distancia, y no sólo geográfica, existe entre la irreparable miseria de Haití y la emergencia de Brasil como gran potencia mundial.

Las diferencias, incluso, han llevado a antagonismos, sin necesidad de remontarnos a la Guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay o a la más reciente del Guerra del Fútbol entre Honduras y El Salvador. Perú y Ecuador, por ejemplo han litigado durante dos siglos por un territorio fronterizo equivalente a media España. Argentina, aun sin haber cerrado del todo sus heridas con Chile por el apoyo logístico de éste a Gran Bretaña durante la Guerra de Las Malvinas, ha abierto una nueva disputa con Uruguay por la instalación de una papelera cercana a Gualeguaychú. Todo eso, sin aludir a la conocida la animadversión de Hugo Chávez y Álvaro Uribe, dirigentes respectivos de Venezuela y Colombia.

Es en el ámbito político, precisamente, donde más se evidencian las diferencias entre regímenes autoritarios como los de Cuba y, en menor medida, Nicaragua, Bolivia y Venezuela, y la tradición democrática de México y Costa Rica, por ejemplo.
Por todo esto, considerar a América Latina una unidad a la hora de llegar a acuerdos con ella, no sólo supone una imprecisión lingüística, sino que constituye un error diplomático de imprevisibles consecuencias.
        
  


ITV autonómica

Detiene mi coche la policía y me dice que mi certificado de ITV carece de validez porque el vehículo está matriculado en Valencia y la revisión se hizo en Salamanca, donde hay una normativa diferente. Multa: 150 euros.

O sea, que no sólo son distintas las licencias de caza en cada autonomía, como evidenció la famosa cacería del ex ministro Fernández Bermejo, sino las normas de inspección de vehículos y hasta el etiquetado de latas en supermercados según sea la lengua vernácula respectiva.
Y no digamos nada de los requisitos para algunos empleos, los contenidos de la enseñanza o la misma atención sanitaria, con esperpénticos traspasos de enfermos de una ambulancia a otra en el linde de algunas autonomías.

Así no hay manera de tener un mercado único ni mejorar la dichosa productividad que nos permita salir de la crisis. La propia UE, en el informe de expertos presentado por Felipe González, denuncia los obstáculos a la libre circulación de bienes y servicios dentro de Europa: y eso sin contar con la creciente fragmentación del mercado español.

En vez de agarrar a ese toro por los cuernos del ahorro, Rodríguez Zapatero ha preferido apretar el cinturón de inocentes compatriotas. Si, en cambio, lograra evitar la duplicidad de funciones entre las comunidades autónomas y el Estado, se economizarían 24.000 millones, según estudio del partido de Rosa Díez. ¡Y no hablemos de los 2.000 millones de pérdidas anuales de las prescindibles televisiones autonómicas!

De momento, y en espera de que el sentido común se imponga algún día, me conformo con volver a pasar la ITV, aunque para ello tenga que cruzar media España.
     


Los ricos, cada vez más ricos

Mientras cada día más españoles engrosan las listas del paro, Alfredo Sáenz, consejero delegado del Banco Santander, gana 10,23 millones al año. Además, su plan de pensiones, que cobrará cualquier día de éstos, es de 85,7 millones, es decir, mil veces superior a la media de los demás mortales.

Es sólo una contradicción más de las que se producen en estos tiempos de crisis. En Gran Bretaña, por ejemplo, los más ricos han aumentado su patrimonio durante 2009 en un 30 por ciento, empezando por el rey del acero, Lakshi Mittal, quien atesora 28.000 millones.

Lo mismo sucede en el resto del mundo. Tras los crecientes problemas para una mayoría de ciudadanos, ni siquiera los culpables del crack financiero en Estados Unidos han perdido un duro: Richard S. Fuld, el presidente que hundió Lehman Brothers, cobró 325 millones en los siete años anteriores. Y Stanley O´Neal, ex presidente de Merril Lynch, dejó la empresa en la agonía, llevándose 125 millones.

En España estamos a otro nivel, claro, pero Fernando Martín, que llevó Martinsa a la suspensión de pagos y condujo a muchos trabajadores al paro, ha cobrado el año pasado 2,6 millones. También los consejeros de la problemática Caja Sur han aumentado su sueldo mientras que los también prescindibles de Caja Duero y Caja España han aprobado el conservar sus puestos tras el forzado proceso de fusión.

Vivimos, pues, en Jauja. Claro que de un país en el que el máximo representante de los empresarios, Gerardo Díaz Ferrán, está con pie y medio metido en la quiebra cabe esperar cualquier cosa. Y de reformar todo este patético panorama nadie dice ni palabra…



La estratégia de Zapatero

Por décima vez en quince meses, Zapatero ha dicho, impertérrito, que la crisis económica ha tocado fondo. Una oposición inane y desnortada no ha sido capaz de tomarle la palabra y emplazarle para que dimita si el mes que viene sigue creciendo el paro.

Y es que unos y otros están más ocupados en absurdos fuegos de artificio sobre la Memoria Histórica, Garzón, el Tribunal Constitucional, los estatutos de autonomía y demás cuestiones perfectamente prescindibles. Pero ya se lo dijo Zapatero a Iñaki Gabilondo, a micrófono aparentemente cerrado, hace un par de años: “A mí lo que me interesa es crear tensión”.

Es su mejor receta contra la crisis. Lástima que no le valga para la Europa que le ha tocado presidir en mala hora y que ve cómo se desmorona la economía griega, la solidaridad de la UE hace aguas y todos los políticos están más pendientes de salvar sus propios muebles —o sea, ganar elecciones— que salir del marasmo económico.

En ese contexto, los ciudadanos europeos ven cómo peligra su estado de bienestar y comienzan a salir a la calle —primero, en Grecia, en Portugal a continuación, y los que seguirán—, sin poner en cuestión a una clase política endogámica e ineficaz y a unos dirigentes empresariales que se han hecho aun más ricos a costa del empobrecimiento colectivo.

Por suerte para Zapatero, él ha exhumado el franquismo y otros fúnebres espantajos de nuestro pasado colectivo para tener entretenido al personal en rencillas históricas en vez de afrontar los problemas del presente. Así, con un poco de suerte, corre el tiempo y puede llegar en mejores condiciones a las próximas elecciones generales.
        
        

De Baltasar Garzón a José Bono

Presumo la inocencia de Baltasar Garzón, como la de cualquier otro imputado no condenado por los tribunales.

Lo único que me perturba de los probables delitos de prevaricación es que siempre suele haber un Alfredo Pérez, El Bigotes, dispuesto a regalar un traje o un reloj para ver si él recibe en compensación alguna gabela. Por eso, también, sospecho de quien financia generosos cursos y conferencias como las de Garzón. Tampoco resultaron gratis los doctorados honoris causa recibidos hace años por el entonces banquero Mario Conde, quien paró de obtenerlos tras ingresar en la cárcel, aunque no dejase por ello de ser menos listo que el día anterior.

Y es que nos hemos acostumbrado a que los favores, el amiguismo o la connivencia sean el pan nuestro de cada día, trátese de una caja de ahorros que condona la deuda de un partido político afín, que renueva el préstamo impagado por un consejero como Díaz Ferrán, o que financia obras ruinosas impuestas por el presidente autonómico de turno.

No hace falta que ese tráfago de favores se materialice en el acto. El mero hecho de producirse viene a ser una especie de aviso o recordatorio: “Hoy por ti; mañana por mí”. Eso, aunque el recipiendario del favor sea más honesto que una virgen y nunca vaya a pagar con la misma moneda.

Es lo que ocurre con José Bono, cuya declaración de bienes es de una transparencia prístina. Ahora bien: que haya recibido 700.000 euros por unas memorias no escritas es algo que no les sucede, ni juntos, a Pérez Reverte, Juan Marsé y Antonio Gala.
Que semejante hecho pueda producirse sin que nadie se sonroje por ello da una correcta imagen de los parámetros morales en los que nos movemos.
        
        

El absurdo lío de El Cabañal

Si hace cien años la apertura de la Gran Vía madrileña hubiese tenido para su creación la mitad de los problemas que El Cabañal valenciano, Madrid continuaría siendo la agobiante y envejecida ciudad de los austrias, en vez de la amplia villa cosmopolita de hoy día.

Pero la bulla callejera de una minoría, ampliada por el ruido mediático y por un Gobierno central en guerra política contra la alcaldesa Rita Barberá, ha conseguido la paralización judicial de las obras, mientras que el viejo barrio marinero se degrada aún más, si es que eso resulta posible.

Lo bueno del caso, en esta paradójica sociedad de sobreabundante desinformación, es que las autoridades valencianas no pretenden la demolición de una zona que ellas mismas declararon Bien de Interés Cultural, sino la prolongación a través de ella de una avenida que abra la ciudad al mar y regenere el deprimido barrio noucentista. Ésa, al parecer, es una aspiración compartida por la mayoría silenciosa de unos vecinos hastiados de la mugre y del abandono y del asentamiento en el territorio de okupas, camellos y otras especies urbanas de nuevo cuño. Al menos, un pliego con 11.000 firmas avala tal hipótesis.

Ésa es la otra cara de lo que ocurre en El Cabañal donde, curiosamente, el programa de derribos y mejoras propuesto por el Ayuntamiento consiguió la mayoría de votos en las pasadas elecciones municipales. Claro que todo esto resulta menos excitante que hablar de abusos y de expolios a expensas de los reales intereses de unos vecinos que poco a poco abandonan un barrio convertido en el Beirut Oeste donde los políticos dirimen sus particulares conflictos al margen de las urnas.



Una persona, dos votos

Hasta ahora, 1,3 millones de españoles tienen el doble de capacidad de voto que el resto de sus conciudadanos. Son aquellos residentes en el extranjero que, sin haber estado nunca en España muchos de ellos, pueden votar tanto a Hugo Chávez en Venezuela, por ejemplo, como a Rajoy o Rodríguez Zapatero en nuestro país.

Esa perversión de la democracia parece tener los días contados ya que PP y PSOE comienzan a darse cuenta del dislate: ¿por qué ha de depender quién sea alcalde de Vigo, pongo por caso, de aquéllos que jamás han estado en la localidad gallega ni piensan estarlo?

La sesuda reflexión de nuestros políticos les ha llegado sólo en vísperas de la naturalización de 300.000 nietos de españoles con derecho a nuestra nacionalidad, a resultas de la Ley de Memoria Histórica: son ya demasiados electores foráneos para que dependa de ellos la gobernación del país. Ya antes, en las elecciones generales de 2008, su voto hizo ganar en Barcelona un diputado a CiU, en detrimento del PP, y en Tenerife perder un senador a Coalición Canaria en beneficio del Partido Popular. Más delicado es el caso de Galicia, donde el 12% del censo vive en el extranjero y donde por poquísimos votos puede depender el signo del Gobierno autonómico.

Se comprende, por consiguiente, tanto viaje de los líderes regionales de los partidos en busca del voto emigrante. Por suerte, dentro de poco, se hará bueno, por fin, el viejo aforismo democrático de “una persona, un voto”, y los respectivos lehendakaris de las 17 comunidades autónomas tendrán un argumento menos para hacer sus habituales y onerosos viajes al exterior con el dinero de todos.


Lo que sobra en España

Probablemente sobren funcionarios, como dice la vicepresidente Elena Salgado. Pero más obvio que eso es la inutilidad de muchísimos altos cargos, nombrados a dedo, sin pasar prueba alguna y con el único mérito de ser amigos del gerifalte de turno.

Otra fuente de empleo fácil, sólo para políticos amortizados, sobrinos, cuñados y demás parientes de quienes mandan, son esos 5.000 entes públicos que durante los últimos años han florecido como hongos en el Estado, en las comunidades autónomas y en los municipios.

Y es que la voracidad de nuestros políticos parece no tener límites. En la Comunidad Valenciana, por ejemplo, el número de parlamentarios ha pasado de 89 a 99 de una legislatura a otra sin que aumente por ello el número de sesiones, de debates y de leyes. Para mayor inri, esos mismos diputados regionales se dotaron de una generosa jubilación que ahora, tras el escándalo de su agravio comparativo con el resto de los mortales, tratan tardíamente de enmendar.
        
Si ser consejero de un ente público no requiere mayor cualificación, tampoco a los de la empresa privada se los controla suficientemente en cuanto al número de compañías en las que participan ni a las cuantiosas e injustificadas cantidades que perciben. La indemnización de 106 millones a Ángel Corcóstegui cuando dejó el Banco de Santander o los 52 de Ignacio Goirigolzarri por irse del BBVA son un doloroso sarcasmo para esos millones de parados que sobreviven como pueden.
Mientras Rodríguez Zapatero no meta mano a tanto despropósito, cualquier anuncio de contención del gasto público suena a hipócrita cinismo de un Gobierno desnortado.
        
        

¡Quién fuera funcionario!

Hace 20 años, cuando Mario Conde ejemplificaba el pelotazo financiero, los universitarios españoles querían de mayores ser empresarios. Ya con el banquero en la cárcel, prefirieron ser funcionarios. Y la Administración ha satisfecho cumplidamente sus deseos: mientras que en los 27 países de la UE ha disminuido un 1,4% el número de funcionarios en esta década, en España ha crecido un 32%.

Ahora, en plena crisis económica, teniendo el Estado que recortar el déficit público, en vez de adelgazar el coste de este colectivo, como sería de esperar, aumenta sus sueldos un 4%. ¡Menuda paradoja!

Para compensar el despropósito, la vicepresidente Elena Salgado anuncia que de cada diez funcionarios jubilados se amortizará el puesto de nueve de ellos. O sea, que en lugar de repartir el trabajo para no destruir más empleo, se vaticina un nuevo aumento de paro, esta vez por la vía funcionarial.

 Y es que el Gobierno de Rodríguez Zapatero, con tal de no acometer reformas en profundidad —financieras, fiscales, laborales,…—, va creando un monstruo económico a golpe de parches, improvisaciones y ocurrencias varias. Ya en su momento, el entonces ministro Jordi Sevilla quiso reformar el estatuto de la función pública, introduciendo en él criterios de movilidad, eficacia y hasta de rescisión contractual y, en vez de conseguirlo, fue él mismo puesto de patitas en la calle por su jefe.
El exceso de acomodados funcionarios en España —magníficos profesionales muchos de ellos—, con duplicidad de funciones entre las distintas administraciones del Estado, evidencia finalmente la falta de criterio y de rigor a la hora de encauzar nuestro futuro económico colectivo.


El síndrome de Bibiana Aído

El mayor servicio que podría prestar Bibiana Aído a este país es retirarse y llevarse a casa, de paso,  su prescindible ministerio entero.

Proponer que en la “formación troncal” de todos los universitarios se incluyan “la igualdad, los estudios de género y la tradición intelectual e histórica del feminismo” es la concluyente prueba del nueve de que ya no sabe qué hacer para justificar su innecesario cargo.

Puestos a sugerir conocimientos útiles para la vida cotidiana al margen de los estrictamente académicos, se me ocurren los financieros, los sanitarios o los musicales, tres ámbitos en los que los ciudadanos del común andamos absolutamente en cueros y así nos va como nos va, pero la Universidad, con todo, es para otra cosa. La Universidad está para aportar un saber superior que mejore la vida colectiva de la sociedad y ninguno de nuestros 69 centros docentes, dicho sea de paso, se halla entre los 100 mejores del mundo, lo que ya da que pensar.

La acción política del Gobierno de Rodríguez Zapatero está, pues, en contra no ya de la excelencia —la estrictamente académica y la otra— sino del sentido común: sobran ministros y ministerios, entes públicos y asesores nombrados a dedo que trufan su actividad con meras ocurrencias mientras la crisis económica nos sube pantalones arriba.

En esta hora, en lugar de proponer bufonadas habría que acrecentar el nivel técnico y cultural de nuestros alumnos, aumentar la productividad de nuestras empresas y, en vez de subsidios que perpetúen a la gente en el paro, gastar el dinero en crear empleos. Pero, claro, con Bibiana Aído y sus congéneres en el Gobierno, todo eso resulta pura quimera.


Enrique Arias Vega
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