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...........................................Enrique Arias Vega
Padres maltratados

Las personas mayores son otras víctimas de la crisis económica actual cuando sus hijos desaprensivos quieren aprovecharse de ellos.
Por suerte, cada vez existen entre nosotros menos menores maltratados merced al celo de las leyes y a la vigilancia de los poderes públicos. La otra violencia familiar, la ejercida sobre las mujeres, también va ensanchando su rechazo, a Dios gracias, en una opinión pública cada vez más sensibilizada con ese drama. Pero, ¿y nuestros mayores?, ¿quién defiende a nuestros mayores?
El maltrato a los ancianos se trata de una “violencia invisible”, en palabras de la psicóloga chilena Ximena Santa Cruz, ya que ni ellos mismos se atreven o pueden protestar la mayoría de las veces.
Los expertos calculan que en España el 5 por ciento de los ancianos, o sea, unas 300.000 personas, son maltratados por su entorno familiar. Una barbaridad. Hace unos años, los periódicos dieron cuenta de la pelea de los miembros de una familia que se fueron pasando unos a otros la abuela en plena calle hasta dejarla abandonada en medio del tráfico. Aquel incidente se saldó con una minúscula multa de 240 euros. Semanas antes, como ominoso contraste, el abandono de un animal doméstico había sido multado con 20.000 euros.
Ya ven lo poco que nos importan nuestros mayores.
Ahora, por culpa de la dichosa crisis, los hijos más desalmados aumentan la explotación física, emocional y económica de sus padres hasta conseguir dejarlos exangües, incluso, de forma literal, es decir, matándolos. Tal como suena.
Pan para hoy... y hambre para mañana

Ha bastado el anuncio de un mínimo cambio en la edad de jubilación para sacar los sindicatos a la calle y provocar el cabreo de la mayoría de los ciudadanos. Lo más grave, con todo, es que un Gobierno pusilánime y acobardado se ha arrugado a la primera de cambio. ¿Es éste un Gobierno con temple para sacarnos de la crisis?
Tan poco dispuesto parece a agarrar el paro por los cuernos que, tras amagar con congelar el sueldo de los funcionarios, inmediatamente propone como forma de reducir el déficit el no reemplazar a nueve de cada diez funcionarios que se jubilen. O sea: más paro.
Tanto teme Rodríguez Zapatero la impopularidad, que prefiere mantenernos en la crisis a pedir sacrificios compartidos para superarla. Ya ha visto la marimorena que se ha armado en Grecia con las duras medidas anticrisis y a él nadie le va a pillar en algo ni remotamente parecido.
Lo malo es que para crear empleo hay que modificar el mercado laboral y, por supuesto, acabar con las prejubilaciones doradas y los sueldos e indemnizaciones millonarias de los ejecutivos. También, aunque sea duro, reducir prestaciones a corto plazo —incluyendo, incluso, el llamado copago de la sanidad— para poder preservarlas dentro de treinta años. Claro que a nuestros políticos lo único que les importa son las próximas elecciones: el problema de la siguiente generación les trae sin cuidado.
De no atarnos, pues, los machos, no podremos aguantar indefinidamente ese 22 ó 23 por ciento de población en paro al que algunos economistas, como el catedrático catalán Santiago Niño, prevén que por desgracia pronto habremos de llegar.
Nunca volveremos a ser ricos

No somos los más ricos del mundo, pero como si lo fuéramos. Un ciudadano de Luxemburgo o de Estados Unidos vive siempre agobiado por los plazos y las hipotecas, no dispone de un mes anual de vacaciones y salir de juerga por las noches le cuesta un pastón.
Aquí, en cambio, no nos hemos privado de nada y, cuando no nos alcanzaba el efectivo, obteníamos préstamos para ir de turismo a las Seychelles o para hacernos un lifting. El resto nos lo costea la Seguridad Social, que hasta dispensa medicamentos sin necesidad de visita médica. Si esto no es vivir como un rajá, que venga Dios y lo vea.
Por tener, hasta nos sobran viviendas, una vez comprada la segunda y hasta la tercera residencia, a diferencia de otros lares, donde la gente se contenta con vivir de alquiler y los jóvenes comparten alojamiento en lugar de aspirar a piso propio.
Con tanto bienestar acumulado y tanta juerga a las espaldas, resulta que el país debe dos veces y media lo que produce al año, justo cuando un 20% por ciento del personal ha perdido su trabajo, vencen las hipotecas y los bancos ya no prestan ni un euro para financiar el derroche disfrutado.
Para empezar a crear empleo, nuestra economía debe crecer un 2,7% al año, lo que tardará en suceder por la poca competitividad, la baja productividad y el crecimiento de la deuda. Puede pasar una década hasta que se absorba todo el paro y volvamos adonde estábamos.
Pero en ese arduo camino ya nada volverá a será igual: ni las relaciones laborales, ni los hábitos de consumo. El efecto de la crisis no se refleja, pues, en un simple cuadro estadístico, sino que supone la quiebra de todo un estilo de vida.
¿A quién ha convencido ZP?

Tras la tregua del Financial Times y de la agencia Moody’s, Rodríguez Zapatero saca pecho y hasta promete ayudar a Grecia. Por dinero que no quede, dice el recordman del paro en Europa, quien en vez de crear empleo acuerda prolongar el subsidio a los parados.
A mí, en cambio, como a Paul Krugman, el Nobel de Economía afín a ZP, me parece que vamos hacia una larga deflación con un insostenible desempleo del 20%. Lo demás es pura fe del carbonero.
Se puede creer, porque sí, que reduciremos el déficit público de unos presupuestos más falsos que Caín, con el 80% del gasto ya asignado a irrenunciables temas sociales. También, que disminuirá el paro cuando por el contrario crecen los salarios, el Gobierno se arruga en la edad de jubilación, no reforma el mercado laboral para que se reparta mejor el trabajo ni incentiva a los empleadores en vez de sufragar el desempleo.
Eso es lo opuesto a lo que ocurre en Estados Unidos, donde se ha digerido la burbuja inmobiliaria al depreciarse el ladrillo un 50%, manteniéndose así el nivel de compraventa y el movimiento de dinero y saneándose de paso los activos financieros. Aquí, las Cajas mantienen unos balances sobrevalorados, se resisten a fusiones intracomunitarias, están entrampadas hasta el cuello con las instituciones en vez de con los particulares y aspiran al dinero público para mantener el statu quo de sus directivos.
Enumerar la cantidad de tareas pendientes no cabe en esta cuartilla. A lo mejor, sí, logramos reducir el déficit y la deuda, pero crecer económicamente, crear empleo y recuperar el bienestar perdido es otro cantar bien distinto y bastante más lejano.
Eastwood, Mandela, Franco y Zapatero

Nada más acabarse el ominoso apartheid y llegar al poder, el presidente sudafricano Nelson Mandela integró a sus antiguos verdugos en el país multirracial que comenzó a construir. Lo dice en el filme Invictus, de Clint Eastwood: “No me interesa el pasado, sino el futuro”. Así, en vez de un revanchista baño de sangre sentó las bases para el despegue de un país que parecía imposible.
Ése es, en resumen, el argumento de la película de Eastwood. La anécdota: cómo consiguió que el equipo nacional de rugby, compuesto por blancos, fuese aceptado como propio por la otrora marginada y reprimida mayoría negra.
Semejante metáfora de la concordia sucedió sólo hace 15 años. Y nadie ha reclamado el castigo retrospectivo de los crímenes del apartheid.
Aquí, en cambio, acabo de leer un vitriólico artículo, en el periódico de más circulación de España, pidiendo el castigo de crímenes del franquismo, es decir, de hechos ocurridos hace 70 años.
Con todo, lo más grotesco del asunto no es el abrir heridas restañadas que, en cambio, otros países que anteponen la fraternidad al rencor han dado ya por olvidadas. No. Lo peor es que aquí también se dio —en falso, a lo que se ve— el paso propugnado por Mandela, el político más importante de finales del Siglo XX. Aquí hubo una amnistía política en 1977 en la que se excarceló a gente con crímenes horribles —asesinos de ETA, por ejemplo—, algunos de los cuales en seguida volvieron a delinquir.
Pero ése fue el precio del olvido, del perdón y de la reconciliación. Seguir a estas alturas exigiendo vindicaciones unilaterales, supone un desatino y la más atroz de las injusticias.
Los partidos odian a los políticos

Manuel Cobo y Ricardo Costa han sido suspendidos de militancia en el PP no por nada que hayan hecho, sino sólo por lo que han dicho. Cobo, por criticar las presuntas maniobras de Esperanza Aguirre contra Rodrigo Rato, quien ha conseguido la presidencia de Caja Madrid pese a todo. Costa por mantener que seguía siendo secretario regional del partido, lo mismo que acababa de afirmar un momento antes su jefe, Paco Camps, sin que a éste le haya pasado nada.
Podríamos decir que los políticos expedientados han sido víctimas de su libertad de expresión. Y es que a los partidos, a todos ellos, no les gusta que sus militantes vayan por libre. Lo anticipó en su día el socialista Alfonso Guerra: “El que se mueva no sale en la foto”.
Por haberse movido por su cuenta los ediles de Ascó en el tema nuclear, tanto José Montilla como el convergente Artur Mas arremeten ahora contra los de su partido respectivo.
Precisamente para impedir que los representantes públicos tengan ideas propias y obren en consecuencia, los partidos inventaron en su día el pacto antitransfuguismo: no para proteger a los ciudadanos, no para combatir la corrupción urbanística o la que sea. Para esto bastaba con las leyes penales. Lo que pretenden es que obedezcan a la jerarquía con disciplina castrense.
En los países anglosajones, donde no existe la partitocracia, los políticos responden antes a sus electores que a la cúpula partidista. En España, en cambio, si los partidos políticos pudiesen sustituir a sus incordiantes cargos públicos por simples robots automatizados, serían completamente felices.
La “independencia” de Haití

La ayuda internacional siempre llega tarde y mal a sus destinatarios, aparte de la que se pierde por el camino. Pude comprobarlo personalmente en el campamento bosnio de Metkovic, en enero del 93, con toneladas de alimentos que nunca llegaron a su destino.
El caos de Haití no es, pues, la excepción, sino la regla de la buena voluntad superada por las circunstancias. Con el agravante, además, de que allí el caos ha sido la norma, antes y después de su independencia en 1804. Ya su primer dirigente, el antiguo esclavo Jean Jacques Dessalines, se autoproclamó emperador del país más miserable del mundo. A ese primer despropósito ha seguido una lamentable cadena de fatalidades hasta hoy mismo.
El Haití actual, ahora desolado por el terremoto, no ha cambiado del que conocí hace 40 años, en plena dictadura de Papa Doc Duvalier y sus pavorosos esbirros, los tonton macoutes, donde la única institución respetada era el omnipresente vudú. En un país de pobreza mayúscula y una reducida elite refinada que consumía productos importados de París, no había una sola infraestructura digna de ese nombre, al igual que hoy día. Los escasos 200 kilómetros de trayecto entre la capital y Port-de-Paix me llevaron 17 horas en un renqueante y policromo autobús que desvelaba un paisaje de campesinos malviviendo bajo los árboles.
Los hijos y nietos de aquellos míseros campesinos han muerto ahora en el terremoto; pero ni aquéllos ni éstos han gozado de una auténtica independencia. Por eso, si el país llegase a estar bajo la protección, no ya de Estados Unidos, sino de Belice o Barbados, sería una bendición en contaste con su perenne maldición histórica.
Sólo protestan los no perjudicados
Gente que en su vida ha pasado el control de un aeropuerto se queja de que los escaners y otros artilugios suponen un atentado contra su intimidad. En cambio, no conozco a nadie que viaje a Estados Unidos que prefiera una bomba en su vuelo al leve incordio del cacheo anterior a embarcar en el avión.
Y es que la protesta no supone la respuesta lógica a una agresión previa, sino un estado de ánimo y hasta una predisposición basada muchas veces en prejuicios ideológicos. Tenemos, por ejemplo, el caso del degradado barrio valenciano del Cabañal.
La mayoría de sus sufridos vecinos quieren que se abra al mar, se modernice y se restaure, antes que preservar la cochambre junto a algunos edificios marineros del siglo XIX. Gente ajena al barrio, por el contrario, hace de su conservación un casus belli para mellar así el prestigio de la alcaldesa Rita Barberá.
De hacer caso a tanto seudo progresista opuesto al progreso, aún seguiríamos con el arado romano y la carreta de bueyes. Aunque, eso sí, que a ellos no les priven de sus sneakers carísimos ni de la última versión del MP4.
Hace años hubo otro caso similar con el embalse de Riaño, que debió anegar algunos pueblos ante protestas masivas, con Imanol Arias como portaestandarte. Hoy día, se puede practicar en él la pesca y otros deportes náuticos, amén de la energía eléctrica que produce en un ecosistema protegido.No sé cuál será la próxima protesta reivindicativa, pero me gustaría que, por una vez, fuese en pro del desarrollo, el bienestar y la mejora de las condiciones de vida de los afectados, aunque me temo muy mucho que tampoco sea así.
Enrique Arias Vega
redaccion@diarioliberal.com
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