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................................................Martín Cid, escritor, www.martincid.com do
¿Propaganda Nazi?

Mi nombre es Martín Cid y hará seis meses que vio la luz mi libro Propaganda, Mentiras y Montaje de Atracción. Sé que es de mal gusto hablar del libro de uno, es por ello que me basaré en las más recientes declaraciones de los más recientes polemistas para que comprendan algo de mi libro:
Reverte ve similitudes entre la ley antitabaco y el nazismo: http://www.lavanguardia.es/salud/20110104/54098024275/perez-reverte-ve-similitudes-entre-la-ley-antitabaco-y-el-nazismo.html
El Alcalde de Valladolid en El Adelantado: http://www.eladelantado.com/noticia/castillayleon/116330/Le%C3%B3n-de-la-Riva-compara-las-delaciones-que-pide-Paj%C3%ADn-con-la-%C3%A9poca-nazi
Y es que me temo que estos dos ejemplos nos traen a la más rabiosa actualidad, esa rabiosa e histórica tendencia llamada nazismo. Liderada por Adolf Hitler, el nazismo (abreviatura de Nacional-Socialismo) era una tendencia de extrema derecha con claros tintes xenófobos que trataba de excluir a cualquier elemento en la sociedad que no cumpliera un objetivo y que no fuera útil a la nación. Se eligió a los judíos y se les estigmatizó hasta llegar a las últimas consecuencias (la llamada solución final).
El asunto de la persecución de los judíos nos parece a día de hoy un asunto de fanatismo exacerbado (que lo es), pero fue entonces cuando descubrí las reglas para la creación correcta de la propaganda política creada por Joseph Goebbels. Fue allí cuando mi libro comenzó a tomar sentido.
Una de ellas hablaba del Enemigo Único. Así, los ciudadanos tienen que tener un único enemigo contra el cual luchar, un único enemigo sobre el que cargar las culpas y la memoria histórica. El asunto tomó tintes macabros con el asunto judío (y sobre todo, cuando se descubrió la verdad), pero funcionó a las mil maravillas para unir al pueblo alemán en el odio contra un grupo que sería a partir del año 33 (cuando Hitler ganó las elecciones) el objeto común del odio y la frustración compartida.
Que se compare el asunto de la actual ley antitabaco con la persecución de los judíos puede parecerles a algunos algo fuera de toda lógica (en meses anteriores, ya me señalaron algunas voces): lo es. No es lo mismo poner una ley contra el tabaco que matar judíos (mi raciocinio me permite llegar hasta ahí, quizás incluso un poco más), pero en lo que sí coinciden ambas leyes es en establecer un grupo de conflicto hacia el cual cargar las iras del pueblo. Persecución y castración social fueron las primeras reacciones contra el pueblo judío como persecución y castración social serán las reacciones contra los fumadores que, permítanme, no cometen delito alguno ya que se trata de una sustancia totalmente legal.
Pero el asunto propagandístico llega aún más lejos cuando desde el Gobierno se alienta a los ciudadanos a denunciar a los fumadores para colaborar con el Estado en una especie de limpieza moral que nada tiene que ver con la religión ni con el Estado, sino con un hábito social y cultural que se realiza desde tiempos inmemoriales (incluso antes de que Colón llegase a América). Así, y de la misma manera que Hitler pretendía remodelar toda la serie de usos y costumbres del pueblo alemán creando toda una serie de nuevos rituales, los gobiernos modernos pretenden terminar con todo lo antiguo para imponer un nuevo sistema de costumbres que nada tenga que ver con el anterior.
Los elegidos, en esta ocasión, son los fumadores que, según las estadísticas, conforman aproximadamente el 30% de la población española.
Y es que, sin comparar la matanza sistemática de los judíos con prohibir el tabaco, sí se interrelacionan las dos cuestiones en el modo de empleo propagandístico: la búsqueda electoral a través del supuesto beneficio de la mayoría y el perjuicio de una minoría (por cierto, en ambos casos bastante mayoritaria).
Para finalizar con el asunto, les dejaré con una frase de Hitler bastante adecuada para el asunto que nos ha traído hoy aquí: “En cuanto vuelva la paz suprimiré el tabaco. Podemos hacer mejor empleo de nuestras divisas que destinándolas a la importación de veneno. Empezaré la reeducación por los jóvenes. Les diré: “no sigáis el ejemplo de los viejos.” (Adolf Hitler)
¿Les suena? A mí sí.
Sobre la ley del maltrato

Hay asuntos peliagudos de los que más vale no hablar. Uno de ellos es, por ejemplo, el de las mujeres maltratadas. Que nadie se asuste, no voy a defender el maltrato (ni masculino ni femenino), pero sí voy a intentar entrar en el fondo del problema: las consecuencias de esta ley y lo que realmente pretende.
Discriminación positiva. A la mujer se la trata legalmente como a alguien inferior en fuerza (venga, vale) e, incluso, se presupone que ella no puede defenderse verbalmente (este último caso no se ha dado desde mi abuela hasta mi madre, pasando por mi novia y hermanas y demás). La discriminación positiva también parte de otro hecho cuanto menos discutible: que el varón tiene el “dinerito” y que ella es poco menos que una señora de la limpieza por las mañanas, señora de compañía por las tardes y señora en la cama por las noches… todo ello pasando por una serie de agravantes de insultos, agresiones físicas y verbales que (seamos sinceros) sólo se dan en casos muy extremos.
Pero la ley contempla esta “discriminación positiva” para todas las mujeres (sí, alguien me dirá que si no fuese para todos no se trataría de una ley), lo que nos lleva a un peligroso asunto: la denuncia falsa. Por desgracia, todos conocemos casos en los que por eso de “sacarse unas pelillas” se echa a perder el matrimonio y el futuro de los hijos.
Como muestra un botón: en Ceuta, de las 119 denuncias por maltrato, nada más y nada menos que 96 fueron absolutorias. Después de desengrasar mis matemáticas y con un estupendo programa llamado Calculadora llegué a este número: 82% de absoluciones. ¿Qué sucede entonces con ese 82% de mujeres? No existe en España condena o multa alguna por falsas acusaciones en este tema y, en cambio, sí en otros ámbitos legales. De esta manera, la famosa “discriminación positiva” se convierte en un arma para mujeres que emplean la ley para beneficio propio.
Sí, claro que el maltrato (o se llame como se llame) debe ser condenado… al igual que cualquier tipo de agresión ya sea entre hombre con hombre, mujer y mujer o lo que sea. Y es que parece que nos olvidamos del asunto: la agresión está condenada por la ley.
De esta “discriminación positiva” surge otro interrogante: ¿qué se entiende por verdadero maltrato? No hace mucho contemplaba el famoso programa Informe Semanal (por supuesto, con respecto a la Semana de la Violencia de Género) en el que no se trataba del asunto de la violencia física (insisto: no hay que pegar a nadie, en esto estamos todos de acuerdo), sino de la violencia psicológica. ¿Cómo juzgar esto y, lo más peligroso, cómo se puede delimitar lo que es maltrato psicológico de lo que habitualmente sucede en las parejas (broncas en las que ninguno de los dos se dice nada bonito)? Las entrevistadas ya no eran mujeres con agresiones físicas, sino mujeres del tipo “después de suspender tres años en la E.S.O. mi pareja me dijo que no servía para estudiar” (lo grave del asunto es que es este mismo caso, no me lo invento). Esta chica, no olvidemos que salía como ejemplo en un programa de la TV pública, me temo que no está sufriendo ningún tipo de maltrato psicológico, sino a un chico que le está aconsejando (bien o mal).
Las condenas por este maltrato psicológico sólo pueden ser entendidas desde las dos partes, y nadie es culpable declarado por el hecho de pertenecer a uno u otro género. Y es que, no… los insultos de los hombres no son más graves que los de las mujeres y en el contexto de una riña o discusión (siempre sin llegar a las manos), lo que se diga no debería pasar del ámbito privado.
Ahora pasaremos a un asunto mucho más serio (y que nadie piense que me tomo a risa a las muertas por violencia): el empleo político de una ley con oscuros fines para apoyar toda una serie de cuestiones que nada tienen que ver con la violencia contra la mujer (prefiero esta expresión, lo siento). De que un partido u otro promueva una medida para proteger a alguien que, en principio, está desfavorecido no podemos inferir que este partido sea bueno en otros ámbitos de acción. Dícese: el Gobierno ha empleado una táctica evasiva manipulando conscientemente a la opinión pública para crear mediante un asunto que nada tiene de político un clima favorable a sus intereses. Y es que, por mucho que lo intenten, los maltratadores no son de derechas ni de izquierdas sino personas que, por una u otra razón, han cometido un delito. Así, la Ley de Violencia de Género sugiere toda una serie de cambios en los patrones culturales sin relación con la muerte de cincuenta mujeres el pasado año.
Y es que el asunto más grave es el siguiente: se achaca a las costumbres y la cultura del pasado hechos de violencia que son porcentualmente mínimos. De 40 millones de españoles… 24 millones de mujeres… 59 mujeres muertas… lo que equivale a (más o menos, mi calculadora está echando humo)… 0,000024583% de mujeres muertas en España por maltrato.
Infinitesimal, sobre todo cuando partiendo de estos casos (sí, muy graves) se crea una ley que trata por igual un asunto doméstico (en el que nadie sale muerto) y un asunto gravísimo pero infinitesimal.
Y partiendo de este hecho vienen las derivaciones (hoy tengo espíritu matemático): la cultura de nuestros padres nos han llevado a estas 59 mujeres muertas en el año 2009, por lo que hay que cambiar esta cultura por otra nueva que, casualmente, es la que viene de esta social-democracia tan en boga. Así, cambiamos leyes y comportamientos de antaño porque lo nuevo es mejor (o eso dicen) y condenamos por añadidura cualquier comportamiento que nada tenga que ver con la violencia contra la mujer pero que sí que tiene que ver con la cultura de nuestros padres y abuelos. Basándonos en esta idea, ya sea fumar en espacios públicos o tener una casa no insonorizada constituye un delito porque forma parte del pasado y el pasado es, según este Gobierno, algo que debe ser borrado del mapa porque 59 mujeres han muerto el año pasado por Violencia de Género.
Me comprenderán, señoras y señores, que no tiene sentido.
Hay que condenar la violencia contra la mujer porque está mal.
Y hay que condenar a los que hacen demagogia de un asunto tan grave.
Porque ellos son, al menos, tan culpables como los maltratadores.
Deporte y propaganda

Como soy español, me he pasado el día pendiente de la finalmente decepcionante carrera de Fernando Alonso en el circuito de Abu Dabi. Unas veces se gana, otras se pierde, como sucedió en la final del Mundial de Fútbol este mismo año. Para los españoles, es un hito sin igual haber conseguido esto (nuestra primera vez).
Quiero hoy comentar este asunto, la metáfora moderna en la que se ha constituido el deporte. Antiguamente estaban las guerras y los príncipes peleándose eternamente para ganar este u otro territorio. Empleemos o no el materialismo histórico para explicar estas situaciones, sí es cierto que había claras motivaciones económicas en estos asuntos (incluso, y a pesar de lo que nos contase Homero, hubo –seguro estoy- grandes motivaciones de este tipo en la invasión de Troya). Las guerras, además, cumplían con otra función a veces bastante silenciada: la toma de conciencia y el fortalecimiento del espíritu de las gentes. Ganar al rival es siempre motivo de satisfacción y precisamente la rivalidad ha sido motivo de mil gloriosas narraciones. Ya conocido es que durante las primeras épocas de los Juegos Olímpicos los participantes paraban de pelear para rendirse a otra batalla bien distinta, la que se practicaba en la pista de atletismo.
Hace tiempo me enteré de un curioso caso: el de Jesse Owens. El hoy en día considerado un héroe nacional por los EE.UU. por haber ganado en Alemania no opinaba demasiado bien de la política racial practicada por sus compatriotas: llegó a afirmar que en Alemania le dejaban entrar en todos los restaurantes y que le trataban como a uno más. Sí, es cierto que Owens ganó cuatro medallas (100 metros, 200, relevos y salto de longitud), pero existe a este respecto una leyenda que no es demasiado cierta: que Hitler se negó a darle la mano a Owens. En sus memorias, Owens reconoce que recibió una carta de felicitación del gobierno presidido por el Fuhrer, pero que Roosvelt no invitó al atleta a la celebración en la Casa Blanca para así ganar votos entre los más sureños).
Y es que este caso me lleva a una extraña reflexión: ¿no se estará usando el deporte como parte del aparato propagandístico nacional? Recuerdo cuando llegó la selección española a esa final contra Holanda: “personalidades” (las comillas son importantes) del mundo de la política pueblan las gradas. Y es que les encanta dejarse ver en acontecimientos deportivos porque es el deporte uno de los principales palcos políticos en el que expresarse públicamente.
El deporte ha pasado en nuestra moderna época a manos del marketing político y se ha constituido en una de las armas públicas más eficaces. Desde presidentes del Gobierno que no niegan su apoyo a este u otro equipo de fútbol hasta acuerdos entre Ayuntamientos y entidades deportivas para, conjuntamente, dar a conocer una determinada imagen pública.
El deporte ha dejado de estar en manos de los deportistas. El deporte es una actividad física, sí… pero detrás de él se mueven tantos intereses que hacen del deportista el actor de un teatro mediático gigantesco. La labor del deportista ya no está en ser mejor o meter más goles: consiste en vender imagen y marca… en un mundo moderno en el que la propaganda se realiza a muy distintos (pero equivalentes) niveles.
Me gustaría, por una vez, volver a ver un partido como los de antes, una carrera limpia y alguno de esos milagros (como el de Owens) que hicieron más grande al deporte y más pequeña a la política.
Porque se lo merecen (políticos y deportistas).
Vocación y talento, combinación perfecta para la misería

Escribir, vocación, talento, editoriales, distribuidoras y tiempo, demasiado tiempo para que el joven escritor pueda algún día convertirse en un escritor reconocido…
Escribir es algo complicado, muy complicado. Pongámonos en antecedentes: soy novelista, treinta y cuatro años y he publicado algunos trabajos (tres novelas y un pequeño ensayo). Comencé a escribir con más o menos quince años y mi primera novela la terminé con dieciocho. Desde luego, era una basura y por eso decidí no publicarla como me recomendó un profesor mío (que, por cierto, también leyó las primeras obras de Reverte).
-Te haré una recomendación –me dijo-. Toma y guárdalo en el cajón. Pero, ¿sabes algo? Nunca me equivoco: tú vales para esto. No lo dejes porque vales… nunca me equivoco.
Si este buen hombre de nombre César (profesor de Historia en la facultad) se equivocó o no sólo el tiempo lo dirá. Por ahora las cosas no marchan mal teniendo en cuenta que la mayoría de los escritores tardan más o menos un siglo o dos en ver su obra publicada. En mi caso fueron un par de años desde que me decidí hasta que vi impresa la primera novela. También quiero decir que jamás he pagado por publicar. Lo considero un enorme error: ¿para qué necesitamos a las editoriales entonces? Darse de alta como editorial no cuesta demasiado: simplemente hay que enviar un formulario relleno a no recuerdo qué lugar y listo: ya tienes la posibilidad de publicar. Claro… eso cuesta dinero y ahí es donde interviene la editorial, que tiene los mecanismos necesarios para que el libro llegue al público.
O no.
Una vez hemos publicado la novela nos topamos con la siguiente sorpresa: nuestro libro no está en los escaparates, tema fundamental para que el libro llegue al gran público. Y es que en nuestros infantiles ideales no contábamos con otro gran impedimento: las distribuidoras. Pongamos que nos publican mil o mil quinientos ejemplares: ¿cómo pretendemos que nuestro libro esté en todos los sitios? Hay distribuidoras nacionales (tipo Logista) y otras regionales… las regionales quizás estén mejor para las pequeñas editoriales –tengan en cuenta que no soy editor, sólo autor-… las nacionales prefieren distribuir a grandes editoriales (tipo Planeta) con grandes tiradas que, a la postre, serán las que den los mayores márgenes de beneficios…
Al final, nos encontramos con que, tras publicar, seguimos siendo unos totales desconocidos… pero seguimos escribiendo.
Y seguimos escribiendo pese a las dificultades. Un asunto que siempre comento pero que, casualmente, no he comentado: me dedico a tiempo completo a la literatura porque considero que una persona puede ser escritor. Ahí viene la pregunta obligada:
-¿Y de qué vives?
Me quedo con cara de “a ver qué digo” porque es cierto, no vivo de la literatura pero, a la vez, no realizaré en toda mi vida ningún trabajo externo por una sencilla razón: escribir novelas es, pese a lo que quieran afirmar algunos, una profesión seria y debería estar remunerada como toda profesión. La realidad es bien distinta: un escritor es escritor siempre a tiempo parcial y, desde luego, escribir no es la actividad fundamental porque no se puede vivir de ello. Los escritores son funcionarios, profesores o militares retirados en su mayoría. Huelga decir que no tengo nada en contra de ello, cada uno puede hacer con su tiempo lo que le venga en gana y todos tienen pleno derecho a intentar escribir y que su esfuerzo sea recompensado con la publicación. Pero, ¿y qué pasa con los escritores de profesión? Pues otra vez, y como reza el título de este artículo: complicado, muy complicado.
Y es que ni siquiera los bastante conocidos (no daré nombres) viven del porcentaje que las editoriales les pagan. Sí, también tienen otras profesiones y también los pintores que exponen y son conocidos también hacen otras cosas para poder comer y también los músicos y demás… El sistema está montado para que nadie (o casi nadie) pueda vivir directamente de esto. ¿Qué tenemos entonces? Un sistema editorial basado en aficionados o escritores ocasionales que no quieren más que ver reflejado su hobby en un papel. Los otros, los que sí se toman esta profesión en serio, tienen que tomarse la profesión un poco menos en serio y hacer de otro trabajo su verdadera profesión, de tal manera que sus obras no son todo lo “maestras” que deberían ser porque, dicho en una palabra, no tienen tiempo.
De esto derivamos y nos encontramos con otro impedimento: como el trabajo de escritor no está remunerado y vivimos en el capitalismo llegamos a la inevitable conclusión social: escribir no es un trabajo, sólo un hobby. Así, el escritor se encuentra con el rechazo social de su profesión amén del asunto de la doble profesión y de la falta de tiempo. Ya era así, por ejemplo, en tiempos de E.A. Poe, quién tampoco vivió de la literatura (tuvo varios empleos en revistas y demás asuntos poco novelísticos). Sí, en el S. XIX, por poner un ejemplo, ya se consideraba de poco caballero eso de cobrar por lo que se escribía, y escribir era algo reservado para nobles y burgueses, hoy en día las cosas han cambiado, sobre todo en los países anglosajones, pero no sucede así en España y los países latinos, bastante feudales a veces aún: vivir de la literatura se convierte en un imposible porque el mercado no está preparado.
De esto nadie tiene la culpa salvo los de siempre. Conozco a buenas personas e incluso son editores y tienen muchas dificultades para que sus libros sean comprados.
Lo sé, estoy desanimando a cualquiera.
Pero aún no he terminado.
Otro asunto que tiene que ver con la distribución de nuestros libros es el asunto de las grandes superficies. Lo copan todo y el mercado editorial está esclavizado por éstas. No hay posibilidad de tener un best-seller si no contamos con la distribución del libro en una gran superficie porque éstas se llevan un altísimo porcentaje de la venta en España. Y claro… ya se sabe: el que puede mandar manda y pincha y corta. Así, las grandes superficies prefieren tratar con grandes editoriales y prefieren títulos que puedan llegar a todos los públicos y que sean masivamente vendidos y no obras de autores que tienen que ver con eso que antaño llamaban rocambolescamente “literatura”. En las grandes superficies hay de todo menos literatura (excluyendo a los clásicos, claro): desde niños magos y sus sucesivas sagas hasta escritores suecos de gran éxito. Todo menos algo que tenga que ver con dar a conocer a nuevos autores que realmente merecen la pena.
En fin, les dejo por hoy no sin antes darles una pequeña recomendación: si quieren ser escritor traten de evitar la idea del suicidio.
Créanme, es difícil.
El estado de la educación

Todos envejecemos, sí… se nos cae el pelo (a otros, a mí no) y nos volvemos un poco cascarrabias… contamos historias de cuando teníamos más pelo y nos mostrábamos un poco menos cascarrabias.
Y es que hoy, precisamente, les voy a contar una de esas historias de cascarrabias.
Hace no demasiado tiempo me vi ante un manual de texto de literatura. Sí, nada tiene que ver con lo que estudiábamos en aquellos pretéritos tiempos, nada tiene que ver con lo que los profesores nos hacían leer. Libros y Quijotes y Ana Ozores y celestinas varias, quizá demasiado para unos chicos que aún no habían alcanzado la mayoría de edad. Nos quejábamos, es cierto, y nos seguimos quejando ahora al ver las asignaturas de nuestros hijos, definitivamente condenadas al surrealismo. Un manual de literatura es hoy todo menos una cuestión literaria: nombres y más nombres sin relación lógica que se agolpan en la mente de los estudiantes para producirles algo así como un paro cerebral. Nuestras lecturas obligatorias ya no son las suyas, sustituidas ahora por novelas más o menos amables adaptadas a la mentalidad de los chiquillos.
Sí, es la generación que ha crecido leyendo el Barco de Vapor, una colección digna de un Oscar al peor guión adaptado, un insulto a la inteligencia que, si bien breve, aún estaría por demostrar. Es la generación que ha crecido con tantas facilidades y a la que se le ha dicho que no es una vergüenza no comprender las cosas, que todos valemos lo mismo y que, por lo tanto, el que más vale tiene el mismo derecho que el que menos entiende y que el que menos entiende, el mismo que el que más. Dícese: todos igual de estúpidos.
Quizás es que esté ya un poco mayor, quizá ya recuerde tiempos pasados en los que los alumnos callaban al escuchar a alguien mayor. Hoy en día interrumpen en las clases porque (sorpresa, sorpresa) no entienden nada de lo que no han escuchado.
¿Han perdido el oído? Tal vez sea yo el que, con el tiempo, esté perdiendo la capacidad de escuchar y de comprender a las nuevas generaciones, el que cada vez se siente más alejado de un mundo que parece rápidamente cambiar y rápidamente desaparecer para volver a recrearse de nuevo. Tal vez.
O tal vez, simplemente, cualquier tiempo pasado fuese mejor.
El 20%

Soy uno de esos españoles sin dinero ni beneficio, soy uno de esos españoles que nunca ha entrado en una oficina del I.N.E.M. Sí, soy español y universitario y sé leer y escribir (ojo, eso último creo hacerlo realmente bien). Soy de esos tipos que no se molesta en apuntarse al paro y que no cuenta para las estadísticas del Gobierno. Soy también de ésos cuyas opiniones no figuran en ninguna estadística, de ésos que no tendrán jubilación ni han cotizado a la Seguridad Social.
El próximo 29 de septiembre los sindicatos han convocado una Huelga General. ¿Se trata de una manifestación (como ellos mismos proclaman) contra la Reforma Laboral y las últimas gracias de un Gobierno gracioso? Si, como preveo, los motivos de la huelga no son secundados a nivel social (piquetes aparte), la huelga no sólo servirá al Gobierno para afianzarse en su esquizofrenia política, sino que dejará un asunto mucho más funesto: la sensación de incertidumbre del ciudadano que se siente y se sentirá abandonado por parte del Gobierno, sindicatos y demás.
¡Bienvenidos al club, amigos míos! Ahora ya somos más del 20% los que nos sentimos desamparados y absolutamente decepcionados con un sistema que no produce más que una lucha mediática sin beneficio alguno para el ciudadano., que no sirve más que para el enriquecimiento de los que controlan la gran fórmula del voto.
Mucho se habla de los que cada mes pasan a engrosar las listas del paro… pero nada se dice de lo que nunca pasaremos a sus listas, a los que ya nada nos importa porque tener fe en ellos se asemeja a esperar que un mono pueda escribir Guerra y Paz.
Ánimo, sindicatos y partidos políticos, juntos estáis consiguiendo precisamente lo que no proponéis: el silencio de la mayoría por el descrédito de unos pocos, la sensación de un sistema corrupto desde la médula autonómica hasta la estupidez política del Gobierno Central.
No, no soy el único que piensa que no hay quién arregle esto, ni soy el único que teme la inminente revolución que no llegará precisamente de los sindicatos, peones de un sistema creado para el beneficio de los que yacen en la cúpula, con cazadora de pana o no, llámense sindicalistas u obreros. ¿Qué importa? Vendidos por el vil metal, siempre gran culpable de la injusticia humana, de la sangre derramada en otras guerras más crueles, igual de injustas.
Diría Braveheart que pueden quitarnos el trabajo, pero nunca podrán quitarnos la dignidad… quizá tuviera razón o tal vez no… porque con trabajos indignos nos laceran cada día, con absurdos mensajes que ya nadie cree, con consignas estúpidas, pasadas de una moda ya de un siglo pretérito, ya de una falsedad comprobada.
Ánimo, amigos míos y huelguistas, dad al Gobierno y a los sindicatos lo que quieren: una falsa farsa que otra vez beneficiará a los mismos poderosos traidores con la democracia, a los mismos indignos nombres que hoy fuerzan las portadas de los diarios, que hoy hieden a podredumbre y miedo y asco.
La melodramática historia de Pávlov en clase de literatura española

Parte I: el perrito y sus amos
La historia la conocemos más o menos todos y se refiere a la ley de reflejo condicionado. Dícese: si tocamos la campanilla y luego damos de comer al perro y repetimos el comportamiento durante algún tiempo, cuando volvamos a tocar la campanilla el perro creerá que va a venir la comida, por lo que empezará a salivar (así está más rico, supongo).
El pobre perro del premio Nobel se quedó con hambre ese día, de eso no cabe duda.
Ahí quedó la cosa y, algunas generaciones caninas más tarde, fue un tal John Broadus Watson quien formuló el conductismo, que pretendía convertir a la psicología en una ciencia natural alejándola de todo lo que oliese a freudiano o extraño. Porque (y contrariamente a lo que se podría pensar) el conductismo se diferencia del mecanicismo, ya que el conductismo admite las interacciones complejas.
Removiendo un poco el asunto, y teniendo en cuenta que el conductismo triunfó por encima de tipos que recetaban cocaína como Freud y otros excéntricos como Jung, la muy moderna ciencia de la psicología se desembaraza de todo componente místico y aparentemente superficial para lograr afirmaciones tal vez simples pero siempre certeras.
Como en la psicología, también tenemos al famosísimo A. Einstein expresándose muchas veces a la manera de un gurú y construyendo constantes metáforas con sus frases. Sí, lo llamaron el último de los físicos clásicos. Lo que estaba por venir: lo que ahora está: tipos de ciencia: lo real.
Y es que más allá de estas reflexiones academicistas o colegiales, lo cierto es que la sociedad moderna, siempre a la sombra de su constante avance, ha ido paulatinamente deshaciéndose de todo lo que no tuviese que ver con la ciencia o de todo aquello que no sea susceptible de ser convertido en ciencia.
Parte II: libros verdaderamente “de miedo”
Les contaré una anécdota vital y terrorífica que me acaeció el otro día: tuve el mal gusto de ver el libro de Segundo de Bachillerato de literatura… ni generación del 98 ni nada que se parezca a una verdadera historia de la literatura… un panfleto de doscientas páginas atiborradas de ilustraciones… etiquetas en cada autor para encasillarlo en determinado movimiento que nada tiene que ver con él (aunque no se lo crean, había leído a los autores)… un intento realmente absurdo de politización y actualización de la literatura española. El libro en cuestión hace un ridículo experimento de aglutinar los autores de importancia en movimientos literarios y relacionarlos con sus correspondientes hechos históricos como si el asunto “histórico” sirviese para dar alguna coherencia al cúmulo de despropósitos que contenía el texto.
La literatura se vuelve así ridícula para los alumnos del último curso de bachillerato por querer convertir un hecho psicológico y cuasi-mágico como un libro en un fenómeno encerrado en la probeta del intelectual fracasado y por tratar de resolver el “problema” de que la literatura no sea una ciencia reduciendo el comportamiento literario de los autores a mínimos comunes de estupidez para hacer el fenómeno comprensible a los estudiantes. De esta manera tenemos una especie de ciencia de la literatura, que ni es literatura ni es ciencia sino un agravio pestilente hacia las figuras más representativas del fenómeno literario.
Parte III: del perrito y sus defecaciones
Si los autores de semejante libro de texto tuvieron en cuenta al perrito del señor Pávlov o no, es asunto que ni lo sé ni me importa, pero sí sus consecuencias en un terreno que me importa y bastante. Siendo perfectamente consciente de que los teóricos del conductismo nada han tenido que ver con la elaboración de ese opúsculo de involución, quiero añadir y añado que someter procesos cognoscitivos humanos complejos (como la literatura) a simples enumeraciones y resúmenes y tonterías didácticas de toda clase y condición equivale a intentar jugar un partido de fútbol con un cacahuete: sí, sería divertido pero no por ello dejaría de ser la más absurda de las estupideces. Los jugadores se pasarían los noventa minutos tratando de encontrar el cacahuete perdido (si es que no se lo ha comido ya alguien) como los chicos de bachillerato se pueden pasar un año entero buscando la coherencia en su libro de texto.
Al final del encuentro, sonará el pitido del árbitro y, como estamos bien condicionados porque ya hemos visto muchos partidos, eso significará que el partido ha terminado y que nos podemos ir a casa o a tomar unas copas.
¿A quién diantres le importa un cacahuete?
Martín Cid, escritor
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