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................................................Martín Cid, escritor, www.martincid.com do
22 de Agosto de 1911

Siempre dicen que es agosto un cruel mes en el que casi nada sucede. Puede que tengan razón y puede que no porque el universo está lleno de maravillosas e infinitas oportunidades (económicas y no tanto) de pasar una tarde entretenida.
Así lo hizo un tal Vicenzo Peruggia, autor de un famoso robo: el de la Gioconda en el Louvre de París. Todavía dicen las malas lenguas que Apollinaire y Picasso algo tuvieron que ver e, incluso, se les llegó a detener para hacerles –suponemos- algunas “amistosas” preguntas. Para quien no lo sepa, el asunto los salpicó porque el secretario de Apollinaire, un tal Honoré-Joseph Géry Pieret, había robado unas estatuillas, de ahí que se relacionase al inventor de los caligramas con el robo.
¿Saben qué me llama la atención de este asunto? Resulta a todas luces evidente que un artista, ya sea titiritero o (Dios nos libre) escritor tiene que robar para poder comer antes de hacerse terriblemente famoso y millonario (y que las mujeres caigan a sus pies y hasta el vecino del quinto les devuelva el saludo). Por ello, los franceses vieron perfectamente coherente que un señor como Picasso se manchase las manos en un asunto tan turbio. Todavía hoy se sospecha y se llega a decir que si la actual Gioconda que podemos contemplar es obra de un tal da Vinci o de un tal Pablo Ruíz.
Especulaciones dignas del agente Mulder aparte, lo cierto es que estoy totalmente de acuerdo en la sospecha de los agentes de policía franceses: ¿un escritor y un pintor juntos? Digno de una investigación y un interrogatorio tipo Gestapo en toda regla. ¿Acaso creen ustedes que un escritor puede (o debe) vivir de su trabajo? Desde luego que no, y la propia idea debe ofender nuestros oídos: un escritor puede robar o matar para conseguir el pan, pero jamás debe ser pagado por su trabajo. Un escritor debe ser robado y dialécticamente maltratado porque ya le vendrán las lisonjas cuando sea famoso y entonces ya será compensado, de la misma manera que un niño pequeño tiene que entender que es medio bobo porque cuando sea mayor ya tendrá tiempo para disfrutar de los placeres de la edad adulta (de casa al trabajo, del trabajo a casa y tiro porque me toca).
Así se establece lo que voy a venir en llamar la ética del “mañana será mejor, hoy te toca jod…”. Porque es ésta una sociedad en la que, siempre, se trabaja para un futuro esperanzador que vendrá a ser maravilloso y no hablemos de este presente empobrecido mental y económicamente. Piénsenlo un momento: mañana será mejor, sí… cuando la hipoteca esté pagada y podamos vivir y jubilarnos, la mejor época de nuestra vida… mañana será mejor cuando sea un escritor de renombre y no tenga que escuchar expresiones de desprecio y mañana será mejor cuando la crisis termine y cuando volvamos a tener vacaciones y cuando el mundo se arregle definitivamente porque la guerra de turno contra el invasor invisible habrá al fin terminado.
Consolémonos, lectores bien amados, a Picasso le fue mejor, sí… y ya nadie le volvió a acusar de haber robado nada… y tampoco a Apollinaire. Cuentan que los dos amigos eran medio pobres y que caminaban meditabundos por Montmartre buscando un lugar en el caerse muertos por inanición.
O tal vez no… piensen en el secretario de Apollinaire y respondan a esta pequeña y estúpida pregunta: ¿cuántos mendigos se pueden permitir un secretario?
Y es que, tal vez, la situación del arte no ha mejorado precisamente con el tiempo.
Sí, ahora estamos más jodidos.
Pero, supongo, menos aún que mañana.
Mis menos sinceros aplausos para todos los falsificadores, ladrones y proxenetas del arte… poco a poco lo estáis consiguiendo.
El próximo día os hablaré de la necesidad de asesinar a los autores de libros y cuadros, el último plan de una industria del ocio destinada a la idiotización de la masa y a la negación del principio de individualidad.
Hoy no tengo ganas.
Pero quizá mañana sí… porque tal vez todo sea mejor.
O no.
Tiempos de cambio

Decía cierto libro (el primero de ellos, el más famoso) que hay un tiempo para todo: para nacer, para morir. Y tomaba cierto grupo musical de cuyo nombre no quiero acordarme esta famosa cita para componer su más famosa canción que rezaba (traducción libre con mi inglés poco apañado): todo cambia, hay un tiempo para nacer, un tiempo para morir… todo cambia.
Sí, estimados lectores, todo cambia y a veces lo hace a velocidades vertiginosas que nos hacen mirar en derredor y preguntarnos: ¿qué ha pasado aquí? Hace no demasiado tiempo “luchábamos” por unirnos a Europa en una idea que parecía de futuro… ya saben, competir con los EE.UU. de América, estar todos los países al mismo nivel y una serie de utopías multicolor que, me temo, no van a cumplirse. Y es que lo que antes era bonanza se ha tornado desencanto gracias a algunos que, en sus nada sanas intenciones, han pretendido sacar tajada del asunto. Leía el otro día un periódico, que empieza por A, continúa con B y termina con C, y las declaraciones de un torero llamaron mi atención: “Para mí, Cataluña ha muerto” (Joaquín Bernardo). Desde luego, si se lee la entrevista al completo entendemos claramente que se refiere a la Cataluña taurina y no a la región (Dios me libre de emplear otra expresión al referirme a este lugar) llamada Cataluña.
En ese mismo diario encontrábamos más información que, por lo menos para mí, era desconocida. La industria taurina se había desarrollado tras la Guerra de la Independencia y se había erigido en producto nacional precisamente para contraponer el carácter español más recio e iracundo con el más racional y pomposo de los franceses. Así la industria tomó forma y los ganaderos se convirtieron en auténticos armadores en tierra.
Sí, todo cambió.
Y siguió cambiando hasta que, parece ser, los tiempos han dicho basta y han decidido que el producto nacional deje de existir. ¿Por qué? ¿Plantean los anti-taurinos catalanes una independencia metafórica a partir de un hecho sin relación aparente? ¿Buscan los catalanes acercarse más si cabe a esa Europa de nórdicas costumbres y férreas normas de convivencia? ¿Fue un simple golpe de efecto mediático? La verdad: un poco de cada casa y humo en la de todos. Cataluña aprovecha los vientos progresistas que vienen de Europa y los interpretan a la manera casera: sí, toda esta moda de prohibir, prohibir y legislar (prohibiendo) proviene de una Europa acostumbrada a prohibir.
Ahora les contaré algo gracioso para no ponernos trascendentales. Es famoso que en Noruega (país en el que parece ser que empezó este desagradable asunto) se prohibió el alcohol de farmacia para limpiar el instrumental porque… (los va a sorprender) los dentistas noruegos se bebían el asunto. Entonces las autoridades decidieron prohibirlo y, aquí está lo gracioso de la situación, subir el impuesto en las bebidas alcohólicas para, ya de paso, sacarse unas pesetas o euros o maravedíes arguyendo que los noruegos bebían demasiado. Siguieron bebiendo los noruegos, y ahora se fletan barcos llenos de bares para un fin semana en el que los buenos y sanos y amplios noruegos pueden beber tranquilamente en aguas internacionales a precios menos prohibitivos.
Otra sublime anécdota en este sentido (aunque algo más antigua pero igual de beoda) es la prohibición de la absenta en la patria de la Ilustración. Corrían tiempos felices para taberneros y borrachos cuando, ¡oh, Roberspierre no lo quiso! La cosecha de uva se perdió y miles de bohemios se quedarían sin su licor favorito: le vin. Entonces los fabricantes de bebidas inventaron algo tan francés como lo anterior pero algo más fuerte y barato. Dícese: se podía caer redondo en menos tiempo y por menor precio (además, el tabernero mantenía su porcentaje). Resultado: la absenta se extendió rápidamente y en pocos meses todos estaban acostumbrados ya. Pero… como nada permanece y todo cambia que dijo el filósofo, sucedió que la cosecha del año siguiente no estaba tan podrida como la del anterior y regresó el manjar burdeos pero… las gentes francesas continuaron bebiendo ese verdusco licor y buscando al Hada Verde en el fondo de sus botellas. ¿Cómo se soluciona esto? Necesitaban algo que convenciese al populacho de que beber absenta era peor que la peste, por lo que los más listos del lugar (los Talleyrand y Richelieu ) emplearon un suceso para convencer al pueblo de que volviese al vino: un muchachote local había asesinado a su esposa y a sus hijos tras beber un vaso de absenta. Solucionado: la absenta era mala y se prohibió su fabricación. Las gentes volvieron al vino porque no se conocía a nadie que, bebiendo vino, hubiese asesinado a su mujer y a sus hijos. Lo que sí se callaron en el famoso “crimen de la Absenta” es que sí había alguien que asesinó a su familia bebiendo vino: el mismo de la absenta. Y es que no contento con una copa de absenta el muchacho en cuestión bebía varias botellas de vino al día. Obviaron el dato y lograron su propósito y los fabricantes de vino vivieron felices y comieron perdices y bebieron sauvignon.
No voy a extenderme más por hoy y les dejaré algunos deberes para el día siguiente: ¿quién salió beneficiado en ambos alcohólicos casos? Prohibir es un desastre para la mayoría, se pierden empleos y se destrozan familias enteras… pero es un gran negocio para otros.
Sean felices y no beban absenta, que es mala para la familia.
Ser del Barça en Madrid

Hoy intentaré no insultar a nadie (y me lo han puesto difícil).
Saludos, estimados lectores. Hace algo más de treinta años nací en un lugar llamado Oviedo. Era un sitio bonito con un parque en el centro de la ciudad (el Parque de San Francisco) y teníamos un oso y todo. Luego murió (qué pena me dio, pero es ley de vida). Oviedo tenía muchos asuntos que bien pudieran llamar la atención del turista como la catedral o San Miguel de Lillo, una iglesia pre-románica.
Pero a mí, de pequeño y de mayor, no me gustan mucho esas cosas.
Me gustaba el fútbol.
Y el Real Oviedo no fue ni será, precisamente, una atracción turística.
Así que me hice del F.C. Barcelona (mala idea, lo sé).
Más tarde me trasladé a Madrid con mi familia y aquí sigo. También es una ciudad bonita y mucho más grande y, en mi habitual tozudez, me mantuve fiel a mi equipo de fútbol.
Porque, al fin y al cabo, sólo era fútbol.
Nunca he estado en Barcelona y, por lo que se cuece por aquellos lares, pasarán muchos años antes de que la visite. Y es que el Barça siempre tuvo un marcado carácter catalanista (recordemos a cierto presidente, el día de su dimisión, dando la rueda de prensa en catalán) y siempre han considerado los catalanes al F.C. Barcelona como parte de esa comunidad autónoma llamada Cataluña.
Jugaba bien al fútbol el F.C. Barcelona y por eso ha ganado algunos trofeos importantes, no sólo en España sino también en Europa y así se ha hecho con un prestigio futbolístico a nivel internacional.
Sí, jugando al fútbol.
Pero no todo en esta vida, por desgracia, es fútbol, y darle a una pelotita no soluciona problemas bastante más graves.
Recapitulemos (se me olvidarán cosas):
Primero: fiestas propias y cultura y personajes pintorescos.
El pasado día 28 de julio se votó en el Parlamento la prohibición de las corridas de toros en toda Cataluña, un gesto que ha sido entendido por todos como una amenaza a la unidad de España (téngase en cuenta la previa del Estatuto catalán). La cultura catalana tiene además sus propios símbolos:
La señera, que originalmente correspondía a la corona de Aragón, actual bandera de Cataluña.
La butifarra: producto típico de esos lares. Curiosamente, también referido al clásico “corte de manga” (que algunos dicen, está haciendo Cataluña a España).
El cava: otra forma de llamar al champagne, de invento francés y de adopción catalana.
Carod Rovira: individuo clásicamente catalán que, nacido en Alcañiz (Teruel) es más catalán que la misma Cataluña (y no me refiero por aprovechado y embustero, que había prometido portarme bien).
Segundo: el Estatuto.
Y es que el asunto del Estatuto aún colea y toda España mira hacia una Cataluña gobernada por un tripartito que parece más preocupado en destruir que en construir. El asunto del Estatuto colea y mucho porque más allá del asunto de la Nación entendida como colectividad de individuos que comparten una tradición, el Estatuto ahonda en la idea de varias naciones en un solo Estado.
Así, y partiendo de la definición anterior (tercera acepción de la R.A.E.), Cataluña quiere con la prohibición de los toros separarse definitivamente de España en lo que respecta a su ámbito cultural, y ser reconocida como tradicionalmente distinta. Pero el problema, estimados lectores, es que Cataluña ha tenido toros por mucho que se haya votado que no. Dicen los más nacionalistas que Cataluña tiene una identidad cultural propia como nación más allá de España, y es por ello que reclaman su auto-gobierno.
Tercero: el Barça.
Y es por ello que comienza la propaganda. ¿Los toros? Desde luego, un elemento más a añadir en la serie de rasgos que los diferenciarían como nación. Además… el Barça. Sí, el Barça que un día conquistó aquella copa de Europa en Wembley y de la que todos nos alegramos. Ya existía aquella rivalidad Madrid-Barça, en principio sólo deportiva… ahora en un terreno mucho más pantanoso. El fútbol ha venido a representar, sobre todo a partir de la llegada a la presidencia del F.C. Barcelona de Joan Laporta, auténtico catalanista de pro (dícese oportunista como el que nadie) que vio en la presidencia del club el vehículo perfecto para poner sus miras en lo que verdaderamente siempre le interesó: la política.
Cuarto: el idioma
El tema del idioma catalán es la bandera sobre la que descansa el sustento ideológico de todo el asunto: los catalanes sólo hablarán catalán y desprecian el español en los colegios (cuatro horas de catalán a la semana por una de castellano). Con ello lograremos el consenso social porque no habrá más remedio (los niños sólo hablarán catalán). Desde luego, es muy importante que una misma comunidad se distinga con un mismo idioma para crear la cohesión social necesaria.
Quinta: el desagradable asunto del dinero
Y es que detrás de todo interés en defender lo propio y lo ajeno siempre existe una preocupación bastante menos quijotesca. Detrás del Estatuto y demás cuestiones taurinas está el asunto de que Cataluña quiere auto-gestionar sus dineros, arguyendo que recibe menos de lo que ingresa y que eso no le beneficia (alguien debería recordar qué parte de los miembros del Estatuto pusieron el dinero, por ejemplo, para la reconstrucción del Liceo cuando ardió).
Creo que en estos cinco puntos (perdónenme si alguno se me olvida) descansa el intento de los nacionalistas catalanes de independencia de España. ¿Lo conseguirán? Sólo dios lo sabe (y lo pongo en minúscula porque me refiero a Jordi Pujol). Lo único que puedo decir desde un barcelonista de toda la vida que ha celebrado cada gol de Stoichkov, Romario, Messi o Ronaldinho (son todos extranjeros, sí): me da vergüenza en lo que han convertido al F.C. Barcelona.
Y es que un equipo de fútbol, si bien no tan grande como el sentimiento de nación, aúna en sí no sólo la idea de entidad deportiva con su historial, sino una forma de entender el deporte y la vida. Jugaba bien el Barcelona y trataba bien el balón porque en España siempre gustamos del toque y del buen fútbol (como en Italia del fútbol efectivo o en Inglaterra de la rapidez). Representó el Barcelona durante muchos años una rivalidad deportiva sana como la representa en Italia un Juventus–Milan o en Argentina un Boca-River. ¿Algo más? No, nunca nadie en Madrid me ha insultado cuando reconozco ser del Barcelona (que es siempre) ni me han tratado con desprecio porque durante años hemos entendido este asunto como un deporte (aunque algunos aprovechados intenten hacer lo contrario).
Quizá el F.C. Barcelona sea mucho más grande que un tal Joan Laporta que lo ha intentado convertir en un instrumento político.
Y quizá España sea mucho más grande que cuatro políticos advenedizos que han decidido sacar tajada de un asunto que ya no hay por donde cogerlo salvo por la mano callada que ellos utilizan para hacerse con lo ajeno: la tradición que pertenece a Cataluña y a Aragón y a Asturias y a Navarra y demás: pertenece a España, como el buen fútbol.
¡Gordos no!

Primera parte: nuevos mitos en mi santoral.
Hoy me desperté sin resaca (no es extraño, ya tengo el hábito adquirido). Acudí al establecimiento habitual para tomarme un desayuno (bueno, un par de ellos) y tomé un periódico. En su contraportada aparecía una “señorita” con muchas curvas que, la verdad, me alegró el día, aunque mi alegría no proviniese precisamente de sus curvas asiliconadas ni de su sonrisa playboynesca.
La modelo de 23 años a la que hago referencia lleva por nombre Sanziana Buruiana y es la presidenta del partido de los guapos en Rumanía (repito, por si alguien se queda con dudas o está resacoso: Partido de los Guapos). La que llegó a ser conejita del año 2003 (lo leí en el mismo periódico, no crean que leo esas cosas (que sí)) propone medidas presupuestarias muy serias: multar con 10 euros por kilo que se pase del Índice de Masa Corporal. Dícese: yo peso más o menos 500 kilos (estimado según novia) y debería pesar 78. 500-78= 422 euros de multa. Bien, alguien dirá que la chica no tiene cerebro. También nuestra rubia aspirante a diputada tiene algo que decir al respecto: propone que los que hagan chistes de rubias deberían estar en la cárcel por el mal gusto que ello supone. Para que luego digan que sólo hay un chiste sobre rubias (el resto, según dicen, son historias reales). Y es que esta historia real que hoy nos atañe tiene puntos de tragedia shakesperiana: multas (también) de 100 euros a los infieles (no sé el porqué de esta cifra, pero ella parece que lo ha tenido siempre muy claro, y no pretendo llamar a esta política “prostituta” ni nada parecido). También veo yo muy mal la infidelidad (sobre todo si soy yo la víctima) y también creo que el problema con mi obesidad es un asunto que debería tratar (como reza la canción “mañana empiezo”, que hoy no tengo ganas).
Para quien dude de la veracidad de lo que digo, que ponga en algún buscador de fotos su santo nombre: Sanziana Buruiana. Nota para los chicos que vivan con su mujer o pareja: procurad que ella no esté presente.
Segunda parte: maravillas de la tecnología.
El bar al que acudo normalmente tiene puesta la televisión. Bien… cadena estatal. Programa de las mañanas de lo que sea: infartos, tos crónica, alcoholismo, qué malo es el café y… ¡ay Dios si se te ocurre fumar! Un presentador con bigote rompe ante la cámara una cajetilla de cigarrillos ante la algarabía de un público entre octogenario y moribundo. Después del drama… unas chicas (jóvenes, a saber de dónde las sacaron) bailan no sé qué canción. Pronto se unen dos octogenarias de muslos no precisamente prietos y pronto la orgía llega a su clímax con una recomendación publicitaria.
Tercera parte: conclusiones (más o menos irónicas) de lo anterior.
Esta nueva época social-demócrata cambiará los hábitos ciudadanos por unos nuevos hábitos más sanos. Detrás de todo ello se esconde una verdad menos evidente: el propio sistema necesita convencer a los ciudadanos de la bondad del sistema para así hacer que entreguen sus voluntades al sistema. Esto se consigue mediante pequeños slogans que ellos entiendan tipo “no fumes” o “come sano” o “recicla”. La segunda fase (que ahora vivimos) consiste en, una vez concienciados los ciudadanos de estos pequeños principios, penar al que no los cumpla (como proponen varias “conejitas” en varios países).
La aquiescencia para estos valores ha de ser plena o ha de ser comprendida como absoluta por parte de los ciudadanos y es por ello que emplearemos a los medios de comunicación con toda su fuerza. Presionaremos durante años y haremos a los ciudadanos partícipes en nuestra causa de tal manera que sean los nuevos social-demócratas convencidos los que se alíen con nosotros y, así, tendremos a un nuevo proselitista que se ponga enfermo cada vez que alguien fume cerca de él o vea a alguien tomándose una anti-democrática copa de brandy.
Alguien dirá que nada tiene que ver la política con los hábitos alimenticios (ése tiene razón, lo sabemos todos). Será éste el mayor engaño, ya que podremos (y un buen social-demócrata así lo hará) llevar estos principios a conclusiones bastante más funestas que una simple multa de 100 eurillos de nada. Y es que estar obeso le plantea al social-demócrata una nueva vicisitud: ¿se puede quitar la patria potestad al que cumpla con los principios de la social-democracia? El mismo sistema nos responde desde idénticos argumentos: si un social-demócrata cría a un social-demócrata obeso podemos (y debemos, y estamos en nuestra democrática obligación) de quitarle a su propio hijo y así evitar que el nuevo social-demócrata caiga en los peligros de una sociedad anterior que aún no gozaba de los beneficios religiosos y sociales, que nuestros nuevos ídolos nos entregaron en forma de principios cuando bajaron de la montaña (o vinieron del gimnasio o de Marte, que lo mismo da).
Si fuese una persona coherente y un poco chapada a la antigua les diría que no se dejen engañar, que al final esto es una moda y que si tal que si Pascual… pero como provengo de una época anterior y como me han clonado sucesivas veces por técnicas que los servicios de la CIA aún no se han atrevido a reconocer… les diré que me han puesto en el mundo para que ustedes, social-demócratas convencidos, me consideren el mismísimo diablo: fumo, bebo y como fatal. La única pena es que no tengo hijos y los mismos que han dicho que la bicicleta mola, más aún que las flores en primavera, han dicho que la pena de muerte tiene que estar prohibida. Llegará el día en que no sólo me insulten por la calle, también llegará el día en el que me encarcelen porque no cumplo una sola norma de las que ellos pretenden imponerme (ni la cumpliré). No pasa un solo día en que alguien no me diga que me voy a morir si sigo así (debería responder: y tú también, pedazo de imbécil, porque todos vamos a morir), ni un solo día pasa en que alguien no mueva las manos ostentosamente para hacer notar que le molesta el humo de mi pipa (y a mí tus mórbidas carnes al sol, que en el siglo XV todos íbamos más tapaditos, me lo han chivado de la CIA), ni un solo día sin que alguien me mire mal cuando tomo mi primera copa a las doce (de la mañana, que ya puestos a arder en la pira…).
Si por todos estos hábitos merezco el infierno, acepto la condena. No soy ni un asesino ni un violador ni un genocida y, mucho me temo, que tampoco jamás llegaré a ser nada que tenga que ver con la política ni lo políticamente correcto.
Así, amigos míos, hoy os digo que quién esté libre de pecado… no, que suena demasiado religioso… mejor os digo: sed felices, que la vida son dos días y no merece pasarsela en un flagelo constante de normas estúpidas creadas con una sola razón: un nuevo esclavismo moral.
Ahí queda todo esto.
Lástima no ser rumano: votaría a la conejita ésa sin dudarlo (y es… al menos nos podríamos reír).
Parecidos razonables. La herencia de Maquiavelo

Famoso fue Maquiavelo, un escritor florentino nacido en siglo XV. Y se hizo famoso precisamente gracias a un libro llamado El Príncipe, en el que se dan algunos consejos sobre cómo gobernar al pueblo de manera correcta (dícese, para que favorezca al dictador).
Tiene Maquiavelo algo famoso también aparte de su retrato: “divide y reinarás” que se refiere a que hay que introducir rumores y falsedades para dividir a los contrincantes, de tal manera que, siendo el creador del rumor el único que conoce la realidad, se beneficiará automáticamente de ello y se hará con el poder.
Así se ha aprendido en nuestros días. Podemos encontrar cientos de ejemplos. Es famoso que Stalin envío una carta a su archi-enemigo Trosky para mal-informarle de la fecha del funeral de Lenin y así conseguir salir en primer plano en la fotografía. Así, con intrigas y tejemanejes, ese chico con bigote se hizo con la herencia de Lenin para convertirse en un nuevo zar.
La efectividad de este sistema está fuera de toda duda, y más allá de las fronteras de Rusia encontramos la aplicación de lo contrario. En un país que se llamaría España, una tal Isabel la Católica pactó con unos y con otros, expulsó a los otros y convirtió un continuo de guerras civiles en una nación estable.
Un gobernante que aplica este sistema (tiránico, sí) suele tener un consejero al lado (como fue el propio Maquiavelo): tipo delgado, biotipo roedor, que parece susurrar maldades. Vean aquí un ejemplo con “parecidos razonables”.
Más allá del evidente parecido físico de los dos propagandistas, la máxima de Maquiavelo de “el fin justifica los medios” fue aplicada también por el aconsejado de Goebbels (que para quien no lo sepa fue un tal Adolfo Hitler y bajo sus espaldas pesan crímenes muy, pero que muy malos).
Si bien Maquiavelo se centraba en las artes propias del gobierno, Goebbels se centraba en lo que llamó propaganda y que se refería a las fórmulas de manipulación mediática para que el público pensase lo que al señor Goebbels y compañía querían que pensasen. Se centró fundamentalmente en los medios de comunicación y en las artes, y se creó todo un código de lo “correctamente nazi” y se prohibió cualquier manifestación contra la ideología imperante. A esto se le unió todo un ritual pseudo-religioso que complementaba lo anterior. También se dividió siguiendo la máxima de Maquiavelo: hay individuos que sirven y son altos y rubios y con ojos azules y tienen apellidos muy largos y luego están otros que roban dinero y son malos a los que hay que derrotar y vencer para que los primeros puedan cultivar cebada libremente. Durante el período nazi se homogeneizó y se estandarizaron comportamientos y mensajes para que nada se saliese de lo “correctamente nazi”.
Pero hay cosas que se parecen, como el presidente del Gobierno de España y un popular cómico con el sobrenombre de Mr Beam (lástima que uno de los dos no tenga una pizca de gracia, adivinen cuál)
Desde luego, en la actualidad todo el movimiento nazi ha sido totalmente desacreditado, pero no así el espíritu maquiavélico que conlleva. Hoy en día, y ya centrados en Europa tenemos un intento de, precisamente, hacer lo contrario que hicieron los hijos de Goebbels o Isabel la Católica. Y es que todos los elementos de la esfera privada parecen controlados en nuestra muy moderna Europa: se legisla desde los lugares adecuados para cada cosa hasta cómo se reparte una herencia. Desde luego, esto no es nada nuevo, y es que toda sociedad o Estado en crisis se ve “obligado” a legislar los comportamientos para cuidar de los ciudadanos.
Lo anteriormente mencionado, si bien es muy criticable, constituye la base del actual sistema de valores mundial y se basa en otro principio maquiavélico: “el fin justifica los medios” (que por cierto nunca llegó a escribir Maquiavelo, como el “tócala otra vez, Sam”): legislamos la vida privada porque nuestro fin (la salud pública del Estado) justifica a todas luces el intervencionismo atroz y privar a los ciudadanos de sus más primarios privilegios (como el de poder elegir: nunca he hablado de matar a nadie).
Por ello, y derivando que es gerundio, los estados europeos (ya sean más o menos intervencionistas, se han puesto en el papel del padre bondadoso que en otro tiempo se llamó YHVH y se creen en condiciones de condenar en anatema a cualquier ciudad que no cumpla con los mandamientos impuestos desde lo alto del monte de la Moncloa.
Sí, hay cosas que se parecen pero no son iguales.
Sí, el popular presentador de TV Jesús Mariñas se parece físicamente al genial Mark Twain, pero carece de su talento y sentido del humor, los mandamientos de la Unión Europea se parecen a los mandamientos de Dios: no matarás, etc…, pero guardan en sus intrincados interiores (la que podríamos llamar “letra pequeña”) la semilla de ese control político de las masas basado en “el fin justifica los medios”: una gran idea de una Europa merece algunas pequeñas bajas como la libertad.
El sistema propagandístico de la unión europea se parece al de Goebbels en su interior: que toda Europa piense igual, imponiendo leyes y normas de conducta que distingan a los europeos de los indios americanos, que todo no puede ser. Desde la extendida prohibición de fumar en los lugares públicos hasta otras normas, pasando por un poco de Photoshop llegamos a extrañas conclusiones, como que Churchill no fumaba.
Y es que el sistema de valores puede incluso modificar un hecho suficientemente conocido (como que Churchill fumaba más aún que yo) y “lavar” la imagen de un pasado que, por otro lado, no tenía demasiado de qué avergonzarse.
Esto es propaganda, sí… muy en el estilo de Goebbels y mucho más en el sentido del término de Maquiavelo.
Me despido por hoy dejándoles una incógnita que, en realidad, es lo que me ha llevado a escribir este artículo: ¿conocía Zapatero la frase de Maquiavelo de “divide y reinarás” antes de apoyar con tanto énfasis el asunto del Estatuto Catalán?
Sean felices y piensen un poco, que algunos políticos siempre tienen la frase perfecta para engañar. Y es que, aunque lo parezcan, Kuato y Jordi Puyol no son la misma persona.
Política para mayores de 18 años

Sin ánimo de disimulo, me gustan las películas tipo Berman y esas otras que, en ese mismo sentido metafísico, desentrañan las vicisitudes de unas animadoras en una lucha atroz por encontrar la neurona perdida.
Y es por ello que hoy me he decidido a hablar de cine (o casi).
Y es por ello (también) que me llama la atención una noticia reciente: la de una actriz para mayores de 18 (sí, actriz porno) llamada Foxy Jacky (¿lo traducimos?) detenida por agredir a su marido (arañazos y golpes). Lo cierto es que la tal Foxy Jacky ha elegido mal el país, porque en el caso de tratarse de España no le hubiese pasado absolutamente nada (aquí tenemos nuestras heroínas: Aído, Aida, etc) y quizás hubiese sido mejor para esta chica que, divorcios aparte, está pensando dejar el cine “para mayores”.
Espero que a esta mujer no le pase nada (lo digo en serio), porque a veces ciertos comportamientos incitan a los legisladores a entrar en el terreno de lo kafkiano y dictar no sólo una ley: un completo cuento de E.A. Poe. Las leyes sirven (en teoría) para proteger a los ciudadanos de los ciudadanos y, ya de paso, beneficiar a quien las dicta. Hasta aquí todos de acuerdo (o casi todos, que siempre hay alguno con ganas de llevar la contraria). Sucede entonces que hay que legislar algún tipo de hecho innegable como la trata de blancas o prohibir fumar a los mayores de 65. Los legisladores se ponen manos a la obra y dictan una ley que dice: se prohíbe el tráfico de seres humanos. Bien, nadie en contra porque eso es muy malo (peor aún que fumar en espacios públicos, y fíjense que eso ya es malo, pero malo, malo, malo).
Es entonces cuando empieza a funcionar la maquinaria propagandística (sí, he escrito un libro sobre la propaganda y por eso empleo tanto el término). Los medios sacan la noticia pero con semejante verdad de Perogrullo no tenemos noticia así que le damos un tinte: los países árabes no se oponen a la trata de blancas (porque, entre otras cosas, ya estaba prohibido). Así, y bien teñidos de amarillismo, conseguimos una buena noticia y que la gente hable del asunto durante, al menos, los cinco días que los países árabes se pongan de acuerdo (que ya lo estaban) en pronunciarse sobre la verdad de Perogrullo.
Ahora viene el siguiente paso: el tema parece agotado porque los países árabes se han pronunciado. ¿Cómo continuar la estupidez? Tenemos muy diversos modos: atacar a otro colectivo o cultura (mala opción, porque ya unos nos han dicho que vale) o derivar. Esta opción se nos antoja muy interesante y merece nuestra atención. Derivar, derivar… bajamos escalafones y ya no hablamos sobre la trata de blancas sino sobre el acoso a un determinado colectivo de seres maltratados por algo. Ejemplo: ¿no es similar el trato recibido por los (quienes sean) a la trata de blancas en el pasado? El colectivo que sea (lo suficientemente importante para que se pronuncien, lo suficientemente minoritario para que no se convierta en una epidemia social) se pronunciará a favor del sí, porque siempre querrán mejorar y considerarán que las condiciones en las que trabajan, viven o pernoctan son indignas del ser humano, así que podremos continuar con el debate un tiempo más. Luego derivaremos otra vez (o no) y llegaremos a alguna conclusión estúpida (cuando ya no se pueda derivar más) tipo: el trato vejatorio hacia los no-fumadores en la segunda mitad del siglo pasado.
¿Kafkiano, verdad? Sí, todos pensamos que esto nunca llegaría a pasar pero lo que le ha sucedido a la chica de los arañazos y las películas de adultos es fruto de una derivación sistemática del sistema. El maltrato a las mujeres (que nadie puede negar que esté mal) ha llevado a unas leyes absurdas en las que cualquier asunto es susceptible de ser legislado. Lo que en un principio no debería pasar de una absurda pelea de una chica que, seamos sinceros, no es precisamente un luchador de sumo japonés, ha terminado con el asunto en las principales cadenas de noticias americanas.
Sí, son americanos y un poco exagerados (aunque en general tienen mecanismos de prevención de estupideces, y el asunto no pasará de una mañana divertida en un juzgado). Pero este tipo de asuntos tan freudianos siempre superan las propias fronteras (como el pulpo Paul, auténtico Balón de Oro del Mundial) y ha llegado a Europa en sus formas más escatológicas. Tenemos el ejemplo en España del recién creado Ministerio de la Igualdad: un absurdo que no debería existir como tampoco existe el Ministerio del Anti-esclavismo porque, sencillamente, nadie en su sano juicio (y constitucionalmente se declara) duda de la igualdad entre los dos sexos. Así, y por la máxima de que la política tiene que generar constantes noticias (pueden ser todo lo absurdas que se quiera), se crea un Ministerio que en teoría defiende algo que está bien pero que, debido a la derivación sistemática, se ha convertido en el asunto kafkiano del día y a la señora ministra en la novelista cómica más importante del momento. Ejemplos tenemos cientos de este asunto, desde la creación de una biblioteca por y para mujeres (allí, al menos, no se sentirán acosadas) hasta entrar en temas como que un feto no es una persona humana.
No pretendo hoy criticar a la señora ministra ni nada por el estilo, ya que se trata de una víctima (pobrecita) del propio sistema que se basa en desvirtuar constantemente un hecho innegable, pero sí querría poner en alerta al ciudadano de la mentira que supone trasponer determinados asuntos y aplicar la misma norma para todo. No puede ser lo mismo una bronca doméstica entre dos personas (arañe quien arañe, si es actriz porno parece ser que araña bastante) que un caso de maltrato evidente, ni se puede comparar (que la ministra lo hace) a un acoso tipo Atracción Fatal en que el novio de turno le envíe demasiados mensajes al móvil de la chica en cuestión (es más, creo que a ella igual no debería desagradarla demasiado). Desde luego, con afirmaciones semejantes se consigue la publicidad necesaria para ocupar un espacio en la franja informativa (probablemente al lado del ya citado pulpo Paul).
Bueno, con esto os dejo, que creo que hoy prepararé pulpo para comer (lástima que cocinar otro tipo de animales esté prohibido).
Y como cuando nací me dieron a elegir entre una memoria prodigiosa o un nada elegante sentido de la ironía, ahora yo, Martín Cid, os deseo Feliz Navidad a todos.
Sean buenos.
Martín Cid, escritor
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