Los panes y los peces

“Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron: «Despide a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto». 13
Él les respondió: «Denles de comer ustedes mismos». Pero ellos dijeron: «No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente». 14
Porque eran alrededor de cinco mil hombres. Entonces Jesús les dijo a sus discípulos: «Háganlos sentar en grupos de cincuenta». 15
Y ellos hicieron sentar a todos. 16
Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud. 17
Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas.” (Lucas 9, 12-17)

El episodio del evangelio sobre la multiplicación de los panes y de los peces viene muy bien para reflexionar sobre el problema de cómo antes de repartir la riqueza entre los pobres hay que producirla en cantidad abundante, ya que, en caso contrario, lo único que se consigue es repartir miseria y pobreza.

Se ha comentado que Jesús fue una especie de precursor de los revolucionarios sociales de la Época Contemporánea, es decir, un antecedente de los Marx, Lenin, Mao y demás jerarcas del socialismo real o del comunismo del Siglo XX y XXI. Nada más lejos de la realidad.

En primer lugar, Jesús no abandera un movimiento social y político en contra del sistema político judío y romano de su época. Ciertamente fue tratado como un conspirador y un alterador del Orden establecido pero solo con la finalidad de conseguir su ejecución por el gobernador romano. Lo más cierto es que su “reino no era de este Mundo”, es decir, que su revolución era espiritual, no material.

En segundo lugar, Jesús no era afín a los grupos amplios ni a las colectividades, más bien prefería las personas individualmente consideradas, la conversión individual, una a una y, de tal modo, se puede contrastar con la lectura de los sinópticos. Otra cosa, bien distinta, es que se apiadara de una masa agrupada, de forma coyuntural, en torno a su persona, como aconteció con el episodio de la multiplicación de los panes y de los peces. Pero, curiosamente, su primera determinación fue encargar a sus discípulos que fueran ellos los que solucionaran el problema, con las siguientes palabras, «denles de comer ustedes mismos». A partir de este encomienda, Jesús ofrece una solución, el repartir los bienes pero con una finalidad muy clara, que todos salgan saciados.

Extrapolando el episodio bíblico, la conclusión es que el mensaje cristológico es muy claro, primero hay que producir, luego repartir equitativa y justamente entre todos.

Por este motivo, la conclusión que llego es que, a nivel mundano, no es tan importante el reparto como la creación de la riqueza o, dicho de otro modo, producir en suficiente cantidad para luego plantearse la distribución. En este sentido, con palabras mesiánicas, se trasluce un buen ejemplo de solucionar los problemas económicos actuales, potenciando las políticas de crecimiento para, con posterioridad, replantearse la distribución o el reparto. Es decir, bajo un punto de vista más próximo a un capitalismo con cara humana que al modelo contrario de socializar la pobreza,  aunque resulte inadmisible para algunos exégetas.